La Emperatriz Se Volvió A Casar – Capítulo 300 – TNL
Capítulo 300. Parto Prematuro (2)
Pero no odiaba a la Emperatriz Navier. Aunque la Emperatriz no le mostró una sonrisa amable, tampoco lo traicionó con una máscara de amabilidad, y mucho menos cambió su palabra después de darse la vuelta.
Navier no era una persona cálida y acogedora, pero era digna de confianza y leal.
Pero descubrió la oscura verdad oculta con sus propias manos. El presidente cerró los ojos y se reclinó en el respaldo de la silla mientras le invadía rápidamente un sentimiento de vacío y desolación.
«No puede ser…»
Al cerrar los ojos, murmuró con una sensación de abatimiento, inexplicablemente aparecieron lágrimas en las esquinas de sus ojos.
Fue en su boda cuando la Emperatriz Rashta declaró que donaría una gran suma de dinero a numerosas instituciones. La Emperatriz Navier también había sido invitada a la boda.
Aunque no lo consideraba hasta ese punto, el Presidente también pensaba que la Emperatriz Navier no tenía vergüenza. ¿Cómo pudo asistir a la boda de su ex-esposo con su nuevo esposo?
Por supuesto, se trataba de un asunto de estado, pero podría haber fingido que estaba enferma y enviado una delegación en representación.
El Presidente se lamentó, imaginando cómo debió sentirse la Emperatriz Navier cuando la Emperatriz Rashta había repartido su dinero y recibido los elogios de la gente.
Fue injusto. Debió de sentirse molesta y triste. Incluso las personas más frías tenían sentimientos. Debió haberse quedado sin palabras.
El presidente estaba gimiendo inexplicablemente. Sentía pena por lo injusto y lo doloroso que debió haber sido. Se puso así a pesar de que no le agradaba especialmente la Emperatriz Navier.
El presidente, que había estado sollozando durante unos 15 minutos, volvió en sí tarde al escuchar los golpes en la puerta.
«¿Presidente?»
El secretario, que vino con una pila de documentos, se acercó sorprendido al presidente al ver sus ojos rojos.
«¿Se encuentra bien?»
Agitando la mano para decir que estaba bien, el presidente ordenó con voz fría.
«Olvídalo, olvídalo. Busca a un periodista llamado Joanson y tráelo aquí.»
Se preguntaba por qué lo llamaría el Presidente de la Corporación Oso. Normalmente, este no habría sido el caso.
«Gracias por venir.»
El presidente señaló con el dedo la silla situada al otro lado del escritorio. Joanson miró entre el presidente y la silla con una expresión amarga antes de tomar asiento.
«¿Me estaba buscando?»
«No tienes buena cara.»
«¿Ocupado recolectando información para redactar artículos en contra de la Emperatriz Rashta?»
La mano de Joanson, que abrió tranquilamente su cuaderno, se detuvo. Jugueteando con una hoja, sonrió y cerró el cuaderno. Sin embargo, levantó la mirada con ferocidad.
«¿Así que resulta que el presidente es un ferviente partidario de la Emperatriz Rashta? Había escuchado que tenían una muy buena relación.»
En cuanto vio esa expresión, el presidente supo que había encontrado a la persona adecuada. Pero…
«Sé más racional.»
Por alguna razón, Joanson estaba muy exaltado ahora mismo.
Ante las severas palabras del presidente, Joanson ladeó la cabeza, perplejo. También se podía notar la fuerza con la que sostenía la pluma en su mano.
«No necesito un periodista tonto que ve a una persona como su enemigo nada más conocerla. Peor aún si se trata de un periodista que ni siquiera puede reconocer si la otra persona es un enemigo o no. Lárgate.»
En cuanto el secretario entró, el presidente dijo, «El invitado se va.» Luego, como si no le interesara en absoluto Joanson, giró su silla hacia un lado y sacó un periódico.
El secretario tiró del brazo de Joanson.
«Por favor, retírese.»
¿Por qué diablos me llamó entonces? Joanson encontró momentáneamente absurdas las acciones del presidente. ¿Qué tienen que ver los malos artículos que escribía sobre la Emperatriz Rashta?
«Lo siento. No estaba pensando con claridad.»
Sólo ahora comprendió el extraño matiz contenido en las palabras del Presidente.
¿No podía reconocer si era un enemigo o un aliado? Normalmente un enemigo no diría esto. Por el contrario, lo diría una persona que quisiera ser un aliado.
Tras la desaparición de su hermana menor, su racionalidad, enterrada en todo tipo de emociones negativas e intensas, se elevó un poco revelando su existencia. Fue en el momento oportuno.
«No soy tan tonto.»
El presidente soltó una carcajada y giró la silla nuevamente hacia el frente. El secretario cerró la puerta discretamente y salió.
Joanson volvió a abrir su cuaderno, lo colocó sobre su regazo y miró al presidente con ojos ardientes.
El presidente lo sondeó con lo de la Emperatriz Rashta, y luego insinuó que no era el enemigo. Era evidente que lo que el Presidente quería contar estaba relacionada con la Emperatriz Rashta.
Como esperaba, el nombre de la Emperatriz Rashta salió de la boca del presidente.
Las comisuras de la boca de Joanson se curvaron.
«Cómo no iba a recordarlo. La elogié durante una semana por eso. Fue lo único bueno que hizo.»
«Hmm, ¿sabes de quién son los pagarés?»
Por un momento, la expresión de Joanson era un poco dubitativa. Por qué hacía una pregunta como esa…
«¿Los pagarés no son de la Emperatriz Rashta?»
Su expresión se convirtió entonces en una fría sonrisa.
«Así que el Emperador estaba tratando de elevar el prestigio de su esposa, ¿no es así?»
»Desafortunadamente, el Emperador no ha hecho uso de sus pagarés.»
«…»
Joanson, que parpadeó perplejo, se levantó sumamente aterrado tras comprender tardíamente sus palabras. La silla cayó al suelo estrepitosamente.
«¡De ninguna manera…!»
«Son pagarés de la Emperatriz Navier.»
«¡Qué… qué diablos estás diciendo!»
El presidente le contó todo lo que había averiguado. Joanson escuchó la historia con las manos temblorosas, y se quedó atónito al enterarse que Rashta se había aprovechado de esos pagarés delante de la Emperatriz Navier el día de la recepción de su boda.
La concubina Rashta, que había pasado por todo tipo de penurias para llegar a esa posición, daba más pena que la Emperatriz Navier.
Joanson se quedó boquiabierto y sin palabras. El mundo que hasta ahora creía conocer parecía haberse puesto patas arriba.
Así como le sorprendió que la Emperatriz Rashta, la luz y la esperanza de los plebeyos, estuviera relacionada con la desaparición de su hermana, también le sorprendió que la Emperatriz Navier, una noble de corazón frío hasta la médula, se contuviera mientras observaba el extraño comportamiento de la Emperatriz Rashta.
«Esto… esto es realmente…»
El Presidente le ordenó con frialdad.
«Escribe un artículo sobre esto. No sabemos qué represalias podría tomar la familia imperial, así que no lo afirmes del todo, sólo lo necesario para sembrar la duda.»
No fue fruto de la emoción el que llamara a Joanson y le diera esta orden.
La confianza. Fue porque había perdido la confianza en la Emperatriz Rashta y había decidido desvincularse porque no tenía un buen presentimiento sobre lo que le aguardaba.
«Asegúrate de dejar claro que la Corporación Oso y la Emperatriz Rashta no tienen nada que ver entre sí. Hablo de trazar una línea.»
Sentada en su sillón sin fuerzas, sus sirvientas le cepillaron el cabello y le lavaron la cara con un paño suave.
La expresión de la sirvienta al entregarle el periódico era muy extraña, pero Rashta no le dio mucha importancia. Sólo pensó que habría alguna noticia interesante.
Al cabo de un rato, las manos de Rashta temblaban mientras leía el periódico. El temblor se extendió gradualmente por todo su cuerpo.
La sirvienta, que estaba arreglando su cabello, se inclinó sorprendida. La cara de Rashta estaba tan blanca como la nieve.
«¡Su Majestad!»
«El vientre… el vientre…»
El periódico que Rashta sostenía se extendió al caer al suelo.
La mirada de la sirvienta se dirigió al artículo que levantaba sospechas sobre los pagarés de la emperatriz. Sus ojos se abrieron completamente por un momento, pero cuando el cuerpo de Rashta se tambaleó, apartó los ojos del periódico y la sostuvo.
«Ah… Ahhh!»
Los gritos de Rashta sonaban como si salieran del fondo de una profunda cueva. Gritó intensamente una vez más y se desplomó por completo. Toda su cara estaba empapada de sudor frío.
«¡El médico, el médico del palacio! ¡Traigan al médico del palacio!»
«¡Su Majestad, la Emperatriz está teniendo un parto prematuro!»