Dueños del Arcoíris - Una Flor en mi colegio.
Capítulo 2: Una Flor en mi colegio.
-Al fin compraron yogur de frutilla.
Dijo Emiliano mientras agarraba una taza y la llenaba con su desayuno. Hacía mucho estaba de vacaciones y hoy le tocaba volver a la rutina. Su nuevo colegio en Villa Azul estaba a unas quince cuadras, por lo cual debía salir en breves si no quería llegar tarde. Tenía que afrontar de vuelta ser el «nuevo», entrar al salón y que todos lo miren, las mismas preguntas por parte de todos los profesores. En fin, estaba acostumbrado, ya había tenido que soportarlo un par de veces antes.
– ¿Y Emi? ¿Cómo estás para la escuela nueva? -Preguntó Liliana quien se había despertado solo para saludar a su hijo y desearle suerte- Tranquilo que seguro te incluyen y haces amigos. Acordate que le tenés que pedir la tarea a alguno, faltaste tres días ya.
-Sí mamá, ya sé. Ahora me tengo que ir, son las 6:40 y entro en veinte minutos.
– ¿Tan lento caminas? Comé alguna tostadita más, te hace falta para tener más energía.
-No, pasa que tengo que ir a comprar una lapicera a la librería, porque se me quedó sin tinta la mía -Se excusó- Bueno, me estoy yendo. Guárdenme comida.
Y saludándola con un beso, Emiliano salió de la casa con sus preciados auriculares y emprendió por primera vez el trayecto hacia su institución.
En realidad, lo que quería el joven era caminar relajado mientras escuchaba música, desperezarse y prepararse psicológicamente para un día largo. En otro momento estaría nervioso, es toda una situación incómoda y embarazosa el entrar a un lugar sin conocer a nadie. Esto aumentado a que ya habían pasado tres días desde el inicio de las clases, a las cuales el adolescente no pudo asistir puesto que su colegio anterior no enviaba un documento necesario para inscribirse definitivamente.
La razón por la cual Emiliano no le prestaba la suficiente atención a la escuela (Incluso sin siquiera haberla empezado) era el armario:
Desde aquel primer día en el que vio dos veces un bosque dentro del mueble, pasaron tres semanas. Tres semanas en las cuales Emi estuvo decidido a hacerlo funcionar nuevamente. De vez en cuando escuchaba ruidos en el ático y subía rápidamente ilusionado. Pero todas las veces era igual, al abrir el enorme ropero siempre encontraba el mismo escenario de las blusas, camperas y hojas.
Los intentos de la primera semana fueron pocos y desalentadores. En parte, por haber estado muy ocupado ahuyentando a su familia del segundo piso. Durante «el sueño», José miraba el armario y comentaba que le gustaría llevarlo a su pieza. También decía que el lugar necesitaba una limpieza urgente de la cual el mismo se encargaría. Por lo que Emiliano debía conseguir que la habitación sea revisada lo justo y necesario.
Estuvo tan ocupado limpiando y ordenando, que casi no tuvo tiempo para indagar más profundamente la procedencia de los extraños tallados que poseía el mueble. Esto provocó la intriga de Liliana al ver el gran interés que mostraba su hijo por el tétrico lugar.
– ¿Se puede saber qué andas haciendo allá arriba? -Preguntó Lili cuándo encontró al chico bajando bolsas de basura.
-Desde el principio me gustó mucho -Contestó muy relajado Emi, quién ya había practicado su respuesta en caso de que a su madre le surgiese esa pregunta- Está muy bueno para estudiar o hacer mis cosas sin que Bauti y Juli entren corriendo a gritar.
-Ajam. Bueno, mientras no hagas mucho ruido supongo que está bien. Lo único después ayúdalo al gordo a bajar el mueble ese. Dice que tiene unas lindas flores talladas en la madera.
El chico sintió una gran presión en el pecho al escuchar esas palabras, pero si el joven tenía algún talento, ese era improvisar.
– ¡No! ¿Cómo que se lo van a llevar? Lo estoy usando -Respondió ofuscado- Aparte yo estuve todos estos días limpiándolo y pintando el lugar como para que ustedes entren así por así y se lleven todo. No, no y no.
– ¿Okey? No hacía falta tampoco la escena del capricho. Después le digo que lo dejamos ahí, pero tranquilízate -Dijo con un tono intrigado, sorprendida por la reacción del hijo- Hablando de flores ¿Tenes idea qué pasó con las flores del jardín? Quería poner un jarrón con florcitas en mi pieza para decorar y cuando lo llevé, alguien robó algunas. Pensé que habían sido los nenes, pero me dijeron que no.
-Tiro esta basura y me fijo a ver si encuentro algo -Y como probando la desconfianza de su madre retrucó- Subí y mirá que lindo quedó.
El joven siguió el camino hacia la calle, salió de su casa y dejó las bolsas en el basurero. Aplaudió un poco para sacarse la suciedad de sus manos y se dirigió nuevamente al hogar a revisar su jardín. En efecto, desde unos metros de distancia podía contemplar como faltaban brotes en la parte que daba a la calle. Mientras más se acercaba, más familiares se le hacían. De vuelta esa extraña sensación de que ya las había visto antes. Se puso en cuclillas para apreciarlas de cerca y confirmó su teoría de que él era la persona más estúpida del planeta.
Las flores del jardín son las mismas talladas en el gigantesco mueble del ático. Esto quiere decir que las hermosas plantitas están íntimamente relacionadas con todo este misterio. Lo cual deriva en que probablemente, la desaparición de las flores tenga una explicación mágica. Debía disuadir rápidamente a su madre de cualquier investigación y darle una explicación racional acerca de lo sucedido.
Emi empujó la recién embadurnada puerta de pino e ingresó algo apresurado al hogar con una hermosa flor amarilla en la mano, quería asegurarse de lo que estaba viendo sea cierto y no un simple parecer. De tres pasos largos subió por la firme escalera a la segunda planta (Él mismo la había reparado) y buscó con la vista el armario. Se sorprendió al ver a su madre contemplándolo en silencio. Se acercó suavemente, como para no perturbar la paz del lugar hasta que la señora soltó:
-Estas flores… me resultan muy familiares.
-No creo, son dibujos bastante raros. En alguna película puede ser que las hayas visto -Comentó algo preocupado el joven. No podía dejar que Lili encuentre similitudes.
-No, es raro, pero creo haberlas visto dibujadas en uno de los jarrones que mandó la abuela… ¿Serán las mismas?
-Seguramente sí -Aprovechó Emi- Porque son tulipanes amarillos, una famosa planta de la flora oriental, que según dicen emana buena suerte.
– ¿Ah sí? -Contestó sorprendida la madre- No tenía idea. Pero ahora entiendo, a tu abuela siempre le gustaron esas cosas orientales, místicas, la brujería y todo ese cuento.
– Claro, y con respecto a las flores que desaparecieron, vi pétalos iguales tirados un par de casas a la derecha, supongo que fueron perros -Mintió nuevamente sin descaro el joven.
– En fin, me voy a seguir ordenando el living, todavía no lavé los platos del almuerzo -Concluyó la madre quien presuntamente había creído en la mentira de su hijo.
Liliana bajó lentamente las escaleras, hacia el comedor de la casa y Emi sintió que le volvía el alma al cuerpo. La situación estuvo bastante cerca de descubrirse, pero con algo de ingenio logró evadirla y se sentía muy orgulloso de su logro. Ahora solamente necesitaba resolver el puzle que escondían las tres partes: El armario, las flores y el jarrón…
Ya había caminado diez de las doce cuadras que separaban su casa del colegio, aunque perdido en sus pensamientos, estaba muy atento a todo su entorno y miraba cada lugar por dónde pasaba. Un poco para recordarlo, y otro poco porque Villa Azul no solo es un pequeño pueblo de una ciudad aledaña a la capital, sino que también, pareciera que maneja sus propios horarios, sus propios tiempos. Todo es muy tranquilo, todo es muy sutil, da la sensación de que sus habitantes están todo el tiempo de buen humor, y sin duda es algo que agradaba en demasía al joven.
Algunas calles asfaltadas, rodeadas por pintorescas casas familiares, sin edificios ni nada que impida la hermosa vista de los transeúntes hacia los árboles y el cielo. Las carreteras casi desprovistas de semáforos, apenas resguardadas con algunas lomadas que impiden a los pocos coches manejar a velocidades peligrosas. La avenida central decorada en su totalidad por enormes árboles a sus costados y las veredas tajadas por antiguas acequias, las cuales en el pasado debieron proveer de agua a todo el poblado.
Otras calles eran de tierra, las cuales diariamente un gran camión cisterna se ocupa de regar para que no se deterioren. Ubicadas en los suburbios del pueblo, dónde aún, a la tardecita, se pueden contemplar chicos jugando al fútbol en la vereda, en la calle, o en cualquier lado ¡Qué lindo volver a ver eso! La ciudad grande le había hecho olvidar la esencia de su niñez, y qué era patear una pelota con amigos del barrio toda la siesta.
Cruzó por el frente de la iglesia más grande del lugar, desde donde ya podía divisar su nuevo colegio. Sacó su celular y reviso el horario: 6:50. Todavía faltaban unos diez minutos y ya comenzaba a imaginarse lo incómodo que sería la nueva integración. Sobre todo, por esa maña que tienen los más grandes de seguir presentándote al resto como si fueses un nenito de ocho años. Quería que todo el preámbulo a su inserción sea lo más rápido e indoloro posible, incluso prefería que sus profesores lo pasen por alto y hacer su integración el mismo.
Entre todas las quejas previas a su llegada, se había acercado peligrosamente a la institución. Y digo peligrosamente porque justamente eso sentía el joven, miedo. Ya había pasado por lo mismo muchas veces, pero en realidad nunca le perdió el temor. En su «yo» más profundo, seguía siendo un chico lleno de inseguridades.
El timbre resonó en toda la cuadra cuando el chico estaba ingresando al jardín del colegio y todos los adolescentes comenzaron la tediosa caminata de la vereda hacia la escuela.
La nueva secundaria contaba con dos pisos y doce aulas (Ocho en la parte superior y cuatro en la planta baja), una biblioteca pequeña en el primer piso, una sala de proyección, un salón de usos múltiples (Al cual todos se referían como «El SUM») y un enorme patio con una cantina que alegraba las mañanas de todos los estudiantes ofreciendo una variedad de comidas y bebidas a precios accesibles.
Emi ingresó por primera vez y se encontró con que la mayoría de los jóvenes estaban formados cerca de la entrada para lo que presuntamente sería un saludo a la bandera.
Como de costumbre, había desoído todas las indicaciones de su madre y no tenía idea donde formarse. Pero tampoco podía quedarse ahí parado con cara de nada, por lo que se acercó vergonzosamente a lo que intuía era una preceptora y preguntó:
-Hola -Dijo intentando sonar lo más seguro posible- Soy nuevo ¿Cuál es mi curso y dónde me formo?
-Ay mi vida -Contestó amorosa la señora- ¿Vos sos el chico nuevo, el que viene de Buenos Aires? Mira, acompañame que te llevo con tus nuevos compañeros.
La preceptora guió a Emiliano hasta una fila de chicos formados y anunció casi gritando con una voz autoritaria:
-Bueno manga de vagos, él es Emiliano y es nuevo, así que lo tratan bien y lo integran al grupo o ya mismo les pongo llamados de atención a todos ¿Me oyeron? -Concluyó señalando a uno de los estudiantes en la fila.
-Sí Noel, no te hagas drama, nosotros lo vamos a incluir -Contestó relajado uno de los chicos- Vení Ema, ponete atrás del gordo.
-Emiliano se llama, no Emmanuel -Replicó enojada Noel- ¿Ves que no escuchas nada cuando te hablo Mateo?
-Bueeno, Emiliano. Ponete atrás del gordo ese -Dijo señalando a uno de los chicos al final de la fila, el cual contestó a la mención insultando a Mateo- y en el curso sentate cerca nuestro, todos los chicos nos sentamos en la misma fila.
-Bue ya, ya, que está por entrar la bandera. Silencio -Voceó la preceptora para mermar el murmullo general que estaba generándose a raíz del recién llegado- En el recreo hablan lo que tienen que hablar. Ahora firmes.
Si bien se había cumplido todo aquello que el joven no quería, no la pasó tan mal como esperaba. La conversación entre Mateo y Noel fue bastante graciosa y amena a pesar de las formas. La mayoría de sus nuevos compañeros se presentaron de buena manera y el primer profesor que le tocó prácticamente obvio su presencia.
-Te haría presentarte, pero yo siempre odié que me hagan eso mis maestros. Así que tranquilo, sentate donde más te guste y sos uno más.
La primera parte de la mañana transcurrió tranquila. Como no conocía a nadie, Emi no podía aventurarse casi a recorrer el establecimiento. Así que optó por quedarse cerca de su nuevo grupo de amigos y contestar todas sus preguntas.
Pero la cosa se puso interesante en el tercer y último recreo. En vez de salir al patio del colegio con el resto de los alumnos, se acercó a la secretaría puesto que Noel le encomendó que busque un certificado que Liliana debía firmar.
Mientras esperaba que la secretaria encuentre el dichoso papel en una carpeta enorme, una amable señora se acercó al joven y lo saludó. Emi estaba seguro de haberla visto antes pero justo ahora no recordaba bien dónde. Como leyéndole la mente, la viejita dijo sonriente.
– ¿No te acordas de mí? Soy Beatriz, la dueña de la florería…
Durante la segunda semana posterior al suceso del ático, estuvo completamente inmerso en resolver el puzle que conectaba al armario, las flores y el jarrón. A un punto tan obsesivo que, al no encontrar casi información en internet, decidió sacarle una linda foto a una de las flores y dirigirse al vivero más cercano. Las posibilidades de que alguien supiera el trasfondo mágico que poseían estos tulipanes eran prácticamente nulas, pero con un poco de suerte quizás conseguiría más datos acerca del brote para poder indagar mejor en Google.
– Es un tulipán muy raro jovencito -Dijo la amable anciana poniéndose sus lentes y acercándose la pantalla del celular a la cara- Hace años que no veía uno igual…
– ¿Entonces sabe qué son? -Preguntó el chico, quien no podía creer que la señora supiese algo- ¿No son simples tulipanes?
– Tampoco sé con exactitud, apenas vi un ejemplar -Explicó pausado la señora, todavía mirando muy detalladamente la foto- Una bruja adivina tenía uno igual… Bah, ella decía ser eso… Era una mujer muy extraña en verdad… Pero recuerdo que en una de nuestras pocas charlas sentí mucha curiosidad por un capullo idéntico al tuyo que tenía en una maceta de su patio…
– ¿Y le preguntó algo respecto al tulipán? -A Emi lo estaba impacientando la lentitud de la viejita para completar las frases.
-Jovencito… Tranquilidad, no me voy a ir -Contestó serena mientras le regresaba el celular a Emi y volvía a limpiar macetas sucias- ¿En qué estaba? Ah ya me acordé. Le pregunté acerca de esa misteriosa flor amarilla y su respuesta fue tan larga como estúpida.
– ¿Qué? ¿Qué le dijo? -Volvió a preguntar inquieto Emiliano.
– En realidad no lo recuerdo bien, eran tiempos muy confusos. No me sentía tan confundida desde aquella vez que yo era una muchacha de veintidós años que emprendía un viaje en barco desde Italia hacia América Latina -Contestó Beatriz mientras miraba nostálgica hacia delante.
Nuestra amable anciana divagó en sus recuerdos durante unos 30 minutos, contándole al protagonista acerca de sus múltiples viajes y amores, pasando por la pésima relación que tenía con su madre hasta por qué su nombre era Beatriz en vez de Blanca. Historia tras historia Emi se impacientaba más. Pero tampoco quería desalentar a la viejita, por lo cual la escuchó sin chistar durante todo ese tiempo.
– Beatriz -La interrumpió el joven cuando notó que la señora no iba a frenar su relato- Es todo muy lindo lo que me cuenta, pero necesito saber que le dijo su amiga bruja acerca del tulipán. Es para un… trabajo escolar.
– ¿Ah sí? Qué raro, mi nieta me dijo que la escuela empezaba en una semana… ¿No la conoce a mi nieta? Vive a tres cua…
– ¡Señora por favor!
– Está bien, perdón -Dijo riéndose la anciana, que al parecer había estado jugando con la paciencia del chico- Realmente tengo muy poca memoria de aquella conversación. Recuerdo algo como que eran tulipanes mágicos y se volvían invisibles si estaban lejos de un amuleto. Pero dudo mucho que esa información te sea útil para un trabajo serio.
– Entiendo… Sí, no era lo que estaba buscando -Volvió a mentir Emiliano, quién quería ir volando a su casa para hacer algunos experimentos- Pero gracias de todas formas, fue usted muy amable.
El joven salió del vivero caminando rápido, la emoción y ansiedad le generaban una muy incómoda presión en el pecho. Por suerte, vivía cerca de la florería. Solamente tuvo que caminar dos cuadras, pasar por la plaza del manzano, cortar camino por un pequeño descampado y ya había llegado a su hogar.
La casa estaba aparentemente sola, su familia se había ido, pero no creía que fuesen a tardar mucho, por lo que tenía que pensar rápido.
-A ver. Los tulipanes están aparentemente conectados al jarrón y al armario -Murmuraba mientras caminaba en círculos por el living- El jarrón sería un amuleto, el armario un portal y las flores… ¿Y las flores? Solamente nos queda por averiguar eso. Ahora, si yo alejo los tulipanes de la casa ¿Se vuelven invisibles?
Preguntó para si mismo ahora hablando un poco más fuerte, en principio por toda la emoción que sentía, pero un poco también para acomodarse las ideas.
Tal y como describió, al agarrar uno de los brotes más cercanos a la casa y llevárselo hasta la calle el mismo iba perdiendo color hasta desvanecerse por completo de la mano del joven, quién asustado caminó rápido en dirección de la puerta. Sorprendentemente, la pequeña flor volvió a hacerse visible en su palma.
Quería llorar, saltar y agradecer de rodillas que todo eso haya sido cierto. No estaba loco, y esta vez en serio. Todas sus sospechas eran ciertas. No podía atribuirle nada de lo sucedido a una fuerza mística ni nada, porque aún sentía que le faltaba mucho por descubrir, pero ahí estaba. En sus manos tenía un tulipán amarillo que se volvía invisible al alejarlo de un jarrón. Era más que suficiente para recargarle las energías a nuestro protagonista quién, ni lerdo ni perezoso, fue hasta la pieza de sus padres y acercó la vasija al living.
Desde la ventana, veía boquiabierto como todas las flores desaparecidas reaparecían suavemente. Primero dibujándose la silueta, rellenándose de un amarillo ámbar y, por último, estirando un pequeño tallo hasta el suelo.
Era maravilloso, nunca había visto nada igual, quería hacer mil cosas con el jarrón y las flores. Pero no había tiempo para eso. Su familia creía que todos esos tulipanes habían sido cortados por los perros, por lo cual, raudo y veloz, buscó una solución al problema.
Podemos decir que un chico cortando flores desesperadamente a las siete de la tarde en el jardín de su casa, y metiendo todos los brotes en una bolsa de nailon negra era una situación un tanto extraña. Pero por fortuna, ningún vecino tuvo la gran idea de salir de su casa y toparse con ese momento, principalmente porque si sucediese, no habría historia que contar.
Guardó aproximadamente treinta tulipanes en la gran bolsa de basura y arregló medianamente el desastre que le había hecho al césped. Tomó la evidencia y la llevó dentro de la casa. Ahora era cuestión de esconder bien el paquete. Tirarlo no era una opción, seguramente en un futuro le serían útiles y tampoco quería arriesgarse a que alguien las viese.
El escondite fue bastante obvio como irónico, no tardó mucho en llevar la bolsa al ático y meterla dentro de un cajón del armario. Tenía ganas de sacar uno de los brotes y compararlo bien con el dibujo del mueble, pero todavía no había terminado de acomodar todo lo que desordenó y lo que menos quería en ese momento era un interrogatorio de la persona que más lo conocía en todo el mundo. Resignado pero eufórico y feliz como pocas veces, se dispuso a ordenar todo, limpiar algunas manchas de tierra y de paso lavar unos cuantos platos sucios que detonarían otro ataque de histeria por parte de su madre.
Luego de los diez minutos más atareados de su vida, ya todo estaba en su lugar. Era sumamente improbable que alguien descubra la bolsa en el armario. Así que, con toda la calma del mundo, con una mano sostenía el celular y con la otra llevaba una taza de café a su boca, esperando la llegada de su familia.
– ¡Beatriz! -Exclamó sorprendido el joven- Pero claro que la recuerdo ¿Qué hace por acá?
– ¡Qué bueno!, ya me temía que no me recordases -Contestó alegre la señora- Como te dije, mi nieta viene a este colegio y necesitan que firme un legajo así ella puede concurrir al centro estudiantil. Hablando de Flor, no sé dónde se ha metido… Ah mira, ahí está.
Hacía mucho que Emi no miraba a alguien tan embobado. Y ojo, este repentino interés no se despertó a causa de la ondulada cabellera pelirroja que la bella jovencita acomodaba suavemente detrás de la oreja, mientras se acercaba a paso despreocupado sonriéndole a su abuela. Tampoco se debía al suéter azul marino algo desalineado el cual le quedaba evidentemente grande, haciendo que apenas la punta de los dedos sobresalga de las mangas. Ni era a raíz de la pollera gris colegial que antes de la rodilla se transformaba en una pantimedia apenas apreciable pero muy llamativa. La razón por la cual Emiliano quedó mirando a la chica con cara de haber visto un hermoso fantasma, es que en el morral rosa que llevaba había un pintoresco tulipán amarillo decorándolo.
– ¿Dónde te habías metido? Y peinate bien Flor no puede ser que andes con los pelos como un pájaro carpintero -Gruñó Beatriz mientras intentaba sin éxito acomodarle la cabellera a su nieta, desoyendo las quejas por tratarla como una bebé- ¿Y qué haces con el morral puesto? ¿Ya se van?
-Si abuela, faltó un profesor porque estaba enfermo y nos dejan irnos antes. Tres veces te lo dije.
-Uh bueno disculpame, es que esta vieja ya no se acuerda bien las cosas -Dijo mientras firmaba el legajo que había estado esperando.
-Tranquila señora, que usted está perfecta y llena de vida -Acotó Noel que mientras escuchaba la conversación había encontrado el papel que necesitaba Emi- Ahora ¿Se puede saber en qué te molesta Florencia contestarle de vuelta a tu abuela?
-Dale Noel no te enojes -Contestó riéndose la joven- Si sabes que la quiero con todo mi corazón -Dijo abrazando a su abuela.
-No sé, no sé -Refunfuñó desaprobando la preceptora, y rápido cambió el tono a uno más amenazante- Que no me entere yo Emiliano que andas juntándote con esta chica eh.
– ¿Qué? ¿Por qué? -Rió Emi quién ya había salido del trance- Obvio que me voy a juntar con ella.
-No te hagas el pícaro eh -Amenazó Noel- Mira que todos esos son del centro de estudiante, hacen asambleas y no dejan que nadie entre, ya les voy a dar motivos para hacer asambleas manga de vagos.
Mientras la carismática preceptora le hacía cosquillas a Flor, el timbre que avisaba la vuelta a las aulas resonó en todo el colegio. Beatriz saludó amorosamente a todos e invitó a que algún día Emi pase nuevamente por su florería.
El joven agarró el papel que había ido a buscar y emprendió el camino hacia su aula, el pasillo era algo largo pero muy luminoso y lleno de vida. Aproximadamente por la mitad del corto recorrido, pasó por la salida principal, donde Flor estaba colocándose auriculares antes de salir del colegio.
– ¿Hay un centro de estudiantes acá?
Flor alzó suavemente la vista y lo miró fijo. Emiliano no podía entender como esas palabras le habían brotado tan naturalmente, era exactamente lo que quería decir, pero su pseudo-timidez jamás lo dejaría expresarlo tan fácil.
Así que ahí estaba, mirándola, esperando una respuesta, con una seguridad ciega en que aquello que le había dicho era la mejor pregunta que podía hacerle. Y no solo porque el pequeño pimpollo que colgaba de su morral sea un objeto mágico. Si no también, porque le parecía hermosa.
La cara de Flor en un segundo pasó de una seriedad fúnebre a una calurosa sonrisa, lo cual hundió un poco más a nuestro protagonista en el más peligroso de los sentimientos.
– Sí, hay una asamblea de estudiantes. A veces nos reunimos para debatir problemáticas escolares, pero últimamente no lo hacemos tan frecuentemente como antes.
– Ah, ¿Y por qué?
– Por el tema de las flores -Dijo abiertamente Flor y rápidamente se le borró la sonrisa del rostro. Había dicho algo que no debía y ahora Emiliano la miraba sorprendido frunciendo el ceño- ¿Qué? ¿No sabías? Hubo una leve invasión de abejas en la ciudad y estamos todos algo atareados con ese tema. Cuidar los viveros, las flores, todo un tema -Concluyó riéndose algo nerviosa.
– Claro, pero ¿No deberían juntarse más seguido si justamente hay un problema constante? -Preguntó Emi quién no se había tragado para nada la mentira que Flor trataba de propinarle, pero quería acorralarla hasta que confiese sin darle a conocer toda la información que había descubierto.
– Jovencitos, ¿Ustedes no deberían estar en clase? -Vociferó una de las preceptoras de lejos- ¿Se puede saber que están haciendo?
– Yo ya me iba, le estaba dando un pendrive a mi hermano -Contestó también a los gritos Flor, y concluyó en voz baja- Bueno me tengo que ir, mañana si nos cruzamos seguimos hablando.
Nuestro protagonista quedo allí, esperando un beso de despedida en la mejilla, un beso que no ocurrió. Apenas pudo resignarse a mirar cómo se alejaba caminando con paso despreocupado por el camino de baldosas que surca todo el jardín del colegio hasta llegar a la vereda. Emi giró media vuelta, e imitando la velocidad de su nueva amiga, por fin se dirigió al aula.
-Gracias destino por hacernos salir antes.
Reparadora, la ventada otoñal apenas la despeinaba. El fino suéter de tela no cumplía su función y dejaba pasar toda la fresca brisa matutina, pero no le molestaba, era un frío cálido, si es que eso tiene sentido. Los árboles que decoraban en hilera las veredas parecían bailar una danza que solamente ellos entendían, o no solo ellos, puesto que la liviana pollera también se movía acompasada a una música interpretada por el golpe del viento con la copa de los sauces. A veces, un elegante interludio de hojas resquebrajadas irrumpía en la sinfonía que generaba una adolescente pelirroja caminando en la vereda.
Con pasos cortos y sin prestar atención al entorno, la chica tarareaba suavemente «Wonderwall» mientras pensaba en la asamblea de esa tarde. Estas últimas semanas habían estado especialmente trastornadas por la llegada de Emiliano al pueblo. A pesar de que Emi sentía todo lo contrario, casi todo el colegio lo conocía perfectamente. Esto se debía a la gran casualidad y mala suerte para que la familia del joven se mudara a la Casa del Portal.
Y eso que hubo grandes esfuerzos por parte de los alumnos del colegio para conseguir desalojar la casa. Cada vez que un nuevo inquilino alquilaba el hogar ingresaban al ático a menudo, movían cosas de lugar, chirriaban la madera y fingían sonidos paranormales. Todo esto con el fin de asustar a los huéspedes hasta que no aguanten más y decidan abandonar la casa.
Esto funciono, la demanda de personas dispuestas a vivir allí disminuyo considerablemente. Pero claro, gracias a los principios básicos de la economía, si la demanda baja el precio también, por lo que el precio de la casa se volvió llamativamente barato, aun así, nadie quería quedarse más de una semana por miedo a los presuntos fantasmas. El plan les estaba funcionando a la perfección, el hogar seguía prácticamente abandonado y parecería seguir así durante muchos años, hasta que la familia Zaccaria apareció de la nada y al no estar enterada del sombrío pasado del lugar, compro la construcción a un precio muy accesible.
De vuelta todos los jóvenes se vieron envueltos en el intento de hacer pasar la casa como embrujada. Pero culpa de la obsesión de Emi por el armario, el adolescente se encontraba casi todo el tiempo en el ático, lo que entorpecía gravemente el ingreso al mismo y por ende no podían adulterar el sitio.
Todo esto había derivado en que las entradas a Wintergarden sean mucho más pausadas ya que era casi imposible utilizar el portal. También había un déficit de flores a causa de los hermanitos de Emiliano, quienes jugaban constantemente en el jardín y nuevamente hacían muy difícil sustraerlas.
En resumen, la situación era crítica y debían solucionarla cuanto antes, por lo que en diez minutos empezaría una asamblea del Centro de Estudiantes para decidir las medidas que tomarían frente a esto.
Flor camino cinco cuadras y doblo hacia la izquierda, alejándose de la avenida principal y entrando a una zona rural, debía hacer casi dos kilómetros en esa dirección. Calles de tierra, jardines grandes, veredas anchas y vegetación variada eran la forma más clara de notar como el pueblo iba quedando atrás dando espacio a un hermoso paisaje de extensas praderas, elegantes viñedos y plantaciones prolijas. A Flor siempre le gusto esta calle, pero no por las agradables vistas, sino porque vivía aquí cuando era chica. Y cuando era chica todavía estaba su madre.
Ya habían pasado veinte minutos de caminata y la playlist de su celular se estaba acabando. Pero de igual manera, apenas faltaban dos cuadras hasta llegar a la casa de Juan, donde solían juntarse tanto para hacer asambleas, como para salir a bailar los fines de semana. Miró de reojo la hora mientras se sacudía un poco el polvo que contrajo su pollera a causa de la rustica carretera. Aún faltaban diez minutos para que comience oficialmente, solía llegar algo retrasada casi siempre, pero como esta vez el profesor de historia faltó, pudo llegar no solo a horario si no que con tiempo de sobra.
Como la casa de Juan no tiene timbre, golpeo fuerte las manos en la entrada y acomodo su pelo para estar más presentable. El hogar de Juancito era una pintoresca casa de campo con un inmenso patio donde albergaba varios animales de granja. También, atrás del terreno en cuestión, la familia tenía varias hectáreas de viñedos acudida por los chicos para «robar» algún racimo.
– ¡Pasá! -Le gritaron desde dentro- La puerta está sin llave.
Flor movió la tranquera, saludó a los perros de Juan y entró. Apenas abrió la gran puerta de roble, una multitud de chicos la saludaron cordialmente casi a coro.
Para la mayoría de las juntas donde se decide un tema importante solo suelen ir los líderes de cada facción. Pero esta vez estaban todos, desde los nuevos de primer año hasta los rangos altos de años superiores, incluso toda su facción estaba ahí presente.
– Me gustaría saber quién les dio permiso para venir -Dijo Florencia fingiendo estar enojada- Es una asamblea muy importante, no estamos decidiendo cualquier cosa.
– Y justamente -Acoto Juan bajando las escaleras y apoyándose en la baranda- Es una asamblea muy importante, creo que es justo que estemos todos. Porque, aunque nosotros seamos los líderes, el portal no es nuestro…
Y terminando de descender los últimos escalones, se paró delante de Flor y le dijo mirándola a los ojos:
– Es de todos. Y todos tenemos que entender eso.
– Wow que conmovedor -Contestó la chica sarcástica- ¿Me podés explicar que le decimos a cualquier familiar tuyo si viene de imprevisto y ve cuarenta chicos en la casa? Ya hablamos este tema.
– Tranquila, mis papás están de viaje, vuelven recién a la noche. Antes de que lleguen los primeros llamé a la posada donde duermen para cerciorarme. Subí a «La cueva», ahí esta Lucas. Antes de comenzar la votación supongo que tendríamos que ultimar detalles.
– Sí, ahora subo, espera que salude a Vero -Y alzando la voz concluyó- ¿Ven? Su líder populista tiene una reunión secreta en su estudio. Y esa reunión no es de todos.
Los reproches y comentarios burlistas no se hicieron esperar y mantuvieron a Juan un largo rato apaciguando el griterío mientras Flor agarraba una lata de gaseosa, saludaba a su amiga y subía las escaleras.
En la puerta del estudio, haciendo de guardia para que nadie interrumpa la reunión estaba Yoel, un robusto estudiante de sexto año perteneciente a la facción Orquídeas. Al ver a Flor saludó cordialmente y le abrió la puerta sin preguntar nada.
– Así que te mandaron a vigilar -Le dijo la chica- ¿Tan en serio se lo tomó Juancito?
– Ignoro el porqué de mi tarea, simplemente estoy acatando órdenes.
– Ya veo, tampoco estés tan serio Yoel, acá somos todos amigos. No es necesario ese temple tan profesional.
– Y ahí es donde te equivocás -Se apresuró a decir Lucas desde dentro- Pasa rápido que hay varias cosas que debemos comentarte con Juan.
Flor entro algo desconcertada, se sentó en una de las tres sillas y miró seriamente a Lucas. Antes este lugar era una simple pieza llena de polvo que la familia usaba para despachar cosas que casi no servían, pero cuándo los tres descubrieron por primera vez el poder mágico que poseían las flores y el armario, necesitaron un pequeño lugar físico donde planificar todo lo necesario para utilizar el portal. Esta oscura y deteriorada habitación era espléndida para la tarea no solo porque la familia de Juan rara vez está en la casa, sino porque también estaban encantados de que la limpiaran a fondo. Cuando toda esta situación pasó de ser conocida por los tres amigos a ser el atractivo más grande de todo el colegio, se dieron cuenta que necesitaban un lugar más digno para realizar las asambleas, por lo que actualmente, gracias a una gran colaboración económica por parte de todos, remodelaron en su totalidad la habitación volviéndola un moderno estudio dotado con algunos lujos innecesarios que los chicos insistieron en colocarle.
Por norma general, las reuniones se llevan a cabo por solo una facción para resolver alguna problemática ligada a la misma. Solo pueden asistir los rangos «A» o superiores y las soluciones suelen decidirse por votación. Pero en algunos casos aislados, cuando el problema incluye a todas las facciones, se realizan asambleas generales a las cuales solo pueden asistir los líderes de cada grupo. Muy rara vez se dejó tener voz y voto a un miembro común, y cuando sucede es por una causa puntual.
A causa de esto derivó la gran sorpresa de Flor al ver a todos los miembros de cada facción reunidos en la casa. Al parecer Juan y Lucas decidieron invitarlos sin su aprobación, lo cual en parte le molestaba, pero por desgracia tenía problemas mayores de los cual preocuparse.
– ¿Qué pasó Lu? ¿Se descubrió algo?
– Creemos que sí.
– ¿Cómo que «creen»? -Alzó la voz algo nerviosa- ¡¿Podrían dejar de ser tan misteriosos por una vez?!
– Shhh, por qué tanto ruido -Dijo Juan mientras entraba al cuarto- Calmate Flor, estamos acá para explicarte.
– No me puedo calmar, esta toda mi facción ahí abajo sin mi permiso. Yoel creyéndose un guardaespaldas en la puerta y encima ahora parece que alguien sabe lo del portal. ¿Pueden explicarme ya mismo qué está pasando?
– Tranquilizate, invitamos a todos justamente por ese motivo -Comentó calmado Juan mientras agarraba la silla sobrante, se sacó una campera, la colocó en el respaldar y se sentó sin prisa. Inhalo un par de veces y continuó- Catalina nos avisó hace dos días que hubo un flujo inusual de energía en el portal, el mismo flujo que aparece cuando alguien utiliza el armario. En ese horario no había nadie registrado, por lo que creemos que uno de ellos contó algo a una persona que no debía. O bien una persona que no debía descubrió algo por su cuenta, pero eso nos pareció más improbable.
– Entiendo, pero que tiene que ver eso con que invites a todos -Preguntó Flor sin entender.
– Es más que todo para asegurarnos que ningún travieso de primer año entró sin avisar -Explicó Lucas- Suponemos que, si fue alguien externo, sabrá de esta asamblea y utilizará nuevamente el portal. Lo hacemos para comenzar a descartar posibilidades.
– De todos modos, no tendrán voto en la causa principal que vinimos a discutir. Pero para no hacerlo tan evidente, Vero y Valentín organizarán votaciones menores entre todos ellos a las cuales supongo que tendremos que adherirnos sin reprochar -Dijo Juan y cambio la seriedad por una sonrisa- Esperemos no tener que llevar cascos de aluminio cada vez que usemos el portal.
Los tres amigos se rieron con ganas distendiéndose un poco de todos los problemas que desprendía la situación. Quién hubiese dicho que ingresar a una dimensión desconocida sería tan difícil para un par de adolescentes. De a poco las risas se fueron apagando y volvió a la mente la pregunta que los había traído ahí ¿Debía saber Emi sobre la existencia del portal?
Juan mantenía una postura positiva sobre el tema, y tenía motivos de sobra para hacerlo. Ingresar al ático se había vuelto una tarea casi imposible de coordinar y regular desde que la familia del chico se mudó a la casa. Las paredes huecas y pasadizos que utilizaban para entrar desde uno de los costados estaban considerablemente dañados y a veces soltaban chirridos muy agudos. De hecho, en un pasado, el problema del sonido tomó tal magnitud que el pobre Juan tuvo que improvisar un criadero de comadrejas en uno de sus campos y llevarlos a la casa para hacer creer que los ruidos provenían de estos animales. Harto de todas las medidas de seguridad ridículas que tuvo que emplear, está muy seguro que convencer al chico nuevo es mucho más simple que todo a lo que se enfrenta día tras día para poder seguir usando el armario a escondidas.
Lucas, al contrario, cree mucho más conveniente mantenerse al margen de la situación y seguir obrando desde las sombras. Explica su posición seguido, al punto en que todos ya casi la conocen de memoria y se le burlan diciendo que la ensaya frente al espejo (Cosa cierta): «Es todo cuestión de porcentajes. Mira, en un principio nosotros usábamos el portal al 100%, y ahora lo usamos al 25%, pero si el nuevo por alguna razón cuenta todo esto, lo usaríamos 0%. Entonces, o nos quedamos con el 25%, o corremos el riesgo de tenerlo al 100% o no tenerlo nunca más. 100% es cuatro veces mejor que 25%, pero 25% es infinitamente mejor que 0%. Los números no mienten, claramente debemos quedarnos como estamos y esperar que les pase algo ¿Qué? No me refería a que les pase algo horrible a todos, con que fallezca uno ya será suficiente».
– Supongo que no cambiaron su postura respecto a la última vez que lo hablamos -Preguntó indirectamente Flor. Ambos negaron con la cabeza- Bueno, parece que yo tengo la última palabra ¿No?
Ambos asintieron y la miraron fijamente. Flor bajó la vista y le dió una última vuelta al tema. No quería descontentar a ninguno, pero debía tomar una decisión. Actualmente de ella dependía el futuro no solamente de ellos tres, sino también de todos los jóvenes aventureros que estaban en la planta de abajo. Le parecía injusto y humillante todas las medidas que tuvo que tomar Juan respecto al tema, era el más sacrificado y la razón por la cual seguían entrando a Wintergarden. Pero también creía que el punto de Lucas era más lógico, el solo pensamiento de perder para siempre la posibilidad de volver a pisar aquella tierra mágica estremecía a Flor, no podría soportar haberle fallado a todos, y menos por depositar esa responsabilidad en un chico que ni siquiera conocía.
– ¿Entonces? -Preguntó Juan.
Mirándola a los ojos, le posó una mirada sin ningún juicio, dejándola elegir lo que ella quiera, dándole confianza y certeza que acataría lo que ella dicte. Esa mirada fue lo que la calmó por completo, porque no estaba lejos de echar a llorar. Supo que podía elegir lo que quisiera, y así fue:
– Ya tengo mi decisión -Dijo más segura que nunca.
FIN CAPÍTULO 2.