Vois Fachnir – Capítulo II – EL CASTILLO DE UNA GRAN FAMILIA

Modo noche

EL CASTILLO DE UNA GRAN FAMILIA…

 

Luego de que la reunión terminase en el viejo asentamiento, Royko y su grupo salieron de allí.

Milidrag se encontraba cabizbaja, incluso cuando ya se encontraron fuera del asentamiento, donde lo único que los recibió fue el suave y fluido viento recorriendo el ambiente silencioso.

—Oh, vamos Milidrag. No te sientas mal por el regaño —le dijo uno de los Matadragones, equipado con una coraza dorada con filigranas de dos Dracos. También portaba guardabrazos, brazales y escarpes del mismo color—. Lo que dijo aquel Matadragones tiene cierta razón; puede que sólo sean unos lugareños hijos de puta que sólo quieren perjudicar a los grupos de Matadragones. Pero no por ello te vas a sentir muy culpable por querer inculcar tus erróneas ideas.

—Me da risa como siempre intentas hacerla sentir bien, Mildran —comentó otra Matadragones perteneciente al grupo de Royko.

—Se supone que eso hacen los compañeros, ¿no, Viria? —respondió Mildran, volviendo su cuerpo hacia ella y dejando que los rayos del sol se reflejaran contra la armadura dorada del Matadragones. Así como también en su taparrabos de piel de Dragón, como el que tiene Royko. El taparrabos escondía debajo unos pantalones de cuero ajustado.

—Sí, Mildran —afirmó Viria, asintiendo con la cabeza. Royko siempre se preguntaba cómo es que la cabeza de Viria puede soportar un yelmo con la apariencia de la de un mirmillo—. Pero en estos momentos hay que darle tranquilidad a Milidrag. Pues como sabes, su optimismo es tan frágil como fuerte, y casi siempre se restaura ella misma.

En aquellos momentos, el grupo de Matadragones había recorrido el chamuscado patio de entrenamiento del asentamiento, saliendo por el mismo agujero por el que había entrado Royko. Las calles de la encrucijada seguían solitarias, como siempre. Y el único rumor que se oía era el del fuerte viento recorriendo el ambiente. Y si uno miraba más al horizonte, podía encontrarse con algunos de los enormes torreones en el centro de la ciudad y los adarves con los que podían interconectarse. Los Matadragones sabían con claridad que aquellos torreones, además de servir como puestos de vigilancia, también servían como puestos para el turismo, el comercio y las espectaculares vistas hacia los horizontes.

—Bueno —Dijo Mildran, expulsando un suspiro que fue taponado por su almete dorado, con filigranas que hacían apariencia de escamas y a unos ojos por encima de su apertura de visibilidad. Se volvió de nuevo hacia Viria—, ¿qué hacemos ahora, capitana? faltan varias horas todavía para que el sol caiga.

Viria comenzó a respirar poco a poco, relajando su vientre mientras que pensaba donde podrían quedarse a esperar. La armadura de Viria era de cuero grueso color marrón, revestida con las escamas de un Dragón. Mildran sabía que ella era una aficionada a la anatomía de los Dracos, tanto que casi todos sus objetos están revestidos de sus fuertes escamas. El peto estaba adherido a una capa larga de color marrón que le llegaba hasta las pantorrillas, sus guanteletes, así como sus mangas de cuero, estaban revestidos de escamas de Dragón. Sus musleras y grebas también. Su rodillera tenía la forma de la cabeza de un Draco, y lo único que no estaba revestido de escamas eran sus escarpes del acero Biraniano.

—Supongo que nos tendremos que ir hacia el castillo de Lorigan —respondió al fin, luego de expulsar todo el aire que había respirado. Alzó de nuevo su cabeza, en dirección al masivo saliente de roca por donde se extendía también Meneliada. Los demás también se volvieron hacia el monte, divisando el enorme castillo del rey Lorigan, rodeado de torreones y de su largo acueducto en espiral—. En la calle puede que muramos del aburrimiento más que del calor.

—¿Al castillo? —preguntó Mildran, perplejo— ¿Qué acaso no nos van a rechazar la caballería de Lorigan por la cercanía que estaremos de su castillo?

—No si los paladines les han notificado a la caballería sobre las Gárgolas —respondió la quinta y última Matadragones del grupo de Royko; Bythiana.

—Y por eso es que nos dirigiremos hacia el castillo de Lorigan, Mildran —corroboró Viria, adelantándose un paso de los demás e incitándoles a que le siguieran.

Mildran vio cómo se comía sus propias palabras luego de lo que dijo Bythiana, lo cual le extraño bastante, pues él sabía que la Matadragones no era mucho de hablar. El Matadragones vio como Bythiana seguía a Viria, seguido de Royko, quien acompañaba a la cabizbaja Milidrag.

—Bueno  —masculló Mildran con brusquedad—, vamos al castillo de Lorigan, pues.

El Matadragones comenzó a caminar con impasibilidad (como lo hacían todos los miembros del grupo), y con los brazos cruzados. Y a medida que iban avanzando, los Matadragones intentaban lo menos que podían llamar la atención de los ciudadanos.

 

 

El grupo de Matadragones avanzó por las entrañas de Meneliada. Viria siempre estaba a la cabeza del grupo, guiándolos por los callejones y ordenándoles que se detuvieran por si algunos ciudadanos rondaban por las calles, pues se estaban acercando al centro de la ciudad.

A medida que los Matadragones se iban desplazando por los estrechos callejones de la ciudad, los rumores de los cientos de ciudadanos se iban intensificando, como los rumores de las armaduras de un ejército en un campamento de guerra. Y en un punto del desplazamiento de un callejón a otro, los Matadragones lograron ver lo que apenas era la entrada al centro de la ciudad populosa de Meneliada.

La entrada estaba custodiaba por algunos caballeros de Lorigan; con sus bandas metálicas adheridas unas a otras, con sus gladius y Spathas enfundados en sus cinturas y sus cascos corintios. Había cuatro caballos con un poco de armadura protegiendo sus cuerpos, y ballesteros  subidos a unos pequeños torreones de no más de diez metros de altura. Los Matadragones, a través del callejón, veían como varios carromatos con un nuevo estilo se adentraban por aquella entrada. En Meneliada, era a veces común que algunos nobilitas de algunos países del exterior viniesen a Meneliada en busca de turismo o de comercio. Y los Matadragones no dudaban que, en aquellos carromatos, se encontraban algunos de esos nobilitas en busca de alguna diversión.

Los Matadragones se volvieron a adentrar en el callejón, desplazándose por diferentes direcciones y a veces obligándose a salir de los laberintos de Meneliada, para así desplazarse y adentrarse en otro. En uno de esos desplazamientos, Royko logró ver de soslayo lo mismo que había visto lo mismo que vivió en la calle; varias personas comerciando sus diferentes utensilios en sus tiendas o en la ínsula que se encontraba allí. El Matadragones divisó a algunos de los ciudadanos comerciando comida del extranjero, el cual él lo veía con una apariencia bastante extravagante. Antes de adentrarse de nuevo al callejón, Royko logró ver por una milésima a una centáuride entre los ciudadanos, viendo las diferentes vestimentas que vendían en el ágora. El Matadragones le impresionaba y a veces odiaba la doble moralidad de la gente de Meneliada, quienes sí podían aceptar a una raza muy diferente a la suya, mientras que dentro de su misma raza rechazaban a las etnias. Se preguntaba a veces el por qué no rechazaban a los Centauros.

A medida que los Matadragones se iban adentrando más y más en las entrañas del centro de Meneliada, la populosidad y los rumores de los ciudadanos se intensificaban todavía más. Y la zona con más notoriedad sobre esas características a la que pudieron ver los Matadragones fue en un gran foro; allí, los ciudadanos (y algunos Centauros escondidos entre ellos) ahora se contaban por cientos y cientos. Algunos de ellos, además de mirar los diferentes objetos que se comerciaban en las tiendas e ínsulas, también admiraban las estatuas que se encontraban en el centro del foro, formando un gran círculo que rodeaba una enorme fuente que chorreaba agua por la circunferencia de su torre de dos metros. Los Matadragones no reconocieron a primera vista las diferentes figuras de mármol encima de los pedestales. Y lo cierto es que a Viria no le interesaba nada de eso, sino más bien en alguna manera de poder avanzar hacia el castillo de Lorigan.

—Increíble los perfumes que están vendiendo en aquella tienda —dijo Mildran, con su cabeza en dirección a una tienda que se encontraba en una de las ínsulas—. Ahora mismo creo que huelo fatal, y eso que no me he bañado hace más de tres días —en ese momento, se volvió hacia Viria—. Oye, capitana, ¿tienes alguna idea de poder avanzar? —preguntó con una mezcla entre solemnidad y jocosidad.

Viria ya se había acostumbrado a la personalidad a veces «jocosa» de Mildran. Pero, para suerte de ella, esa personalidad era bastante sutil y no era tan peyorativo    .

—Al final tendremos que optar por el más difícil —respondió por fin, volviendo su cabeza hacia uno de los puestos de vigilancia de la Caballería Lorigiana—; más allá de ese puesto hay una ruta que nos llevará en cinco minutos hacia el castillo, por lo que tendremos que descubrirnos ante el público e intentar ver que los caballerizos de Lorigan saben algo de las gárgolas.

—Ugh —Soltó Mildran con algo de desprecio—, de verdad que a veces me enferma tener que estar al descubierto de ojos que se enferman de mí.

Viria ignoró el comentario y siguió hacia adelante, saliendo de su zona de confort y mezclándose con los cientos de ciudadanos. Seguido de ella, los demás Matadragones también salieron del callejón, avanzando por entre la gente y siguiendo a su capitana, quien se dirigía hacia el puesto de la caballería de Lorigan.

A medida que iban avanzando, Royko no perdía de vista a sus compañeros ni a su capitana. A veces, su vista se dirigía hacia Mildran, quien avanzaba entre los ciudadanos, intentando la menor brusquedad posible entre los contactos. Pero el Matadragones sabía que su compañero, al igual que él, sentía la misma incomodidad de estar pasando por entre la gente que tanto los desprecian. Esto a Royko le preocupaba que terminase en alguna revuelta en la que la caballería de Lorigan los mirase de inmediato.

Para suerte de Royko, la segunda situación nunca paso a medida que iban avanzando hasta llegar ante el puesto de vigilancia de la caballería Lorigiana. La tensión en Royko al plantarse frente a los soldados de Lorigan comenzó a aparecer.

En ese momento, un caballero emergió entre los carromatos con una capa roja adherida a su armadura, y que cubría gran parte de su espalda y su brazo izquierdo. Los Matadragones lo identificaron al instante como el teniente de aquel puesto.

—Saludos, teniente Lorigiano —dijo Viria con solemnidad, haciendo una leve referencia hacia él.

El teniente Lorigiano escudriñó a todos los Matadragones con una dura mueca en su rostro. Cuando la vista del teniente llegó a Royko, este sintió como unos escalofríos recorrían su columna como ratas con miles de patas.

—Supongo que ustedes son uno de aquellos grupos de Matadragones, ¿no es así? —dijo el teniente, alzándose de hombros.

El alivio llegó a Viria y a Royko al escuchar aquellas palabras. Viria se irguió.

—Así es —respondió Viria, todavía con solemnidad. Se le acercó un poco a él—. Y supongo que la caballería Lorigiana sabe sobre las Gárgolas, ¿no es así? —Añadió con un tono bajo.

—Exacto —respondió el teniente con un tono más relajado—. Al principio no se lo creímos a los paladines de Lorick. Pero cuando vi a una de esas bestias con mis propios ojos… —El tono del teniente se vio en un cambio brusco cuando recordó la enorme figura de la Gárgola— Me quedé traumatizado. Fue como haber visto una criatura salida del mismo Sthakriorm…

—Bueno, teniente —Dijo Mildran con la misma solemnidad, acercándosele hasta la misma cercanía que tenía Viria—. Ahora mismo tiene la «salvación» para el rey y su príncipe. Así que, ¿nos dejaría pasar, si no le molesta?

—Oh, por supuesto —dijo el teniente, haciéndose a un lado y dejando ver la larga calzada ascendente—. Uno de mis caballerizos los guiará hacia el castillo y los introducirá en él. Puede que ahora mismo la caballería se gane mala fama entre los ciudadanos por dejar entrar al castillo de Lorigan a unos Matadragones.

—No se preocupe —le dijo Viria—. Los Matadragones ya están acostumbrados a la mala fama.

Viria, junto con los demás Matadragones y con un jinete Lorigiano, se adentraron por la calzada ascendente, avanzando con impasibilidad hacia el castillo de una de las familias más importantes en el mundo. En la mente del teniente Lorigiano se quedó grabado las palabras de la Matadragones, tanto como la visión de la enorme Gárgola en el porche de Lorick. El teniente se volvió por última vez, viéndoles alejarse hacia el Castillo de Lorigan.

 

 

A medida de que los Matadragones (guiados por el jinete Lorigiano con una armadura de bandas de acero) iban subiendo por las diferentes laderas del gran macizo saliente de roca, los torreones, así como también la enorme estructura que estaba rodeada por aquellos torreones y que tenía diferentes torres de adorno en su enorme techo, parecía hacerse cada vez más gigante a medida que los Asesinos de Dracos avanzaban más por las laderas.

Las calzadas por la que se desplazaba el grupo eran algo estrechas, pues lo que más imponía en toda la zona eran las diferentes secciones de matorrales, atestadas a su vez con diferentes flores de colores y frutos. Incluso, entre las espesas hojas de los árboles, Bythiana podía escuchar los suaves y fluidos graznidos de las aves que se escondían entre aquellas invisibles ramas. A pesar de ser la más callada y una gran arquera (su arco era enorme y la larga y gruesa soga rodeaba gran parte de su busto. El arma estaba hecha con las escamas de un Draco típico y con grandes flechas hechas de acero Biraniano, que podían también atravesar las duras escamas de un Dragón), Bythiana todavía no había perdido el sentido de la belleza y la hermosura de un sonido fluido y bien llevado. La música (así como también cualquier sonido relajante) era lo que más calmaba a Bythiana de las memorias más horribles. Por ello, su cabeza, encapuchada por un grueso manto de cuero rojo revestido de la dura piel de un Wyvern, que ocultaba un yelmo dentro, siempre estaba vuelta hacia el origen de los suaves y calmantes graznidos de las aves. Además de eso, a Bythiana le impresionaba los diferentes colores que atestaban los matorrales.

Luego de haber caminado durante cinco largos minutos, el jinete Lorigiano, junto con los Matadragones, llegaron hasta unos escalones relucientes. Royko, al igual que Mildran, levantaron sus cabezas luego del repentino detenimiento. Sus vistas se encontraron con uno de los enormes torreones del Castillo de Lorigan.

El sonido de los cascos del caballo Lorigiano provocó que los Matadragones se volvieran de nuevo. El jinete había vuelto su caballo sobre sus patas, en dirección contraria.

—Dentro del torreón se encontraran los paladines de Lorick que los guiaran por el castillo hasta el lugar donde se supone presenciaron a las Gárgolas —explicó el jinete, mirando de reojo la enorme estructura con cierto fervor.

—Muchas gracias, jinete—respondió Viria con el mismo tono solemne.

El jinete, sin responder a la solemnidad de la Matadragones, azuzó con ligereza a su caballo para que se marchasen del lugar lentamente. Dejando a los Matadragones a merced de la enorme estructura.

 

Los Asesinos de Dracos intercambiaron miradas unos con otros, y todos asintieron con la cabeza. La primera en subir los primeros escalones fue Viria, seguida de Milidrag, Mildran, Bythiana y Royko.

Al subir los últimos escalones, los Matadragones se vieron en una gran base con un suelo limpio y reluciente. Los parapetos parecían rodear todo el torreón, y había dos enormes puertas de madera y de casi más de dos metros alzándose frente a los Matadragones. A cada lado de la puerta se encontraban dos paladines de Lorick; unos individuos protegidos por una armadura dorada y blanca, de bandas metálicas blancas con alrededores dorados, escarcelas doradas y grebas blancas. Ambos paladines portaban lanzas con una tela adherida a la punta y un gran escudo rectangular, de color dorado en los bordes con blanco en el centro. En el centro se dibujaban filigranas que formaban la figura del Castillo de Lorigan.

La presencia de los Matadragones ocasionó un llamamiento por parte de los paladines, quienes se volvieron a verles con cierta advertencia.

—Ustedes son los Matadragones, ¿verdad?—preguntó uno de los paladines      .

—En efecto lo somos, Paladín de Lorick—respondió Mildran con cierto tono presumido.

—Entonces entren—dijo el otro paladín, volviéndose hacia las dos puertas de madera—. No queremos hacerles perder más tiempo del que deben.

Royko pudo ver en el rostro de aquel paladín ninguna mueca de desprecio hacia ellos a medida que este, junto con su compañero, abrían las puertas de madera con un resonante ruido abrasador. Más bien, el Matadragones identificó cierta preocupación genuina en ellos. ¿Por quién? él suponía que debía de ser por el joven príncipe Lorick, que según los biógrafos de la familia, tiene sólo veinte años. A pesar de ello, Royko pensaba que el despreció era ocultado por aquella preocupación.

Cuando ambas puertas de madera se abrieron de par en par, abandonando el resonante ruido y volviendo al tranquilizante silencio, los Matadragones vieron a través del umbral una estancia que no debía de pasar más de los quince metros de distancia, iluminada por los rayos del sol que se cernían por los verticales vanos. Más allá se encontraba otro umbral, donde se alcanzaba a ver unas escaleras en espiral.

—Síganos—dijo uno de los paladines—, los guiaremos hasta el lugar donde hemos visto a las Gárgolas.

Los dos paladines se adentraron en la estancia, avanzando por ella seguido de los Matadragones. Mildran volvió su cabeza luego de que un fuerte viento fugaz chocase contra él. El Matadragones descubrió al sol más allá de las montañas costeras que bordeaban un enorme mar. El sol comenzaba a descender poco a poco. Además de él, Royko también pudo notar el sutil cambio de tonalidad en el color del disco amarillo, así como también la del cielo azul.

Los paladines traspasaron el siguiente umbral junto con los Matadragones. Primero los paladines fueron los que comenzaron a subir los escalones, y luego los Asesinos de Dracos. El grupo fue subiendo hasta llegar a la cima, donde los esperaba otro umbral. Y más allá de él, una especie de puente que conectaba con otro torreón más cercano al castillo de Lorigan.

 

 

Los paladines guiaron a los Matadragones por el puente, llegando al otro torreón y subiendo otras escaleras en espiral. Entonces, luego de pasar por otro umbral, el grupo de Matadragones se vieron encontrados en una enorme plaza a treinta metros de las puertas del castillo de Lorigan. Los parapetos recorrían los alrededores de la plaza con forma circular, donde en su centro resguardaban una fuente con una estatua encima de un pedestal. A pesar de que se hubiesen desplazado con rapidez, Royko pudo mirar a la estatua de reojo, identificándola como una figura femenina con las piernas tensadas e inclinadas, sosteniendo una espada con ambas manos, mientras que su melena hacía la ilusión de asirse gracias al aire. Mientras que subían escaleras, Royko no supo identificar aquella figura. ¿Será alguna Representante Lodrica Alyryiana? ¿O será Labertus? Las preguntas se esfumaron al instante cuando Royko volvió de nuevo la cabeza, luego de sentir una cierta sensación de perder equilibrio.

Los paladines guiaron a los Matadragones por una base, que seguía luego de otros escalones que terminaban por fin en la plaza (más grande que la anterior) que daba la bienvenida al enorme castillo de Lorigan. A medida que avanzaban, Viria notaba como los paladines de Lorick (que se contaban en grupos de tres por los escalones y varios repartidos por toda la plaza) habían aumentado mucho la seguridad, colocándoles a los alrededores. Ella supuso que debió de ser por orden del General Paladín (en los últimos siglos la jerarquía militar fue cambiando drásticamente), y quizás también del consejero de Lorigan. Aunque ella no estaba segura de lo último.

La gran plaza estaba completamente vacía (a excepción de unos muy bajo desniveles en el suelo del centro), por lo que los paladines de Lorick podían custodiar la zona con libertad. Los paladines siguieron avanzando hacia adelante, seguido de los Matadragones.

De nuevo, Royko sentía las penetrantes e incomodas miradas de las personas a su alrededor. A veces, el Matadragones se odiaba por eso, pues demostraba ante sí mismo y ante su Dios Lodrico Matadragones una debilidad moral (la cual era lo peor en lo que podía caer un Asesino de Dracos). Agachó un poco la cabeza, intentando no corresponder a aquellas miradas incomodas.

El grupo se veía cada vez más cerca de la imponente fachada del castillo de Lorigan; la cual era un peristilo de pilares corintios. Más allá del peristilo se encontraba un largo y rectangular umbral que daba la entrada al interior castillo de Lorigan.

—¿Cuánto hace falta para llegar a aquel lugar…?—preguntó Mildran, que parecía ansiarse un poco de la caminata.

—Falta un poco, Matadragones—respondió uno de los paladines con tono preocupado—. Pero no se desespere, que igual tendrá que esperar para la medianoche.

Mildran expulsó un gruñido que fue taponado por su yelmo. Royko no pudo evitar el sentir también las ansias de querer llegar lo antes posible.

 

 

Los paladines de Lorick guiaron a los Matadragones por las diferentes secciones del castillo de Lorigan: algunos pasillos revestidos con un recorrido alfombrado; umbrales que daban paso a una enorme estancia, como la Sala de la Corte, donde allí Royko logró ver de soslayo a un hombre anciano, vestido con una túnica con filigranas doradas y sentado en una grada de mármol junto con otros hombres (ancianos como él, y que llevaban la misma túnica, pero con filigranas amarillas); la gran estancia del comedor del Rey Lorigan (donde se encontraban allí algunas de los esclavos recogiendo los restos del almuerzo y por último un umbral que llevaba a una estancia donde se encontraban gradas de madera, en hileras y que miraban hacia adelante, hacia un piso elevado donde se encontraba un altar. Y más arriba de él un sagrario.

Luego de estar recorriendo las entrañas del castillo durante largos ratos, Royko se sentía ahora mismo perdido. Como una rata que divagaba en los lugares más enormes. Pero al mismo tiempo era la primera vez para el Matadragones (y para los demás) recorrer un lugar tan lujoso como lo era el castillo de uno de los reyes más importantes de Novapolis.

Los Matadragones y los paladines subieron encima de una plataforma que les había abierto las rendijas de hierro. La plataforma comenzó a subir luego de que un tercer paladín de Lorick asiera una palanca que se encontraba en el exterior de la plataforma y la jalase hacia atrás. El espacio era algo pequeño, por lo que Milidrag no pudo evitar sentirse algo incomoda con el poco espaciado que había.

La plataforma comenzó a bajar la velocidad hasta detenerse en un umbral, donde más allá de las rendijas movedizas, se podía ver una estancia destrozada.

 

 

Los paladines fueron los primeros en salir. Los Matadragones le siguieron, escudriñando con algo de expectación las diferentes estanterías destrozadas y tiradas al suelo de madera (por debajo de unas cuatro escaleras de mármol). Cientos de libros y páginas destrozadas se encontraban regadas casi por toda la estancia. Algunas de las estanterías seguían en pie y con algunos libros estables. Pero en ellas se podía notar algunos surcos profundos en la madera. Los Matadragones avanzaron por la estancia con cuidado, escrutando cada palmo del lugar y cada destrozo ocasionado por las Gárgolas.
—Esta es la Biblioteca del príncipe Lorick—dijo uno de los paladines, que miraban con ojos traumatizados el destrozo de la estancia—. Este fue el primer lugar donde las Gárgolas atacaron a los paladines.

—¿Dónde más atacaron?—preguntó Viria con tono expectante.

—A las afueras de la biblioteca—respondió el paladín, apuntando con su dedo hacia las arcadas que daban al enorme porche, donde el suelo era regado con algunos restos de mármol—. Allí, los caballeros Lorigianos se habían destinado a vigilar el porche. Algunos de los paladines que custodiaban en los torreones cercanos nos dijeron que las Gárgolas habían descendido con brusquedad hacia los caballeros Lorigianos, causando una «explosión» que había llamado la atención de todos los que se encontraban alrededor del porche.

—¿Una explosión?—preguntó Mildran, perplejo.

—Sí—respondió el otro paladín. Mildran se volvió a verlo—. La primera vez que atacaron había sucedido la misma explosión, pero lejos de la biblioteca. Y fue entonces cuando las Gárgolas nos sorprendieron, entrando en la biblioteca y destruyéndolo todo a su paso.

—¿Cuántas Gárgolas eran?—preguntó Royko, inspeccionando los surcos en algunas de las estanterías.

—En el primer ataque, según algunos paladines, vieron que eran dos—explicó el paladín—. Pero en el segundo ataque, tanto los paladines como los caballeros Lorigianos respondieron que los habían atacado tres de ellos; dos asaltantes y uno vigilante.

¿Uno vigilante? Pensó Viria, confusa.

—¿Y qué les dijeron al príncipe? ¿O al rey? ¿O incluso al consejero del mismo?—preguntó Mildran con cierta rapidez.

—Tuvimos que mentirles vilmente al consejero —respondió el otro paladín con tono avergonzado—. Le dijimos que había sido un atentado de los Virymnul. Y para suerte nuestra, ni hubo ningún testigo que supiese sobre el ataque de aquellas Gárgolas.

—¿Y se la creyeron?—dijo Viria, con los brazos cruzados.

—Gracias a los Daesir que sí…—masculló el paladín con cierto agobio.

En aquel momento, Bythiana estaba cerca del destruido umbral de la biblioteca, donde había una figura irregular que dibujaba el destrozado muro que se encontraba encima de ella. Cuando agachó la cabeza, la Matadragones se sorprendió al encontrar su pie metido dentro de una hendidura. Lo sacó de allí, y cuando retrocedió unos cuantos pasos, se dio cuenta de que aquella hendidura tenía la forma de una pata. Muy parecida a la de un Dragón.

—¿El consejero sabe que estamos aquí?—preguntó Viria por última vez.

—No…—respondió el paladín con cierta dificultad— Él sólo sabe que hay Matadragones rondando por la ciudad. Y parece incomodarle un poco eso.

—Eso quiere decir que si el príncipe se le ocurre pasar por aquí mientras que nosotros estamos vigilando la zona, estaríamos en un grave peligro…—explicó Mildran con tono temeroso.

A Viria le recorrió cierto escalofrió lo que Mildran había dicho.

—Entonces así está bien, paladines de Lorick—dijo Viria, volviendo su cabeza hacia ellos—. Pueden retirarse.

Los paladines de Lorick, a ojos de Viria, parecían estar agobiados de estar en aquel desastroso lugar. Y eso se podía notar en sus apurados y torpes movimientos al largarse de allí por el mismo umbral. La Matadragones se volvió de nuevo hacia la destruida estancia, donde sus compañeros seguían inspeccionando algunos de los destrozos que podían darles pistas de a lo que se enfrentaban. Viria sintió como su corazón comenzaba a palpitar con más rapidez. No por el hecho del enemigo, sino por el ambiente en el que se encontraban.

Sea nuestro Dios Lodrico que nos proteja y nos saque vivos de esta misión… Pensó Viria, llevándose una mano al pecho y respirando lentamente, apaciguando las palpitaciones de su corazón.

 

 

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