EN OTRO MUNDO - Capítulo 42 – Recuerdos de un pasado lejano IV
— Me, mez… ¿mezclarme? ¿cómo? —preguntaba Odelisse mientras trataba de digerir el estado en el que se encontraba.
Ella estaba naturalmente asustada, aunque era difícil de explicar y aunque ya no sentía emociones físicas, esto era algo desesperante y aterrador.
“Solo eres un pequeño fragmento de un alma que nunca se debió de haber roto”, esa frase resonaba fuertemente como si de un cuchillo se clavara en su mente.
— “Oh querida” no temas, no es más aterrador de como lo fue tu vida, mira te explicaré;
Un alma fragmentada puede dividirse por razones que están más allá de lo que es previsto para cada mortal, cada fracción del alma es un todo y a la vez uno solo, cada pedazo es independiente y puede hallarse en lugares diferentes, son almas rotas que sufren por separado, unas más lamentables que otras porque en el fondo sienten que algo les falta, en tu caso “felicidad”.
Si un mortal es un grano de arroz en este vasto universo un alma incompleta no es ni siquiera una mota de polvo pero aun así existe aunque es difícil de ver, así que para ser de regreso ese pequeño grano de arroz solo tiene que pegarse a él para que le puedan observar y así considerarle una existencia.
Lo que trato de decir es que la otra parte de tu alma está en otro lugar, otro cuerpo y debes recuperarla.
¿Sencillo no es así?, o como dije antes ¿prefieres pasar el resto de la eternidad en el limbo?
Silencio…
— Aunque debo de admitir que te toco la parte más pequeña del alma, tal vez por eso fuiste tan miserable — le hablaba mientras acariciaba sonriente su pequeña barbilla.
— ¿Podré ver a mi hijo? —decía mientras sus labios temblaban.
— No es seguro pero tal vez sí —le respondía mientras la miraba con un poco de simpatía.
— ¿A dónde tengo que ir?
— “Nero” —llamaba al pequeño ser mientras le daba a la joven una misteriosa sonrisa.
— ¿Si amo?
— Lleva a la jovencita un momento afuera, espérenme en las puertas de hierro.
— Como ordene mi amo — caminaba el ser oscuro junto a Odelisse mientras la observaba con ojos desdeñosos.
— “¡Sal de ahí!”, pensaste que me tragaría el cuento de la casualidad.