Pequeña Quin Capítulo 259

Modo noche

– ……… – estrechó sus ojos, sintiendo la amenaza implícita – ¿Y qué sucederá si lo hago?…

– Cosas terribles… que no puedes adivinar…

~Glup

Inconscientemente tragó saliva, sintiendo por primera vez una presión sofocante saliendo de sus palabras, incluso sin cambiar sus serenos modos. Pero ella no era una que estuviese dispuesta a sentirse intimidada.

– Actúas muy protector, pero no eres más que otro manipulador, después de todo lo que le has hecho a su cuerpo…

– ¿Mmm? – inclinó su cabeza – Siento que estoy siendo acusado injustamente…

– No te hagas el inocente. Su armonía elemental no tiene sentido, es ilógica, y no hay modo de que no tengas algo que ver con eso… – replicó.

– Aquello que llamas lógica es algo moldeado por el conocimiento. De la extensión de sus habilidades, no soy responsable más que de propiciar el empujón necesario para su desarrollo…

Ella lo miró seriamente intentando dilucidar cuánto de verdad había en esas palabras. No parecía dispuesta a creerle, o al menos mantenía ciertas dudas.

– En cualquier caso, debes saber cómo es posible…

– Pequeña… – ignorando su pregunta – Portas un tesoro suficientemente envidiable para el mundo, ¿Por qué tanto ahínco por más?

– No eres tonto para no entenderlo. Tú mismo has llegado tan lejos, pero sin duda piensas hacer uso de ella…

– ¿Uso? – sacudió la cabeza, con expresión decepcionada – El camino de un maestro es tiniebla para tus ojos. Aun así… existe alguien con tales intenciones… alguien que acusa lo que a su vez planea.

– ¡………!

Un breve conflicto surgió en sus ojos al no ser capaz de replicar esas palabras. ¿Tenía intención de utilizar a Quin para sus fines? Por supuesto que sí. Antes de que lo haga otro peor… un sacrificio necesario para lograr sus metas. O eso es lo que intentaba decirse.

– Y con este secreto que buscas en mi discípula… ¿Qué es lo qué harías? – continuó, interrumpiendo sus pensamientos.

– ¿No es obvio? Le daría el uso que se desperdicia en alguien como ella…

– ¿Y con qué fin? – insistió sereno.

¿Con qué fin? Claro que tenía sus propios intereses, pero las cosas aun estaban lejos de ser como ella quería en más de un sentido.

– Chst… ¿Por qué debería decírtelo? De todos modos, nada de esto importa ahora… – rechazó.

– ¿No importa porque está bajo mi ala?… – extendiendo un dedo hacia un punto en su pecho – ¿O por las cadenas que lo impiden?…

– ¡………!

Como siendo golpeada en una herida sensible, Ákina apretó los dientes viendo ese dedo y sus puños se cerraron involuntariamente.

– Sí lo entiendes… ¿Para qué preguntas? – tono irritado.

– Entonces… supongamos que fueses libre… ¿Cuál sería esta motivación subyacente?

– Ya he dicho que no im…

Sus palabras se desvanecieron en el aire al ver a Lehm levantarse repentinamente de la silla. No era particularmente alto, pero cuando la enfrentó con sus manos detrás de pronto sintió como si un muro infinito presionara sobre ella.

Mientras una voz dominante llegaba a sus oídos, dos lunas heladas atravesaron sus rojas pupilas, y tal vez todo el recorrido hasta su propia alma.

– Niña… estoy haciendo una pregunta. Con ese conocimiento… ¿Qué harías?

Silencio.

A pesar de su habitual ímpetu, por un momento se vio totalmente dominada por su presencia. Tenía la extraña sensación de que algo acababa de atravesar el eje de su propia existencia, y más que una respuesta se le estaba demandando una importante decisión con impredecibles consecuencias.

Entonces de repente estrecho sus ojos con expresión resentida. Nuevamente estaba siendo presionada por un poder más allá de su alcance, nuevamente sometida e incapaz de manejar su propia vida.

Haciendo un gran esfuerzo para imponerse sobre esa mirada, se plantó con firmeza para responderle el contenido de sus pensamientos.

– Si tuviera ese conocimiento… lo usaría para volverme más fuerte. Tan fuerte que nunca más pueda ser usada por otros… y, entonces, ¡Me encargaría de patearle el trasero a los falsos dioses con todos sus caprichos!… – señalándolo con desafiante mirada y agitada respiración.

Silencio.

Pese a su airada explosión, la expresión de Lehm se mantuvo impasible por varios segundos frente a ese pequeño y rebelde volcán. Con ojos fríos observó tanto sus actos como mucho más allá de lo que otros podrían comprender.

¿Qué es lo que pasaba por su mente? Una pregunta que rondaba a Ákina mientras le sostenía la mirada el largo tiempo que duró su silencioso escrutinio. Entonces vio como la comisura de sus labios se elevaba y formaba nuevamente esa molesta sonrisa.

– Bien…

– ¡………!

Antes de poder reaccionar, el dedo de Lehm se había movido todo el camino hasta atravesar su pecho y una fuerza ingobernable la invadió de pronto.

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