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Vois Fachnir – Capítulo I – LA REUNIÓN DE MATADRAGONES

Modo noche

La Reunión de Matadragones…

 

La ciudad de Meneliada murmuraba los bisbiseos de las miles de personas que, en aquel caluroso día, se paseaban por las calles anchas o estrechas de la ciudad, la cual se sitúa en parte por un masivo saliente de roca y por diez kilómetros de claro (llanura). En el masivo saliente de roca es donde se encuentran los templos, castillos, palacios y torreones de los nobilitas y de la Iglesia Eunesis. Y con tanta gente rondando por la estrecha calzada, Royko se sentía demasiado incómodo.

Para suerte del Matadragones, los intensos rayos del sol no se llegaban a filtrar del todo de la extensa tela que cubría toda la calzada principal, proporcionándole sombra al Asesino de Dracos. Pero aun así, Royko podía sentir las penetrantes miradas de los diferentes ciudadanos que comerciaban los diversos utensilios artesanales, fragantes o incluso domésticos.

La armadura del Matadragones estaba compuesta por un pesado peto de acero grisáceo oscuro, con diferentes surcos que lo hacían tomar una apariencia de desgastado. El taparrabos, hecho de escamas de un Wyvern y adherido a una tela verde grisácea agrietada, ocultaba las musleras y las grebas de acero grisáceo. Sus brazos eran protegidos por guardabrazos de acero, que terminan en unos cestus con la forma de cabezas de Dragón. Finas telas rojas sobresalían por debajo de las hombreras del Matadragones. Su grueso gorjal con diferentes capas cubrían la parte superior de su peto. Y el yelmo tenía forma horizontal, contrastando con las filigranas de las alas de un Draco, que terminaban por sobresalir hacia atrás.

Toda la armadura del Matadragones estaba hecha de un acero Biraniano, por lo cual, podía incluso resistir el aliento de un Dragón corriente. Royko había entrenado su cuerpo para poder resistir el increíble peso de una armadura de Matadragones, así como también manejar sus armas.

A pesar de toda la protección que llevaba, Royko sentía no sólo las miradas, sino que escuchaba también algunos murmullos de los ciudadanos que se encontraban tranquilamente comerciando sus utensilios. Royko, así como todos los Matadragones de cualquier grupo, ya se acostumbraron al rechazo de los ciudadanos. E incluso, una de sus reglas generales, era que ninguno de los Asesinos de Dracos debía de responder al racismo de nada ni nadie, pues no sólo demostrarían su debilidad moral, sino que también ejercerían un miedo mucho más mayor en ellos con cualquier acción. Eran más o menos como los Caballeros Esclavos No Muertos; sólo que en su grupo sí había cierto rechazo para cualquiera que quisiese entrar en la Legión. Pues para ellos, nunca deben de tomar a un Draco como si fuese un chiste con alas.

Por el resquicio de su yelmo con forma de alas de Dragón, Royko sólo miraba al frente, caminando sin apuros entre la gente de diferentes túnicas de colores o casacas marrones. El sonido de su pesada armadura parecía hacer incomodar a la gente que Royko alcanzaba a ver.  Pero, como siempre, el Matadragones ni se inmutaba a mirarles. Sabía que la reunión con su grupo y los demás estaba en un viejo asentamiento para los soldados de Meneliada, y que el mismo Senado de Meneliada había permitido a los Matadragones cercanos a refugiarse en él, siempre en cuando cumplan sus objetivos o aquellos objetivos que se les encomiende, pues el Matadragones sabía que, aunque sean el Senado, nunca tendrían el control completo de una numerosa Legión (además, las numerosas quejas de los plebeyos e incluso de la aristocracia sobre reptiles como los Dragones ya los estaba colmando). El asentamiento no debe de estar a más de medio kilómetro… Pensó, mientras que un carro de utensilios y perfumes manejados por un hombre con casaca marrón pasaba a su lado. Como siempre, Royko pudo sentir su mirada penetrante y desagradable. Deberé de apurarme si quiero salir de este mar de miradas.          

Royko sabía que incluso, el más mínimo apuro en sus pasos, podía alertar a los ciudadanos de su alrededor. Sabía que podría ser una negligencia idiota si fuese un Matadragones cualquiera, pero eso a Royko no le importaba, pues sentía que ya era demasiado tarde para la reunión, y él no quería llegar tarde y desesperar a su grupo.

Los pasos del Matadragones aceleraron un poco, haciéndole avanzar con más rapidez por la calzada y provocando que chocase con alguno de los ciudadanos que andaban por la misma calle. A Royko no le importaba el brusco contacto de hombro con hombro, pero la otra pequeña preocupación que tenía en su cabeza era la atención de los ciudadanos por su acción. Para ellos, los Matadragones eran unas bombas que, si no se trataban con moderación, podían llegar a explotar. Pero, aun así, ¿por qué siguen viendo con malos ojos y murmurando malas palabras sobre ellos a sus espaldas, mientras que ellos ya saben lo que hacen a sus espaldas? Aquella pregunta intrincaba a Royko.

En ese momento, el Matadragones oyó el mascullo de una mujer a la izquierda de las viviendas con tiendas. Y entonces, frente suya, apareció una niña con una túnica de color blanca. Su cabello cortó y de color marrón estaba revuelto, y en sus manos llevaba un odre de pieles. Royko descubrió a la niña detenida frente su camino, mirándole con suma fijeza. En ese momento, el Matadragones supo que la situación ahora se había torcido, y ahora todos los ciudadanos le veían con más miedo que antes.

—¡Oh, mis dioses, María! —exclamó la mujer de terror— ¡Vuelve aquí!

Royko se detuvo a dos metros de la pequeña niña, y agachó un poco su cabeza para poder verla. La superaba por más de un metro, pero el Matadragones no veía un miedo en los ojos, sino más bien… ¿Curiosidad? Pensó el Matadragones, fijándose en los inocentes ojos de la niña.

En ese momento, Royko vio como la niña miraba a su alrededor. Miraba hacia las personas que veían con un abrumador terror a la persona que tenía en frente. Se volvió hacia la enorme persona.

—¿Por qué le miran con terror, señor? —preguntó la niña.

En aquel momento, Royko pudo oír el silbante sonido de la hoja de una espada desenfundándose. Expulsó un silencioso suspiro. Siempre hay que ser discreto en estas situaciones… Pensó en una frase que le había dicho su capitana cuando la había conocido por primera vez. Nunca pensó que aquella frase la recordaría en una situación desprevenida como esta.

El Matadragones llevó su mano izquierda hacia su cintura, donde introdujo con justa precisión su cestus con forma de Dragón en el gancho, el encerraba al aro de acero del cestus con la fuerza de atracción de su aura. Royko sabía que, tanto las palabras como las acciones, llevaban ambas las mismas serias consecuencias. Por lo que se decantó por la acción de inclinar un poco su cuerpo hacia adelante, llevar su mano derecha al frágil hombro de la niña, para luego moverla con cuidado hacia la derecha, logrando que se quitase de su camino. Para suerte de Royko, la niña no se tropezó con el pequeño empujón. Y con ello, el Matadragones siguió avanzando hacia adelante, saliendo por fin de la calle cubierta de los rayos del sol por la tela gruesa.

La amabilidad con la que Royko tomó el hombro de la niña no fue por necesidad ni voluntad para salir de la situación; aquella amabilidad fue autentica. Pero el Matadragones sabía que los ciudadanos debieron de haberlo visto más como unos fríos movimientos de advertencia. De todas formas, Royko siguió avanzando, descendiendo ahora por la calzada al descubierto de los rayos del sol, y alejándose de la escena de la madre abrazando con suma preocupación a su pequeña hija. Royko, de alguna manera, podía sentir desde la distancia la curiosa mirada de la niña.

 

 

Cuesta abajo, Royko llegó hasta una intersección, donde tomó la derecha de la encrucijada, avanzando con más rapidez que la que debía. Por toda la calle, la gente era escasa, pues el Matadragones sabía que casi todos los días el gran comercio se hace al centro de la ciudad. Quizás por eso los grupos decidieron reunirse en un viejo asentamiento alejado de la gente.

Esta vez, por la escasez de la gente, Royko decidió apurar todavía más el paso corriendo un poco. El peso del cestus hacía que su brazo cayese un poco cuando comenzó a correr, por lo que decidió ajustarlo a su cintura como lo hizo con el otro. El Matadragones ya tenía suficiente llamamiento de la atención en aquel suburbio, y no quería hacer otro llamamiento usando su aura para desplazarse.

A medida que iba corriendo, Royko fue pasando por uno de los grandes foros de Meneliada, donde sólo se reunían allí algunas personas para descansar o leer. Y esta vez, las personas en el foro eran sólo diez de ellos. Royko siguió desplazándose por la larga carretera, pasando de largo de un carromato de un nuevo estilo que había salido hace no más de cuatro años, y de una gran biblioteca que abarcaba gran parte del barrio de Meneliada. Al estar hecha su armadura de acero Biraniano que puede soportar el fuego de un Draco típico, los rayos del sol no eran nada más que simples moscas que chocaban contra ella. Y ni siquiera sentía sudor dentro de la armadura.

Y fue entonces cuando, al atravesar otra encrucijada, Royko se encontró con el viejo asentamiento; una extensa estructura horizontal derruida, grisácea, y con torreones (algunos caídos) alrededor suyo. Royko se detuvo frente al asentamiento, quedando a sólo seis metros del extenso muro que lo separaba. Para suerte suya, el Matadragones pudo identificar un enorme hueco por donde podía entrar. Esta vez, el Matadragones no tuvo temor de usar su Aura; el Aura era un destello de color blanquecino que rodeaba al usuario, y que aumentaba sus cualidades hasta cierto punto. Con un impulso, Royko se abalanzó hacia el agujero, atravesándolo y adentrándose en lo que antes era la zona de entrenamiento.

Royko se detuvo y se irguió. Sus ojos, a través del resquicio de su yelmo, vieron lo ennegrecido que estaba todo el patio de entrenamiento. Los troncos de los árboles ahora eran ceniza casi en su totalidad, e incluso había algunas ascuas dentro de algunas hendiduras del patio. Poco a poco, la vista de Royko llegó hasta el umbral del asentamiento, donde, en el suelo, se encontraban las puertas.

Royko se encaminó hacia la puerta con la misma prisa, y esta vez sin usar su aura. Traspasó el umbral, adentrándose en una alargada estancia llena de los escombros de los muebles reducidos a ceniza. La luz del sol se cernía por los vanos del asentamiento, proporcionándole cierta iluminación al Matadragones. Pero Royko se extrañó que su grupo no se encontrase en aquella estancia. A lo mejor deben de estar en la siguiente. Pensó, volviendo su vista hacia un enorme muro que tenía ambas puertas a su disposición.

El Matadragones se abalanzó hacia él con un impulso de su aura, logrando desplazarse a gran velocidad por toda la estancia y llegando frente a las puertas en menos de cuatro segundos. Royko se detuvo plantando los pies con fuerza en el suelo, a cuatro metros de ambas compuertas ennegrecidas. Se irguió, miró lo destrozadas que estaban las puertas y extendió ambas manos, aterrizándolas en su cálida superficie. Tensó un poco los brazos sin la ayuda de su aura, y dio un fuerte empujón a las puertas, abriéndolas con un estruendo ruido que incomodó al Matadragones.

Cuando volvió a erguirse, por el resquicio de su yelmo Royko logró divisar las doce figuras que se habían conglomerado alrededor del centro de la estancia. Algunas de ellas estaban sentadas en los restos de los muebles, portando sus distintas armas. Pero Royko se fijó más en las cuatro figuras que reconocía como su grupo.

Un miembro de su grupo alzó su brazo extendido, agitándolo hacia atrás en un ademán para que viniese.

—Llegas un poco tarde, Royko —dijo con un tono medianamente grueso.

El Matadragones, con cierto sentimiento de culpa, se encamino hacia ellos con el mismo apuro, mientras que la figura volvía a bajar su brazo.

Royko rodeó a todos los Matadragones que se reunían en el centro de la estancia, adentrándose en un suelo lleno de cenizas y restos de muebles, para luego salir de allí y colocarse al lado de la misma persona que la había llamado. Inclinó sus piernas hacia atrás, sentándose con cuidado en el limpio suelo. Cuando se acomodó un poco, Royko vio que las miradas de todos los Matadragones dejaron de fijarse en él, volviéndose hacia unos diversos mapas tirados en el centro. Royko identificó los mapas como los exteriores de Meneliada.

—Bueno —dijo uno de los Matadragones que no pertenecía a su grupo—, varios grupos de la Legión ha llegado a Meneliada con el objetivo de cumplir las misiones de los diferentes ciudadanos y del Senado. Al fin y al cabo, nuestro oficio es matar Dragones y seguir al pie de la letra lo que nuestro Dios Lodrico Matadragones hizo en su tiempo —en ese momento, uno de los Matadragones desplegó uno de los mapas, dejándole al descubierto un gran sector de las amazonas de Meneliada—. Sé que se nos conoce por la individualidad entre los grupos y porque lo hacemos todo a la carrera. Pero por esta vez, trabajaremos con cierta coordinación, pues estos Dracos, como se nos describieron, son bastante peligrosos.

En ese momento, Royko, al igual que todos los Matadragones de la estancia, prestaron suma atención a las siguientes explicaciones:

—El primer Draco, con el que mi grupo se empeñara en despedazarlo, será al parecer un Dragón bípedo y con forma de serpiente, el cual se esconde al norte de este sector, donde aquel campesino nos dijo que lo logró ver —el Matadragones se acercó al centro, indicando con su dedo un punto norte del mapa de las amazonas de Meneliada.

A medida que el Matadragones iba explicando las distintas especies de Dragones (e incluso otras criaturas que también descendieron de algunos de los Dragones Divinos, como Basiliscos y una enorme salamandra carnívora), Royko, al igual que su grupo, oían con atención hasta que el Matadragones se destinó a indicar su objetivo.

—Y para ustedes —dijo, apuntándoles momentáneamente—, les toca otro especial —En ese momento, un Matadragones intercambió mapas hasta llegar a uno de los castillos de Meneliada. El Matadragones entonces precipitó su dedo hasta uno de los castillos—; según nos han dicho los paladines del príncipe Lorick, unas Gárgolas han estado asechando los porches y las plazas del castillo, perturbándolos. No les han notificado nada al Rey, pues eso causaría disturbios en todo el castillo y Meneliada. Por lo que tendrán que ir al castillo cuando el sol caiga, y esperaran a la medianoche —El Matadragones expulsó un suspiro jadeante, echando su torso hacia atrás e irguiéndose—. Supongo que todos entendieron sus papeles, ¿no es así?

Todos los Matadragones presentes asintieron con la cabeza. En ese momento, uno de los Matadragones, perteneciente al grupo de Royko, alzó su brazo.

—¿Tienes alguna pregunta, Matadragones? —preguntó el Asesino de Dracos.

—Sí —respondió con un tono femenino. Bajó su brazo y lo rodeó por su rodilla alzada—. Últimamente he oído algunos rumores de los otros grupos de Matadragones e incluso de los mismos Caballeros Esclavos. Todos ellos dicen lo mismo; se dice sobre un legendario Draco de la Tormenta a cientos de kilómetros de Meneliada, en el norte de la frontera de Valhurst con Vainr Dal. Según quienes afirman que existen, los testigos que viven en las islas cercanas a la frontera vieron la sombra del Draco surcando los cielos nebulosos y la espesa niebla. A día de hoy, los que han intentado ir en busca de aquel Draco de la Tormenta, se vieron perdidos por el valle boreal.

Lo siguiente que hubo en la estancia fue un monótono silencio, a veces atestado por los sonidos de las armas de algunos Matadragones. La curiosidad de Royko se encendió en aquel momento.

—¿Y qué pasa con eso? —preguntó el Matadragones, alzando los hombros.

—Bueno… —dijo la Matadragones—, pensé que podríamos hacer un equipo todos para intentar darle caza a ese Draco de la Tormenta.

De nuevo silencio.

El Matadragones volvió a expulsar otro suspiro. Esta vez, Royko lo identificó como uno de agobio.

—Siempre con pensamientos optimistas, Milidrag —masculló el Matadragones—. Todos aquí hemos oído aquel rumor. Pero, ¿desde hace cuando que no se ha visto un Draco de la Tormenta autentico? —Extendió ambos brazos hacia ambos lados— ¡Pues desde hace más de cuatrocientos años! Incluso me aseguraría que aquellos “testigos” no deben ser más que unos mentirosos que quieren perjudicar a los Matadragones —se volvió hacia Milidrag, bajando sus brazos—. Será mejor que no te dejes influenciar, Milidrag, pues a lo mejor tu ingenuidad puede matarte.

Royko se volvió hacia su compañera, viendo sus escarcelas de color azul oscuro divididas en bandas, unas sobre otras y adherido a unas brafoneras, unos guardabrazos de azul oscuro con filigranas de Dracos Serpientes, unos guanteletes, unas hombreras con alabardas chocando sus mangos, una coraza de color azul marino y un yelmo con varios resquicios y una especie de cola de caballo en la parte posterior. Milidrag agachó un poco la cabeza.

—Lo siento… —Bisbiseó con tono culpable.

—Mucho mejor —Dijo el Matadragón, volviendo su vista hacia todos los demás—. Ahora, como todos entienden sus papeles, salgamos de este chamuscado asentamiento y hagamos nuestros trabajos.

Todos los Asesinos de Dracos se levantaron, irguieron y se reunieron con sus compañeros, dividiendo las doce personas en tres grupos. Los tres grupos de cuatro miembros se separaron; uno se dirigieron hacia adelante, hacia la salida posterior. El segundo salió por un enorme agujero que se encontraba en el muro. Y el grupo de Royko se volvieron por sus pasos, saliendo por las mismas puertas que había salido el Matadragones.

La curiosidad de Royko por aquel rumor comenzaba a carcomer su mente.

 

 

    Agradezco encarecidamente al Administrador por permitirme y ayudarme a publicar el primer capítulo de una de mis Novelas de Fantasía en su Web Online. Estaré en deuda con él.
    Les diré sobre mi novela y mi propósito en esta página:
Esta novela es la primera de una trilogía de tres libros llamada La Travesía de los Matadragones, la cual sigue en desarrollo. Este primer libro está culminado y editado, y estaré publicando capítulos todos los viernes. Si les gusta al premisa, me encantaría saberlo en la caja de comentario y que me ayudaran divulgando esta novela con sus cercanos, para que me ayuden a reconocer este ambicioso proyecto.
    Por nada más, si les ha gustado este primer capitulo, entonces estaré feliz de que sigan la Osadía de los Matadragones.

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