Vois Fachnir – Capítulo XII – SISTEMAS DE MAGIA

Modo noche

SISTEMAS DE MAGIA…

 

Pasados unos diez minutos, los Matadragones se encontraban ahora con la mayoría de sus armaduras equipadas. Royko y Mildran equipaban casi toda su armadura, sin importarles los daños que estas tenían; lo único que no llevaban eran sus yelmos, pues estos ya no servían de nada con sus abolladuras. Algunas partes de las armaduras de Bythiana y Milidrag también fueron despojadas; la primera tenía sus muslos desnudos, dejando al descubierto dos heridas solidificadas en cada una. También tenía su capucha roja baja, mostrando su yelmo con la visera hacia arriba. Y la segunda también estaba despojada de su yelmo, dejando caer su melena negra sobre su retaguardia. La última, Viria, era la única que portaba por completo su armadura de cuero revestido con pieles de dragón (a excepción de su yelmo). Todos ellos se encontraban de pie, frente a Gishlain, que portaba su enorme bolsa entre sus manos.

Jean-Claude se colocó a tres metros de los Matadragones, dejando su yelmo con cubrenucas, y con la preciada bolsa entre sus manos, la que tanto protegía. Los pergaminos ya no se encontraban en el suelo, pues fueron recogidos por los Matadragones y colocados de nuevo dentro del zurrón de Royko.

—Entonces —dijo Mildran, acomodándose los brazales y ordenándose el cabello—, ¿qué es lo que nos vas a mostrar?

Gishlain se quedó mirando fijamente a todos los Matadragones antes de bajar su vista y ver dentro de la bolsa las cuatro Piedras Draconicas que se encontraban allí dentro. En aquel momento, el Esternesse vaciló con extrañeza, quedándose mirando dentro de la bolsa con los ojos perdidos entre sus tenues luces. Gishlain cerró los ojos y, forzándose, metió una mano dentro de la bolsa. Él no se preocupó por cuál sacar, y agarró la primera que pudo sentir. Jean-Claude entonces desenterró su brazo de dentro de la bolsa, mostrando en la palma de su mano una especie de mineral de color grisáceo y compuesto por diferentes formas cuadráticas que se apilan entre sí sobre su superficie.

Los Matadragones pegaron al instante sus ojos en el mineral.

—¿Qué se supone que es eso? ¿Una piedra preciosa que piensas vender en Atrina? —bramó Mildran, con el ceño fruncido.

Gishlain entrecerró los ojos, fijándose en el Matadragones con el cabello de color marrón.

—Mejor no le hables de esa manera a esta Piedra Draconica, Matadragón —dijo, con tono antipático—. No sé si su capitana les habrá explicado, pero de todas formas lo diré: está Piedras Draconicas les concederán a todos ustedes las habilidades de cualquier Dios o Diosa de los Cuatro Panteones, así como también la habilidad de los Cuatro Sistemas de Magia principales de Theran —en ese momento, Gishlain bajó el brazo donde sostenía la piedra a la altura de su rostro. Lo colocó frente de este, y lo miró firmemente—. Por lo tanto, les servirán para aquel viaje que tanto ansían.

—¿Y por qué dices que nos servirán para este viaje? —preguntó Milidrag con curiosidad, sin quitar sus ojos de la Piedra Draconica.

—Porque me uniré a ustedes —respondió Jean-Claude, mirando a todos los Matadragones con unos ojos severos—. Y no porque este ansiando una aventura en la cual me pierda de manera estúpida, sino para escapar del yugo de los Caballeros Cruzados, los cuales desde ahora los perseguirán también a ustedes hasta que no los perdamos de vista o los venzamos  de forma definitiva. Además, yo creo que ustedes también están en las mismas; con varias ciudades-estados persiguiéndoles, no creo que le sean fáciles adaptarse a otro medio. O en otras palabras, a otra ciudad con reglas a las que nunca se han adaptado.

De manera casi inconsciente, Viria asintió con la cabeza.

Gishlain volvió a abrir por completo los ojos.

—Entonces, ¿quién se atreverá a tomar las primeras riendas? —dijo, estirando su brazo donde portaba la Piedra Draconica entre sus dedos hacia los Matadragones.

—Una pregunta —dijo Bythiana de súbito. Los demás Matadragones la miraron, así como Jean-Claude—, si estas piedras nos concederán los poderes de los Dioses, ¿de qué manera nos la concederán?
Gishlain enarcó ambas cejas, así como ensanchó sus ojos. ¿De verdad que los Matadragones sólo conocen el Aura? Pensó, atónito.

—Miren… —dijo, con tono incómodo— Lo único que tienen que hacer es presionar sus dedos contra la piedra, al mismo tiempo que activan su aura. De esta manera, los poderes almacenados en la piedra se trasladaran a sus Auras. Y el Sistema de Magia se reflejara en las habilidades que hayan adquirido. ¿Entienden, o lo vuelvo a repetir?

Los Matadragones se miraron los unos a los otros. Las miradas demostraban incomodidad e incertidumbre. Así se quedaron, en silencio por unos momentos hasta que Viria, desde su mente, se dijo a sí misma para tomar las riendas de aquella situación. Entreabrió la boca, estando a punto de articular la frase. Y de pronto, otra voz se la adelantó.

—Yo lo haré, Gishlain.

Viria giró con rapidez sus ojos. Antes de clavarse en los ojos del interlocutor, Viria ya sabía que se trataba de Royko. Ella, así como los demás, tenían las miradas fijas en el Matadragones, quien adoptaba un semblante severo, fijó en la piedra que sostenía Jean-Claude.

Gishlain torció un poco su cabeza, observando a Royko con ojos curiosos.

—¿Estás seguro, Matadragones? —preguntó, serio— Porque has pasado de una situación tristeza a una de recomposición. Y no estaría seguro de que estés bien para poder llevar a cabo una bata…

—Te equivocas, Gishlain —le interrumpió Royko. Jean-Claude se quedó boquiabierto, con una mueca atónita—; después de lo que tenido que pasar en mis tiempos de Gladiador, y después de lo sucedido con Honorio y el recuerdo de ahora, no dejaré que ningún sentimiento me domine por completo… —el Matadragones se adelantó dos pasos a sus compañeros, y extendió su brazo derecho—. Dame esa piedra, y veré de lo que es capaz.

Gishlain volvió a enarcarse, esta vez, ambas cejas. Su boca todavía se mantenía entreabierta, y por encima de los hombros del Matadragones, notaba las muecas de impresión de sus compañeros. Clavó de nuevo sus vistas en el rostro serio y el brazo extendido de Royko.

En ese instante, Jean-Claude expulsó un suspiro, para luego esbozar una media sonrisa.

—Me impresionas, Royko —dijo, sintiéndose un poco extraño de llamarlo por su nombre.

El Matadragones, sin cambiar la expresión de su rostro, encerró la Piedra Draconica entre sus dedos, separándola de la palma de Gishlain. Atrajo su brazo, posicionando la piedra a la altura de su pecho. Royko la miró con ojos hipnotizados, fijándose en su color y en su forma. Estuvo a punto de apretar la piedra entre sus dedos, hasta que una idea le detuvo.

—Oye, Gishlain —dijo, alzando su vista hacia el hombre—, ¿es seguro hacer esto dentro de la casa?

Los Matadragones se extrañaron ante la pregunta de Royko.

—No. No te preocupes por eso —respondió Gishlain, agitando su mano—. Eso será con las habilidades que vayas a adquirir.

Royko, sintiéndose más seguro con la respuesta de Jean-Claude, volvió a bajar su mirada hacia la piedra. Y entonces, rodeando su cuerpo con un poco de su ahora poderosa aura, empezó a presionar la Piedra Draconica.

A medida que Royko hundía los dedos de su guantelete en los cuadrantes de la superficie de la piedra, Royko sentía como su pecho se agitaba. Su corazón iba palpitando con más velocidad, y la Piedra Draconica de pronto comenzó a resplandecer de color grisáceo. El brillo no era tan fuerte, pero aun así los Matadragones se obligaron a cubrirse con una mano. Jean-Claude hizo lo mismo, pero no podía evitar mirar a través de sus dedos el resplandor. Royko se forzó a cerrar sus ojos, sin parar de apretar sus dedos sobre la piedra. En un momento dado, el Matadragones sintió una extraña sensación recorrer sus dedos; luego su brazo, y después comenzó a extenderse por todo su cuerpo. En ese momento, Royko tuvo la sensación de que la superficie de la piedra se ablandaba, hundiendo más sus dedos dentro de ella. Su pecho ahora sentía presión, y su corazón no paraba de palpitar con intensidad. Royko comenzó a jadear hasta que, de un instante, el resplandor grisáceo desapareció.

Royko detuvo con brusquedad la presión de sus dedos, al tiempo que desactivaba su aura por el instinto de la incertidumbre. El resplandor ya no se filtraba entre sus cerrados ojos, por lo que había intuido que se había apagado. Fue abriendo con cuidado sus ojos, notando que la Piedra Draconica había perdido su color grisáceo. Sus dedos se enterraban un poco en la superficie de cuadrantes de la piedra, dejando a Royko con una mueca de sorpresa.

Los Matadragones y Gishlain también se fijaron en lo que Royko veía. Los Matadragones le rodearon, viendo a la Piedra Draconica en ese extraño estado.

—¿Qué fue lo que paso, Gishlain? —preguntó Viria con tono preocupante y volviéndose hacia él.

La Matadragones vio que Jean-Claude había adoptado un rostro sofisticado.

—Eso, Matadragones —dijo Gishlain con tono de satisfacción, bajando la bolsa y posándola en el suelo—, significa que la traslación ha funcionado.

Jean-Claude guió sus pasos hacia el muro destruido de la sala. Antes de levantarse, tomó su yelmo y se lo colocó encima de su cabeza al tiempo que salía, dando unos cinco pasos en el exterior  antes de girarse, quedando a unos cuantos metros de los Matadragones.

—Royko, ¿podrías llevar tus armas y dirigirte hacia acá? —había dicho.

Royko, a pesar de la extraña actitud de Gishlain, hizo caso a la petición, dejando la Piedra Draconica a Mildran.

Ya frente de él, con sus Cestus Draco, Royko se le quedó mirando al rostro de sofisticación de Gishlain. Al borde, sobre los escombros, los demás Matadragones los observaban con expectación.

—Entonces —dijo Royko, mirando sus cestus—, ¿ya tengo los poderes de un Dios?

—Antes de eso, necesito decirte que, para que la habilidad se muestre, tengo que liberarla yo mismo —habló Gishlain con un tono elocuente. En ese momento, Gishlain alzó una de sus manos—. En la batalla no lo habrán notado por la intensidad. Pero ahora pueden comprobarlo por ustedes mismos.

Tanto Royko, como los demás Matadragones se extrañaron ante el dicho de Gishlain. Los Matadragones entonces se procuraron en escudriñar la mano que Jean-Claude había alzado. De pronto, sus muecas crearon una forma de perturbado al ver que en la mano de Gishlain había seis dedos.

—¿Pero qué…? —dijo Milidrag entrecortadamente.

Mildran se restregó los ojos con su brazo dentro de la camisa de lana para volver a ver.

—Y para que estén más seguros… —en ese momento, Gishlain, con la otra mano (que también tenía seis dedos) desenfundo el guantelete. Y entonces ahí todos los Matadragones lo vieron: seis dedos en la mano de Jean-Claude.

—¿P-por qué tienes seis dedos? —preguntó Royko, nervioso y apuntándole con uno de sus cestus, con el brazo tembloroso.

Gishlain esbozó una sonrisa completa mientras se guardaba su guantelete en el bolsillo de su pantalón. Bajó su brazo.

—Esto que les voy a contar, no lo saben ni siquiera la gran mayoría de los operativos de los Caballeros Cruzados —dijo—: yo, Jean-Claude Gishlain, no soy un humano. Soy un Slavat.

Los Matadragones se quedaron en silencio por un buen rato.

—¿Un qué? —preguntó Royko, con el brazo abajo.

—Veo que los Matadragones y los Caballeros Cruzados no saben de nosotros en su totalidad… —dijo Gishlain con tono de decepción— Para que lo sepan, un Slavat es una raza nacida entre un mortal y una Diosa, mucho antes de la Guerra Draco-Divina. Mi raza había sido despreciada por los Cuatro Panteones, considerándolos otro pueblo bárbaro más entre los que se encontraban luego de la Caída de los Bahamut. Y no fue hasta esta era que los Dioses vieron la capacidad de los Slavat para poder manejar el Aura de una manera que ellos no habían visto: la Psique. Desde ese entonces, los Slavat ahora servimos a los Representantes, así como también tenemos el oficio de descifrar y desbloquear las habilidades de los Cuatro Sistemas de Magia de los usuarios, el oficio de oráculos, Médicos de Usuarios Avúrina e incluso también de psicólogos. Yo nací a partir del matrimonio entre un Caballero Slavat y la hija de un monarca Esternesse. Y desde niño siempre me había gustado la cultura de mi gente; tanto que me había dedicado más a estudiar la manera de descifrar y liberar las habilidades de un Sistema de Magia antes que ser un caballero. En esos tiempos, cuando era un adolescente, hubo una conjura entre los condes para matar al monarca, llevado por los mismos Caballeros Cruzados. Mi gente batalló contra ellos, y yo era un experto en las artes de los Sistemas de Magia y del aura. Hasta que fui vencido por el jefe; el líder de toda la jerarquía de los Caballeros Cruzados, el cual me superaba por mucho en el poder del Saikti Airegumi. Termine en su custodia.

—¿Y cómo fue que acabaste como su operativo? —preguntó Viria. Gishlain pudo notar en el rostro de la Matadragones cierta curiosidad en su historia.

—Eso fue, Viria, porque sabía cómo eran los Caballeros Cruzados —respondió—. Sabía que, si no obedecía a sus órdenes, acabaría como todos los presos que ellos capturaban. Y me obligaba a hacerlo, sin importar el resentimiento que tenía contra ellos de matar a mis padres y robar todo los objetos preciados de la monarquía. Para mi suerte, era un Slavat; y para el jefe era un espécimen. Por lo que me utilizó para descifrar y liberar las habilidades de diferentes personas: de otros Caballeros Cruzados, de tiranos, de revolucionarios y de Virymnul. Gracias a mis acciones, pude ganarme la confianza del jefe, y este me colocó como un operativo. Y cuando estalló la Quinta Guerra de los Cruzados, entre los Caballeros Cruzados, Vois Fachnir y los Reinos de Woodview (ayudados por el Imperio Pernica) el jefe murió asesinado por una conjura, y todos se pelearon por el poder. Incluido yo y todo mi grupo. Pero, si no les importa, no me gusta extenderme demasiado con estas historias. ¿Podrías acercarte, Royko?

Royko, haciendo caso a la petición de Gishlain, se acercó a este con movimientos que demostraban su inquietud y recelo.

—Ahora, ¿podrías activar tu Aura con la mitad de tu poder? —dijo Jean-Claude, con una mueca ansiosa.

El Aura rodeó a Royko; con más densidad y esta vez sin ser tan brusco como la primera vez.

En ese momento, Jean-Claude estiró uno de sus brazos hacia el pecho del Matadragones y abrió la palma de su mano. El brazo se introducía un poco dentro del Aura del Matadragones, y Gishlain pudo sentir toda esa densidad; todo el poder del Aura de Royko lo sentía a través de la parte del brazo introducido. El aura de Gishlain apareció, pero sólo rodeando el brazo estirado. Las Auras se mezclaron y, de pronto, alrededor de la muñera de Jean-Claude apareció una figura circular que lo rodeó pero sin hacer contacto con la muñeca. Otra de esas figuras circulares apareció en la palma de Gishlain. Esta, que estaba abierta, se fue cerrando hasta pegarse a la pechera de Royko. El Matadragones sintió como si el Slavat le hubiese dado un empujón, por lo que su cuerpo retrocedió unos centímetros. Royko volvió a erguirse, e incrustó su mirada en el semblante de Gishlain.

—¿Qué acabas de hacer? —preguntó.

Gishlain no respondió; sólo se quedó con la cabeza un poco inclinada hacia arriba. Sus ojos miraban encima de su cabeza, y Royko intentó mirar hacia arriba, sin lograr ver nada por la densidad de su Aura.

—Relaja tu cuerpo, Royko —había dicho Gishlain de repente—. Si perturbas tu cuerpo, me será más difícil desbloquear tu habilidad. Ahora mismo todavía no sé a qué Sistema de Magia perteneces.

Royko, con la boca abierta, se obligó a hacer lo que dijo Gishlain.  Cerró la boca, y también los ojos.

Pasaron unos largos segundos, incómodos para el Matadragones, pues los rayos del sol le hacían sudar.

En ese momento, encima de la cabeza de Royko apareció un signo con la apariencia de una X vertical, que estiraba sus cuatro lados y se unía en dos pares a cada lado; cuatro líneas separadas atravesaban la X en su centro para estirarse y unirse a los pares de ambos lados. Gishlain escudriñó el signo, cavilando a que categoría de Sistema de Magia podía pertenecer.

Leuko… Pensó, bajando su cabeza, haciendo desaparecer la forma circular alrededor de su muñeca y bajándola, provocando la desaparición del signo.

—Listo, Royko —dijo, sacándose de nuevo el guantelete del bolsillo y equipándoselo—. Perteneces a la Elumancious, y tu categoría es la Leuko.

—¿La… qué? —Balbuceó Royko.

—Leuko, Royko —respondió Gishlain, esta vez sin tono de desdén—; lo que quiere decir que tienes la capacidad de usar el poder del dios para aumentar tus Cinco Cualidades Avúrina, así como también almacenar el elemento en tu Aura y manipularlo a tu antojo. Como por ejemplo: puedes dispararlo, como el Prophis; la categoría a la cual pertenezco.

—¿Y cuál es el poder del dios que me ha tocado?

Gishlain se quedó en silencio, y se quedó mirando la densa aura del Matadragones. En aquel momento, el viento recorría el ambiente a grandes velocidades, haciendo murmurar al follaje de alrededor del pueblo. Jean-Claude, analizando la situación, notó que el viento corría al sur. Y entonces, se dio cuenta de que los vientos no llegaban a golpearlo por completo por la presencia de Royko. ¿Será…? Pensó. A lo mejor sólo sea algo normal, pero me lo asegurare…

  —Royko —dijo, avanzando por la calzada hasta alejarse a varios metros de la intersección—, ¿podrías y usar tu aura concentrada en tu movilidad para desplazarte hasta aquí?

Extrañado, Royko hizo caso a la petición de Gishlain. Giró su cuerpo en dirección a la posición de Gishlain, al tiempo que este se alejaba de su lugar. Entonces, Royko, con las piernas tensadas, concentró su aura en ellas así como en la cualidad de su velocidad. Royko liberó la presión, y se impulsó a gran velocidad por la calzada y pasando más allá de la intersección. Royko en ese momento intentó plantar sus pies en el suelo para detenerse, pero estas de repente se habían alejado del piso. El Matadragones sintió por un breve instante como si el viento le alejaba las piernas, y lo empujaba más en el aire hasta el follaje. Al final, el Matadragones acabó introduciéndose en los matorrales, causando unos estruendos ruidos de las hojas siendo perturbados.

Los Matadragones salieron de la casa, sólo para ver como Royko había desaparecido de repente. Gishlain, por su parte, si consiguió ver como el Matadragones se introducía en el bosque.

—¡¿Royko?! —exclamó Viria, mirando hacia el follaje.

Tanto ella, como los demás Matadragones habían activado sus auras. La presión que Viria sentía la sorprendió; miró a sus espaldas, viendo como sus compañeros cedían a la potente presión de sus auras.

—¡POR MI DIOS! —exclamó, preocupada— ¡Matadragones, desactiven sus Auras!

Los Matadragones obedecieron, desactivando sus auras cuando ellos ya se encontraban en el suelo.

Gishlain, con su aura activa, se desplazó por la calzada hasta quedar frente a frente con el follaje. Entrecerró los ojos, desplazándolos de un lado a otro en busca de la figura del Matadragones. Al instante, nuevos murmullos de las hojas se emitieron. Y entre ellos, Gishlain consiguió oír el gruñido del Matadragones.

—¡Royko! —exclamó— ¿Puedes oírme?

De un momento a otro, Gishlain se sorprendió ante la repentina aparición de uno de los cestus del Matadragones. Jean-Claude trastabilló un poco, y después, otro cestus se mostró entre el follaje. La cabeza y el torso de Royko se mostraron, con muchas hojas pegadas a sus guardabrazos y a su camiseta de lana.

—¿Qué fue lo que te paso, Royko? —preguntó Gishlain, acercándosele para tomarlo de los brazos y ayudarle a salir de los densos arbustos.

—He sentido… —comenzó a responder Royko con entrecortamiento—, he sentido como el viento alejaba mis piernas del suelo. Y también…, he sentido como los vientos me empujaban.

Los ojos de Gishlain se ensancharon, y su boca se entreabrió cuando dejó que Royko se liberara de sus brazos. Entonces es verdad… Pensó, cerrando su boca y adelantándose unos pasos al Matadragones.

—¿Tú que crees qué me paso, Gishlain? —preguntó Royko, con tono agitado y restregándose con cuidado su camiseta de lana, quitándose varias hojas.

—Sin lugar a dudas, Royko —comenzó a decir Gishlain, mirándole de reojo—, tienes el poder de manipular el viento.

Royko, de súbito, detuvo su restriegue ante lo que había dicho Jean-Claude.

 

 

Gishlain, junto con Royko, se acercaron a Viria. Cuando estuvieron cerca de la casa de la Matadragones, se encontraron a Viria intentando atender a sus malheridos compañeros, quienes se encontraban agazapados y jadeaban con intensidad. Jean-Claude se acercó, apresurado, hacia ella.

—¿Qué ha pasado, Viria? —dijo, deslizando sus rodillas y posicionándose a su lado.

—¡Olvide advertirles que no debían de activar sus auras, por lo que la presión los ha dañado! —balbuceó Viria con una mueca de temor.

Gishlain entonces apoyó una mano en el cuerpo de uno de sus compañeros, Mildran, para así empujarlo y colocarlo bocarriba. Fulminó al Matadragones con la mirada.

—Para nuestra suerte —dijo, soltando un suspiro—, la presión no ha ejercido lo suficiente en ellos como para aplastar ninguno de sus huesos. Matadragones, ¿te encuentras bien?

Viria observó cómo Mildran abría poco a poco los ojos, mientras seguía respirando agitadamente.

—Eso creo… —dijo, con tono endeble. Levantó con cuidado su torso hasta estar a la altura del agazapado Gishlain. Alzó una de sus manos enfundadas en su guantelete de placas con malla en su interior— ¿Por qué nuestras Auras son ahora tan…?

—¿Poderosas? —dijo Viria. Al lado de Mildran, Bythiana y Milidrag comenzaban a levantarse con la ayuda de Royko.

—¿Por qué? —preguntó de nuevo Mildran, cruzando miradas con su capitana.

Mildran vio como la palma de su mano alzada era tomada por una mano con seis dedos. Antes de volver su mirada, Mildran fue levantado de manera forzosa.

—Escucha, Matadragones —dijo Gishlain—, ahora mismo no tengo mucho tiempo de explicar cosas; quiero avanzar rápido con este procedimiento —Jean-Claude giró su cabeza hacia la bolsa, que la había dejado en el rellano de la casa de Viria. Pronto, Gishlain se volvió de nuevo, esta vez hacia la capitana—. Oye, Viria, ¿te gustaría ser la siguiente?

Viria se quedó en silencio unos momentos, con la boca entreabierta y sin saber muy bien lo que quería decir. Pronto, lo entendió, y asintió con la cabeza.

 

 

De un momento a otro, Gishlain se encontraba frente a frente con Viria. Los Matadragones se colocaron de nuevo dentro del rellano de la vivienda, siempre observándolos.

Gishlain sostenía en su mano derecha otra Piedra Draconica: la piedra era la misma que había visto Viria durante la pelea contra sus enemigos. A primera vista, a Viria le atemorizaba la aguzada punta de aquella piedra.

En ese instante, Gishlain estiró su brazo, ofreciendo la Piedra Draconica a la Matadragones.

—Supongo que ya sabes lo que tienes que hacer —dijo, al tiempo que Viria tomaba la piedra, teniendo cuidado con su agudeza, y asentía con la cabeza. Jean-Claude retrocedió unos pasos cuando Viria activó su aura.

Pronto, como esperaba Gishlain, el resplandor proveniente de la piedra reapareció, cegando a todos los presentes. En esta vez, Gishlain no se cubrió con su mano, y pudo observar la figura de Viria, y como su aura estaba siendo recorrida por perturbaciones. El resplandor cesó, desapareció y mostró a Viria, con la piedra depuesta de su color grisáceo.

Jean-Claude se acercó a Viria, activando su Aura en el recorrido. Viria dejó caer la piedra descolorida, y el Esternesse volvió a alzar su brazo estirado, haciendo aparecer la figura circular alrededor de la muñeca, así como el de la palma hasta cerrarse. La palma de Gishlain se detuvo a unos centímetros del busto de la Matadragones. En este intento, Gishlain sintió como Viria relajaba su cuerpo y su Aura. Pronto, encima de la cabeza de la Matadragones, empezó a formarse el signo que Gishlain ansiaba ver.

El signo se formó, adoptando el dibujo de un candelabro atravesado por dos espadas en una X. Lazos entretejidos rodeaban la peculiar forma . En ese momento, Gishlain ensanchó sus ojos.

—¿P-pasa algo, Gishlain? —preguntó Viria, al verle con la boca entreabierta.

Gishlain volvió a bajar su brazo, y todas las formas desaparecieron, al igual que su aura. Su cabeza bajó, y su mirada se encontró con la de Viria.

—Eres… —comenzó a decir Gishlain, pero se interrumpió de manera abrupta. Con los ojos cerrados, giró su cabeza hacia otro lado, para luego volverla a su lugar con los ojos abiertos— Eres una Basileus, Viria.

Viria adoptó un rostro de confusión.

—¿Una Basileus? —preguntó.

—Sí, Viria —dijo, volviendo su cabeza hacia el cuerpo ensangrentado de su ya fallecido enemigo—. El Basileus es una categoría perteneciente al Panteón Titebico. Pertenece en específico a la diosa Zimenar —Gishlain colocó de nuevo su cabeza en dirección a la Matadragones—. El Basileus es aquel ser que Satuzan había hecho hacer acto de presencia durante la batalla. Pero, para una explicación más detallista, a ese ser se le llama Basileus, que en el Indaninni Titebico significa “espíritu”. Esto quiere decir que tienes la posibilidad de reflejar tu misma alma con cualquier forma. En algunos casos, si el subconsciente tiene un gusto tan marcado como un trauma, entonces ese gusto se reflejara en el Basileus. Pero si no es así, el Basileus tomara una forma aleatoria. Además, la capacidad del Basileus es el de tomar una habilidad que tu tengas; por ejemplo si eres un usuario que tiene la posibilidad de poder dar vida a cualquier objeto y al mismo tiempo cambiar sus componentes, el Basileus puede tomar cualquiera de las dos habilidades, lo que dinamiza en gran medida la batalla a su favor. La única desventaja es que, al ser un reflejo de tu alma, si el Basileus recibe algún daño, el usuario también recibirá el daño. Por lo que sería un gran peligro exponerlo en situaciones adversas.

Durante la explicación, Viria, con un rostro de perplejidad, se miró las manos, y luego el cuerpo.

—¿Y cómo lo puedo invocar? —preguntó, alzando de nuevo su mirada hacia él.

—Fácil —respondió Gishlain, alzando una mano con su dedo índice—; lo único que tienes que hacer es manipular tu aura de manera que sientas como si esta se desprendiera de tu cuerpo. Ese es el mismo método que usan los Virymnul cuando tienen la categoría de duplicar objetos con su aura.

Con el consejo escuchado, Viria levantó sus brazos, tensándolos. Su aura se volvió un poco más densa a su alrededor. Cerró los ojos, bajó un poco la cabeza, y se concentró en la manipulación de su aura. Le era difícil, pues al no tener ningún objeto a su alcance, no tenía la posibilidad de transportar su Aura y así sentir ese desprendimiento. De todas formas, Viria concentró su aura en varias partes de su cuerpo, para así intentar hacer algún efecto. Y lo sintió; sintió como si su aura se despegase de su cuerpo. ¿Pero a dónde? ¿Al aire? Pensó, sin abrir los ojos y ensanchando sus sienes de la concentración.

Desde la perspectiva de Gishlain y los Matadragones, una figura comenzó a aparecer al lado de Viria; la figura se mostró de un cuerpo humano completo, pero se veía borroso. Para los Matadragones era muy extraño, pero para Gishlain era algo normal. Las primeras veces se complicaran… Pensó, ahora con los brazos cruzados. Pero entre más lo practique, será ya común hacerle aparecer.

En ese momento, la figura se esclareció, dejando al descubierto un sagum de color rojo, que se sujetaba a una coraza ornamentada con los relieves de un dragón con prominentes brazos y piernas. Sus brazos estaban cubiertos por una gruesa tela de seda que salía de la coraza de color marfil. Más abajo se encontraba un taparrabos de escamas, pigmentada en la parte inferior con surcos horizontales que recorrían su superficie a su alrededor. Más abajo se encontraban las piernas, con una superficie escamosa muy parecida a la de un Dragón. En sus muñecas portaba brazales de oro, en sus pies caligae marrones y en su cabeza portaba un yelmo gálea con una cresta de color escarlata.

Gishlain notó como el Basileus tomaba ambas empuñaduras de las armas de la Matadragones, y las desenfundaba con rapidez.

Viria oyó el silbante sonido de las hojas de sus sables, y se alertó. Volvió su cabeza hacia su lado derecho, abriendo los ojos y descubriendo la figura que se había esclarecido. Al escudriñarlo, Viria notó que el Basileus era rodeado por aura. Y en cuando se fijó mejor, vio que su aura estaba ligada a la del Basileus por una gruesa cuerda de aura. Su rostro se quedó inmóvil, con una apariencia de perplejidad. Retrocedió unos cuantos pasos.

—G-G-Gishlain… —tartamudeó— ¿Es este el Basileus?

El ser, levitando, no se movía de su posición. Y eso no hacía más que dejar en expectación a los demás Matadragones.

—En efecto, Viria —respondió Gishlain, con tono seguro pero con el cuello temblándole—, este es tu Basileus.

El Basileus seguía sin moverse. Y la Matadragones usuaria, fue acercándose a este con suma lentitud y precaución. Estiró su brazo derecho, y consiguió atrapar el hombro del ser, que estaba por debajo de la capa roja. Su Basileus siguió sin dar ningún ápice de reacción.

—O-oye, Gishlain —dijo, sin quitarle la mano de encima y volviendo su cabeza hacia Jean-Claude—, ¿acaso esta cosa es automática, o tengo que darle órdenes?

Gishlain no pudo evitar expulsar un suspiro pesado, seguido de un encogimiento de hombros y de un sentimiento de vergüenza ajena.

—Algo parecido, Viria —respondió, tratando lo mejor posible de ocultar su mueca y su tono de vergüenza—. El Basileus, hasta donde llegan mis conocimientos, reacciona ante el ligamiento de los pensamientos racionales y las emociones radicales. O lo que es lo mismo, como si le estuvieras dando órdenes. Para tu desgracia, yo nunca he experimentado algo como eso, ni tampoco lo estudie en profundidad, por lo que tendrás que aprender de forma empírica.

Viria quitó la mano del hombro del Basileus. Pensamientos y sentimientos… Pensó, dubitativa. En ese momento, Viria giró su cabeza en dirección al muro de la casa que se encontraba más próxima a ella. Entonces intentemos. Se dijo, adoptando un rostro de seguridad.

La Matadragones, mirando con fijeza hacia la pared de la vivienda, se concentró en que el Basileus, con los sables ya empuñados, lanzara un rápido tajo contra ella. En ese momento, el Basileus de la Matadragones se abalanzó casi al instante contra el muro. La sorpresa asaltó a Viria, retrocediendo unos centímetros. Unos segundos después, su Basileus ahora le daba las espaldas al muro, con sus sables en alto y con sus hojas cruzadas. Y de repente, la pared se destruyó, separándose en varios trozos enormes y cayendo en conjunto al suelo con un atronador sonido. Ante el sorpresivo ruido, Viria dio un respingo al tiempo que adoptaba una mueca de aterrada.

Desde la perspectiva de Gishlain, el Basileus de Viria se había desplazado unos cinco o seis metros casi al instante, acercándose al muro de la vivienda y lanzado rápidos sablazos contra la pared. Retrocedió su cabeza cuando, en un instante a otro, el Basileus se detuvo, dándole después la espalda al muro para que al instante siguiente este cayera en enormes trozos. Hasta ese momento, Gishlain mantuvo una mirada analítica.

Gishlain, entonces, se fue acercando a la Matadragones.

—Viria —dijo, bajando sus brazos cruzados. La Matadragones le miró, aún con el rostro de terror—, he notado algunas cosas en tu Basileus: primero, su rango de lejanía es de unos cinco o seis metros, muy bueno a mi parecer. Y el segundo, y es el que más me ha impresionado, es el hecho de que tu Basileus ataque a una velocidad increíble con tus sables.

La felicidad llenó el interior de Viria al oír las palabras de Gishlain. Su rostro cambió de terror a uno con una sonrisa de par de par, seguido de unas risas nerviosas.

—C-creo que me será un poco difícil adaptarme a un estilo de combate dinámico… —dijo, volviendo un poco su cabeza a su Basileus, que se acercaba poco a poco hacia ella.

—Pero tengo una pregunta que hacerte. Una pregunta bastante personal —Viria sintió cortante las palabras de Gishlain. Tanto que sintió como si su corazón diese un respingo.

—¿Cuál pregunta? —dijo, con tono nervioso.

Atrás de ellos, los Matadragones los miraban con detenimiento, escuchando con claridad su conversación. Gishlain miró al Basileus cuando este ya se encontraba cerca de su portadora.

—Recuerdo haberte dicho que el Basileus refleja, por lo general, el gusto más sobresaliente del usuario —hasta ese momento, Gishlain no paraba de mirar de arriba abajo al Basileus. Giró de nuevo su cabeza hacia la Matadragones—. Seme sincera, Viria; ¿acaso te gustan las armaduras de los legionarios del Sacro Imperio Báronico?

Royko y Mildran fruncieron el ceño ante la pregunta. Mientras que Milidrag y Bythiana ensanchaban sus ojos y enarcaban sus cejas.

El silencio por parte de Viria se alargó por unos momentos. Gishlain veía como ella movía los ojos de un lado a otro, mientras se quedaba con la boca abierta.

De repente, Viria cerró los ojos y la boca, para luego abrir los primeros. Jean-Claude notó que sus ojos ahora parecían más nostálgicos.

—Sí, Gishlain —dijo, remitiendo una sonrisa, como si estuviese orgullosa de su gusto—. Puede que mis compañeros no conozcan los países de Dishidia. Pero sí; desde que los había visto en Atrina cuando tenía catorce años, me enamore de aquellas armaduras. Su reluciente coraza, sus capas rojas, sus grebas. Y lo que más me gustaba eran sus yelmos con esa bella creta.

En ese momento, Gishlain miró de reojo al Basileus, que empezaba a desvanecerse poco a poco. Viria agachó un poco la cabeza.

—Puede que suene ridículo lo que dije —habló con cierta tonalidad de vergüenza—. Pero aun así lo acepto; me encantan las armaduras de los legionarios de aquellas monarquías.

Cuando Viria dijo la última palabra, el Basileus, ante los ojos de Jean-Claude, desapareció por completo, dejando caer los dos sables al suelo. Para su sorpresa, Viria no dio ningún respingo; y en cambio, se acuclilló para tomar sus empuñaduras, como si supiera de antemano el desvanecimiento de su Basileus. Al erguirse de nuevo, Viria le mostró a Gishlain de nuevo aquella sonrisa que le hacía sentir una fuerte empatía en su corazón.

La Matadragones avanzó hacia sus demás compañeros, mostrando siempre su magna y quizás orgullosa sonrisa.

—¿Quién será el siguiente en pasar? —preguntó con tono afable, mientras enfundaba sus sables y se sentaba en el suelo.

De pronto, casi como si hubiese usado su aura, Mildran se levantó del suelo, acercándose y quedando frente a frente con Jean-Claude Gishlain. En ese momento, Milidrag y Bythiana se le acercaron, preguntándole sobre aquel extraño gusto y aquel desconocido país de ese continente que ellas apenas conocen.

 

 

—Debo de advertirte, Matadragones, que tú serás el último —había dicho Gishlain de forma abrupta, provocando una mueca de confusión en él.

—¿Y eso por qué? —preguntó Mildran, apoyando ambas manos en su cintura, por encima del taparrabos.

Jean-Claude miró hacia ambos lados, donde la vista se perdía en el denso follaje que los rodeaba.

—Porque este lugar ya me está haciendo sentir más inseguro que antes —respondió, volviendo su cabeza y acercándola hacia Mildran para decirlo en un bisbiseo.

Mildran enarcó ambas cejas, al tiempo que Gishlain se distanciaba de él.

—Te entiendo —dijo, mirando hacia sus espaldas, dejando que su vista se perdiese en el follaje—, ese follaje también me pone nervioso. A veces incluso siento que murmura sin que nosotros lo oigamos.

Mildran volvió de nuevo su cabeza.

—En todo caso, ¿dónde está la siguiente Piedra Draconica? —dijo con rapidez, mirando fijamente a Gishlain con penetrantes ojos.

Se ve que es un poco codicioso… Pensó, viendo en profundidad el iris de los ojos del Matadragones. El Slavat giró su cabeza hacia la derecha, encontrándose con la figura de un Royko que se miraba las manos desnudas y rodeadas de una suave aura. El Matadragones y él intercambiaron miradas, y Gishlain le hizo un ademán con la cabeza para que fuese a recoger la bolsa con las piedras. Para suerte suya, Royko logró entender el ademán.

Royko se posicionó frente a Gishlain, ofreciendo la bolsa. Jean-Claude, en cambio, metió su brazo en el interior de la bolsa, y rebuscó hasta tomar con la primera piedra que atrapase en sus dedos. Desenterró su brazo, y en su mano, atrapado en sus dedos, reveló un manto de color blanco ornamentado con pictogramas humanos dorados a su alrededor. Los dedos de Gishlain encerraban un objeto que se encontraba por debajo de aquel manto. Pero aun así, Mildran entrecerró los ojos para luego fruncir el ceño de manera malhumorada.

—¿Qué… se supone que es eso, Jean-Claude? —preguntó con sutileza, tratando lo mejor posible de ocultar su tonalidad arisca.

Gishlain miró el manto, dejándolo a la altura de su pecho. Sus ojos, cavilados, miraban los pictogramas que se encontraban alrededor. Las figuras humanas tenían alas, y todas se agrupaban hacia una figura mayor, que se alzaba en el aire de forma victoriosa con un espadón encima de su hombro. Este objeto… No, esta campanilla, ¿de dónde salió? Se preguntó, mirándolo de un lado a otro.

—Jean, espero que no me estés gastando una jodida broma —la voz de Mildran ahora había cambiado de forma abrupta; ahora era airada. Y eso temió al Slavat.

—Yo también lo espero de mí mismo, Matadragones —dijo, alzando su mirada hacia el rostro de Mildran; un rostro con una mueca de una fuera acreciente—. Te lo juro, por mi raza, que no sé cómo esta campanilla de carácter Airegumi vino a la bolsa. No…, no recuerdo haber robado esto nunc…

—Jean —dijo Mildran, con tono cortante—. Primero que nada, mi nombre es Mildran. Y segundo, ¿es un objeto divino, o una campanilla normal y corriente de porquería de la cual no me venderían ni por diez monedas de Vangur?

De pronto, Jean-Claude sintió como un escalofrió recorría su columna vertebral al oír la pregunta del Matadragones. Demonios, como odio cuando me dan un regaño sin antes dar mi explicación… Pensó, cabizbajo. El Esternesse puso a trabajar su mente, buscando alguna explicación convincente para Mildran sobre la campanilla y su relación con el Sistema de Magia que una vez lo derrocaron a él de manera violenta.

—Mildran, escúchame —dijo, con un tono estresado, alzando de nuevo su cabeza y adoptando un rostro más seguro—, esta campanilla, como podrás ver en sus filigranas, proviene de Valhurst, el país del Rejidam Airegum.  Y esta campanilla —en ese momento, Gishlain le ofreció el objeto al Matadragones de brazos cruzados—, pertenece a una categoría del Saikti Airegumi; moldear tu Aura dentro de la campanilla para así poder crear armas con habilidades propias. Y aunque no lo creas, lo que te dije atrajo a muchas personas del mundo, lo que aumentó el número de creyentes en la Religión Airegumi, y también hizo enojar mucho a los Daesir menores.

Ambos se miraron a los ojos por largos ratos, dejando que el viento (quizás siendo manipulado por Royko, quien se encontraba de nuevo en su lugar anterior junto con la bolsa) silbaba de sobremanera en el ambiente. En ese momento, Gishlain observó el brazo izquierdo de Mildran salir de su cerrada cruzada, extendiéndose hasta tomar el cuello de la campanilla.

—Bien… —dijo, alejando la campanilla de la palma del Slavat hasta levantarla hasta la altura de su pecho— ¿Sabes cómo activarlo, no es así?

—Eso creería —respondió Gishlain. Mildran logró captar en sus palabras cierta inseguridad—. Lo cierto es que el Saikti Airegumi tiene reglas casi más estrictas que el Shinebico y la Elumancious en cuanto a crear habilidades. Además, no sé si esta campanilla ya está usada o no, por lo que no sé si tiene habilidades propias de otro usuario…

—Oye, te pregunte si sabes cómo hacer funcionar esta puta campanilla —espetó Mildran.

En ese momento, Gishlain sintió como si le hubiesen dado un tajo en su corazón al oír a Mildran.

—Déjame ver —Farfulló el Slavat, llevándose un brazo hacia el objeto y rodeándolo con sus dedos enfundados en su guantelete, sin llegar a hacer contacto.

El Aura rodeó el brazo de Gishlain. Las figuras en su muñeca y palma volvieron a hacer sus funciones, captando la atención del Matadragones. Encima del objeto, la figura circular hizo su aparición, y dentro de esta se formaron el signo que representaba la categoría Airegumi: una I superpuesta a una O. Sin duda lo es. Pensó Gishlain, mirando con ojos fijos el signo. Pero no estoy seguro si tiene habilidades. Sus ojos se levantaron, mirando el rostro más pacificado de Mildran. Veamos si así es.

  —Mildran —dijo, bajando su brazo de manera repentina, haciendo desaparecer todas las figuras—, ahora rodea la campanilla con tu Aura e intenta activarla.

El Matadragones enarcó ambas cejas, para luego apretar los labios y bajar sus ojos hacia el objeto.

Gishlain retrocedió unos cuantos pasos, observando como la densa pero no opresiva aura rodeaba por completo al Matadragones, concentrándose en el brazo donde sostenía la campanilla. Pronto, la campanilla fue rodeada por el aura. Y durante unos momentos, no sucedió nada. El rostro de Mildran poco a poco se fue cambiando a uno airado, con ojos llenos de resentimiento. Estuvo a punto de alzar su cabeza y replicar, hasta que Gishlain le interrumpió:

—Mildran, hazla campanear —exclamó, con ojos ensanchados, como si hubiese recordado algo importante.

El Matadragones, con la mandíbula presionada por la rabia, bajó su mirada hacia la campanilla. ¿Campanear, eh? Pensó. El Matadragones levantó y por encima de su cabeza le brazo donde sostenía la campanilla. Su rostro, desde la mirada de Gishlain, ahora parecía la de un maniaco, con ojos de par en par y mostrando los apretados dientes. ¡PUES A LLAMAR A LOS CUATRO VIENTOS! Exclamó el cerebro de Mildran, precipitando su brazo en noventa grados, rozando el suelo al tiempo que hacía campanear el instrumento. Mildran oyó un ruido de sutil ensordecedor. Y sabía que no era la campanilla; pues no había agitado su mano dos veces y sin tanta fuerza como para que tocase dos veces. Su brazo se volvió a levantar a la altura de su pecho, con sus ojos mirando la mueca de impresión de Jean-Claude.

El Matadragones miró la campanilla, sin encontrar ningún efecto particular en ella más que su aura rodeada y…

 Espera, ¿qué es esto? Pensó Mildran, observando con ojos ensanchados una estela que sobresalía de la parte baja del manto. La estela era de color blanco, con surcos dorados en sus alrededores. Entonces, volvió con brusquedad su cabeza, encontrándose con una alargada estela levitante, que marcaba los ciento treinta grados que había recorrido su brazo. ¡¿Pero qué?! Pensó, alertado y girando su cuerpo. La estela se movió de manera brusca en el aire, dibujando giros y al parecer dando un latigazo. La onda del latigazo recorrió toda la estela hasta la campanilla, provocando que la mano de Mildran y la propia campana repiquetearan. El Matadragones trastabilló.

—¡¿Qué mierda es esta?! —exclamó, intentando no perder el equilibrio y tratando de detenerse.

Mildran sintió como sus hombros eran atrapados antes de que él cayese desprevenido al suelo. Alzó su cabeza, encontrándose a un metro por debajo del rostro de Gishlain, para luego volverla de nuevo hacia la estela flotante.

—Veo que esta campanilla si fue usada —dijo Gishlain, levantando el cuerpo de Mildran hasta hacerle apoyar sus pies en el suelo—. No sé cuántas invocaciones podrás hacer con esa campanilla, Mildran; pero si cabe la posibilidad de que haya más de una, entonces desentráñalas todas con cada campanada.

Mildran observó con impresión a Gishlain, antes de volver sus ojos a la campanilla. Bueno, al menos esto reemplazará mi hacha. Pensó, con una sonrisa endeble. Entonces, agarrando la campanilla con ambas manos, la volvió a agitar. El campaneó llegó a oído de todos los presentes, que observaban con expectación como de la larga y flotante estela brillante se atraía de nuevo hacia el manto, reduciéndose hasta adentrarse dentro del manto mientras que este resplandecía con un fuerte fulgor. De pronto, del mismo lugar donde se escondió la estela, sobresalió una larga estela en línea recta, que pronto se detuvo, cayendo al suelo y estrellando una punta con forma de cuchilla aguda con forma de media luna en el otro lado.

—¿Una alabarda? —se preguntó Mildran. Tomó el mango estelar con la otra mano, y la alzó. En el final del mango, el Matadragones consiguió divisar la punta, así como algunos sobresalientes en el mango que tenían formas de mantos— ¡Es una alabarda!

El Matadragones, empuñando su mango, asió la alabarda, dibujando medio círculo con ella y deteniéndose abruptamente antes de golpear a Gishlain. Este adopto una mueca de sorpresa al ver la estela tan cerca de su rostro.

—Mildran, ¿te importaría volver a campanearla? —dijo Gishlain con tono solemne.

Esta vez, Gishlain no notó ninguna mirada de reojo con una sutil furia, por lo que intuyo que la impresión que se llevaba ahora hacía desaparecer todo su inexplicable disgusto. Entonces, Jean-Claude oyó de nuevo el campaneo. Y por encima de los hombros del Matadragones, observó la reluciente alabarda desvanecerse, no metiéndose de nuevo en el manto como paso con el látigo-estela. Tanto él, como Mildran, adoptaron una mueca de confusión.

Mildran giró su cabeza hacia él, intercambiando miradas.

—Supongo que fue el último, ¿verdad? —dijo Mildran, con las cejas altas.

—Lo es —confirmó Gishlain, asintiendo con la cabeza.

En ese momento, la cabeza de Gishlain se giró en dirección a los Matadragones asentados dentro de la sala de la casa. La curiosidad vino a Mildran al ver que el Esternesse adoptaba un rostro severo.

—Matadragones —dijo. Su tono, a los oídos del Matadragones, cambió a un tono severo—, preparémonos, porque nos vamos a Atrina.

Los Matadragones enarcaron sus cejas al oír lo que dijo Gishlain.

—¿Y qué hay de nosotras? —preguntó Milidrag, colocando su cuerpo en dirección a él.

—Lo siento, Matadragones, pero eso se hará después —respondió Gishlain, mirando a ambos lados de la calzada, siempre encontrándose con el denso follaje—. Ya siento que nos hemos quedado demasiado tiempo en este lugar. Y no hay que perder tiempo, si se sabe que los Caballeros Halein también los están persiguiendo … O más bien nos están.

—De todas formas, ¿Qué haremos en Atrina? —dijo Bythiana, aún con la visera de su yelmo en alto.

—A robar grifos, como había hecho yo para llegar a Atrina para escapar de Satuzan y Gellucci —explicó Jean-Claude, encaminándose hacia la sala, hasta posar sus pies frente a su espadón curvo—. Además, a veces presiento la cercanía de demás Caballeros Cruzados, por lo que para mí ya es hora de movilizarnos hacia Vainr Dal, pues ya entiendo lo difícil que es para ustedes adaptarse a otro medio en el que ustedes nunca antes han vivido —mientras hablaba, Gishlain bajaba su cuerpo, para así bajar su brazo y tomar la empuñadura de su espadón. La asió, dando un giro y la colocó encima de su hombro al tiempo que quedaba en dirección a las Matadragones—. Debo de advertirles unas cosas: la primera es que Vainr Dal es un Estado fallido; lo que quiere decir que allí se vive una interminable guerra entre revolucionarios y una monarquía absoluta desde hace una década. Y la segunda es que, entrados en Vainr Dal, ningún estado de Vois Fachnir tendrá la decencia de pisar esa belicosa tierra. Pero de lo que no estaremos a salvo, serán de los Caballeros Cruzados.

Las Matadragones, luego de escuchar lo que dijo Jean-Claude, se levantaron. Bythiana bajó la visera de su yelmo, y levantó su capucha, colocándola por encima de su casco. Milidrag fue en busca de su yelmo, al igual que Viria. Royko se colocó hincado en una rodilla, introduciendo sus manos en sus cestus. A su lado, pasó Mildran, quien se encaminó hacia Gishlain.

—Una pregunta, Gishlain —dijo Mildran, llamando la atención del Slavat—, ¿tú crees que el Estado de Atrina esté de alguna manera…… —Mildran hizo unas muecas forzadas, como si la lengua se le hubiese atascado— en relaciones con los Caballeros Cruzados?

Gishlain ensanchó los ojos y enarcó ambas cejas al oír la pregunta. Jean-Claude giró su cabeza con cuidado, y en ese momento, Mildran vio que los ojos del Slavat parecían perderse en el infinito. Pronto, Gishlain alzó una mano, posándola sobre su mentón.

—No estaría seguro, Mildran —respondió por fin, mirándolo de reojo—. De todas formas, ¿por qué lo preguntas? Yo nunca he oído que facciones de los Cruzados tengan relaciones con ciudades-estado no tiránicas o absolutistas.
—Bueno… —Mildran miró hacia un lado—, eso se debe a mi pasado, donde tuve un encuentro con uno de esos Caballeros Cruzados que quizás tú…

—Estamos listas, Gishlain —la voz de Viria lo interrumpió de forma abrupta. Gishlain volteó su cabeza, viendo que las dos Matadragones ahora estaban equipadas de pies a cabeza (aunque le disgustaba un poco ver los pequeños surcos abollados del yelmo de Milidrag en las partes laterales).

—Bien —dijo Gishlain, volviendo su cabeza a los Matadragones—. ¿Ustedes no necesitaran más de sus yelmos, no? —ambos Matadragones ladearon las cabezas descubiertas— Entonces, al estar ambos expuestos, haremos esto antes de entrar en Atrina: iremos a alguno de los pueblos cercanos, y robaremos sus togas para así escondernos de las miradas de los Caballeros Halein, y así acércanos con más facilidad a uno de sus puertos. ¿Entendido?

Gishlain volteó su cabeza, observando como todos los Matadragones asentían con la cabeza.

En ese momento, la densa aura restablecida de Gishlain rodeó todo su cuerpo. El Slavat agachó su cuerpo, estirando su brazo desocupado y tomando la bolsa con las últimas dos Piedras Draconicas. Después se encaminó por entre los escombros, saliendo de la sala de la casa hasta quedar en el centro de la calzada.

—Entonces vayamos rápido —dijo, volviendo su cuerpo en dirección al sendero por donde los Matadragones habían entrado. Y entonces, con un impulso de sus piernas, Jean-Claude se desplazó a gran velocidad, desapareciendo de los ojos de los Matadragones.

—¡O-oye! —exclamó Mildran, activando su densa aura a la mitad de su capacidad y abalanzándose hacia la calzada— ¡Espéranos, esto no es una carrera! —añadió, impulsándose poderosamente por la misma dirección que Gishlain tomó, tomando con fuerza la campanilla.

Los demás Matadragones les siguieron, teniendo cuidado con sus Auras (a excepción de Viria).

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