Vois Fachnir – Capítulo XIII – ATRINA, LA CIUDAD-ESTADO

Modo noche

ATRINA, LA CIUDAD-ESTADO…

 

El General Halein recorrían las calles del estado de Atrina, compuesta por diferentes personas con diferentes vestimentas; algunas con togas, túnicas de lana o quitones. Otros llevaban ropas de los etilos de Nois Esternesse: camisa ajustada, capas de diferentes tamaños y colores, pantalones de seda o cuero, mitones y botas; la nueva calzada de las últimas décadas. E incluso el General Halein veía algunas mezclas de estas ropas: quitones con abrigos negros a su alrededor, contrastando con el blanco. Túnicas blancas con algunos lazos metidos debajo del pantalón de cuero, dejando que los otros lazos cayesen a su alrededor. Incluso mujeres que lograron combinar el peplo con gruesas faldas y sombreros de ala ancha (otra nueva moda salida de Esternesse y algunos países de la península de Vertrum). Esta especie sincretismo de vestimentas mareaba de vez en cuando a los soldados, pero tenían magnificado a los gobernantes de las ciudades-estados de Vois Fachnir.

El General Halein, acompañado por algunas policías de cohortes urbanas que adoptaban unas armaduras (mezcladas también con los abrigos de los Esternesse, que eran de color rojo) parecidas a los antiquísimos hoplitas, fueron ascendiendo por las calles de la ciudad hasta donde se encontraba la acrópolis; donde se encontraban los dos cónsules. El general no sabía si los cónsules o el pretor se encontraban en alguna charla con la Boulé, pero a él no le importaba, pues la noticia que le pesaba en las espaldas era mucho más importante que cualquier problema extranjero o interno.

El general, acompañado por los policías, llegó hasta un arco ornamentado. Debajo de este se encontraban unos hombres que custodiaban la entrada a la acrópolis.  A lo largo de la calle, el Halein notó a varios miembros de la Boulé, así como tribunos de la plebe de la Ekklesía conversando entre ellos. Perfecto, ninguno de ellos no está en ninguna reunión. Pensó. Debajo del arco se encontraban los Guardias Reales; hombres con corazas musculadas de bronce, taparrabos de color verde, alabardas y grandes escudos circulares de hierro. Alrededor de sus cuellos llevaban un chal, también de color verde. Otra muestra del sincretismo de vestimentas.

—¿Mmm? ¿Filipo Maximiliano? —preguntó uno de los guardianes. Maximiliano reconoció a su compañero y general de los guardianes Adrián Otón, quien llevaba un yelmo con creta de forma frontal— ¿Qué se supone que haces aquí? ¿No deberías de estar batallando contra esos supuestos terroristas que me habías notificado?

—Debería —respondió Filipo, deteniéndose junto con las cohortes—, pero los hemos perdido de vista. Yo supondría que se estarían escondiendo por las zonas rurales. Ahora mismo estoy temiendo por la seguridad de aquellos plebeyos, y más si se atreven a usarlos de rehenes para algún intercambio. Y ya sabes cómo se ponen los cónsules con eso; siempre  preocupados incluso por la plebe.

—¿Y entonces a que vienes aquí? —preguntó Otón.

—Mira —dijo Maximiliano, con tono más tenso y esta vez cerca de él. Su tono ahora era más bajo—, sé que a los Halein no se les permite ver a los cónsules ni al pretor sin su permiso. Este lugar es mi límite. Y sé que tú, compañero mío, le dirás personalmente al cónsul o al pretor para que ordenen a los generales de las cohortes aumentar la seguridad en las calles de Atrina, así como también nos ayuden a los Halein de buscar a esos terroristas.

Otón supo el por qué su compañero había bajado la voz; por los policías que se encontraban a sus espaldas. El guardián sabía que los generales de las cohortes nunca se metían en los problemas de los Caballeros Halein, y casi nunca se salían de la zona de confort, que eran las calles de Atrina. Otón sabía que la única forma de obligar a las cohortes era con una orden mayor, no proveniente de ningún aristócrata o miembro de la Boulé (los cónsules no dan las órdenes a las cohortes, sino a los Halein), sino del mismo pretor.

—Está bien, Maximiliano —respondió Adrián, asintiendo con la cabeza.

—Muchas gracias, amigo —agradeció Maximiliano, chocando la palma de su mano sobre el chal del guardián y girando su cuerpo, encaminándose de nuevo por el lugar donde vino, seguido de los policías.

El general dio un suspiro. A hablar de nuevo con ese cascarrabias… Pensó, volviendo su cuerpo hacia las escaleras y, junto con sus compañeros, las fueron subiendo.

 

 

Dentro del pretorio, Adrián Otón, junto con sus compañeros de la Guardia Real, recorrían los pasillos del enorme edificio en busca del pretor. Pero, incluso con las prisas que tenía sobre la información dada por su compañero, los pensamientos de Otón se rehusaban a seguir con la búsqueda del pretor. Dentro de sí, el general de la Guardia Real se sentía reacio ante la idea de volver a ver a aquel hombre de baja estatura. Desde que el pretor le había dado el cargo de jefe de la guardia, su enemistad había comenzado tomando él las riendas; cada vez que él hacia acto de presencia, él cambiaba su tono a uno más agresivo. Él supuso que era por las repentinas interrupciones. Pero, incluso cuando él no estaba ocupado, se ponía con tono malhumorado cada vez que Otón hacía acto de presencia.

Incluso con esa actitud reacia, Otón no le hizo el mínimo caso a ese sentimiento por la idea que se hacía de cómo se sentía su compañero, Maximiliano, ante la noticia de los terroristas. Incluso si se encuentra hablando con el mismo Masshiaj, no dejaré que el irrespeto domine la situación. Se dijo, manteniendo una mirada severa en todo momento.

El jefe de la guardia siguió buscando al pretor durante varios segundos hasta encontrarle en el peristilo del pretorio. El pretor se encontraba sentado en una banca de mármol adherida a los bordes de una gran fuente que tomaba toda pequeña plaza, donde se llegaban a filtrar los rayos del sol por la ausencia de una techumbre. Otón giró hacia su derecha, dirigiéndose hacia el pretor, quien vestía una densa toga con bandas purpuras en sus hombros y brazos, simbolizando la vestimenta de aquella magistratura. El pretor tomaba un rollo con sus manos, y leía con la cabeza gacha, teniendo cuidado de que el sombrero de lana con plumas en sus lados no se cayese. Otón emitió un silencioso (casi mudo) bufido. ¿Acaso a Tebo Cornelio también le agarró la fiebre de las vestimentas Esternesse y Dishidianas? Pensó, con las cejas en alto.

El pretor Cornelio alzó la mirada, viendo como el jefe de la guardia Otón se acercaba a su lugar de descanso. El pretor cerró los ojos, y chasqueó los dientes con fuerza. Enrolló de nuevo el papiro, lo colocó al lado de él, y alzó su cabeza para ver mejor a Otón, siempre acomodándose el sombrero. Se llevó una mano al mentón, para así acariciarse la barba marcada.

—¿Y ahora a qué se debe tu acto de presencia, Otón? —preguntó, apoyando el codo del mismo brazo con la mano que se tocaba la barbilla en su rodilla.

El jefe de la guardia se detuvo, así como sus soldados.

—Tebo Cornelio —respondió Adrián, con el tono más solemne que le podía proporcionar su voz—, como magistrado que eres tú, quien tiene la posibilidad de dar órdenes a los jefes de las cohortes urbana, te pido de corazón que les des orden de aumentar la seguridad de la ciudad, así como la orden para que ayuden a los Caballeros Halein en la búsqueda de unos terroristas que vinieron de nuestra ciudad vecina Meneliada. Todo sea porque no haya revueltas con los cónsules, la Boulé y los Tribunos de la Plebe.

Tebo Cornelio siguió masajeándose la barbilla, siempre mirando el rostro estoico de su amigo-enemigo. Incluso esforzándote se nota lo innecesariamente forzado, Otón. Pensó el pretor, intentando lo mejor posible de no esbozar una burlesca sonrisa. El silencio se mantuvo por varios instantes, hasta que Cornelio por fin respondió, al ver como el rostro de Otón cedía poco a poco a la ansiedad:

—Como quieras, jefe de la guardia —como él, el pretor también adopto un tono solemne, menos forzado—; le mandaré cartas a los jefes de las cohortes para que ayuden a tu amiguito Maximiliano.

En ese momento, Otón enarcó ambas cejas. ¿Pero qué…? ¿De nuevo? Pensó, extrañándose de manera muy esporádica a la manera solemne con la cual Cornelio le respondió; sin ninguna queja o pretexto de por medio. Incluso su tono, a sus oídos, se dirigían a él con tal nitidez como si él mismo fuese uno de los cónsules. Pero Otón, en vez de arriesgarse a preguntar, aprovechó esto para no entumecer más su cabeza con irrelevantes cuestiones.

—Se lo agradezco, Cornelio —dijo, inclinando su cuerpo hacia él en un ademán de agradecimiento, el cual habían adoptado del país de Shindamo.

Tebo Cornelio no respondió, y sólo miró al jefe de la guardia con indiferencia. Otón se irguió, y giró sus pies hasta darle las espaldas al pretor. Y junto con sus soldados, el jefe de la guardia se alejó del pretor con una sutil mueca de incertidumbre.

Cornelio siguió al jefe de la guardia con la mirada hasta perderle de vista. Sus ojos se entrecerraron, y sus dientes volvieron a chasquearse; esta vez sin mucha fuerza. El pretor se irguió, y se llevó su mano izquierda hacia el pecho, introduciéndola dentro de la toga y sacando de allí un collar con el símbolo de la Caballería Halein como talismán. El dedo pulgar del pretor presionó contra el relieve del emblema hecho de hierro. De pronto, el talismán se encendió con un fulgor de color rojo. Unas vibraciones se emitieron por la palma del pretor. Y este se llevó el talismán su oído izquierdo. Vamos, contesta… Pensó, agitando su pierna izquierda en muestra de unas ansias a punto de convertirse en desesperación.

Entonces, las vibraciones se detuvieron de repente, y una voz aclamó con tono de frialdad en el oído del pretor:

—¿Eres tú de nuevo, Cornelio?

—Escúchame, Shirokova —dijo Cornelio con tono dominante, pero a la vez tenso—, sé que no te gusta que te interrumpa cuando estás trabajando. Pero ahora esto es muy importante: unos terroristas (no estoy seguro si son Virymnul) han llegado a la chora de Atrina. Ahora mismo, Otón me ha dicho que aumente la seguridad de la ciudad, al tiempo que ordene a los generales de las cohortes que ayuden a los Halein en búsqueda de los terroristas. Sabes que golpe de estado no será posible sin mi total ayuda; y si no hago lo que Otón me ha dicho, recibiré castigo por parte de los cónsules. Por lo que te pido, incluso te lo imploro; te imploro que te resistas un poco antes que llames a tus Caballeros Cruzados para que viajen hacia aquí, a Atrina, para cumplir con la orden de tu Nuevo Jefe.

Cuando Cornelio calló, el silencio perduró por unos momentos, incomodando al pretor. La mano entonces agarró con fuerza la toga, esperando con los dientes apretados la respuesta de la mujer con la que hablaba.

—Como quieras, Cornelio —respondió la mujer, manteniendo su tono frio—. ¿Supongo que ya tienes las cohortes y los guardianes listos también, verdad?

—¡Por supuesto, Shirokova! —masculló Cornelio— ¿Acaso me tomas por un pretor cien por ciento “demócrata”?

Tebo sintió como el calor del fulgor del talismán se apagó. Boquiabierto, se llevó una mano a la vista de su mirada; el talismán había apagado su fulgor rojo. Lo que indicaba que el interlocutor había colgado. Siempre colgando de manera repentina… Pensó el pretor, levantándose y tomando el rollo para irse del peristilo.

 

 

Los pies de Gishlain se precipitaron al suelo, enterrándose en la tierra y creando dos surcos largos a medida que se deslizaba por este. Al detenerse, Jean-Claude levantó su cabeza, viendo los extensos campos de la casa que se encontraba a unos veinte metros de su posición. En ese momento, Gishlain sintió el aura de sus compañeros acercándose, y en especial cuatro de ellos. El Slavat miró de reojo por encima de sus hombros, observando como las cuatro densas auras de los Matadragones se acercaban a él a una inmensa velocidad. Incluso, cuando volvió a parpadear, los cinco Matadragones ya se encontraban creando surcos en el suelo con sus pies para detenerse. Dos de ellos, los cuales reconoció como Royko y Mildran, se detuvieron a su lado.

—¡Carajo, Gishlain! —exclamó Mildran— Si tan sólo nos hubieras dado un aviso con anterioridad.

En ese momento, Jean-Claude no pudo evitar esbozar una sonrisa ante el jocoso o malhumorado tono del Matadragones.

—Lo siento —respondió con una fallida voz solemne. Volteó por un momento su cabeza para borrar su sonrisa. Luego, la volvió, esta vez con un rostro más serio—. Por cierto, ¿no te importaría llevar la bolsa?

Gishlain logró oír como el Matadragones expulsaba un bufido al tiempo que él le ofrecía la bolsa.

—Por supuesto —respondió Mildran, rodeando la bolsa con su brazo desocupado y colocándolo por debajo del mismo—; créeme que esto no me molesta.

—Gishlain —al oír la voz de Viria, Jean-Claude volteó su cabeza hasta toparse con ella y su yelmo de mirmillo—, ¿dónde crees que haya algunas de esas… Togas, era?

El Slavat volvió de nuevo su cabeza, esta vez mirando hacia la vivienda más cercana al otro lado del extenso campo de diferentes cultivos.

—Lo más seguro es que haya en esa vivienda —respondió, extendiendo su brazo desocupado hacia la vivienda—. Por lo general, los pobres usan togas más burdas, de colores más oscuros. Pero recuerden, tomen las que sean más densas y que no lleven la túnica.

A pesar de que ya lo sabía, Viria no se molestó por recordar de nuevo como vestían su gente. Hasta ese momento lo seguía recordando, y puede que nunca lo vaya a olvidar.

Los Matadragones, así como Gishlain, se desplazaron con la ayuda de sus auras a la vivienda de dos pisos que se encontraba a veinte metros de su posición. En todo momento, Viria mantuvo la cabeza gacha, procurando siempre no mirar hacia la acrópolis de Atrina. Incluso una vocecita en su cabeza le murmuraba la siguiente frase: “tú ya no eres una Atrinense” una y otra vez.

 

 

Dentro del pueblo abandonado, la estructura de hielo con forma de serpiente fue cayendo poco a poco en grandes trozos, derritiéndose y mezclándose con el charco de sangre del cadáver de Satuzan. Los vientos silbaban de nuevo en el aislado ambiente, corriendo con gran velocidad y haciendo mover la vestimenta del cadáver de Gellucci, que se encontraba a pocos metros del cuerpo del Paeristino.

Más allá de la intersección, el follaje comenzaba a murmurar salvajemente, creando movimientos bruscos que se desplazaban de un lado a otro. Se detuvieron en un instante, para luego, volver a moverse al son de que una figura saliese de sus arbustos. La figura portaba una capa larga de color morado con manchas blancas en su superficie. Le llegaba hasta los muslos, y era de mangas largas, abotonados en sus brazos y en su vientre hasta sus pechos. Su torso era equipado con una coraza de color negra, con solapa y arabescos delineados dibujados en su busto. En sus piernas vestía unos pantalones de lino textil de color marrón. Encima del pantalón, unas musleras y grebas de color marrón que contrastaban con los zapatos sin cordones de color negro. En su ancha cintura pendía una larga y curva funda. Sus labios eran pintados labialmente con un color morado, y sus ojos eran delineados de color negro hasta sus pómulos. La mujer ladeó un poco su cabeza, haciendo mover su melena de color castaño oscuro le llegaba hasta los omoplatos.

Sus ojos de color negro se fijaron de inmediato en la figura de color celeste que se alzaba, y a la vez caía al suelo por los rayos del sol, a varios metros de su posición. A su vez, su mirada se fijó de inmediato en los cuerpos caídos que se encontraban cerca de aquella extraña estructura. Sus pestañas se entrecerraron. Esto no puede ser verdad… Pensó, llevándose una mano al puño de su arma.

—¿Pasa algo, Shiro? —preguntó una voz femenina que provenía del follaje.

Shirokova volvió a cerrar los ojos, cavilando la situación. A lo mejor Gishlain esté más herido de lo que ya está, según me contó Satuzan. Pero aun así tendré cuidado. Se dijo, soltando sus dedos de la empuñadura de su Uchigatana. En ese momento, los ruidos del follaje siendo perturbado a sus espaldas llegó a sus oídos. Shirokova volvió su cabeza, viendo como su compañera salía de los densos arbustos con algunas hojas en su torso enfundado en un leotardo de color celeste sin mangas. En sus delgados brazos llevaba unos guardabrazos celestes, ornamentadas en su superficie con figuras de pirañas y tiburones acrobáticos. En sus largas piernas equipaba polainas largas de escamas de color celeste y escarcelas del mismo color. Encima de esta, una faltriquera pendía, sujetándose a un cinturón ajustado a la cintura de la mujer. Sus pies en botines celestes aterrizaron por fin en la calzada, y sus manos desnudas se pasaron por su cabello ondulado, con algunas hebras de color celeste. Algunas hojas cayeron cuando los dedos pasaron.

—Mira, Grainere —respondió Shirokova, estirando su brazo hacia adelante, apuntando hacia los cuerpos de Satuzan y Gellucci. Así como también al desorden alrededor de la intersección—. Satuzan y Gellucci, mis asesinos más despiadados y coordinados, están muertos.

Grainere gruñó con desdén, pero también con impresión.

—¿En serio? —dijo con cierta incredulidad — ¿Cómo es posible que esos hijos de la gran puta se hayan dejado asesinar por ese traidor?

Shirokova no respondió, quedándose con sus ojos entrecerrados en el escenario. Dio algunos pasos hacia adelante, adelantándose a su compañera.

—Grainy —dijo Shirokova con cierto tono azucarado, pero mezclado con la incertidumbre—, esto me está siendo ilógico.

—¿A qué te refieres? —preguntó su compañera, siguiendo sus aligerados pasos.

—¿Recuerdas que hace unos momentos Cornelio nos había vuelto a llamar, no es así?

—Y ahora me vienes a recordar a ese bellaco codicioso…

—El caso es que Tebo me había dicho sobre la llegada de nuevos “terroristas” que habían llegado a la ciudad —hasta ese punto, Shirokova y Grainere estaban desplazándose por la encrucijada, acercándose cada vez más al impactante escenario—. No sé si lo que dijo Cornelio es cien por ciento verídico. Lo más seguro es que no.

—Claro, ¿Qué harían unos terroristas, ya sean Virymnul o cualquier otro grupo, a asechar una ciudad-estado? A no ser que quieran hacer un atentado, deberían de tener buenas razones para hacerlo en Atrina… —dijo Grainere, acariciándose las hebras de color celeste.

—El caso es, Grainy —el tono de voz de Shirokova paso a ser uno más fuerte, como si fuese una jurada. Ella, al igual que con su compañera, se plantaron frente al cadáver de Satuzan y la estructura de hielo derritiéndose—, que no creo que sean terroristas.

En ese momento, Grainere volteó su mirada hacia su compañera, mirándola con una ceja celeste arqueada.

—¿Qué no son terroristas? —preguntó, con los brazos cruzados debajo de su regular busto— Según uno de los Vigilantes Cruzados, todos los miembros del grupo de Jean-Claude Gishlain ya deberían de estar muertos…

En el intervalo de tiempo que Grainere había hablado, Shirokova se hincó en una rodilla, acercando un poco su vista hacia la herida vertical que tenía en su espalda. Satuzan debió de haber sido atravesado por la gruesa hoja de una espada. Pensó. Su cabeza se volvió hacia el cuerpo de Gellucci. La mujer se levantó y se dirigió hacia el cadáver, arrodillándose de nuevo e inspeccionando el cuerpo bocarriba. Shirokova encontró la máscara de Gellucci ensangrentada por dentro, así como toda su camisa, donde en el centro se habría otra herida de forma vertical. La herida parece tener el mismo tamaño… Esto en definitiva no debió de haber sido atravesado por el espadón curvo de Gishlain. Caviló, con una mano debajo de su mentón.

Shirokova se levantó. A sus espaldas se encontraba Grainere, quien se posó de inmediato al lado de su amiga.

—¿Qué piensas, Shiro? —preguntó.

—Los dos cuerpos presentan más o menos las mismas heridas mortales. Heridas que dan signos de que fueron el atravesamiento de una espada —explicó Shirokova, bajando la mano de su mentón—. En definitiva, son heridas causadas por el espadón de Gishlain. Pero aún no sé con exactitud si murieron así o con alguna habilidad sea de cualquier Sistema de Magia. Si hubiese sido un invocador, entonces algunas partículas de Aura se reservarían alrededor de las heridas —en ese momento, Shirokova miró de reojo a Grainere, ocasionando que esta gruñera de nuevo.

—Como quieras… —dijo con voz ronca.

Shirokova entonces fue retrocediendo, alejándose de su compañera más fiel mientras la veía.

Alrededor del cuerpo de Grainere apareció un aura flameante de color celeste y denso. Aquel destello flameante fue expandiéndose por unos centímetros antes de reducirse de nuevo al estado normal, mientras que Grainere iba retrocediendo poco a poco. Y, de pronto, la forma flameante del aura de Grainere se convirtió en una más erizada rigurosamente. Un sonido chasqueante se produjo al son de aquel cambio de forma. Y entonces, Grainere ya no sintió más presión dentro de su aura. Mahawal: ¡Snârk Aqársh! Exclamó su mente.

En ese momento, desde los ojos de Shirokova, Grainere dio un rápido salto hacia el charco de sangre de Gellucci. Por un instante, Shirokova logró ver que la parte de piel de la pierna de Grainere cambiaba a un aspecto más escamoso. En sus dedos se formaban filosas garras, en su cuello se creaban unas especies de agallas y en su espalda sobresalía una especie de aleta dorsal. De un momento a otro, la estatura de Grainere se redujo. Y entonces, Shirokova observó cómo su compañera se sumergía dentro de la sangre de Gellucci, desapareciendo en un parpadeo.

En los bordes del charco de sangre, unas ondas se expandían un poco. De súbito, una aleta de color grisácea apareció en la sangre, desplazándose velozmente por la sangre hasta llegar a la parte frontal del torso de Gellucci. Shirokova se acercó unos pasos para ver más de cerca la acción. En ese instante, la cabeza de un tiburón apareció de súbito, abriendo su mandíbula y atrapando la camisa de Gellucci con sus numerosos pero pequeños dientes. Aun así, Shirokova logró observar como el animal zarandeaba la camisa de un lado a otro de manera feroz, logrando arrancar la parte de la camisa. Entonces, el pequeño tiburón se abalanzó hacia el interior de Gellucci, mordiendo con fuerza y salvajismo la carne del cadáver y, con la ayuda del aleteo de su cola, adentrarse en el cuerpo.

Shirokova miró con detenimiento la herida sangrante del cadáver, así como la tela que se hundía en la sangre. Incluso a día de hoy, a ella le seguía impresionando la habilidad de su compañera, la cual era un regalo por parte del Balance; la habilidad más poderosa que podía ofrecer la Elumancious, y que ahora estaba abierta para los demás Sistemas de Magia. En algunas ocasiones, Shirokova se preguntaba cómo se sentía transformarse en una bestia como lo era el escualo, al mismo tiempo que tu tamaño se reducía al de una hormiga.

De pronto, Shirokova oyó el trepidante sonido de la carne. El cuerpo de Gellucci se movía de manera brusca, como si convulsionara. Y entonces, Shirokova logró observar por unos instantes como el pequeño tiburón salía disparado del vientre del cadáver, volando por la calzada hasta descender al siguiente charco de sangre. Shirokova se levantó y se dirigió allí, encontrándose en los metros recorridos algunas gotas de sangre regadas por la criatura. Sus ojos divisaron al tiburón desplazándose con rapidez, acercándose hacia el cadáver de Satuzan y repitiendo el mismo proceso.

Al rato, el cuerpo de Satuzan volvía a moverse de manera súbita como lo hacía el cadáver de Gellucci. Y entonces, sin tardarse tanto como lo había hecho antes, el pequeño tiburón volvió a salir disparado del vientre del cuerpo, volando por unos momentos, atravesando unos dos metros y aumentando su tamaño. En un punto dado, la forma del tiburón agrandado cambió con rapidez; le salieron brazos, su cola se separó en dos extremidades, el cuerpo se volvió un torso humano, la aleta desapareció y la cabeza del tiburón también se transformó a una humana. Y antes de que aterrizara hincada en una rodilla, Grainere había vuelto, empapada de sangre.

La mujer tiburón gruñó con asquerosidad, levantándose y apreciando su vestimenta ensangrentada.

—De verdad como odio la sangre… —maldijo entre dientes, agitando sus brazos para quitarse un poco el líquido rojo— Y antes de que lo preguntes; no, Shirokova. No había rastros de Aura en los cuerpos de estos moribundos. Lo más cercano era la mano de Satuzan en un estado luego del entumecimiento, lo que me da a decir que Gishlain lo atacó con su hielo.

Shirokova volvió a llevarse una mano al mentón.

—¿Entonces, si no hay rastros de Aura de otros Caballeros Cruzados, cómo pudo Gishlain asesinar a dos de los mejores miembros de mi grupo?

—Oye, Shiro, que el catarro es una enfermedad molesta, eh —había hablado Grainere con tono sagaz y soez—. Sé que no soy de responderte de esta manera, pero que ahora necesito darme una buena ducha luego de esta mierda.

—Bueno —dijo Shirokova, bajando su mano y llevándosela a la cintura, al otro lado de la funda—, entonces vayamos a Atrina a darnos una buena ducha y así de paso dar una charla con Cornelio —su otra mano se la llevó a su solapa, donde sacó de allí su talismán—. Haré una llamada para que los demás Caballeros Cruzados vengan a recoger los cuerpos, y los entierren como debe de ser.

Las dos Caballeras Cruzadas se encaminaron por la calzada hasta el sendero, con Grainere dejando un rastro de sangre por todo el camino.

Más atrás de ellas, escondido detrás del muro de una casa se encontraba un yelmo resquebrajado de color grisáceo con su yugular destrozada. Estaba a la espera de un encuentro que quizás nunca llegaría.

 

 

A veces, a través de la pendiente que llevaba a un enorme arco corinto que daba la bienvenida a todas personas, salían y  entraban todo tipo de individuos con diferentes vestimentas; desde ciudadanos con derechos plenos vestidos con togas y quitones mezcladas con ropas parecidas a la de Jean-Claude, hasta ciudadanos sin derechos vestidos con togas marrones y sin muchos lazos densos (a veces algunos con cierta vestimenta que llevaban los otros ciudadanos).

Jean-Claude Gishlain caminaba a través de la carretera ascendente que llevaba al arco de la entrada de Atrina, con su espadón curvo ocultó en su espalda con un grueso manto marrón. Detrás de él le seguían los Matadragones, cubiertos con las togas marrones que habían robado de la chora. Las prendas eran densas, hechas de lana y cubrían todo el cuerpo de los Asesinos de Dracos hasta las pantorrillas, incluyendo sus armas. El Slavat les había dicho que, a pesar de que supieran sus nombres (como le había dicho Royko por el camino), era seguro ir con el rostro al descubierto; pues, según como los Matadragones les había dicho, é está seguro de que ellos no sepan siquiera identificar sus voces. Eso sí, Gishlain les aconsejó a las Matadragones de que se quitasen sus yelmos, pues personas que no fuesen soldados o policías llevasen yelmos o la capucha cubriendo su rostro daban a entender de que son terroristas.

Con Gishlain a la cabeza, los Matadragones subían la inclinación de la carretera con cierta perplejidad de la ciudad (a excepción de Viria), viendo los puertos de los barcos en la lejanía y la chora que se encontraba a su izquierda, con viviendas más agrupadas y más grandes, con cientos de personas circulando por sus anchas calles y comerciando diversos materiales en las grandes estructuras. Los Matadragones, hasta ese momento, se sentían como si estuvieran circulando a través de una enorme ciudad sin ninguna preocupación mortal, observando con fascinación y sintiendo extrañas sensaciones de vértigo al ver el enorme tamaño del arco de Atrina.

Hasta ese momento, los Matadragones y el Slavat estaban en el punto más alto de la pendiente. Allí, el grupo se plantó frente a frente con el arco, en un suelo sin ninguna inclinación. Los ciudadanos entraban y salían de aquel enorme umbral, a veces pasando de largo del quieto grupo. Gishlain vio a través de las personas a los policías que custodiaban la entrada. Los enumeró con la mirada, teniendo un total de quince policías de la cohorte urbana.

—Venga —dijo Gishlain a los Matadragones, con tono bajo—, sigamos avanzando, sin temor.

Sus pies avanzaron. Y seguido de ellos, venían los de los Asesinos de Dracos, esquivando las personas para no chocarse con ninguna de ellas.

Estando en el borde del arco, a punto de atravesarlo, Viria no pudo evitar voltear su mirada hacia los policías. A pesar de que no eran los Caballeros Halein, Viria sentía no sólo recelo, sino remordimiento hacia los soldados de Atrina. Una innecesaria ira se iba acumulando en su interior cada vez que recordaba a su hermana menor, y le era difícil olvidarlo después de recordarlo hace tan sólo una hora y media al llegar a esta ciudad. En ese momento, pasado ya el arco y adentrada en su antigua ciudad, respiró todo el aire posible. No te molestes, Viria… Se dijo, al tiempo que exhalaba por la boca. Eso ya paso. Incluso tu hermana no te gustaría ver enojada contra los negligentes Caballeros Halein… Viria no pudo evitar apretar la mandíbula.

El grupo se desplazó, esta vez con más lentitud, a través de la populosa calle de Atrina. Alrededor de los Matadragones había ciudadanos con todo tipo y color de atuendos más variados. Algunas parecidas a la de Gishlain, y otras resultante de la mezcla entre las túnicas y las otras prendas. Este tipo de ropa también lo habían visto en Meneliada y otras ciudades a las cuales visitaron, pero nunca se plantaron a verlas con más detenimiento como ahora. Gishlain los condujo hasta llegar a una enorme encrucijada, con una estatua de mármol de doce metros de altura que adoptaba la forma de un hombre empuñando una lanza de cinco metros, y vestido con una linotórax: era el Representante Lodrico de Atrina, apodado por los Daesir como Beuosis. Cuando fueron pasando de largo la estatua, Milidrag y Bythiana no podían evitar quitar sus miradas de ella, hipnotizadas por su majestuosidad.

En ese momento, Viria se le acercó a Gishlain casi al instante, con pasos muy ansiosos.

—¿A dónde nos piensas llevar, Gishlain? —preguntó, con un tono no tan solemne.

De pronto, la cabeza de Jean-Claude se levantó, mirando con mucha fijeza. Los pies del Slavat se habían detenido, obligando a  Viria a hacer lo mismo con el ceño fruncido. La Matadragones alzó también la cabeza, encontrando con su vista la fachada de una ínsula. A través de sus umbrales, diferentes personas salían y entraban a la ínsula. Otras se quedaban en los puestos o entraban en las tiendas que había en ella. Incluso, Mildran y Royko pudieron oír y ver a varios niños jugando en una especie de patio que ofrecía el edificio de cuatro pisos.

—Robar grifos no es nada fácil, Viria —había respondido Jean-Claude en un bisbiseo, para que la gente no lo escuchase—. Puede que ustedes hayan tenido una oportunidad gracias a la guardia de Lorigan. Pero ahora, encubiertos y siendo buscados por Cruzados y soldados a la vez, será toda una osadía.

Gishlain se había abalanzado hacia un puesto cerca al umbral central de la ínsula. En una de las paredes, un hombre con un petaso en su cabeza se encontraba sentado próximo a una mesa rectangular. Alzó su mirada hacia la persona que se aproximaba hacia su puesto.

—Buenos días, señor —dijo, bajando sus brazos e irguiéndose en su silla sin respaldo—. ¿Cuál es su petición?

Jean-Claude volvió a mirar el letrero que estaba adherido a la pared en la que se encontraba el hombre. En él, el letrero anunciaba sobre diferentes cuartos en los tres últimos pisos de la ínsula. Gishlain se fijó en la más grande, la cual llegaba a abarcar hasta siete personas.

—Mi petición es una habitación en el cuarto piso —pidió, solemne, rebuscando en los bolsillos de su pantalón hasta sacar unas veinte monedas de los dos bolsillos, depositándolas en la mesa—. La más grande.

El hombre ensanchó los ojos al ver los cuarenta Vangur de plata con el emblema de Halein en la superficie de su mesa. Miró de nuevo a su cliente.

—¿Está usted seguro de que quiere un cuarto de siete personas? —preguntó.

En ese momento, el hombre vio como unas cinco personas con togas marrones se acercaban a su cliente con sus vestimentas rasguñadas.

—Y-ya veo… —respondió con cierto tono de vergüenza, reuniendo las cuarenta monedas de plata en su mano una por una. Cuando hubo terminado, el hombre le tendió a Gishlain una llave cromada sin aro— Tome. La habitación es el número trece.

Jean-Claude encerró la llave en sus seis dedos. El hombre notó los seis dedos, ensanchando los ojos.

—Un momento —dijo, estirando un poquito su dedo en dirección a la mano de Gishlain—, ¿es ilusión mía o tiene usted seis dedos? ¿Es acaso un Slavat?

Gishlain escuchó las preguntas del hombre con total desconcierto. Sintió como si su garganta se cerrara y se abriese de un segundo, así como su sudor se intensificaba y las palpitaciones de su corazón aumentaran su velocidad. Esto no es bueno… Pensó, con la boca entreabierta y pensando las diferentes posibilidades que podían ocurrir a partir de ahora.

—¿Es acaso un peregrino? —volvió a preguntar el hombre— ¿Acaso está buscando algún tipo de trabajo en Atrina, como la parapsicología o busca ser un soldado? Últimamente he escuchado de muchas revueltas en los pueblos Slavat de diferentes regiones del mundo; desde la esclavitud en las Islas Woodview, hasta los cambios de bando en Vainr Dal. ¿Acaso usted viene de alguna de esas partes?

El alivió pacificó las pulsaciones del corazón de Gishlain. Pero estuvo a punto de enarcar una ceja ante la información que había dicho el hombre con respecto a su gente.

—No del todo —respondió con cierta timidez—. Sólo vengo de turismo.

—¿Sus compañeros Slavat también? —preguntó el hombre, haciendo un ademán con la cabeza para referirse a los Matadragones.

—Sí —mintió de nuevo Gishlain, esta vez de forma involuntaria e inconsciente—, sólo venimos a ver las maravillas de esta ciudad-estado y de otras de Vois Fachnir.

—Pues entonces espero que esta ínsula le sea de su gran agrado —el hombre volvió a recostarse en la pared.

—Muchas gracias.

Jean-Claude comenzó a avanzar, adentrándose en por el umbral del edificio. Seguido de él iban los Matadragones, impresionados y a la vez extrañados con la actitud del Slavat.

Gishlain guió a los Matadragones por los pasillos de la ínsula hasta subir los primeros escalones. En el segundo piso, el grupo pudo apreciar un pequeño peristilo, adornado en el centro con un follaje artificial con agua cristalina y algunas personas a su alrededor. Gishlain, sin hacer caso al peristilo, siguió avanzando hasta llegar a las siguientes escaleras de madera. Lo mismo hizo al estar en el tercer piso al ver que todas las puertas del segundo y tercer piso no tenían el número trece. Y en cuarto piso divisó la puerta al otro lado del parapeto. Se dirigió hacia allí, con los Matadragones en su retaguardia, y enterró la llave en la cerradura nada más llegar.

El Slavat dobló la llave dentro de la cerradura, haciendo emitir un fuerte sonido en su mecanismo interno. Tomó el pomo de la muerta, la asió hacia adentro, y la puerta relinchó al tiempo que ofrecía al grupo un pasillo. Cuando todos lo atravesaron, se vieron encontrados en un gran rellano, con la sala en la primera estancia, con una mesa en el centro rodeada con sillones de lino textil y algodón en su interior. En el siguiente rellano se encontraba la cocina.

Mildran y Milidrag se quedaron de pie, quietos y con muecas de perplejidad en sus rostros.

—Esto es hermoso… —dijo Mildran, acercándose al primer sillón de color marrón. Su mano sintió lo blandido del sillón— ¡Hasta estás sillas son blandas!

Mildran se abalanzó hacia el mueble, sentándose y emitiendo un suspiro de alivio al sentir la  suave esponjosidad en su armadura. Viria se quitó la toga, y la colocó en el sillón desocupado. Milidrag miró los diferentes cuadros que se encontraban adheridos a la pared, que representaban partes de una ciudad. Bythiana había hecho lo mismo que Mildran, expulsando también un suspiro de alivio absoluto al sentarse.

Royko depositó sus Cestus Draco en la pared que separaba a ambos rellanos, y se dispuso a seguir a Gishlain hasta el umbral que daba acceso al porche. Al salir, los rayos del sol asaltó la vista de ambos. Royko se obligó a subir la capucha de su toga, y Gishlain se cubrió con una mano su frente. El Matadragones notó como el Slavat fijaba su vista hacia el horizonte. Y cuando había hecho lo mismo, descubrió las diferentes estructuras que conformaban la ciudad-estado. Fue subiendo poco a poco sus ojos, llegando hasta la acrópolis; allí divisó un nuevo arco, así como diferentes estructuras más suntuosas y grandes que las que había a su alrededor.

—¿Puedes identificar la Acrópolis de Atrina, Royko? —había dicho Gishlain. Royko volteó su cabeza para verle.

—¿Es ese enorme monte? —preguntó el Matadragones con curiosidad, apuntando la acrópolis con su dedo índice.

—Así es —respondió Jean-Claude—. Lo más probable es que allí se encuentre algún puerto con grifos. Como en el tejado del Castillo de Lorigan, lo que me habías dicho por el camino.

—¿Entonces cuándo piensas que iremos? —dijo Royko, bajando su brazo.

—No, Royko —las palabras de Gishlain fueron cortantes—. Ustedes se quedaran aquí dentro, reposando todo lo que puedan de sus heridas sanadas y entrenando sus poderosas auras para acostumbrarse lo antes posible a su presión. Yo seré el único que me atreveré a subir aquel monte, e inspeccionare la zona en busca de grifos.

—¿Estás seguro de que quieres ir solo? —preguntó de nuevo Royko— ¿Solo entre toda esta multitud, sin nuestra compañía y temiendo de que alguno de tus enemigos Cruzados te encuentre?

—No te preocupes, Royko —respondió Gishlain con solemnidad—. Yo soy el único que tiene experiencias en las batallas con distintos Sistemas de Magia. Además, todas mis heridas y mi Aura se han restaurado. Pero por ahora no me iré; ya que antes les diré lo que tienen que hacer para acostumbrarse a la presión de sus Auras. Después de eso, me marcharé.

El Matadragones escuchó las palabras del Slavat con claridad y con mucha amabilidad. Y, de alguna manera, pudo ver a su difunto y antiguo compañero difundiendo su rostro sobre el de Gishlain en una visión. La nostalgia lo volvió a asaltar.

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