Dueños del Arcoíris - Únicamente seis.
Capítulo 3: Únicamente seis.
Emiliano revisó por enésima vez su ropero, hacía ya una hora que estaba despierto intentando encontrar algo lindo para vestirse ¿Cómo puede ser que no tenga ni un suéter decente? O están sucios, o están llenos de esas pelusitas que les aparecen cuando no los usas por mucho tiempo, «apolillados» les dice Lili. Usualmente preguntaría a su madre dónde están sus buzos limpios si no fuese que no hay nadie en la casa. Y esto no es una coincidencia desafortunada, tanto Emi como Flor prefirieron que así sea, en su mayoría porque lo que iban a hacer debía quedar en el más profundo de los secretos, y un poco para ahorrarse los comentarios curiosos de su familia por haber llevado una amiga a casa.
Miró nuevamente el reloj y se desesperó un poco más, le había llegado un mensaje de Flor diciendo que estaba a cinco cuadras, y el joven apenas tenía puesto el bóxer. Se convenció pensando que cualquier cosa que se pusiera sería mejor que abrirle la puerta así, y fiel a su estilo, agarró lo primero que vio entre su ropa limpia y se puso a elegir minuciosamente cuál de sus tres perfumes acompañaría mejor la situación. Rara vez los usaba, pero esta vez creía que la situación lo ameritaba.
Era la primera vez que se juntaba con Flor fuera del colegio, o al menos la primera pactada por ambos. Hace dos semanas, producto de un fuerte sonido proveniente del ático, Emi subió a averiguar qué pasaba y encontró a Flor entrando a una puerta secreta en la pared. Le dijo con calma que no alertaría a nadie si la chica le daba una buena explicación:
– Me encantaría explicarte todo esto -susurró la joven- pero ahora estoy sumamente apurada.
– Te estoy dando la posibilidad de salir de aquí por tus medios y no acompañada por la policía y me contestas eso -refunfuñó Emi, que de ninguna manera llamaría a alguien, pero quería saber que estaba pasando.
– Ambos sabemos que no vas a decir nada, en tu lugar también me moriría de ganas de saber la razón por la que estoy acá -respondió calmada Flor, quién cada vez se adentraba más en un pasadizo secreto- Mira, te prometo que vendré a tu casa a explicarte todo, hablamos en el colegio.
– Sí, dale, como quieras -dijo irónico Emi mientras cerraba el pasadizo que más tarde revisaría por completo, y sabiendo que Flor ya no lo escuchaba agregó- Total, esta es tu casa eh, agradécele a Dios que sos más linda que un feriado el lunes, porque si no ya hubiese llamado a…
– ¿Emiliano qué te pasa que hablas solo? -preguntó Liliana con la cabeza asomada en la entrada del ático- ¿Podes venir a lavar los platos? Veinticinco veces te lo pedí.
Al día siguiente, el joven fue decidido a pedirle explicaciones de qué hacía en su casa a esas horas entrando a un pasadizo secreto, que, por cierto, llevaba desde el ático hasta un pequeño descampado que había en la cuadra contigua, todo mediante un precario sistema de túneles poco confiables los cuales no entendía cómo no eran fácilmente vistos desde afuera.
– Necesito más tiempo que un recreo para contártelo -dijo Flor, quien quería postergar un poco más la explicación a Emi.
– Ah ya veo -contestó el joven, y aunque no quería revelarle a Flor sus conocimientos se vio obligado a decirlos- Que lástima, pensé que tendría algo que ver con el portal mágico.
Los ojos de Flor se abrieron tanto que ya casi no se veía el párpado.
– ¿¡Cómo sabes eso!? -y al darse cuenta que había gritado, se acercó más a Emi y dijo en voz baja- No sé cómo averiguaste lo del portal, pero me lo tendrás que contar ¿Cuándo puedo ir a tu casa? Necesitamos hablar profundamente del tema.
– Mañana no hay nadie desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche -sugirió Emi, esperando que Flor vaya a su casa después de clase.
– Perfecto, a las ocho de la mañana estoy ahí, no vendremos al colegio.
– ¿Cómo? -preguntó Emi sin entender.
– Ya me escuchaste -cortó en seco Florencia, dos segundos después sonó el timbre anunciando el regreso a las aulas- Terminó el recreo, te veo mañana.
Por lo que Emi, al día siguiente, se encontraba en la situación anteriormente descripta. Oliendo las tapas de sus perfumes para asegurarse de estar lo más presentable posible. Se decidió por un «Diavolo» clásico pero infalible que lo había acompañado en sus mejores conquistas, y esperó sentado en el sillón la llegada de su compañera.
Tal y como lo habían pactado, el timbre sonó a las ocho en punto. El joven se paró, y algo nervioso, abrió la pintoresca puerta de pino:
– ¿Te pusiste perfume? -notó rápidamente Flor, mirándolo con cara rara.
– ¿Qué? No, para nada, recién me levanto -mintió Emi intentando lucir desinteresado por el asunto- Ayer me quedé hasta tarde terminando de leer un libro.
– ¿Ah sí? ¿Te gusta leer? -preguntó mientras saludaba con un beso y entraba a la casa.
– Bastante, aunque ahora no leo tanto como antes, me enganché mucho con algunos videojuegos.
– Bueno, quizás hasta nos seas de ayuda y todo -comentó Flor, y al ver que Emi no entendía para nada a que se refería preguntó- ¿Dónde está el ático?
– ¿En serio me preguntas eso? Seguramente vos conoces más la casa que yo.
*TOC*
La escalera que llevaba al segundo piso cayó seca contra el suelo, aunque ahora al caminarla se sentía mucho más firme. Ambos entraron todo el cuerpo en la planta superior y Emi miró a la chica esperando que comience el relato. Al ver que la joven solo miraba fijamente hacia delante preguntó:
– ¿Y bien?
– Estoy pensando por dónde empezar, de hecho, mi idea era hacer todo un preámbulo gigante, pero creo que incluso sería mejor que lo veas por vos mismo. Aparte estoy segura de que estás super ansioso -dijo mirando de reojo a Emi, a quién poco a poco se le formaba una sonrisa.
– Hace un mes que estoy super ansioso de hacer funcionar esta cosa ¿No podrías explicarme todo ahí dentro?
– Esa es la idea -contestó mirándolo con una sonrisa de emoción- Hace mucho que no instruyo a alguien nuevo.
– ¿Alguien nuevo?
– Sh, las preguntas adentro novato -dijo con un temple de soldado superior- Primero lo primero, necesitamos dos tulipanes amarillos ¿Podrías ir a buscarlos?
Emi abrió el armario y sacó dos brotes de la bolsa que había guardado semanas atrás. A pesar de todo el tiempo que pasaron ahí dentro, las flores seguían presumiendo un reluciente amarillo que a veces parecía antinatural.
– Ni se te ocurra sacármelas en una de tus entradas ninjas, porque si me falta alguna, ya se quién me las arrebató -refunfuñó mientras le entregaba una.
– Todos tenemos un precio -bromeó Flor- Esa bolsa es oro puro.
– ¿En serio? -preguntó intrigado Emi, quién no sabía realmente si los tulipanes eran tan valiosos.
La chica inhaló profundamente, y observando su flor dijo:
– Como ya sabes, el armario es un portal, un portal a otra dimensión. Y como todo portal necesita una llave.
– En Narnia no necesitaban una llave.
– Esto no es Narnia Emiliano. Estoy hablando en serio.
– Bueno, pero entonces no digas que todos los portales necesitan una llave -objetó Emi, quien amaba discutir.
– ¡Como sea! -interrumpió Flor, y señalando el ropero prosiguió- ESTE portal necesita una llave, y esta es la llave: Un tulipán mágico amarillo.
– O sea que existen tulipanes mágicos de muchos colores -pensó el joven en voz alta.
– En efecto, hay de varios tipos y colores, pero ese es otro tema. Por lo pronto debes saber cómo activarlo.
Florencia caminó unos pasos y se puso de frente al armario.
– Lo único que debes hacer es ponerte un pétalo en la boca. Voy a entrar yo primera, una vez que entre tendrás que esperar veinte minutos, antes de eso el portal no servirá. Es para regular la entrada de criaturas a las dimensiones -dijo la joven mientras cortaba uno de los pétalos- Busca una mochila, pon mudas de ropa y cosas que quieras llevar, así como libretas o lo que sea, te espero del otro lado. Ah, e intenta ser puntual con los veinte minutos.
Después de la última petición, Flor metió el pétalo en su boca y abrió lentamente la puerta del armario. Desde dentro esta vez no salía esa incandescente luz, y aunque Emi no podía ver bien, parecía ser de noche.
La puerta del armario se cerró sola. El chico, sin poder creer lo que había visto, quedó paralizado algunos segundos en el desolado ático con una enorme sonrisa dibujada de oreja a oreja. Mientras bajaba casi corriendo las escaleras para preparar su mochila, cantaba en voz alta todo tipo de canciones porque no podía contener su emoción ¡Estaba por entrar a otro mundo! Apenas podía dimensionarlo, apenas podía entender que todo era real, que todo lo que alguna vez quiso estaba a punto de sucederle. Y por favor que hermosa era Florencia, o bien estaba algo sugestionado por ser una especie de guía en el más grande de sus sueños. Como sea, no importaba, mientras vaciaba la mochila del colegio, sacó el celular de su bolsillo; Las ocho y media. Aún tenía unos dieciocho minutos para preparar todo e ingresar por fin en el misterioso ropero que tantos problemas le había causado.
Diecisiete minutos después, estaba parado al igual que Florencia. Listo y preparado para ingresar, solo debía esperar que suene la alarma que había puesto en su teléfono. Todo este tiempo había organizado una linda mochila de viaje con dos mudas de ropa deportiva, una campera abrigada, una libreta casi vacía, cuatro bolígrafos, un par de lentes de sol que aún no se pondría porque parecía ser de noche, y sus fieles auriculares, los cuales llevaría hasta si se dirigiese a otra dimensión.
*ONE, TWO, THREE IS TIME TO GET STARTED* sonó la irritante cancioncita que Emi tenía por alarma, avisando que era el momento que tanto había esperado. Cortó uno de los pétalos, lo puso en su boca y sintió como el mismo de deshacía lentamente, dejándole un suave sabor dulce el cual no podía comparar con nada que haya probado antes. Inhaló varias veces, y, más nervioso que nunca, abrió lentamente la puerta del ropero.
Incandescente, la luz del sol iluminaba todo el paisaje. Salió lentamente, con la boca semiabierta, los ojos perdidos y la cabeza llenándose de preguntas. Delante podía ver a Flor sentada en una especie de banquito, con un gran sendero al costado, acompañado por un hermoso bosque que los rodeaba. Los árboles tenían troncos extraños, la corteza era mucho más lisa pero llena de dibujos, dándole personalidad a cada uno. Las copas formaban un círculo perfecto, y las hojas presumían un verde mucho más vivo. Algunos crecían de formas extrañas, como dividiéndose por la mitad y sacando dos arbustos de un solo tronco. Otros se inclinaban notoriamente hacia un costado, haciendo que sus hojas casi toquen el suelo. El césped, súper prolijo, no parecía tener siquiera una espina, tampoco se veía rastro de ninguna hierba mala, e incluso en las zonas más internadas del bosque, donde el follaje de algunas encinas impedía que la luz pase tan cómodamente, no podían apreciarse plantas peligrosas. En cambio, cada cierta distancia, el pasto estaba hermosamente decorado con grupos de hongos de diversos colores, tan inofensivos y amigables a la vista que parecían sacados de una película animada. El sendero, que aparentaba ser la única salida de la arboleda, estaba completamente desprovisto de hierba, dejando a relucir un suelo tan bonito que invitaba a transitar el camino descalzo. Había entrado de día, y el cielo apenas tenía alguna pequeña nube adornándolo, y aunque la luz era casi abrumadora, no hacía un calor acorde. Una de las muchas dudas que le despertaron al joven fue justamente sobre el sol ¿Se suponía que esta dimensión también era un universo como el que conocemos en la Tierra? ¿Tenía sus propios planetas y soles, o los compartían? Cualquiera sea el caso, había preguntas más urgentes que esa.
– ¿Y? ¿Qué te parece el lugar? -dijo Florencia sonriente abriendo los brazos, y algo preocupada agregó- ¿Te sentís bien? La mayoría sufre ciertos mareos cuando entra.
– N-no, estoy bien -alcanzó a articular Emi, que tuvo que parpadear varias veces para reaccionar- Aunque no conozco nada, y me pone nervioso sentirme tan desprotegido.
– Tranquilo, ya definitivamente es momento de contestar todo lo que necesites saber. Así como después vos debes contestar ciertas curiosidades mías -y sin dejar de sonreír hizo una pose de modelo- ¿Qué te parece mi look?
Perdido en el espléndido paisaje que a sus ojos deleitaba, Emi no se había dado cuenta de ese detalle, Florencia estaba muy cambiada. Si bien la esencia de su rostro seguía siendo el mismo, parecía un poco más adulta. Su cuerpo, cambiado también, era algo más grande, y en la mejilla tenía una temeraria cicatriz que bien podía pertenecer a Rambo.
Pero lo más llamativo era la curiosa vestimenta que traía, estaba vestida con un lindo vestido verde de tirantes hecho de un material que no podía identificar. En una de sus manos tenía un hermoso arco recurvado de madera, y por el pecho le pasaba una prolija tira de cuero que sostenía el carcaj que llevaba en la espalda. Cerca del banquito dónde había estado esperándolo, había un hermoso roble con varias flechas clavadas.
Emi no reaccionaba y seguía mirando todo a su alrededor sin decir nada, trataba de formular alguna pregunta, pero cuándo lo hacía, una nueva incógnita irrumpía en su cabeza, por lo que durante varios segundos no hizo más que acumular dudas.
Flor, al ver que el joven simplemente caminaba mirando a su alrededor empezó a contarle:
– Bienvenido a Wintergarden, hogar de místicas criaturas, hábiles guerreros y hermosos paisajes. Llegamos aquí por primera vez hace ya varios meses, junto a mis amigos de toda la vida, Juan y Lucas.
– ¿Y cómo consiguieron la información para ingresar? – soltó Emi quién al fin había dicho su primera pregunta.
– Es una excelente pregunta – respondió Flor, pero te la contestaré más adelante.
– ¡¿Qué?! ¡Decís lo mismo hace semanas!
– Solamente estoy bromeando -dijo la chica entre risas- Claro que te lo contaré ahora, pero empecemos a caminar el sendero, tenemos un largo trecho hasta el pueblo.
Amos emprendieron una larga caminata por todo el sendero de tierra que en sus bordes estaba cuidadosamente adornado por diferentes tipos de piedras pequeñas. El joven sentía que estaba recorriendo uno de los libros que leyó sobre aventuras y seres fantásticos, todo el entorno era casi idéntico a como se había imaginado los paisajes medievales. Sin embargo, detuvo su imaginación para escuchar atentamente el relato de su compañera.
-Hace muchos años, en Villa Azul, vivía una vieja adivina llamada Nérida. Como alguna vez fue amiga de mi abuela, íbamos seguido a visitarla. Mientras ellas hablaban de flores y pimpollos, yo me entretenía horas y horas jugando en el patio con los juguetes que me dejaban llevar. Pero, en el fondo de su casa, había algo que me llamaba mucho más la atención que mis muñecas, era una habitación, una pequeña habitación cerrada. La única forma de entrar era una destartalada puerta que siempre estaba cerrada. Realmente el lugar me daba terror, lo imaginaba tétrico, lleno de telarañas y bichos, más aún para una niña de diez años, así que a menudo, fantaseaba con lo que la señora tenía dentro. Pero justo ahí, en los días que más pánico le tenía, fue cuando Nérida olvidó cerrar la puerta.
Flor pausó el relato y miró seriamente al chico, para saber si escuchaba la narración, o divagaba en sus pensamientos.
– ¿Y? ¿Qué pasó con la bruja? -dijo Emi quién seguía fielmente la historia.
– Ese día, decidí sacarme al fin la curiosidad que traía desde hace tanto tiempo y ver por mí misma que había ahí dentro. Después de prepararme psicológicamente entré aterrada al pequeño cuarto, y como era de esperarse, no había mucho más que una mesa, una silla y estantes llenos de cosas tan inútiles como sucias. Pero lo verdaderamente importante estaba arriba de la mesa, era un libro que, entre muchas otras cosas que no entendía, hablaba de la existencia de los portales y como identificarlos. Explicaba detalladamente las flores y poco más. Mi intriga por todo aquello fue tan grande como mi susto cuando la señora entró a la habitación y me sorprendió leyéndolo. De hecho, el grito que lanzó fue tan fuerte y diabólico que me hizo mearme encima y largarme a llorar. Sí, podes reírte, es bastante chistoso -le concedió al chico cuando lo vio haciendo muecas raras para contener una carcajada- El tiempo pasó, yo me olvidé del tema y supuse que la señora también, puesto que creía que solo era un libro de esos que tiene la gente creyente en la magia, cosa que en su momento yo no hacía. Varios años después, vi en el jardín de tu casa tulipanes idénticos a los ilustrados en el libro. La casualidad fue tal, que no pude evitar ir hasta la casa de Nérida a preguntarle acerca de esto. No voy a entrar en la infinidad de detalles que tiene la historia porque no van al caso, la cuestión es que me contó que en el ático de tu casa existía uno de estos armarios mágicos, valga la pena aclarar son extremadamente raros, pero dio la gran casualidad de que uno de ellos terminó ahí vaya a saber por qué. La adivina, después de contarme sobre el pasadizo secreto del descampado y explicarme como utilizarlo se mudó a un lugar que nunca quiso decirme, el punto es que no la vimos más. Meses después, con Juan y Lucas estuvimos completamente listos para emprender una travesía que nos dejaría donde estas vos ahora, exactamente con la misma cara. Uf, que largo, disculpa, no sabía cómo resumirlo.
– No, para nada, gracias por contármelo. Aparte, todavía tenés mucho más para decirme -y mirando hacia delante agregó- y para mostrarme también.
Muy a lo lejos, podían empezar a verse las primeras cabañas del pueblo. La música de la naturaleza comenzaba a estar acompañada por el incesante y suave sonido del mar, aunque todavía se escuchaba muy a la distancia.
– ¿Estamos en una isla? -preguntó Emi apenas identificó el ruido de las olas.
– Que chico tan… ¿observador? No me suena que «escuchador» sea una palabra. Sí, Gooh es una isla mediana perteneciente al archipiélago noroeste de Wintergarden, llamado Phandelver, reconocido por ser la zona marítima más grande de la dimensión. Ya en el pueblo te mostraré un mapa de dónde estamos.
Siguieron la caminata por media hora más, el entorno era siempre el mismo, pero el joven lo agradecía. La prolijidad del bosque y las distintas gamas de verde, acompañadas por un aire puro, que aparentaba no tener ni una partícula contaminada por algún gas o combustible, hacían que ese paseo fuese tan placentero que podría estar surcándolo por horas.
Durante todo el recorrido, Flor le comentaba los detalles. Sobre las comadrejas, sobre el colegio y su estatus de «recién llegado», sobre las inseguridades de todos respecto a si debían comentarte lo del armario, incluyendo la reunión que hubo en la casa de Juan, sobre como tantas veces lo habían visto entrar al ático corriendo y tenido que esconderse para que no los descubran. En fin, toda la información nueva y la otra cara de la moneda. Al cabo de esos treinta minutos, a unos doscientos metros podían empezar a verse nítidamente cabañas, elfos, duendes, humanos y enanos.
– Llegamos, esto es «Gooh», más conocida como Isla del Centro -comentó la joven- Estamos acostumbrados a ver recién llegados, por lo que no tengas miedo de ninguna raza, nadie te causará problemas.
Dijo Flor, y luego de un pequeño silencio se retractó.
– Solo intenta no irritar a los enanos, son algo… susceptibles. Pero tranquilo, no te matarán.
Durante dos horas Florencia le mostró a Emi cada parte del pueblo, desde los hogares, hasta el muelle, pasando por los mercados, bibliotecas y campos de entrenamientos.
Las cabañas eran clásicas, casas construidas en su totalidad con madera, pintorescas y entrañables, la mayoría provistas de un lindo techo en forma de cono que, por lo general, terminaba en una chimenea. Esto le generaba ciertas dudas al protagonista de como eso no prendía fuego todo el lugar.
El muelle era el edificio central del pueblo, allí llegaban todos los barcos comerciantes a desembarcar provisiones que no podían extraerse en la isla.
– Jair ¿Cómo va todo? -dijo Flor a un duende que contaba monedas de oro en el puerto.
– Otra vez molestándome ¿Cuándo dejaras de buscarme?
– Cuando me pagues lo que me debes, y a propósito, aquí está el chico del que te hablé. Apenas llegó hace dos horas.
– Ohh -se sorprendió Jair extendiéndole la mano al joven- Perdone mi vulgaridad para hablar a veces, no sabía que eras tu. Flor me habló mucho de ti… Aunque, a decir verdad, dijo que eras más apuesto de lo que eres…
– Bueno, bueno, ya empezamos la ronda de mentiras -cortó algo nerviosa Florencia- Estamos acá para que le soluciones dudas a mi compañero, no para que le generes más.
Emi se quedó una hora en el muelle, hablando con Jair. Este le comentó todas las aventuras que viviría si se uniese a la tripulación que quería formar, pero descartó la idea rápidamente al recordar que el joven aún no tenía experiencia en combates. También, le explicó qué solían hacer las tripulaciones que zarpaban de la isla regularmente. Al parecer, los marineros locales iban en busca de objetos y minerales útiles. Incluso, el día anterior había zarpado un navío hacia una isla deshabitada y peligrosa, en busca de hierro encantado.
– ¿Qué es el «hierro encantado»? -preguntó Emi quien lógicamente no entendía.
– En este lugar existen los mismos minerales que su mundo -le contestó Jair, el encargado del puerto- Pero aquí también hay un derivado muy raro de encontrar llamado mineral encantado, o mineral vastayano. Es un gran combustible para la caldera de los barcos y se puede utilizar para forjar armas, objetos y armaduras con propiedades mágicas.
Pero sin duda la parte más importante para Emiliano era el campo de combate. Y como era de esperarse, surgió rápidamente la duda que venía acarreando hacía ya tantas horas.
– Flor, ¿Por qué te ves así?
– ¿Así como?
– Tan… Grande.
– Ah sí, se me había olvidado por completo. Aquí el tiempo es muy distinto al de la Tierra. Un día acá es apenas una hora en nuestra dimensión. Por lo que tu cuerpo crece mucho más aquí que allá, pero también nuestra vida es considerablemente más larga. Tranquilo, a medida que vaya pasado el tiempo voy a contestar por completo todas tus dudas, pero por el momento a lo interesante, el combate -dijo Flor mientras caminaban al costado del predio.
Llevó a Emi hasta una mesa al lado del campo de entrenamiento, se sentaron y abrió una bolsa de cuero que traía. De uno en uno, puso en la mesa cinco libros distintos, cada uno portaba un pequeño símbolo en la tapa.
El primero era rojo, y en la tapa se podía ver una espada tradicional. El segundo, verde, tenía ilustrado un león. El tercero, de color azul, traía dibujado lo que parecía ser una vara. El cuarto, color negro, dejaba ver una suerte de demonio. El quinto, grisáceo, dibujaba un puñal. Y, por último, el sexto era simplemente blanco.
El joven miró los libros sin entender y regresó la mirada a su compañera esperando instrucciones.
– En este mundo, las habilidades y aprendizajes que cada uno puede explotar se sacan de aquí, de estos hermosos libros. Es tan simple como que elijas una clase, y te inmerjas en la misma hasta volverte lo más poderoso que puedas. Pero recomiendo que te los lleves a la cabaña y los leas tranquilo, una vez que escojas una clase ya no puedes cambiarla -mencionó, aunque rápidamente se corrigió a si misma- En realidad puedes, pero si lo haces, perderás todos los conocimientos adquiridos, como si nunca los hubieses aprendido.
– ¿Y cómo sé que clase quiero? -preguntó sin entender Emi.
– Ninguno de estos libros es mágico, son simplemente conceptos generales y explicaciones de lo que te encontrarás en cada clase, para que novatos como tú puedan elegir sin temor a equivocarse. Por ejemplo, yo soy una guerrera especializada en armas a distancia, pero uno de los miembros de la facción es un guerrero especializado en artes marciales. Si yo cambiase de opinión y quisiera especializarme en las artes marciales, perdería todo mi conocimiento y habilidad con armas a distancia -explicó Flor, mientras tensaba el arco y acertaba a una diana muy lejana.
Emi miró los seis libros detenidamente, palpó los materiales y los hojeo uno por uno, viendo algunos dibujos y leyendo algunos nombres extraños.
– «Marca de la muerte», suena bien -dijo haciendo alusión al nombre del tercer capítulo en el libro del Asesino.
– Es una habilidad muy poderosa -comentó su compañera, que estaba hacía varios minutos intentando hacer regresar la flecha- pero también es bastante peligrosa y avanzada. Conozco muy pocas personas que podrían hacerla, y nunca la vi en persona -de golpe, la flecha salió disparada a la mano de Flor quien la sujeto con fuerza- ¡Sí! Es la primera vez que me sale tan rápido.
– ¿Pero no eras guerrera? Eso pareció bastante mágico -la expresión de Emi denotaba que no terminaba de entender.
– Todas las clases tienen algo mágico, pero siempre acorde a su estilo. Y son todas muy útiles.
– Bueno, esta no parece muy útil, está todo el libro en blanco -se sorprendió el chico- ¿Es así?
– Sí -asintió Flor- Es la clase «Único», todos los libros de esa clase están en blanco. No sé mucho más al respecto. He oído decir que es la clase más débil de todas, y también que es la más fuerte. De todas formas, está anocheciendo y no queremos encontrarnos con ninguna criatura poco amigable en nuestro primer día ¿No?
– Claro que queremos -contestó muy emocionado Emi. Agarró el libro del Asesino y agregó- Dame cinco minutos y puedo pelear contra cualquiera.
– ¡Ey! -lo retó Florencia- Estos libros no son un juguete, no solo cinco minutos no te bastarían ni para levantar una daga, sino que también debes tomarte tu tiempo para elegir lo más sabiamente que puedas -y aún ofendida soltó- aunque por lo que veo no habrá mucha sabiduría en tu decisión.
– Bueno, tranquilízate, no era para que te pongas así. Solamente fue una broma.
– No hay bromas en este asunto, es algo serio para que lo menosprecies así. Ahora a la cabaña, llévate los libros y adentro sigo explicándote hasta que lleguen todos. Apurémonos, anochece.
El resto de la noche transcurrió tranquila. Ambos cenaron con el resto de la facción, comentaron anécdotas, vivencias, contestaron dudas al recién llegado, entre otras cosas. A muchos de ellos ya los conocía del colegio, en cambio a otros, no solo no los conocía, sino que tampoco eran humanos.
En el pueblo había duendes, elfos, enanos y hadas conviviendo en una hermosa comunidad. Cada una de las criaturas tenía bien comprendido su rol en el pueblo y todo funciona a la perfección. En años de convivencia no tuvieron ningún problema significativo y eso los llevó a generar una reserva económica tan grande que hace poco, como bien dijo Florencia, pudieron enviar el primer navío hacia tierras inhóspitas, y en teoría se enviarán muchos más. Esto en parte debido a un gran trabajo por parte de Armín, el barón del lugar, un amable viejito muy querido por el pueblo.
Durante la cena, Emi habló bastante con Kina, una carismática hada pacifista, Timoteo, un divertido y ocurrente duende, Kagor, un imponente enano minero, y Yanah, una poderosa elfa maga.
(En Villa Azul existían tres facciones. La «Tulipán» liderada por Flor, «Orquídea» liderada por Juan, y «Lirio» liderada por Lucas.)
– ¿Y ya sabe qué libro elegirá, horrible hombrecito? -preguntó alegre Kina.
– ¡Kina! -se apresuró a decir Yanah- Discúlpala, es así todo el tiempo.
– Sí, está enamorada de una planta -comentó Timoteo.
– ¡No es cierto! ¡Es una flor, no una planta! -chilló el hada.
– Da igual ¿Cómo hacen el amor? ¿La polinizas?
– ¡Seguro tiene los genitales más grandes que tú, maldito duende asqueroso!
– ¡Ya cállense! ¡Asustan al chico! -gritó la elfa, hizo una pausa, se acomodó el pelo y continuó- Lo que queríamos preguntar era si ya estabas seguro de que libro ibas a elegir.
– No, aún no -contestó Emiliano todavía riéndose de la secuencia.
– Venga ya chico, no me vengas con ese cuento barato -dijo enojado Kagor, y señalándolo con el dedo prosiguió- dime que clase es la que más te ha llamado la atención si no quieres luchar contra la furia de mi martillo.
– ¿Podrías tener un poco más de modales? No todos están seguros a la primera de que quieren elegir -lo calmó Yanah.
– Yo estoy muy seguro de querer golpear mi martillo contra su cara como siga evadiendo mis preguntas.
Mientras la elfa y el enano subían de tono su discusión interna, Flor se acercó al sector y anunció:
– Criaturas y seres, nuestro querido amigo debe descansar, ha tenido un día muy largo. Así que, dejen de interrogarlo y amenazarlo porque debe irse a dormir.
La líder de facción acompañó a Emi hasta su habitación, le dijo que cualquier cosa podía tocarle la puerta puesto que dormían en habitaciones vecinas y concluyó:
– Bueno novato, hoy fue un día muy largo, espero que hayas entendido algo de lo que dije, y si no es así, no te preocupes, poco a poco lo irás aprendiendo. Tenes tiempo para leer tranquilo los libros, no te voy a exigir que mañana te despiertes a un horario matutino.
– Realmente este lugar me dejó sin palabras, claro que voy a leerlos con ganas, toda mi vida esperé algo así, y ahora lo tengo.
– Pues espero que no lo pierdas, ni a esto, ni a tu vida. Descansa -y con la gran sonrisa que a veces le regala, le dio un beso en la mejilla y se fue.
La habitación era acogedora. Tenía una cama de dos plazas con frazadas marrones que parecían de pieles, una mesa de luz en cada costado con veladores. Un gran armario que probablemente sea otro portal, pero que por el momento iba a utilizar para guardar ropa, una biblioteca vacía la cual iba a empezar a rellenar, y un hermoso cuadro en la pared con cuatro caballos galopando hacia un atardecer. La iluminación era toda por combustión, supongo que en esa dimensión aún no se había descubierto como utilizar la electricidad, o quizás no la necesitaban. Igualmente, en cierto punto lo agradecía, las antorchas eran menos prácticas que una bombilla, pero esa sensación de aventura medieval le fascinaba.
Se sentó en la cama y quedó mirando fijo hacia delante. Debía y quería comenzar a leer, pero algo se lo impedía, y se sorprendió a si mismo encontrando el motivo. Extrañaba a su madre, quizás no venía a colación de nada, pero fue con Lili con quien descubrió su pasión por los mundos fantásticos, y también amaría poder disfrutarlos con ella. Lamentablemente esto no puede ser, o al menos no por el momento, porque ¿Quién sabe? Quizás algún día podría mostrarle todo.
Luego del pensamiento emotivo de la noche, se acostó en la cama y puso al lado suyo los seis libros bien acomodados. Estaba decidido a terminarlos todos en máximo cinco horas. Tomó el rojo, abrió la primera hoja, cerró por un minuto sus ojos dándoles el último descanso, y se desveló leyendo hasta altas horas de la madrugada, tal y como hizo durante toda su infancia.
FIN CAPÍTULO 3.