Dawn of Men – Capítulo 19
Capítulo 19
Cuando Nathan se dio la vuelta para volver luego de ver como Tora había masacrado a los hombres, las personas de la tribu le miraban raro, veía algo de miedo en sus ojos, temor y otras emociones que no podía explicar.
Con tal sólo un paso que dio, las personas retrocedieron y su temor aumentaba. Se quedó parado sin decir nada, con los ojos un poco abiertos y su boca también al ver la escena frente a él. Las madres protegían a sus hijos y los hombres estaban preparados.
“¿Acaso me temen?” Se dijo para él mismo.
“Después de ver que tu tigre haya matado a los otros, sí. Nunca han visto algo parecido” Dean se acercó hasta Nathan apoyando su mano en su hombro. Con la vista hizo que todos volvieran a sus hogares y que se quedaran allí. “Te has excedido” Golpeaba un poco su hombro y se dirigía a su choza sin decir nada más.
“Eran ustedes hasta que me vio a mí, por eso ordené a Tora a que haga algo” Fue la única excusa que pudo dar. Dean se detuvo unos segundos y volteó su cabeza para verlo pero otra vez, no dijo nada. Unos segundos se quedó así hasta que finalmente suspiraba y cerraba sus ojos.
No le dio la espalda esta vez, se dio la vuelta para mirarle a la cara. Un rostro serio aparecía en él, sin emoción alguna. Lo que veía era lo que un padre viera de un hijo: decepción. Esa fue la mirada que le estaba dando, una mirada decepcionante ante su acción. “Piensa en lo que has hecho, eres un niño todavía y, será mejor que por algunos días no aparezcas. Espera que los demás se calmen” Estaba por decir algo pero parecía que sabía que iba a preguntar. “Sobre mi hija…”
“Lo vi todo, no hace falta decidir por mí” Liz apareció detrás de Dean quien estaba mirando a su hija cuando escuchó su voz. Miraba a un peliblanco sin nada que decir y apretando sus puños. Ella podía ver que se sentía mal por lo que hizo. Ella incluso también estaba sintiendo pena por él pero no podía quitar de su cabeza la imagen de él ordenando a Tora hacer tal cosa, animal que ahora estaba sentada a un lado de él sin moverse o siquiera hacer algo salvo lamer sus patas. “Nathan…”
Él cerró sus ojos y trataba de no mirarla apretando sus puños con fuerza, más por recordar que su acción desembocó en que los otros le temieran a pesar de estar con ellos semanas ya. A parte, la única mirada que no le gustaría ver con temor era la de ella. A diferencia de Evelyn que al pasar más tiempo con ella, con Liz sí había desarrollado un sentimiento de afecto y cariño, algo que con la otra no le generó del todo.
Abrió los ojos al sentir un abrazo, un abrazo que ella misma le estaba dando. Quedó sin palabras y lo mismo Dean quien ambos la miraban, uno sorprendido y el otro sin entender la razón de ello. No, no había palabras para describir esta misma situación.
“Has hecho lo que creías mejor, no te juzgo por ello” Eso fue lo único que pudo decir mientras seguía abrazándole con toda sus fuerzas y esconder su rostro en su pecho.
“Gracias” Fue su única palabras al escuchar eso. Correspondió el abrazo y le dio un pequeño beso en la cabeza. Pero luego de unos segundos le tomó de las mejillas para verla a los ojos. “Pero tu padre tiene razón, lo que hice generó miedo en los demás por lo que debo irme” No le gustaba la idea pero, de todas formas tenía que hacerlo. Se separó de ella, dándole otro pequeño beso pero en la frente y se despidió de ambos. Sabía que iba a volver por lo que, fue una despedida pequeña. Se subió a Tora que había estado lamiendo sus patas y se fue de nuevo, a las cuevas mientras su espalda era mirada mientras se alejaba.
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No volvió a los días sino que espero hasta una semana para volver a verlos. Para ese entonces, seguro que estarían menos temerosos cuando lo vieran.
Estaba asentado en las cuevas donde antes los osos hibernaban. Como se lo esperaba, al otro lado de las cuevas, había algunas tribus que se podía divisar a lo lejos. Tardaba algunas horas en llegar debido a Tora. La tribu tenía gente, muchas más gente que en donde estaba y le llamaba la atención que el líder sea alguien que usara cráneos de animales como cascos. Pronto descubrió que este líder era una especie de chaman, el primero que conocía desde que apareció.
Pero también creía que era un loco, diciéndole cosas como que era una persona que portaba el caos pero a la vez orden. Era la desgracia y la fortuna y su forma de decirlo era la razón de dudar de ello. No decía nada por respeto, aparte de querer conocer un poco más a qué cosa adoraban. Ahí entraban la religión.
Cuando estaba siendo recibido por los otros, pudo ver un enorme tronco clavado en una parte no muy alejada de la tribu que contenía cráneos. De cerca, era un árbol con ramas sin hojas y donde los cráneos eran las hojas del mismo. Le pareció sorpresivo y le daba mala espina al saber que eran huesos de personas.
Sólo se quedó un día. Le pareció agradable conocer nueva gente. También estos estaban curiosos sobre él y más al verle montar un tigre. Montar animales para ellos estaba fuera de todo pensamiento. Además, pudo averiguar gracias a ellos que otras tribus vivían por los alrededores a las cuales fue a visitar.
Efectivamente, al igual a la que acababa de visitar, también tenían estos chamanes que se ostentaban atuendos como el anterior, cada uno siempre diciendo que aparte de traer caos, traerá orden. Al menos variaba en la forma que se lo decían. Ignorando como estos le decían muchas cosas sobre su destino o si espíritu, la gente del pueblo se mostraba a veces conservadoramente, mirándolo de una manera extraña pero nunca siendo hostil con él. Tal vez el tigre tenía mucho que ver. Pero los niños de aquellas tribus lo miraban como si estuvieran viendo a su héroe. Les permitía a pesar de que las madres, mujeres que alguna de ellas incluso se ofrecieron a él, no les dejaba acercarse a él y a su tigre. Él les dejó que lo acaricien así como montarlo junto a él, terminando en ser querido por todos los niños.
Lo agradable de ser bueno era que estas personas lo eran. Estas tribus que estaban separadas por montañas así como elevaciones de los terrenos y más, contenían un pensamiento muy diferente a los demás en donde el fuerte reina y el débil sirve.
No volvió hasta donde estaba Liz no en una semana sino en dos. Se había decidido en ver la gran mayoría de las tribus que había por allí.
De donde estaba la pequeña tribu de Liz, pasando las montañas, había al menos 10 tribus en la que estaba, cada una de ellas contando con muchas más personas, más de 100 o más. Además, estos estaban a las cercanías de otro tipo de bioma. Por la vegetación y la forma de los árboles, no era un bosque sino una selva. Supo que allí, en la selva, residían algunas tribus, tribus que eran completamente hostiles con todos los que entraban pero no cuando estos salían de allí. De ahí se les ocurrió, por pensamiento de lo que había leído alguna vez amazonas, ¿existirán? Se preguntaba.
Tras aprender más cosas del mundo y guardar algunos recuerdos, se dispuso a volver de nuevo primeramente a la cueva. Luego, una vez que viera las cosas que tenía, iría de nuevo con los demás.
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Mientras volvía a su cueva luego de un largo tiempo, dos semanas ya, pensaba en algo. Pensaba en la idea de explorar. Después de conocer a varias tribus en dos semanas donde iba de tribu a tribu, su corazón se llenaba de unas enormes ganas de seguir haciéndolo pero debía volver con Liz.
Había una diferente sensación entre lo que era Evelyn y Liz. No tenía la misma sensación que la primera con la segunda. No. Estaba seguro que mientras más tiempo pasaba lejos de Liz, más la extrañaba. Se rascaba la cabeza y se relajaba un poco. Se daba cuenta que le gustaba.
Llegó a su hogar, la pequeña cueva. Las cosas que había dejado hace dos semanas seguían allí. Suspiraba. La comida que había guardado se la dio a Tora quién estaba contenta luego de comer algo después de días. Él, por otro lado, comió unas plantas que una de las tribus se otorgó. No sabía qué diablos era pero era rico, nutritivo y esta vez se iba contento porque le dieron semillas de esa planta.
¿Qué significaba tener semillas? Que podía plantar esto y tener una comida diferente a carne. Pero, con su felicidad venía su duda. ¿Tendrían alguna consecuencia su consumo? No lo sabe él. La tribu le dijo que estas plantas eran buenas y no hacían o no tenían ningún efecto malo. Pero estaba contento de haber conseguido algo de lo que tanto deseaba.
Notó a Tora que estaba cansada y ni bien estaban en la cueva, se recostó cerca de donde había hecho un fuego antes y se dispuso a dormir. Sonrió al ver a su gato dormir. Encendió un fuego luego de buscar algo de palos y piedras para encenderlo.
“Ah… Creo que voy a dormir un poco” Bostezo un poco, estiró y se acomodó cerca del fuego al igual que Tora quién ya estaba desparramada y movía sus patas dormida. Acomodo las pieles, su cama provisional, y se recostó mientras suspiraba y miraba al rocoso techo de la cueva. Cerró sus ojos y, ya calentito, se durmió al cabo de unos minutos.
Cuando se durmió, ya era de día. Cuando se despertó, seguía siendo de día. Había dormido un día completo y un poco le costó adaptarse a esa idea de dormir un día completo.
El fuego estaba apagado. Tora cuando despertó no estaba. No tenía idea de donde se encontraba y estaba desesperado de saber que algo malo le haya pasado.
Se puso su abrigo de piel, se equipó con todo lo que podía llevar y salió fuera de la cueva sólo para ver a Tora siendo acariciada por alguien más. Pero sus ojos estaban más abiertos, más sorprendentemente cuando estaba viendo QUIEN le acariciaba.
“¿Liz?” Al ver a Liz otra vez luego de dos semanas, realmente pudo confirmar que su cariño por ella no era sólo unas ganas de estar con ella sexualmente, aparte de eso, era afecto de verdad, le gustaba. No sabía si era amor pero no quería pensar en ello.
Ella acariciaba al tigre pensando que había vuelto sola a la cueva donde descansaba Nathan pero verlo, verlo hizo que dejara de acariciar a Tora y saltara encima de él para abrazarlo. De más estaba decir que el sentimiento de falta era mutuo.
“¿Qué haces aquí en la cueva?” Esa fueron sus palabras al darse cuenta de ello. ¿Qué hace ella aquí? ¿Por qué no están con los demás? La extrañaba pero primero velaba por su seguridad.
“¿Qué hago? Esperaba a que llegaras porque dijiste que vendrías en unos días… Mentiroso” Tras su última palabra, esta le dio una bofetada y una fuerte. Nathan sólo se quedó quieto y recibió el golpe. Le hizo mover la cabeza a un costado. Apretó con fuerza sus ojos y boca, tratando de no enojarse por ello por la razón que tenía Liz. “Ya que estás aquí, ¿Cuándo piensas volver con los demás?” Con demás, se refería a su padre y a los otros quienes, después de unos días, notaron la ausencia del peliblanco y empezaron a extrañarle. El pequeño tiempo que pasaba con ellos fue lo suficiente para que le tomaran un poco de cariño y lo vieran como suyo.
Dudó un poco haciendo algunas muecas. Se frotaba la barbilla y tomaba una pose pensadora mientras miraba con un poco de detalle a Liz. “No lo sé, he estado visitando algunas tribus pasando estas montañas y la verdad, estoy algo cansado y necesito que alguien me haga compañía…” Se rascaba la barbilla y miraba con una sonrisa pícara a Liz luego de decir eso último a lo cual ella no captó hasta segundos después de lo que había dicho.
También respondió con la misma sonrisa pero a ella se le veía mucho mejor que a él. Miraba como pasaba por su lado caminando y meneando todo su cuerpo ya encendiendo su deseo sexual por ella. Algo que extrañaba de ella era más que nada su cuerpo.
“Y… ¿qué esperas para venir conmigo entonces?” Cuando se paró sobre las pieles, esta dejó caer su vestido de piel de tigre dejando al descubierto su figura hermosa. Delgada pero bien proporcionada en los lugares adecuados. Una cintura un poco grande que el promedio que le daba un trasero firme y grande pero, nada comparado con sus pechos. En este punto, de las tribus que visitaba, no había duda alguna de que las mujeres tenían pechos grandes.
“A que me lo pidieras, claro” Antes de desvestirse, se aseguró de que Tora vigilara la entrada. Se dispuso a encender otro pequeño fuego encima del ya extinto y una vez que ya el ambiente estaba más que preparado, se lanzó sobre ella y como animales en celo, lo hicieron toda la tarde, resonando en la cueva los gemidos de Liz haciendo eco cada vez más fuerte pareciendo que un animal sufría si alguien escucharía de fuera.
Cuando se dieron cuenta una vez terminado su “apareamiento”, era de noche. Liz estaba exhausta y Nathan debía reconocer que estaba un poco cansado por lo que ambos decidieron comer algo de las plantas que él trajo, volverse a vestir y ahora, dormir como si fuesen una pareja.
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