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Dueños del Arcoíris - Capítulo 5

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«Mueren héroes, nacen leyendas»

 

Desde el horizonte, los rayos de luz iluminaban poco a poco la isla, dando así comienzo, a la décimo primera jornada del joven en Wintergarden.

Como de costumbre, la noche pasada Emi se desveló hasta altas horas de la madrugada leyendo y releyendo el manual de magia. Ahora mucho más motivado, puesto que, tras pasar por las cinco clases, eligió la de mago.

No fue una decisión sencilla, de hecho, tuvo que posponer el juramento final cuatro veces, ya que, al momento de hacerlo, se arrepentía y alegaba necesitar más tiempo para asegurarse. Aunque bien, la decisión siempre recaía en lo mismo; el libro azul era el mejor puntuado de todos, teniendo una ventaja de 0,5 respecto a «La sombra del asesino», que ocupaba el segundo lugar.

Parecía estar todo claro, y en efecto, el día número seis de su estancia, durante el anochecer, volvió a internarse en el bosque para encontrar la flor verde que le devolvería la magia a su cuerpo. También tenía un lazo especial con «El manual de magia», dado que varios días atrás, sorprendió a todos cuando lanzó una enorme esfera de energía al muñeco de práctica y lo traspasó como si nada. 

Desde ahí el trato con Flor había cambiado completamente. Ya no le hablaba como una líder, sino como una compañera. El resto de los guerreros imitaron las actitudes de Flor, y algunos hasta lo veían como un superior, pero el joven se mantuvo centrado en cada uno de estos momentos. Sabía que esto era recién el comienzo, y quería medir sus capacidades contra rivales de alto calibre, por lo que, sin mucho entrenamiento de por medio, durante una de las prácticas en el sexto día, miró a Flor y la retó a un combate mano a mano.

Para estos momentos, Emi estaba internándose en «La fe del guerrero», el libro rojo. Más especializado en armas y músculos, no era algo que llamase potencialmente la atención del joven, pero algunos hechizos tan útiles como poderosos, le interesaban bastante.

Flor se sorprendió, hasta ese momento nunca la habían desafiado, y menos así, con la completa seguridad que portaba el rostro del joven.

– ¿Y bien? -la presionó el chico, al ver que su compañera no contestaba.

– ¡Pues claro! -dijo Flor, quien sabía que no podía acobardarse en frente de todos- Esta misma tarde te irás con algunas flechas en el pecho.

La batalla quedó sellada. La joven arquera entrenó las horas restantes sin parar, mientras que el chico, se acomodó bajo la sombra de un roble, y, más calmado, leía y releía un conjuro en particular que no terminaba de comprender al 100%.

– Que raro… No entiendo qué no entiendo… parece todo bastante simple…

– ¿Inquebrantable huh? -preguntó Kagor que hace unos minutos escuchaba las quejas del adolescente- Es un hechizo sencillo.

El enano le ofreció una jarra con jugo, la cual Emi tomó de dos sorbos.

– Lo es. Me salió a la primera. Pero según el libro aún no consigo comprenderlo al máximo.

– No es nada fácil comprender un capítulo, por más fácil que sea, valga la redundancia -y luego de una pausa retomó- Estas subestimando los libros, entiendo que para ti esto sea más simple que para otros, pero eso no le quita dificultad. El día que dejes de tener el debido respeto, te sorprenderás al ver que no sabes tanto como piensas.

Hizo otra pausa e intercambiaron miradas por un segundo.

– Eso me pasó contigo hace unos días, chico -completó.

Emi agachó la mirada, aún le sorprendía lo verde del pasto. Acarició con la yema de sus dedos el césped y volvió a mirar a su barbudo amigo.

– Supongo que tienes razón.

– Supongo que sí -asintió Kagor- pero aún no. Todavía no la tengo, pero si las cosas siguen su rumbo natural, eventualmente la tendré, y si en un futuro será así, supongo que puedo atribuirme algo de crédito ahora. Porque ya sabes, uno nunca sabe cuándo morirá. Todo depende de lo que «ellos» tengan previsto para mí.

– «Ellos» -repitió el joven confuso- ¿Crees en un Dios?

– En uno, en dos, en los que sean. A lo largo de mi vida fui viendo cosas que me hacen pensar en que nuestro futuro ya está delimitado. Al menos aquí. Algunos nacen para triunfar, y otros parecemos simplemente personajes secundarios. Como si el destino se divirtiese contando una historia a través de todos nosotros.

El silencio volvió a inundar la pequeña pradera por varios minutos. Emi, inspirado, cerró el libro e intentó utilizar el silencio como puente hacia una mediación profunda. Pero lamentablemente, el reloj local anunció con tres fuertes campanadas el inicio de la segunda y última práctica diaria.

Los distintos guerreros salían de las cabañas hablando entre ellos, riendo y gritando, pero la mayoría distendidos, sin sus armas, dispuestos a disfrutar al máximo el gran desafío entre los dos compañeros de colegio.

No parecía ser muy habitual, ya que Kagor también estaba sorprendido.

– Si que hay público esta vez.

– Y claro enano -gritó Timoteo desde una de las gradas de la arena principal- te guardamos un lugar, tampoco es como si hiciera falta, pero te lo guardamos igual.

Qué ironía. Justo ahora que intentaba alinearse consigo mismo, y divagar durante horas en sus pensamientos, debía pelear contra la guerrera más poderosa del lugar. No es como si le molestase, digo, al chico siempre le gustaron las competencias, pero casualmente la única vez que no estaba interesado en pelear, tenía que hacerlo. Y más bien, él propuso el reto, él se tiene que hacer cargo.

Tomó el libro rojo, lo guardó en su pequeña mochila de mano, y bajó sin apuro la colina hacia el predio central. Cuando estaba llegando, ya seguro que todas las miradas posaban en él, blandió aparatosamente su espada, la cual soltó un agudo chirrido férreo y apuntó hacia Flor.

Flor, en la otra punta, no quiso quedarse atrás, y haciendo alarde de sus habilidades, tensó rápidamente el arco y lanzó una flecha que pasó rasante a centímetros del hombro de Emi.

Yanah apareció en la escena, haciendo una exagerada reverencia hacia el «público» presente, y luego a los guerreros.

– La batalla termina cuando yo lo decida. Nada de atentar contra la vida del oponente. Intentemos no ocasionar cicatrices profundas, y diviértanse. Si alguno quiere hacer una pausa, o finalizar el combate. Levante la mano derecha y baje su arma.

Luego de esto, Yanah golpeó un pequeño gong, dando así comienzo al combate.

Ambos se miraron fijamente y dejaron pasar el tiempo, esperando que el otro tome la iniciativa.

Flor, asumiendo el cargo de «favorita» en la pelea, decidió dar la apertura y, llevándose la mano a la espalda, agarró dos flechas y las disparó velozmente contra el chico.

Emi, ya emocionado, hizo un pequeño ademán con el brazo y pronunció el primer conjuro: Escudo de luz. En ese mismo instante, se materializó en su antebrazo izquierdo, un reluciente escudo dorado de un metro de largo.

Ambos proyectiles tardaron una fracción de segundo en llegar a su objetivo, pero por desgracia, cayeron al piso sin pena ni gloria después de chocar con el escudo mágico del joven.

Los presentes quedaron callados, y Flor entendió que no era la favorita. Esas flechas eran de lo mejorcito que tenía.

Pero no lo mejor.

El adolescente se inclinó levemente hacia atrás y con un salto, echó a correr empuñando la espada. Aún lo separaban unos veinte metros de su rival, y sabía que este no iba a quedarse quieto.

Como Emi anticipó, Flor volvió a tensar su querido arco y, al mismo tiempo que retrocedía, le arrojaba flechas de dos en dos. Todas y cada una, eran repelidas al instante por la protección del guerrero, quien ya se encontraba peligrosamente cerca de su amiga.

Cuando se dio cuenta que este método no serviría en absoluto. Dejó de retroceder y se abalanzó también contra el joven, que titubeó un momento al no entender la arriesgada decisión de su amiga. Al momento de la colisión, el joven conjuró rápidamente «Espada ígnea», lo que incendió el filo de su arma e intentó un golpe rasante hacia la pierna de la chica. Pero ella, quien esperaba esto, dio un gran salto, apoyó un pie en la espada, luego otro en la cabeza del guerrero y saltó un metro sobre él. Preparó nuevamente dos flechas, y las disparó contra los hombros de su agresor.

Esta vez, sorprendido, no llegó a cubrirse a tiempo. Veía sin poder hacer nada como ambos disparos se clavarían cerca de su clavícula. Durante ese microsegundo, pensó una forma de salvarse del ataque. «Inquebrantable», alcanzó a conjurar para sí mismo.

Pero era muy tarde, ambos proyectiles se hundieron en sus músculos pectorales e hicieron caer de rodillas al joven.

Este gran contraataque provocó el griterío de los espectadores, aunque no duró mucho, Emi cesó todos los aplausos con un grito desgarrador, y como pudo, levantó la mano derecha.

Tanto Flor como las elfas se apresuraron a atenderlo, y con algo de magia lograron retraer ambas flechas y suturar la herida.

– Juro que no las tiré con fuerza -dijo su amiga, sintiéndose muy culpable.

– No, no lo hiciste, pero tocaron puntos delicados -explicó Yanah- nadie hubiese podido continuar con semejante dolor.

– ¿Estás bien? -Kagor también se acercó para auxiliar a su amigo.

– Estoy bien -dijo el novato sin poder creer que había perdido- Solo necesito descansar.

Yanah, se paró y mirando a la grada, anunció:

– ¡Supongo que tenemos un ganador! -dijo levantando la mano de Flor.

Todos en el predio se acercaron a felicitar a la joven, quien agradecía cada uno de los mensajes de apoyo y prometía enseñarles el truco la siguiente jornada.

Emi, por otro lado, frustrado a más no poder por su falta de habilidad, levantó sus cosas y se encerró en su habitación sin saludar a nadie.

«No sabes tanto como piensas», repetía incesantemente en su cabeza. Caminaba de lado a lado con el libro del guerrero en mano. Al acercarse la hora de la cena, el comedor rebosaba de gente, dificultándole la lectura a Emi.

– Inquebrantable debería haber funcionado. En ningún lugar dice que es un conjuro con tiempo de reacción. Algo hice mal -refunfuñaba.

Cerró el libro, lo lanzó a la cama, y llevó una mano a su frente. «La fe del guerrero» no estaba mal, pero no sentía el mismo poder que consiguió aquella vez con «La sombra del asesino», o «El manual de magia». Creía que el libro rojo no estaba desplegando todo su poder, y más importante, le aburría.

– No todos tenemos la misma afinidad con cada libro.

El chico en un movimiento se puso de pie, tomó su espada y la hizo arder en llamas. No sabía de dónde venía la voz que pronunció esas palabras, simplemente resonaron en su mente.

– Tranquilo, soy yo, Timoteo -dijo risueña la voz- No es necesario alertar a nadie.

– ¡¿Timoteo?! -gritó el joven.

– ¡Te estoy diciendo que no alertes a nadie, humano estúpido!

– Perdón, perdón… Pero ¿acaso tú…?

– Sí Sherlock, puedo leer mentes, felicidades por descubrirlo.

– Leer mentes de una persona enfrente tuyo no es lo mismo que esto.

– Toma algo más de práctica, pero todo se puede conseguir con esfuerzo. Ahora bien, como te decía: Según nuestra personalidad, todos tenemos distintos lazos con cada clase. Un amante empático de la naturaleza no tendrá problemas en comprender los cálidos textos del druida. Mientras que un noble fortachón, se verá mucho más atraído por las espadas y escudos.

Emi comenzaba a comprender.

– Ponte a pensar -continuó el duende- te fue muy sencillo dominar las artes mágicas. Sin embargo, aprender conjuros sencillos del libro rojo, te costó días.

– Entiendo… Entonces, solo debo leer aquello que me guste. Y seré el mejor.

– ¡Exacto jovencito! -aprobó Timoteo- Y apúrate, no soporto al enano diciendo «te lo dije», todo el tiempo.

Ambos rieron. El chico tomó el libro azul y se preguntó por qué dudo tanto de lo que sentía. Si desde el primer día supo que esto era lo que anhelaba ser, el querer indagar todo lo posible lo llevó al fracaso. Aunque quizás, lo necesitaba.

– Mañana a primera hora comenzaré nuevamente con mi camino, gracias, Timoteo, no tuvimos casi contacto desde que llegué, pero esta charla me ha servido de mucho.

– De nada pequeño. Y no tienes por qué esperar, las flores no desaparecen durante la noche.

La conversación quedó en silencio unos segundos, Emi miró por la ventana de su habitación hacia el bosque. Desde que llegó, siempre se quedó mirándolo por horas. Pero solo de día. Y ahora que lo veía de noche, le parecía terrorífico. «De ninguna manera entro ahí, ese lugar es una muerte segura», pensó.

– ¿Estás seguro? -retrucó el duende- Míralo bien.

Las palabras de su amigo no tenían sentido, pero para no ofenderlo, volvió a mirar detenidamente por la ventana. Tal como le dijo, el bosque ahora volvía a ser un lugar hermoso y calmado, incluso, algunos rayos de sol iluminaban las verdes copas de los árboles, desde aquí podía sentir el sonido de las hojas golpeando entre sí. Mantenía el aura de misterio, pero, como cada tarde, irradia calidez y buenas vibras.

– Flor no me dejará ir en absoluto -dijo Emi en voz alta.

– Tranquilo -ahora la voz de Timoteo parecía entusiasmada- yo la distraeré. Toma el libro que desees y corre, aún tienes tiempo para ir y volver antes de la cena.

El chico agarró el reluciente libro azul. Envainó su espada, e intentando pasar lo más desapercibido posible, bajó las escaleras y salió de la cabaña.

Apenas puso un pie fuera del lugar, echó a correr sigilosamente hacia el bosque. La brisa en la cara le llenaba los pulmones de energía. De vez en cuando, por pura diversión, daba algún salto, giraba en el aire, y caía de pie sin dificultades. No era la clase más completa, pero no podía negar que el estado físico que le proporcionaba la clase del guerrero era cuanto menos envidiable para cualquier deportista de su dimensión.

Después de pocos minutos corriendo, llegó a los pies del bosque.

– Se veía más amigable desde dentro -la inseguridad estaba ganándole terreno, y en buena hora, porque la fachada del bosque durante la noche invitaba a retirarse cuanto antes.

– Puedes regresar y volver mañana -sugirió el duende- Hasta ahora nadie notó tu ausencia, mejor no nos metamos en problemas. Flor puede acompañarte mañana…

Emi le dio pocas vueltas a la idea, tenía claro lo que debía hacer. «Espada ígnea», susurró, y cortando algunos matorrales, se internó en el follaje.

Su amiga, días atrás, le anticipó: «La noche es peligrosa. Los árboles se retuercen, y cada sendero es un acertijo. La luz se esconde, la penumbra reclama su lugar, y todo aquello hermoso que vemos de día, se convierte en horrores de noche. No dejes que las condiciones te engañen. Y más importante, no te arriesgues.

– Exagerada, la noche simplemente es distinta al día. Los humanos temen a lo que no comprenden, y no sé cómo hacen para vivir, porque no comprenden nada -aportó Timoteo.

La verdad que la sutil compañía de su fantástico amigo hacía bastante amena la situación, al menos si tenemos en cuenta, que mientras más ingresaba al corazón del bosque, iba notando cierta incomodidad. Trataba de convencerse diciendo que eran simples conjeturas, pero sinceramente, el miedo estaba empezando a consumirlo.

Luego de varios minutos, había llegado. Impetuosos, una serie de árboles azules eran el centro de atención en un hermoso claro. «El corazón del bosque», como le dice Flor.

– Creo que lo mejor sería apresurarse, aquí ya han notado tu ausencia.

– Supongo…

Cada vez más inseguro de aquello que hacía, Emi arrancó uno de los tulipanes, abrió el libro en su primera página, y dijo sin trabarse ni una vez el juramento del mago.

«… juro lealtad total a la luz, hasta el día que me arrepienta.»

Al mismo tiempo que terminó la frase, su espada se apagó. La corteza de los sauces tomaba forma. Se convertían en rostros tristes, lloraban, le pedían al adolescente que les tengan piedad, suplicaban por ayuda. El viento soplaba cada vez más fuerte. La luna no se veía, y tampoco el sendero por el cual llegó hasta aquí.

– ¡Como pude haber caído en un truco tan estúpido! -se reprochó Emi en voz alta, empezando a entender.

Era tarde para lamentos, corría grave peligro, alguien lo había engañado para que haga el juramento, pierda sus poderes y quede encerrado a mitad de la noche en el corazón del bosque. Los sauces llorones, se cercaban alrededor del chico.

– Un chico muy inteligente, sí señor -la voz ya no parecía Timoteo- Una pena no poder enfrentarme a ti, hubieses dado un buen combate.

Antes de poder contestar, desde el pueblo se escuchó un grito pelado. Ese alguien no quería al chico, quería al resto.

Sin siquiera pensarlo, el joven echó a correr hacia el ruido anteponiendo su brazo. Para su fortuna, la fuerte armadura de hierro no había desaparecido, y aunque ahora se le hacía mucho más pesada, lo cubría significativamente de todos los cortes y raspones que sí sufría en las partes descubiertas.

Los sonidos lo estaban volviendo loco; los sauces sollozaban, escuchaba gritos en todas direcciones, gruñidos, y pedidos de auxilio. Solo en un momento estuvo a punto de frenarse y regresar, puesto que escuchó a Flor rogándole ayuda, pero por suerte, otra Flor impostora hizo una llamada similar desde otro punto del bosque.

– Parece que muchos seres intentan engañarme -dijo soberbio- pero esta vez no, una es suficiente.

De pronto, el joven tropezó con un tronco, cayó y rodó varios metros hasta que, por fin, quedó boca abajo en la salida del bosque. Se incorporó como pudo y siguió su maratón hacia la cabaña. Podía ver como una multitud formaba una ronda alrededor de algo, pero no alcanzaba a ver bien desde allí. El griterío era abrasador, y a medida que la distancia se acortaba, el ruido se intensificaba aún más. Ya podía distinguir a Flor en uno de los costados, y a una extraña criatura en el otro, aunque a esta, nadie se le acercaba.

– ¿¡Dónde estabas!? -le gritó Yanah al mismo tiempo que le propinaba una fuerte cachetada.

– ¿Qué está pasando? -el joven ignoró completamente los reproches e insultos y se fue abriendo paso hasta la escena principal.

La sangre se le heló.

A quince metros, un ninja enmascarado sostenía a Kagor del cabello, y con la otra mano apretaba una daga en su cuello. Lo miraba fijo, calmado, pero cada vez parecía apretar un poco más su puñal. Detrás, una espesa niebla negra reposaba tranquila, como una vía de escape sencilla en caso de que lo necesitase.

El misterioso agresor levantó la vista, y miró detenidamente a Emi durante algunos segundos. Los gritos de la muchedumbre cesaron, un silencio sepulcral invadió la atmósfera del lugar, a tal punto que podía escucharse la respiración del invasor chocando con su máscara de hierro.

Flor, que dejaba verse serena, comenzó a sentir que las piernas le fallaban, y aunque era cierto que estaba más nerviosa que nunca, la sensación no provenía de su ansiedad, algo la estaba generando.

– Dijeron que esta pocilga no estaría custodiada -soltó por fin el hombre- No es como si me molestase, pero agradecería que me avisen.

Al ver que nadie comprendía sus palabras, golpeó fuertemente a Kagor en el cuello, quien se desvaneció al instante.

Flor, horrorizada, intentó acercarse a su amigo, pero cayó de rodillas tras intentar dar el primer paso.

– Triste… -desaprobó el ninja, al mismo tiempo que pasaba su dedo por el filo de la cuchilla- O quizás no. Tu amigo dejó la vara muy alta.

Emi no entendió que quería decir con esto, pero sabía que la frase iba dirigida a él. La situación era límite. En cualquier momento el hombre podía lanzarse sin problemas y asesinarlos a todos. La única manera era quizás, luchando ¿Pero ¿cómo? El maldito le había tendido una trampa casi perfecta, usando a su beneficio la profunda frustración que sentía el chico al haber perdido el combate.

– Fue complicado entrar por primera vez, tu resistencia a brujerías es admirable -dijo con una voz ronca, idéntica a las que escuchaba pedir ayuda en el bosque- No creí para nada encontrar un oponente de tu talla en estos míseros poblados. Pero una vez que logro ingresar en tus pensamientos, puedo hacerlo cuando me dé la gana.

El joven, quien se estaba esforzando como nunca, creía poder recordar levemente aquello que leyó en el manual de magia hace unos días. Solo necesita una pequeña ayuda a su memoria, si pudiese releer los primeros tres capítulos, sería suficiente.

«Magia… ¿Dónde estamos?»

– Veo que esto será muy sencillo, así que me tomaré el atrevimiento de presentarme y hacerlos entrar en pánico. Después de todo, soy un psicópata.

Emi no oía las palabras del siniestro atacante, intentaba recordar los fundamentos básicos, puesto que una voz en su mente se la susurraba, pero no podía entenderla aún.

«Luz»

– Myama, hijo de la serpiente -se presentó con una leve reverencia- Nuestro clan está ampliando sus dominios, y sus mejores asesinos fuimos enviados a distintas islas para masacrarlas por completo. Por un lado, para demostrar nuestra superioridad sobre el resto, y por el otro también aprovecharemos al máximo los recursos que consigamos. Aunque esta isla, para ser sincero, no posee mucho.

«El hierro nos quema, quítalo…»

El hombre, llevo su mano izquierda al mentón y tomó por debajo su máscara. Lentamente fue sacándola, hasta que su rostro estuvo desnudo por completo.

– Me gusta que mis víctimas vean mi rostro antes de morir, es lo menos que puedo hacer.

No poseía cabello, y salvo por la dilatada pupila, sus ojos eran totalmente blancos. La lengua, bífida, parecía tener vida propia, puesto al hablar, a veces salía de su boca y se movía de forma extraña. El enorme tatuaje de una cobra le tapaba la mitad de la cara, desde la frente, y seguía bajando por su cuello. Pero, aun así, sus rasgos eran finos, prolijos, nada era más grande de lo que debía ser en un estándar de belleza. Igual de fino que al moverse, aunque, prácticamente no se movía. El sosiego que portaban sus movimientos era suficiente para mantener a todas las criaturas detrás de Emi pasivas, sin alterarlas, incluso cuando un enemigo había dejado fuera de combate a sus dos mejores guerreros.

«Invítanos a pasar»

– En fin, al menos fue entretenido, pero ya dejó de serlo -comentó con la voz algo cansada el ninja, puesto que ya se había aburrido de hablar solo- Lo lamento -continuó riéndose- Nunca es un buen momento para morir.

Al escuchar estas palabras, el chico alzó su guardia lo más que pudo. Todavía necesitaba unos segundos para recordar y prepararse, pero ya no había tiempo. Levantó sus puños y esperó el ataque. Poco podría hacer en esas condiciones, pero no tenía otra opción, aún recordaba vagamente algunas técnicas de pelea para guerreros. Rezaba e imploraba que su amiga pueda levantarse, y quería ayudarla, pero intuía que, si se acercaba, Myama se lanzaría al instante. Solo queda esperar.

El hombre, en un solo movimiento, sacó una daga de su cintura, la giró varias veces en su mano y apuñaló a Kagor, que soltó un quejido ronco, retorció su cuerpo y volvió a reposar.

Al ver esto, todos los presentes rompieron el silencio, y entre un desorden de gritos e insultos, Yanah se hizo lugar entre los dos compañeros y gritó:

– ¡Suficiente!

Juntó ambas manos, conjuró algo indescifrable y puso ambas palmas en el piso. La tierra desprendió una luz verde incandescente, y tras milésimas de segundo, se convirtió en una loba naranja de más de un metro de alto.

En el mismo envión, gruñó ferozmente al asesino y se abalanzó hacia él. El resto de los habitantes, envalentonados por el belicismo de su líder, copiaron el accionar, y tras un grito de guerra, atacaron al invasor.

El ninja, que aún clavaba el puñal en el pecho del enano, soltó su arma y se relamió al ver tantas víctimas entregarse así de fácil.

– Que insolentes… -dijo con una risa enfermiza, luego, un ataque de locura se apoderó de su cabeza- ¡Qué insolentes!

Se incorporó, sacó otras dos navajas de su cinturón, y sin pensarlo, se lanzó hacia la horda de guerreros que corría hacia él.

Yanah, cegada por el odio, saltó frontal contra Myama, abriendo su boca lo suficiente para devorarle el cráneo de un bocado, pero la vasta experiencia de su contrincante frente ataques tan previsibles, hizo que, esto sea un craso error.

Con apenas una finta sutil, esquivó el salto del lobo, lo tomó del cuello y clavó una de sus dagas sombra en la yugular. 

El enorme animal, cayó abatido, desangrándose gravemente. La horda de guerreros se enfureció aún más, y en lugar de socorrer a su maestra, decidieron terminar esto por su cuenta. Myama miraba la escena con la guardia baja. Ese lobo era lo único realmente peligroso de todos estos ataques. Ordenó a la niebla avanzar y encerró a todos sus agresores en una oscuridad total. 

Con ataques certeros y cortes limpios, el maestro de las sombras no tomó más de un minuto para desplomar a todos en el suelo, quienes ni siquiera saben qué los golpeó. 

Con el mismo temple arrogante y altanero, guardó las navajas, miró minuciosamente su túnica, y se puso en cuclillas al lado del único superviviente de la masacre: Kagor.

– Que desastre -dijo sacándose la máscara- Estoy muy decepcionado de ustedes. Mancharon todo el lugar con su sangre, y ni siquiera combatieron aunque sea un poco. Mi túnica está tan limpia como cuando llegué.

Kagor, moribundo y con una daga sombra clavada cerca de su clavícula, inhaló el aire que pudo y soltó.

– Todos saldríamos victoriosos si quitásemos del camino al rival más intimidante.

Myama lo miró con odio, apretó aún más la daga contra el enano y vociferó.

– Nada me intimida de ustedes, absolutamente nada. Es solo un simple novato con algo de talento, asesino comandantes todos los días.

– No me refería a él -rió Kagor, carcajadas que luego se transformarían en un pequeño ataque de tos- Me refería a nuestra guerrera estrella, Florencia.

Al lado de Emi, Flor seguía arrodillada, con los ojos y puños cerrados. Cada uno de sus músculos tiritaba de la cantidad de fuerza que ejercía, tratando de librarse del hechizo paralizador que había lanzado el ninja.

-¿Ella? -preguntó Myama frunciendo el ceño- ¿Es en serio?

-Y te haces el desentendido -dijo el enano, todavía riendo- ¿Crees que soy estúpido? No, no lo soy, pero tú tampoco lo eres, si lo fueses hubieses peleado con ella.

Myama, quien no podía creer la escena, hizo un pequeño ademan con la mano. Instantáneamente Flor cayó al suelo, y en un salto, ya estaba incorporada en posición de batalla. 

Los ojos le ardían de furia, estaba más que lista a entregar su máximo potencial para salvar a Gooh, porque ella, era la más fuerte de la isla, y era el momento para enseñárselo al resto. Pero necesitaba su arma para pelear, y su arco estaba a un par de metros. Debía ser rápida y certera, puesto que, para tomarlo, le daría la espalda a su enemigo. Y, como demostró hace minutos, es considerablemente más rápido que cualquier guerrero del lugar.

Myama la observaba, expectante. Según los brujos de las colinas, solamente el recién iniciado era un problema significativo. Al parecer, el adolescente poseía dotes innatos para la magia. Por lo que, la única medida de seguridad que tomó fue aprovecharse de la enorme falta de experiencia haciéndole creer que su amigo había entrado a su mente. Aun así, en un combate mano a mano saldría victorioso el cien por ciento de las veces, porque su clase «asesino» tiene una clara ventaja en contra de los «magos», que en muchas ocasiones no pueden lanzar efectivamente sus hechizos si no poseen visión del objetivo. Pero ahora, resulta que bella dama, es un rival que temer, ¿incluso más que Emi? La preocupación invadía cada vez más al sicario, por lo que, se volvió a colocar su máscara, desenfundó sus dagas y esperó, nervioso pero paciente, al movimiento de la guerrera.

Flor, se sintió orgullosa del respeto que infundió en su adversario, así que ahora, sobrada de confianza, estaba lista para tomar su arco y hacer del ninja un muñeco de pruebas.

Se agachó levemente para tomar impulso, y ayudada con la palma de sus manos, realizó tres mortales hacia atrás consecutivas. En el transcurso de estas, tomó tres flechas y las acomodó entre sus dedos. Al finalizar el último salto, con un elegante giro, agarró su arco y posicionó las tres flechas en su lugar. Casi sin apuntar, las disparó velozmente hacia el sicario. Todo este movimiento, apenas le había llevado dos segundos.

Myama, un milisegundo antes de que los tres proyectiles fueran lanzados, bajó sus defensas y enfundó sus dagas, disipó la niebla y llevo su mano izquierda a la cintura. Con la mano derecha, tomó las tres flechas en el aire y se las arrojó suavemente a Kagor transformadas en astillas.

Kagor, miraba con cierto pánico la escena, no sabía si reír o llorar, así que optó por hacer ambas.

-Espero que tú te hagas cargo del asesinato de esta niña. Hasta me hicieron poner la máscara -refunfuñó el hombre- ¿Sabes qué? Me hacen perder el tiempo.

-Señor Myama, tenga algo de piedad, es solo una niña algo talentosa que intenta defender su pueblo, déjela ir.

La niebla se volvió más espesa detrás del ninja, desenfundó una de sus dagas y dijo medio desganado al enano.

-Lo siento, pero mi encargo es no dejar ni un cuerpo vivo en esta isla, debo…

Para su infortunio, Myama no pudo siquiera terminar su frase antes de salir volando hacia atrás varios metros al ser impactado por una esfera de energía perfecta.

Emi, quien había aprovechado la ayuda de Kagor para terminar de leer el manual de magia, estaba a pocos metros de la escena central, pero ahora, sus manos y ojos relucían un azul intenso. Decenas de partículas mágicas revoloteaban a su alrededor como la niebla del ninja. Recordaba todo lo que leyó en los días previos, con una exactitud más que admirable.

-¡Eso es perder el tiempo! -exclamó Kagor desangrándose en el suelo- El ego corta cabezas.

Myama resurgió de la niebla con un poderoso salto, ahora sus ojos estaban completamente rojos, y su daga, estaba incendiada en un fuego negro.

«El libro del asesino decía algo sobre el fuego negro, pero no recuerdo qué» Emi intentaba seguir haciendo memoria, puesto que todas las habilidades y hechizos que estaba utilizando el invasor, le retumbaban en la cabeza como viejos recuerdos.

-No puedo haber caído en un truco tan estúpido -se reprochó el ninja- De igual manera, te felicito, en contadas ocasiones he visto lecturas efectivas tan rápidas, más tratándose de la clase más compleja de todas.

Todo el claro quedó en silencio. Myama recobró su postura de combate y la niebla comenzó a avanzar. El joven, por su lado, volvió a generar una bola de energía gigante en la palma de su mano. Las partículas mágicas ahora revoloteaban con más intensidad, advirtiendo lo que sucedería.

Ambos se tomaron un segundo para analizar a su rival, aunque ninguno esperaría el movimiento del otro. Emi no quería esperar a que el ninja entre en sigilo, y Myama, ahora más precavido, quería terminar con todo esto rápido.

El joven tomó la iniciativa, y lanzó la esfera de energía hacia su oponente, aprovechando al máximo el conjuro «Concentración total», que aparte de hacer que las partículas revoloteen alrededor suyo, aumenta considerablemente la precisión de casi cualquier hechizo.

La bola llego hasta el ninja muchísimo más rápido que las flechas, y esta vez, apenas consiguió esquivarla. Detrás suyo, cuando la esfera tocó el terreno generó una fuerte explosión que dejó un cráter en la colina que Emi siempre usa para leer. Si esa cosa lo tocaba, hubiese estado fuera de combate, debía ser incluso más respetuoso que lo que estaba siendo.

-Interesante -dijo en voz baja el asesino, al mismo tiempo que retrocedía a la niebla y se hacía completamente invisible.

El joven gestó otra esfera perfecta y cerró los ojos. Myama era invisible, cuando los asesinos avanzados entran a un terreno oscuro, se vuelven invisibles durante bastante tiempo incluso al salir de la oscuridad, siempre y cuando una fuente de luz no los alumbre directamente. Y en medio de una noche cerrada, acompañado de una enorme niebla negra y espesa, iba a ser completamente imperceptible.

«Recubrimiento energético», susurró Emi, creando una fina capa de energía pegada a su piel que funcionaba como un campo de fuerza. En una baja comprensión, reduce hasta un 25% del daño físico que le pueden inflingir en el siguiente ataque. Con una comprensión mayor, esta reducción aumenta considerablemente. Y, a un nivel perfecto, también refleja un 50% del daño mitigado.

El silencio inundó el lugar, lo único que se oía eran los quejidos de algunos cuerpos moribundos en el suelo. Emi quería salvarlos a todos, muchos de ellos aún no estaban muertos, pero primero debía derrotar al ninja, si no, él acompañaría al resto en un cementerio. Flor, aunque sumida por el miedo, se acercó hasta su compañero y tensó el arco.

-Dudo que sea de mucha ayuda, pero quién sabe -dijo la chica sintiendo algo de vergüenza.

La niebla comenzó a avanzar hacia el joven, devorando a todo lo que encontraba a su paso. Emi desconocía el destino de aquel que sea engullido por esa densa calígine, pero no quería descubrirlo por él mismo.

Cerró los ojos, blandiendo como si fuese una espada su reluciente esfera brillante. Myama no iba a hacerse visible, por lo que su visión era incluso más propensa a engañarlo que a serle de utilidad. La magia le hablaba, no podía entenderla con claridad, pero de a poco, las partículas que revoloteaban alrededor suyo se fueron posando en sus párpados, haciendo que vea puntos de luz en la oscuridad. Querían ayudarlo, pero ¿Qué se supone que estaban haciendo? ¿Acaso aquel punto que le marcaban era Myama? ¿Él no podría saber todo el tiempo qué está pensando el joven?

Poco a poco, las pequeñas luces marcaban una cruz encima de sus párpados, y dos puntos más pequeños.

-Flor -dijo rápidamente- ¿Dónde estás?

-Al tu lado -esta contestación demostraba que los puntos eran sus compañeros. Entonces la cruz sería…

-¡Abajo!

Chilló Emi al momento de ver como la cruz avanzaba velozmente hacia el punto de Flor. Ambos bajaron hasta tocar el suelo con la palma, instantáneamente después, Myama pasó a velocidades casi imperceptibles por encima de su cabeza.

-¡¿Cómo supiste eso?! -gritó Flor en una mezcla peligrosa de pánico y adrenalina.

La velocidad de los jóvenes era muy inferior a la del asesino, la magia había predicho el movimiento que ejecutaría el ninja segundos antes de que lo hiciera.

Al fin lo comprendía. Solamente debía dejarse guiar por estas míticas esencias de luz. Inhaló profundamente y lanzó la bola de energía hacia la cruz.

-¡Arrgh!

Emi, instintivamente, abrió los ojos de par en par, buscando el emisor del sonido. Delante suyo, el ninja tambaleaba con una pierna arrodillada, con su brazo derecho sostenía su hombro izquierdo, del cual salía una cantidad significativa de sangre. El ataque parecía no solo haber sido efectivo, sino que también, muy grave.

-Supongo que tuve que asesinarte cuando tuve la posibilidad -se lamentó- Deberé pagar por mi error, pero recuerda, no será la última vez que nos enfrentamos.

-Voy a disfrutar cada flecha que atravesaré en tu córnea -dijo Flor con el más profundo de los odios, al tiempo que cargaba tres flechas en su arco, y, para no cometer un error en una situación tan favorable, dijo a Emi- A tu orden.

El joven cargó otra esfera de energía en su mano, ahora los ojos le relucían aún más. Miraba a Myama completamente abatido, era tentador volarle el cráneo en una explosión. Pero no debía confiarse. Los ninjas son traicioneros, y uno tan experimentado como este, podía vulnerar cualquiera de sus sentidos con trucos básicos.

-Ayuda a Kagor -ordenó a su compañera.

La guerrera lo miró de reojo.

-Pero Emi…

-¡Se está desangrando! -comenzó a desesperarse- ¡Por favor, yo puedo encargarme de él!

La joven corrió tan rápido como pudo para socorrer a su alumno, intentó vendajes de primeros auxilios y le dijo en voz baja.

-Ya está, Emi asesinará a ese maldito, vas a estar bien.

-A-a… -El enano había perdido mucha sangre, e intentaba decir algo, pero las letras se perdían en un balbuceo eterno, mientras miraba hacia arriba con la vista perdida.

De a poco, Flor notaba como el cuerpo de su amigo perdía las pocas fuerzas que le quedaban. Le costaba mantener los ojos abiertos, mientras levantaba levemente su dedo índice hacia arriba.

-No Kagor -sollozó la joven, quien empezaba a entender, hasta que finalmente, rompió en llanto- ¡No me dejes! ¡Emiliano, necesito ayuda, Kagor se va!

El mago, durante estos segundos, seguía en la misma posición, mirando fijamente a un Myama vencido, que al igual que su amigo, esperaba el inevitable final. El cuerpo era un circuito casi constante de flujo energético, sentía que podía canalizar cuantas esferas mágicas perfectas quisiera. Las palabras de Flor le recordaron que estaba haciendo allí, por lo que, decidido a implosionar el cerebro del ninja, caminó hasta quedar a su lado, donde poder mirar como se desangraba lentamente. Quería verlo sufrir de cerca.

Myama rio, suspiró, alzó la vista, y le dijo mirándolo a los ojos.

-El ego corta cabezas ¿Cierto? -al tiempo que su imagen se difuminaba.

Emi, horrorizado, giró sobre sí mismo, gritándole a Flor que tenga cuidado. Detrás de la joven, una monstruosa cara de un humanoide serpiente se abrió paso entre la niebla, extendiendo su mandíbula de par en par, y lanzándose vertiginosamente hacia el cuello de la muchacha.

Y aquí el adolescente volvía a la misma situación. Miraba en cámara lenta, como su amiga estaba a punto de ser tragada por una abominación asesina. La impotencia de no poder hacer nada al respecto, sumada a la cruel frustración de sentir que él podría haberlo evitado, hizo que expulse toda la magia en su interior y ponga su mente en blanco.

Hasta el día de hoy, Emi cuenta que no recuerda que sucedió, que su cuerpo actuó por sí mismo. Que él no fue quien susurró «Inquebrantable» en el segundo exactamente previo a la muerte de su compañera.

Los colmillos de la criatura chocaron en un chirrido escalofriante contra un enorme escudo dorado que recubría a la pareja de guerreros. Esto fue demasiado para Flor, que se desmayó al momento. Kagor, miraba con una sonrisa la implacable perfección que poseía el conjuro de guerrero que había lanzado su compañero. Y Myama, incluso en su forma final, se mantenía completamente incrédulo, ignorando el intenso corte que le había causado en la boca el golpe con el primer «Inquebrantable» perfecto que enfrentó en su vida.

-¿C…? ¿Cómo?… -balbuceó Myama, ahogándose con su sangre.

El lugar quedó en silencio varios segundos. El humanoide tiritaba, mientras se alejaba con pasos cortos de Emi, sin perderle la vista de encima, señalándolo. Había crecido decenas de centímetros de altura, y ahora, sus ojos eran decididamente los de un reptil. La mandíbula y los colmillos, aunque ahora gravemente quebrados ambos, también crecieron considerablemente ¿Cómo un asesino podía transformarse en eso?

-Eres… un único… -y ahora, intentando escapar más rápido, gritó- ¡Yo encontré un único!

La niebla se acercó a su dueño velozmente para facilitar su escape. Al joven le hubiese gustado evitarlo, pero estaba demasiado confundido como para atinar a hacer algo.

Al que no le faltó tiempo, ni fuerzas para intentarlo, fue a Kagor, que, aprovechando el miedo y despiste de la criatura, se aferró a su pierna.

Miró a Emi, quien tampoco entendía esto, y le sonrió. El chico jura haber visto como caía una lagrima por su mejilla. Otra vez, escuchó una voz dentro de su cabeza, pero esta era amigable, reconfortante, una voz que hubiese entregado hasta el último de sus conocimientos para escuchar una vez más: «Cuídate chico, espero que los hilos del destino crucen tu leyenda conmigo. Uno nunca espera que pasen estas cosas, pero no te sientas culpable. Como dije, hay destinos que ya vienen sellados». Luego de escuchar esta última frase, contada por una voz ronca que parecía finalizar un relato, su cuerpo comenzó a brillar intensamente de un azul claro. 

Myama, que no podía soltarse del férreo aprisionamiento del enano, miraba espantado como ambos se desintegraban por completo en un fuerte estallido de energía pura.

El canto de los pájaros anunciaba un nuevo amanecer en Gooh, dando así comienzo al séptimo día del joven. Pero esta vez, un mar de cuerpos, sangre y llantos cubría toda la isla. 

El chico se sentó en la roca más próxima, y, mientras esperaba que Flor termine de reaccionar, intentaba dilucidar que había sucedido la noche anterior, puesto que todos los recuerdos que poseía, eran tenues, como si se tratasen de un sueño.

Cuando finalmente la guerrera se puso de pie, preguntó por el mago enano, y al ver la negativa de Emi, se tapó la boca con las manos y rompió en llantos.

Por suerte, hubo más supervivientes de los esperados, muchos de ellos con heridas casi irreversibles. Pero, los traumáticos fallecimientos, entre otros, de los fieles Yanah y Kagor, dejaron llagas a carne viva en cada uno de los habitantes. Sobre todo, en Emi, quien luego de los sepulcros, se sentó al lado de la tumba de Kagor y habló con él durante horas, hasta caer en un llanto desconsolado.

-Emi… ven a la cabaña -le rogó Flor, que ya no sabía cómo tranquilizar al mago. El anochecer cerraba la dura jornada de entierros. Y aunque nadie tenía apetito, la cena ya estaba servida.

Con la cabeza entre las rodillas y sollozando, el joven no podía entender como esta escena le tocaba fibras tan sensibles del cuerpo. Sentía haber fracasado, y que gente inocente pagó por su falta de capacidad. Flor, quien notó esto, supuso que no tenía más opción que decírselo, era la única forma de encender por completo el espíritu de lo que parecía ser, uno de los guerreros más importantes de la historia. Un único.

-Aún… aún hay forma de traerlos de vuelta.

Inmediatamente, el llanto de su compañero cesó. Se incorporó, sacudió su camisa, y en una frase firme dijo mientras caminaba hacia la cabaña.

-Cuéntame.

FIN CAPÍTULO 5.

 

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