Dueños del Arcoíris - Tocadiscos y comadrejas.
«DUEÑOS DEL ARCOÍRIS»
Capítulo 1: Tocadiscos y comadrejas.
«No me gusta la lluvia, nunca me gustó. A diferencia de muchas personas, prefiero estar todo el día en mi casa acompañado por una tarde soleada, a estar soportando el incesante sonido de kamikazes transparentes que bombardean mi techo, mi patio, y toda la ciudad.
Pero, a pesar de mi odio por este fenómeno, es el único que consigue extraerme recuerdos. Será que la memoria visual es demasiado fuerte, y también, es lo único que volví a ver de aquella aventura. Aun así, tengo un mar de preguntas dentro mío, pero no me atrevo a contestarlas, o no me atrevía, sinceramente desde que ella no está, pocas cosas me importan.
¿Por qué las historias brotan como una tormenta dentro de mí cuando miro por mi ventana y veo un vidrio empañado, cubierto por gotitas que aparentan correr una carrera entre ellas hasta el marco inferior? ¿Que cosas no? Tantas lluvias he presenciado y tan poca atención les había prestado, tomándolo como algo natural, sin detenerme a ver lo bello de las cosas ordinarias, e ignorando lo fantástico de algunas. Las tormentas son una de ellas, los rayos, los truenos. Hermosos paisajes que nos regala la ciencia, mientras nosotros estamos más ocupados haciendo pochoclos para ver una película (Si existe el valiente capaz de conectar aparatos electrónicos con semejante electricidad allá fuera). Sin ir más lejos, cuando era chico mi mayor deseo era que las criaturas mitológicas existieran, que haya un mundo por explorar, que todo lo que gobernaba los numerosos libros que devoraba en mi soledad fuesen ciertas, y que yo no sea mas que un soñador intrépido con 10 años y mucha vocación escritora.
Así fue también mi decepción al saber que el mundo ya había sido explorado, que eso que gobernaba mis libros había sido producto de la imaginación, y bueno, lo de las criaturas mitológicas lo taché por mi cuenta para evitarme la risa de «los más grandes». Solamente como para mantener apenas vivo ese espíritu pensé que quizás, los animales actuales fueron las criaturas mitológicas de antaño, pero lo pensé solo para calmarme.»
Me fui a hacer un té. En el microondas. Todavía no entiendo como hay gente que sigue calentando agua en hornallas cuando este formidable invento deja todo listo en un minuto, minuto y medio. Pero claro, en algún momento no fue más que una idea estúpida a la que nadie tenia fé, y cuando nadie la tuvo, una personita, una magnifica personita creyó en si mismo y con esfuerzo consiguió su cometido.
Tomé mi fabulosa taza de Spiderman, un paquete de galletas horribles que solo le gustan a mi mamá y me volví a sentar.
Maldije un largo rato. Se parecía en exceso al Principito aquello que estaba escribiendo.
Cerré la notebook, respiré hondo y bebí un par de sorbos. Mi habitación estaba hecha un desastre, sobre todo el escritorio: Un montón de papeles con mocos, al lado, otro montón de papeles que iba a usar para la misma tarea, migas sobrantes de alguna merienda antigua, la madera un poco astillada producto de una buena martillada para colocar un soporte de Wi-Fi. Algunas paredes rayadas con crayones obra de los dotes artísticos de mis hermanitos, y todo el suelo minado de juguetes chicos y grandes, que amenazaban con lastimar la planta del pie si no se caminaba con precaución. Seguiría contando la deplorable situación en la que se hallaba mi pieza, pero siempre deteste las descripciones extensas, así que para el caso da igual.
Hablando de ellos, ¿Dónde estaban? Ya eran las tres de la tarde y Juliana los debería haber traído hacía más o menos 10 minutos.
Contrataron a Juli porque a veces yo no estoy, y también porque soy medio colgado, no voy a mentir. Muchas veces se me ha quemado la comida, culpa de esos malditos videojuegos, como dice mi abuela.
Ah, hoy es lunes, vuelven muy tarde porque se van al trabajo con mi vieja para jugar con los hijos de su jefa, y después esta los trae a todos en su camioneta.
Tres de la tarde… diez, once de la noche.
Tengo como 7 horas todavía. Si, llego a pegarle una leída bastante generosa… Por hoy dejo la historia en stand by.
Emi subió lentamente las escaleras, como tomando un último descanso antes de la lectura. Piyama azulcito claro con unas pantuflas de perrito ingresando a un oscuro ático. Hubiese parecido escena de película de terror de no ser por la profunda calma que portaba su rostro.
Aunque a nuestro protagonista no le guste y con su perdón, debemos hacer ciertas descripciones antes de continuar.
Emiliano Agustín González vivía en Villa Azul, una pequeña ciudad alejada de la capital provincial. No estaba ahí hacía mucho, antes residía en un pequeño departamento ubicado en medio de la capital de su país, pero, por un tema de espacio, tuvieron que mudarse. Así que el pequeño adolescente de 17 años debió dejar atrás amigos, amigas, familiares y novia con el desafío de comenzar una nueva vida en un lugar desconocido. De departamento chico y ciudad grande a casa grande y ciudad chica.
Y allá fue, acompañado por su mama Liliana de apenas 35 años, su papa José de 37, sus dos hermanas, Julieta y Agostina de 5 y 11, y su hermanito Bautista con 8 añitos.
El nuevo hogar era, como habían prometido sus padres, muy espacioso. Un punto medio entre una casa grande y una mansión chica. Un cuarto para cada uno de los hermanos, una habitación matrimonial, tres baños, un garage, el living, una muy moderna cocina comedor, dos vestidores (Que sabrá Dios para que los querían), un amplio patio y un ático.
Este último lugar fue el que más llamo la atención del joven desde que bajo las maletas. Miraba atentamente hacia la ventana del misterioso segundo piso constantemente, casi desoyendo los gritos de su mamá.
-Cuidado Emiliano por favor con esas vasijas que me las dio tu abuela y tienen como ocho mil años, se rompen y te mato -Por fin, Lili se percató de que su hijo no estaba prestándole atención- ¿Me estás escuchando? EMILIANO CUIDADO CON LA VASIJA.
-Ya te escuché ya te escuché -Replicó el muchacho fatigado- Si de todas formas son horribles estas cosas, hago un favor rompiéndolas.
-Hacele caso a tu madre y no hables así de las vasijas de tu abuela -Se escucho seca la voz del padre, pero luego volvió al tono burlón que siempre usa- Está bien que sean horribles y nadie las quiera, pero tratalas bien.
La madre le echó una mirada furiosa y contesto enojada. Lili cuando es necesario tiene un carácter duro, como esa vez que se peleó a los alaridos con un cajero de supermercado porque este no tenía vuelto y en su lugar le quiso dar caramelos.
La discusión debe haber continuado, o quizás no, Emi no lo sabía y tampoco le importaba, estaba muy ocupado yendo a ordenar su nueva habitación. Eso sí lo había motivado, tener por fin un lugar solo para él donde poner todas sus pertenencias, posters y colgar sus cuadros.
El bullicio del desempaque era abrumador, de fondo se escuchaba clarito: MAMÁ ¿DÓNDE ESTÁN MIS MUÑEQUITOS?, MAMÁ, ¿DÓNDE DEJASTE MI ROPA?, MAMÁ, ¿Y MIS GALLETITAS? ME DIJISTE QUE ME IBAS A DAR GALLETITAS. Todos estos sonidos acompañados por los respectivos: CALLENSÉ DE UNA VEZ QUE ESTOY OCUPADA, AGOSTINA VENÍ YA A LIMPIAR EL DESORDEN QUE HICISTE, LLEGAMOS HACE MEDIA HORA RECIÉN. La sinfonía casera irritaba demasiado al joven, que decidió terminar con esta orquesta de un portazo y encerrarse en su pieza.
Miró alrededor. Una habitación de cinco por cinco metros con una ventana que daba al patio y al lado un ropero enorme donde tranquilamente cabía él. Aparte del mueble solo estaba su cama en una de las esquinas. Hay cosas que nunca cambian, y una de ellas era esa cama. Ya le quedaba chica, pero por alguna razón (seguro económica) no le compraban una nueva. Sin embargo, a Emi poco le importaba, hace mucho acostumbró a flexionar su metro noventa para poder descansar.
Comenzó el desempaque. Sacó primero posters de League of Legends, su videojuego favorito: Eran tres, estos se los había regalado Emma antes de partir, con cuidado a no estropearlos los colocó más bien al lado del armario. Después los peluches: Pooh, Sullivan, Lapras y Pikachu, los cuatro se los fue regalando su novia, va, su ex novia. ¿Dónde ponerlos? Arriba del ropero parece una buena idea.
Busco algo donde pararse, su brazo extendido llegaba a los dos metros veinte, pero aun así el placard lo sobraba por cinco centímetros. Se paró encima de una caja de madera y desde ahí coloco a Pooh, Sully, Lapras y… ¿Qué era eso? En el lugar donde planeaba colocar a su pokemon favorito había una llave, una llave herrumbrada. «Será del ropero», pensó, mientras la guardaba en su bolsillo derecho (en el izquierdo siempre pone su teléfono) y depositaba a Pika en su nuevo sitio.
-Bueno, sigamos -Dijo y tomó el resto de objetos con los que decoraría la habitación- ¿A vos dónde te meto?
Cuadros de The Binding Of Isaac, los libros que siempre lo acompañaban, su hermosa y valiosísima computadora, la mesita de luz, la lámpara bordo que usa desde que tiene memoria, las cortinas de Aerosmith que le regalaron para su cumpleaños pasado, las ridículas sabanas de Toy Story con su colcha.
-Perfecto, creo que ya estaría. Ahora la ropa.
Sacó de su otra valija la abrumadora pila de remeras, pantalones y ropa interior, y la dejó sobre la cama. Buscó la llave del ropero y… el ropero no tiene llave.
-Ah, buenísimo ¿Entonces esto de dónde es? Y más importante ¿Por qué me interesa? -Preguntó con un tono divertido y volvió a guardar la llave en su bolsillo- A ver ¿Dónde meto todo esto?
Después de una larga hora de acomodar y acomodar, ya había terminado. Por fin se pudo relajar y cayó como hecho de plomo encima de la cama. Miró al techo y pensó. Pensó y siguió pensando ¿Qué estarían haciendo los pibes? Emma seguro tocando la batería, Valen internado en su PC, Nico… Nico que se yo, nunca se sabe que hace ese pibe. Camila… ¿Camila estaría pensando en el también? ¿Ya se habrá olvidado? Lo que la quería a Cami, era su primer amor y tuvo que irse de esa manera. Encima era hermosa, cómo olvidarse la primera vez que la vio:
Cumple de Anto, una prima de su edad que para celebrar sus dieciséis años hacia una fiesta en su casa. Emi agarró lo primero más o menos decente que vio en el placard y se mandó. Sin perfume, ni peinarse mucho, ni esto ni lo otro, así nomás. Llegó, se entusiasmó hablando con un grupito de chicos y en un momento la vio entrar. Sonaba Mariposas de los Enanitos Verdes. Se acuerda que la mandíbula se le cayó hasta el suelo. La chica tenía puesto un topcito blanco, un jean rojo y unos zapatos con taco. No la podía dejar de mirar, hasta un punto casi obsesivo. Cuando la prima se percató de esto, al ratito se la presentó y se pusieron a hablar. Hablaron un rato largo, pero al joven le pareció un segundo, y quería que siguiese hablando por muchos segundos iguales. Sentía que los ojos azules de esa mina le estaban perforando el cerebro, y quedo así, mirándola como estúpido durante suficiente tiempo como para que Cami lo notase. El beso también llegó ahí, la situación lo necesitaba para terminar de coronarse como el momento más mágico que había vivido Emi. Un trance que jamás le había pasado, y que anhelaba profundamente volver a sentir.
-Emi, andá a dejar estas cosas arriba -Entró veloz Liliana en la pieza del chico, que suspendió sus melosos recuerdos para llevar una caja al ático.
Es verdad, el ático, algo había llamado la atención del chico al llegar. Una mezcla entre curiosidad y miedo, aunque el miedo provenía de las múltiples películas de terror que el adolescente frecuentaba ver, y un escalofrío le surcó la espalda acompañado de una risita nerviosa.
*TOC*
La escalera que llevaba a la tétrica segunda planta cayó seca haciendo retumbar las paredes.
-EMILIANO TENÉ CUIDADO CON ESO POR DIOS QUE EL PISO ES CARÍSIMO Y…
– Uh mamá ya sé! Fue sin querer.
Alzó la caja y se dispuso a subir. Apoyó el pie en el primer escalón y comenzó a escalar una antiquísima escalera que chillaba en cada paso. Apenas pudo, dejó la caja en el suelo del desván. Luego pasó la cabeza y bajo rápidamente.
-¡MAMÁ!, ESA HUMEDAD ES TERRIBLE.
-HÁGASE HOMBRE
-¡MACHISTA! -Replicó el chico mientras miraba con cautela la oscura entrada al piso superior.
En fin, en algún momento debía entrar si quería evitar otro ataque de histeria por parte de su madre. Así que, volvió a armarse de valor y tratando de respirar lo menos posible subió rápido la tambaleante escalera de madera e ingresó ahora si todo su cuerpo en la misteriosa habitación.
Hay cosas que dan miedo pensó el joven, pero ese lugar definitivamente estaba por darle un ataque al corazón. Se cansó de ver escenas igual ambientadas en películas de horror. Armario gigante con puerta espejo, un tocadiscos lo suficientemente viejo como para haber pertenecido a Platón, una ventanita minúscula que daba al frente de la casa (Donde esperaba en algún momento ver a una nena fantasma) telarañas de sobra para llenar varias aspiradoras, una especie de biblioteca embadurnada en polvo con libros en latín (Que si leía, estaba muy seguro que invocaría al mismísimo Satán), y un demonio saludando en una esquina, bueno realmente éste último no estaba, pero Emi lo imaginó.
Con la cordura a punto de estallarle, decidió hablar en voz alta para evitar sentirse solo.
-Bueno señor demonio, tiene usted una hermosa morada. Digo, para las cosas que a ustedes les gustan, como los pianos por ejemplo. Creo que le haría falta un piano a este lugar, aunque tampoco es de mi desagrado el impecable tocadiscos que posee, pero quizás le haga falta alguna reparación… -Dijo Emiliano mirando con cierta lastima la deplorable condición en la que se encontraba el artefacto- No importa. Hay también unos hermosos libros que leería con mucho gusto si no fuese porque están en ¿Árabe? ¿Poloniano? -«Polaco» es a lo que el joven se refiere, y los libros están escritos en élfico antiguo, aunque obviamente el adolescente aún no podía saberlo- Descartemos también la posibilidad de leerlos. Todavía queda más por explorar. Las hermosas vistas, por ejemplo -Insistió Emi esquivando las telarañas que colgaban del techo. Va, en realidad colgaban de una especie de vigas que cruzaban la habitación a unos dos metros de alto. Todo el lugar estaba hecho de madera, a diferencia del resto de la casa. Algunos tablones crujían agudamente cuando se los pisaba. Sin embargo, no parecía inestable. La humedad quizás.
En medio de su caminata a la pequeña ventanita sintió un golpe seco a su izquierda. Sobresaltado giró rápidamente para detectar de donde provenía en sonido.
Se imaginó varias cosas. Puede ser una rata, un ¿gato?, el fantasma de un asesino en serie, o una comadreja… José dijo que había comadrejas por acá. Pero cuando terminó de girarse el pecho se le heló por unos segundos. Lo único que había a su izquierda, era el enorme armario.
Se quedo ahí, atónito durante algunos segundos. Mirando su cara de susto en la puerta espejo que tenía el viejo mueble. Si no estuviese embadurnado en polvo, tuviese tan manchado el vidrio, y soltara golpes por si mismo, sería una obra de arte. Mide aproximadamente dos metros y medio de alto, y uno y medio de ancho. Todas las terminaciones en las esquinas están precisamente tajadas y posee varios dibujos tallados minuciosamente alrededor del espejo. Algunas parecen flores. Otras parecen árboles. Y sería interesante saber por qué el chico se quedo contemplando estos detalles en vez de preocuparse por lo realmente importante.
Primero pensó en que vino a hacer a este lugar que estaba por causarle un ataque cardíaco. Ya recordó, vino a dejar unas cajas. Que dicho sea de paso dejó hace mucho tiempo y podría haberse ido ahorrándose el mal trago.
Ese es otro punto, el tiempo ¿Hace cuánto estaba ahí? Por lo que veía en la ventana ya estaba anocheciendo. Antes de subir eran las 5 y media, entonces si ahora estaba anocheciendo debieron pasar cerca de tres horas ¡¿Tres horas?! Si parecía que estaba ahí hace 15 minutos.
Como siempre hace cuando quiere mantener la compostura en una situación que lo desborda, volvió a hablar solo.
-Bueno señor del armario, fue un gusto estar aquí con usted, pero ya esta anocheciendo -Dijo el joven mientras caminaba lentamente hacia atrás, volteándose a veces para no tropezarse con nada. Apenas llegó a la escalera se tranquilizó y soltó en forma de burla- Supongo que no nos volveremos a ver en un largo tiempo, así que hasta siempre -Concluyó.
En parte lo aterrorizaba hasta la médula tener un ático presuntamente embrujado, pero también en parte estaba contento porque moría de hambre y la cena estaría casi lista. Era algo curioso que Liliana no le haya gritado que bajase a ayudarla, pero tampoco es como si le molestara.
-Mejor así, supongo.
Emi dobló en el pasillo que daba a la cocina comedor, donde su madre estaba teniendo otro ataque de histeria por un motivo aún no identificado.
-¿Ya bajaste? Qué rápido ¿No te pusiste a ver que hay allá arriba?
-¿Cómo que «Qué rápido»? -Preguntó el chico, al mismo tiempo que le prestaba atención a su entorno. El Sol aún se erguía impetuoso en el oeste, por lo que en efecto, no habían pasado ni quince minutos pero…
– Ah sí sí, es que me dio miedo cruzarme con el fantasma -Dijo mirando de reojo a Julieta y Bautista que estaban jugando cerca.
-No repitas eso en frente de los chicos que se lo creen, no hija no hay ningún fantasma ¿VES LO QUE LOGRÁS EMILIANO? ANDÁ A AYUDAR A JOSÉ A DESESMPACAR DALE. Lo único que me faltaba, que el grandote ande asustando a los…
Las palabras de su estresada madre se iban perdiendo lentamente detrás, mientras el adolescente aún algo confuso por la situación salía del hogar y se dirigía al auto donde su padrastro terminaba de desempacar unas cajas marrones.
El jardín era bastante pintoresco, tenía dos arbolitos y un camino de piedras que conectaba la calle con la entrada, el resto de superficie estaba recubierta de pasto y hierbas bien cuidadas. En ambos laterales del jardín había una prolija fila de flores. Si su abuela estuviese aquí le diría al instante que de tipo eran, pero ella no estaba ahí, y la botánica no era la especialidad de Emi, por lo que su conclusión final fue «Rosas no son». De todas formas, le seguían llamando la atención, como si en otro lugar hubiese visto unas iguales. Seguro en alguna película o así. En un ratito las podía googlear y ver cuáles eran, publicarlas en internet porque las flores se venden caras, nadie iba a notar que faltaban un par, $50 cada una y se hacía como $1500, y seguro que…
-¿Y Emi? ¿Te gustó tu nueva pieza?
El padre del joven interrumpió los pensamientos emprendedores y le recordó donde estaba parado. Va, no era su padre biológico en realidad, pero prácticamente se había criado con él toda su vida, por lo que para el chico, como le dijera le daba igual. José, papá, Jo, realmente no importaba. Consideraba que sentía el mismo apego que cualquier hijo siente por su padre.
Jose Zaccaria es un padre de familia, ingeniero industrial y aficionado a las motos. Algo gordito, quiere esconder que esta empezando a perder el pelo y tener canas. «Siempre las tuve» dice, cuando todos saben que no. Pasa casi todo el día trabajando y arreglando cosas. El tiempo restante lo divide en ver series y comer queso con dulce de batata.
-Sí, me gustó la pieza nueva, estuve recién acomodando todo para ya tenerlo listo.
-Bien, yo ahora enchufo el teléfono fijo, la televisión y llamo a la compañía de servicios para que vengan a conectar el Wi-Fi. Después haceme el favor de subir unas cortinas que trajo tu mamá del departamento, yo le dije que las tirara, pero me insistió. Están por ahí en unas cajas.
-Ah, ya las subí hace un rato. El desván ese es horrible. Está lleno de humedad y hay ratas creo.
-¿Ratas? ¿En el ático? ¿Y cómo llegaron ahí? ¿Estás seguro?
-En realidad no, cuando subí escuché unos ruidos, supuse que eran ratas.
-¡COMADREJAS HAN DE SER! -Exclamó el padre levantando su dedo índice.
-Si… comadrejas… En fin, después fijate.
-Ayudáme a bajar lo que falta y vamos juntos a ver que hay. No podemos dejar que haya plagas, se van a enfermar los nenes.
Ambos desataron las tiras que sujetaban las pertenecías que traía el trailer de la mudanza y se dispusieron a bajar todo lo que había. Colchones, sillas, ventiladores, la heladera. Un sinfín de cosas que les tomó alrededor de dos horas terminar de descender y colocar en su sitio. Pero al final, ya estaba todo listo. Justo al terminar, Lili volvía del almacén con sanguches y jugo, así que decidieron tomarse un pequeño recreo antes de subir al ático. Aunque se suponía que era un descanso, Emiliano no podía dejar de pensar en ese viejo mueble, en la noche nublada que se veía a través de la pequeña ventanita y en la incómoda sensación de no estar solo. Quería autoconvencerse de que fue su imaginación nuevamente jugándole una mala pasada. Pero por algún motivo esta vez no conseguía entrar en razón. Estaba completamente aterrado, inmerso ya sin regreso en el miedo, y era chistoso, porque no le temía a un monstruo ni a un lugar embrujado. Temía que realmente haya sido una rata.
Y para los poco perspicaces Emiliano no le tiene terror a las ratas, pero si el causante del sonido que tantas sensaciones le había provocado había sido solo una rata, una comadreja o cualquier animal, iba a ser muy decepcionante. Toda su vida deseó una aventura, un encuentro exótico, algo por explorar, por descubrir. Y sonaba estúpido lo que imaginaba, pero quien sabe, quizás allí había algo más.
Mientras terminaba un sanguche de jamón, José le indico a Emi donde estaba la caja de herramientas para que busque una linterna, puesto que el ático no tenía luz.
-Ya voy a instalar algún foco -Dijo José mientras se desperezaba- pero ahora hay que apurarse. Ya son casi las 8 y todavía tenemos mucho por preparar.
Ambos, ya listos, abrieron la trampilla y miraron desde abajo el lugar.
-Está oscuro en serio eh, prende la linterna y anda subiendo, yo voy a preguntarle a mamá que vamos a comer.
-No seas miedoso Jo, es una rata. O comadreja.
-O Lucifer -Balbuceo el hombre mientras miraba perdido la oscuridad. Rápidamente notó que su comentario podía asustar al joven- Dale tonto, es un chiste, subí vos primero que lo conocés, yo voy atrás tuyo.
-Como sea -Susurró Emiliano.
No quería ir primero. Pero tampoco tenía opción, así que contrajo valentía de algún lado y comenzó a subir, lento pero seguro.
La luz de la linterna fue iluminando poco a poco la misteriosa habitación. Las cosas, para alivio del joven, seguían tal cual estaban la primera vez que subió. «Y sí ¿Quién se las pudo llevar?» dijo para sí, burlándose de sus propias preocupaciones. Pero, burlarte de tus preocupaciones no hace que dejes de tenerlas, y Emi lo sabía muy bien, sin embargo, prefería hacerlo aunque sea para desestresarse un poco.
Al fin, el chico ya se encontraba completamente dentro de la habitación con la linterna encendida. El lugar se veía incluso menos luminoso que cuando ingresó hacía unas horas. Lo cual no tenía sentido, porque ninguna luz externa lo estaba iluminando a la tarde, en la ventanita se veía una noche nublada y tampoco había ningún foquito de luz.
Mientras por enésima vez el joven se perdía en sus conjeturas. José termino de subir las escaleras y pego un grito de molestia.
-¿Qué es esta humedad por favor? -Se quejó mientras tapaba su nariz- Hay que hacer una limpieza de este lugar urgente. Está todo lleno de telarañas ¡y Dios ese tocadiscos!, junta mugre solamente -Decía mientras inspeccionaba el lugar- Mañana mismo con tu mamá nos ponemos a limpiar este desorden, pero ahora decime donde escuchaste el ruido.
-Creo que venía del armario. Atrás tuyo -Contestó Emi señalando el enorme mueble detrás de su padre- No lo revisé ni nada, pero supuse que estaría ahí.
-Uf, es un mueble realmente grande. Y muy lindo también, ya veremos cómo lo bajamos. Me gusta la decoración que tiene en los costados -El padre se acerco, y comenzó a tantearlo- Creo que vamos a necesitar un destornillador o una palanca. Porque esta cerrado y no tengo la llave.
El chico se sorprendió del comentario de José. Es verdad, el armario tenía dos cerraduras en medio de una flor y no se había dado cuenta. Y quizás, la llave que necesitaba…
-Hoy me encontré esto cuando llegué ¿Quizás puede abrirlo cierto? -Dijo y extendió la pieza de metal al padrastro. He de decir, que la llave estaba fría, casi congelada. Pero por los nervios, el chico casi ni le prestó atención.
-Ah mirá, dudo mucho que pueda abrirlo, pero podemos intentarlo -Dijo el padre desesperanzado- Esta muy frío esto ¿Dónde lo encontraste? ¿En el freezer?
-No no, estaba arriba del ropero de mi pieza. Creía que era de ahí, pero mi placard no tiene cerradura.
El padre se puso en frente al gigantesco armario e ingreso suavemente la llave, la cual aviso con un sonido satisfactorio que, en efecto, era la indicada para abrirlo. El lugar estaba en total silencio, no se escuchaba más que el crujir de la madera acompañando cada movimiento. No había ni rastros de un animal silvestre.
La puerta del armario se fue abriendo despacio, el cuerpo del padrastro tapaba casi por completo la visión del joven, quien solo alcanzó a ver como una fuerte luz provenía desde el interior, pero no era una luz artificial. Era una luz de esas que entran cuando abrís la persiana a la mañana. José la abrió aún más y quedo helado mirando al frente. Al joven le tomo un segundo decidirse a mirar por su cuenta. Hizo a un lado a su padre y…
. . .
-Dale Emiliano despertate, ya estuviste todo el viaje durmiendo –Gritó Liliana mientras le abría la puerta del auto al joven- Dale agarrá estas cajas tuyas que no sé qué son, y llevalas adentro.
Nuestro protagonista abrió los ojos y se encontró llegando a su nueva casa en Villa Azul, tal como lo había hecho hace seis horas. En los auriculares sonaba Crying de Aerosmith igual que la vez pasada.
-¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Matamos a la rata? -Exclamó sobresaltado buscando a José con la vista- ¿Me desmayé?
-¿Que decís? Jajaja parece que alguien tuvo un mal sueño -Contestó José mientras cargaba unas cajas- ¿No te estarás drogando cierto? Hace mal eso.
-Uy si, el que nunca hizo nada, el santito -Acotó en tono burlón la madre.
-No, no, no, separemos. Yo no soy ningún santo, pero no era un drogadicto. He tomado alcohol sí, pero es diferente -Se defendió José mientras entraba con las cajas a la casa.
-Y no se si es peor, dale José, no seas caradura -Le gritó riéndose. Se volvió hacia el joven y le preguntó en confidencia- ¿Te estás drogando?
-¿Qué? Mamá por favor ¿Qué es esa pregunta?
-No bueno, yo no te voy a retar porque es la edad de probar cosas nuevas y lo entiendo, pero si lo haces decime, así puedo ayudarte cualquier cosa.
-Mamá, no sé de que estás hablando, dame las cajas así las entro y no seguimos esta charla sin sentido.
-No, está bien, ya las entro el gordo -Le dijo la mamá mientras revisaba el baúl del auto- Ah, acá están embaladas unas vasijas que nos regaló tu abuela. Metelas al living pero con cuidado por favor que tienen como ocho mil años.
La escena, obviamente, se le hizo muy familiar al chico quien agarró suavemente los adornos y los llevó dentro del hogar. Mientras recorría el caminito de piedras salió José y dijo muy serio.
-Sí. Tené cuidado. Que sean horribles como tu abuela no quiere decir que las puedas maltratar.
-JOSÉ POR FAVOR, SOS UN DESUBICADO -Chilló Liliana desde el auto- CÓMO VAS A DECIR ESO DE TU MADRE.
-Y si es verdad. Ella siempre me decía que soy horrible -Contestó el marido riéndose con ganas.
El bullicio del desempaque era abrumador, pero esta vez parecía silenciado en la cabeza del joven, quien estaba mucho más preocupado pensando en que había sucedido.
Llevó todas sus pertenencias a su nueva habitación, cerró la puerta y se sentó en la cama. Fiel a su costumbre, empezó a hablar solo.
-Okey, es momento para pensar. Todavía no hay que entrar en pánico. Al parecer tuve un sueño exactamente igual a lo que estoy viviendo. Pero tranquilidad, quizás solamente fue un deja vú gigante… muy específico… -Emi se paró y revisó arriba del ropero. Tal como lo vio en su «sueño», allí estaba la llave- Bueno definitivamente no fue un deja vú gigante. Hay dos opciones. O todo fue un sueño, lo cual es bastante improbable. O una fuerza mística esta reiniciando mi día por alguna razón que desconozco, lo cual es bastante improbable también.
El joven mientras caminaba en círculos por su pieza diciendo estas palabras, vio que dentro de unas cajas había una libreta. Recordó que su abuela le había regalado una agenda para su cumpleaños pasado. Al parecer su madre la incluyó con el resto de sus cosas. Se acercó, tomó el cuaderno con su respectivo bolígrafo y se sentó a escribir posibles hipótesis de lo sucedido.
El tiempo pasó y pasó, el joven escribía teorías y tachaba las que no tenían sentido, buscaba indicios en su sueño. Pensaba en las rosas, en las flores, en la comadreja. Ataba cabos, intuía, relacionaba conceptos. Y al cabo de una hora ya había llegado a una conclusión.
-Illuminatis -Exclamó sorprendido. Pero rápidamente volvió a hacer un análisis de lo que había escrito- Sí, quizás me estoy volviendo un poco loco.
Mientras Emi se agarraba la cabeza y comenzaba una nueva hipótesis, Liliana entró veloz en la pieza del chico.
-Emiliano no ordenaste nada ¿Qué estuviste haciendo? -Dijo furiosa- ¿Estuviste durmiendo?
-Em… sí, perdón… Es que estoy muy cansado.
-¡Ay Emiliano te voy a matar! Subí ya estas cosas al ático dale, y después venís y ordenas todo esto ¡¿Me oíste?!
El chico no alcanzó ni a contestar antes de que la madre se fuera como un rayo hacia la cocina donde Julieta había comenzado a llorar.
Ahí estaba otra vez, sosteniendo las cajas con sus antebrazos en frente de la astillada escalera que conducía al piso superior. Esta vez la oscuridad no era absoluta. Podía distinguir las vigas del techo y las incontables telarañas. Aún estaba desconcertado por todo lo que había sucedido. Pero todo lo sucedido ocurrió ahí arriba, por lo cual, probablemente las respuestas también estén allá arriba.
Nuevamente dentro de la habitación, sentía por tercera vez ese nauseabundo olor a humedad. Pero esta vez no le molestaba, estaba demasiado pendiente a su alrededor como para quejarse por eso. Dejó las cajas al lado del antiquísimo tocadiscos y se dispuso, temblando de miedo, a revisar el armario por si mismo.
Se acercó lentamente, casi como la primera vez. Volviéndose a ver en el hermoso espejo que tenía una de las puertas. Portaba la apariencia de un ladrón nervioso que recién se levantaba de la siesta. Los pelos despeinados y ojos bien abiertos decorados por unas hermosas ojeras.
Tomó la llave, que de nuevo estaba helada y antes de abrir el mueble lo volvió a revisar. Sintió con sus dedos las hendiduras en la madera. Las flores se le hacían muy familiares. En algún lugar las había visto. Acompañó con el dedo un tallado que iba desde el frente hacia uno de los laterales, dio vuelta hacia uno de los costados y una comadreja apareció desde atrás del mueble.
-¡AAAAAH QUE SUSTO LA PUTA MADRE! -Gritó el joven llevándose las manos a la frente. Al chico le daban bastante asco esos animales, pero por la situación en la que se encontraba agradecía que solamente haya sido una comadreja- Que fea que sos eh.
-¿Qué pasó? ¿Estás bien? -Pregunto preocupado José mientras subía- ¿Qué había? ¿Te lastimaste?
-Estoy bien. Simplemente es una comadreja -Contestó.
-¿COMADREJA? ¡Já! ¡Yo sabía! -Dijo el hombre mientras descendía las escaleras para avisarle a su esposa- ¿Viste Liliana? Yo te dije. Vos no me creías. Yo sé de estos temas Liliana, por favor, a mí me querés contradecir.
El chico se reía del orgullo de su padrastro mientras empezaba a reaccionar que quizás había sido un error llamar su atención. En su «sueño» el padre abría la puerta y encontraba algo raro. Algo que, quizás, tan solo quizás, haya sido el causante de que su día se reinicie. O tal vez el causante del reinicio del día sea José. No lo sabía, estaba creando conjeturas sobre la marcha y seguramente no eran las más acertadas.
-A ver, decime donde viste al animal ese -Dijo entusiasmado José mientras subía velozmente las escaleras, sin tener miedo a que se rompan- Decime donde esta así lo asesinamos a él y a toda su familia.
-JOSÉ POR EL AMOR A DIOS -Volvió a chillar Liliana desde abajo- ES UN ANIMALITO INDEFENSO.
-Bueno perdón, lo vamos a guardar en una cajita y lo dejamos en el descampado -Le gritó a Lili. Rápidamente se volvió hacia el armario y dijo- Entreguenlo y su final será rápido.
-No creo que este acá, yo vi que se tiró por la ventanita -Soltó Emiliano nervioso. No quería que José revise el lugar.
-¿Qué decís Emi? La ventanita esa no se puede abrir. Tiene que estar por acá. Ah, seguro están adentro de este armario.
-No, no… el armario esta cerrado, y con llave, así que no hay forma de que las comadrejas vivan ahí -Dijo nervioso el joven, llevando la atención de su padrastro a otro punto de la habitación- Mira, pueden vivir atrás de esta enorme biblioteca.
-Emi, el armario este no tiene llave.
José había agarrado uno de los picaportes con forma de flor y movido la puerta lentamente hacia atrás. Desde dentro salía una fuerte luz solar.
-Qué… demonios… hay… aquí -Dijo el hombre abriéndola por completo.
Esta vez Emiliano estaba situado a un costado, por lo que pudo ver qué había en el interior del famoso ropero.
Dentro, se levantaba un gran bosque lleno de árboles exóticos de muchos colores. La fuerte luz provenía del mismo Sol que iluminaba vastamente todo el paisaje. Era un lugar más que magnifico, era un lugar fantástico. Parecía de un cuento de hadas.
. . .
-Dale Emiliano, despertate, ya estuviste todo el viaje durmiendo -Gritó Liliana mientras le abría la puerta del auto al joven- Dale agarra estas cajas y lleválas adentro.
Nuestro protagonista abrió los ojos y se encontró llegando a su nueva casa en Villa Azul, tal como lo había hecho hace seis horas. En los auriculares sonaba Crying de Aerosmith igual que las dos veces anteriores.
El joven seguía encandilado por la hermosa luz solar que apreció hace unos instantes, todavía tenía el recuerdo vivo de aquel hermoso bosque dentro del armario.
-Narnia… -Dijo con tono profundo mientras miraba hacia el horizonte- Aslan…
José y Liliana se miraron confusos.
-¿Te andás drogando Emiliano? -Preguntó el padre-.
-¿Qué? No José, no me drogo, ya dame las vasijas de la abuela así las entro.
-Bueno buscálas en el baúl -Dijo Liliana- Pero tené cuidado que me las dio tu abuela y tienen como ocho mil años.
-Sí mamá, ya te escuché, tres veces te escuché -Soltó el chico mientras entraba los jarrones a la casa.
Liliana y José se volvieron a mirar confusos.
-Para mí sí se esta drogando -Dijo Liliana con tono preocupado.
-¡Uy!, habló la que nunca hizo nada, la santita -Le contestó su marido riéndose.
-No, no, no. Yo fumaba cigarrillos, no me drogaba, no es lo mismo -Se defendió su esposa ofendida.
Nuevamente, el bullicio del desempaque era abrumador. Pero el joven casi ni le prestaba atención. Se encerró en su pieza y comenzó a decorarla como la primera vez.
-Bueno, ambas veces, al cabo de una hora entra mi mamá diciéndome que lleve unas cajas al ático. Por lo cual voy a aprovechar esta hora para terminar de ordenar mi pieza lo antes posible, cosa de dejar todo prolijo y poder investigar tranquilo el bosque ese -Dijo en voz alta mientras tomaba la llave encima de su ropero- Si tengo suerte dispongo de unos 30 minutos aproximadamente hasta que Lili me vaya a buscar, creo que es tiempo mas que suficiente para explorar una buena parte del territorio. Voy a llevar la libreta y el bolígrafo para tomar nota de todo lo que vaya pasando y quiera registrar. Quizás me pueda hacer amigo de algún centauro, de algún hada, ya veré, ya veré. Demasiadas cosas por hacer. Lo primero que debo consultar es por qué el tiempo se reinicia, es una mecánica interesante que tienen los magos de ese lugar. Porque seguramente haya magos ¿Cierto? Pues supongamos que sí…
Y así, Emiliano hablo largo y tendido de cómo podía hacer para crear un arco con un palo torcido y una tanza. También se puso a calcular que tan fuerte debería pegarle con una piedra a quienes se le acerquen. Un sinfín de estrategias de pelea y defensa personal que, entre nosotros, no le van a servir mucho.
Exactamente una hora y tres minutos después, entró fugaz Liliana a la habitación del chico.
-Emiliano subí estas cajas al ático, cuidado que seguro hay mucha humedad ahí arriba -Dijo la madre.
-Me tengo que hacer hombre.
-Que machista que sos, igual que José -Contestó la madre mientras se iba como un rayo a apaciguar (o empeorar) la pelea entre Julieta y Bautista.
El chico volvía a estar en frente del armario, con la mirada fija en el espejo. Había puesto el tocadiscos encima de la trampilla para ralentizar a su madre o padre cuando intenten subir a ver por qué el chico se estaba demorando tanto.
Tomó la llave de su bolsillo, y la acercó a la cerradura. El mueble soltó un satisfactorio «Click-Clack» avisando que la puerta ya estaba lista para ser abierta. El joven agarró fuerte su libretita y suspiró tres veces, luego estuvo listo para abrir la impetuosa puerta hacia su aventura.
Pero esta vez, dentro del mueble no había más que un par de blusas viejas, perchas, algunas telarañas, y en el suelo hojas sueltas.
«Schiiii» chilló un ratoncito que salió de atrás de una campera.
FIN CAPÍTULO 1.