Pequeña Quin Capítulo 76

Modo noche

– Woooooh… eso suena genial… espero que el maestro pueda llevarnos de paseo allí… – dijo Quin, emocionada, ajena a lo tenebroso de la explicación.

– Esto… bueno… – dudosa – no estoy criticando a tu maestro, pero yo no pondría demasiadas esperanzas en ello. Desde que la zona central apareció, eso no ha cambiado. Mi propio padre le teme.

– Hmpf… veremos… – poco dispuesta a reconocerlo.

– Como sea – siguió – la única zona realmente explorada es la zona norte. Es un lugar caótico… Sin ningún “rey” u orden, está plagado de bestias poderosas, agresivas y territoriales. La vegetación también es exótica y misteriosa… incursionar al azar puede ser tan emocionante como letal. Cada imperio controla pequeñas áreas seguras, desde donde se adentran en busca de recursos y tesoros. Así se detectó la aparición simultanea de 3 grandes tesoros. Todos los grupos de poder han aceptado competir y promover la experiencia de los más jóvenes. Por supuesto, la batalla por los tesoros principales será para los expertos.

– ¿Así que allí desembarcaremos?

– No. Hay una cuarta zona. Lo llamamos “la cadena”. Aunque la zona central divide la isla, hay un camino sobre el mar que une ambos extremos. Una masa de tierra con unos cuantos kilómetros de ancho y cientos de largo. Las bestias no cruzan, y es el sitio ideal para desembarcar.

Mientras llegábamos podían verse interminables acantilados, haciéndose más grandes hasta opacar el enorme barco. Por momentos se sentía como si miles de ojos se enfocaran en nosotros desde arriba.

Luego de alcanzar y bordear “la cadena”, llegamos al área de desembarco. Pudimos ver por primera vez huellas de actividad humana. No era extraño, considerando que otros grupos deberían haber llegado antes.

– ¡Hermano!… ¡Mira!… ¡Allí!… ¡Maestrooooooooooo! – gritó Quin, emocionada.

A unos cien metros de la costa, en una roca, estaba sentado tranquilamente un personaje inconfundible. Con sus inmaculadas ropas de tonos blancos, leía un libro sin prestar atención a su entorno. Nada de eso era nuevo… aunque verlo otra vez traía emociones encontradas.

Lo realmente anormal del caso era su acompañante. Descansando cómodamente a su lado, un hermoso lobo de las nieves levantó vagamente su cabeza al notar nuestra llegada… la bajó tan rápido como la subió y siguió lamiendo su mano, ajeno a todo. Aunque no sabía en que momento obtuvo esa bestia, tenía que reconocer que sus apariencias se complementaban, como hechas a la medida.

Apenas se habilitó el camino hacia la costa, mientras todos se bajaban tranquilamente, Quin salió disparada como un tigre hacia su presa. La seguí.

– Maaaaa… esssss… troooooooooo – grito, mientras cubría la poca distancia entre ambos. La bestia se levantó y miró a Quin algo molesta.

Entonces, pudimos ver mejor al animal. Era realmente hermoso… o hermosa, mejor dicho. Su abundante pelaje blanco y brillante, sus ojos grises, su porte elegante… todo indicaba que era un espécimen de exquisito linaje.

– Wooooooohhhh… – Quin cambió la dirección final para lanzarse en un abrazo a la loba – eres tannn lin… da… – golpe.

A último momento, la loba se corrió un paso al costado y Quin cayó de bruces contra el piso. La miró desde arriba, como quién mira a un tonto.

El llanto esperado no ocurrió. Quin se quedó quieta, y de repente se levantó, con la cara sucia… miró fijamente a la loba y sin aviso saltó otra vez a abrazarla…

Toc…

Otra vez se corrió a último momento, y Quin tropezó, pero se frenó con las manos. Parecía un dúo cómico. Lehm había dejado la lectura y miraba la escena con simpatía.

– ¡Maestro!… ¡Su mascota es muy cruel!… – se quejó.

Lehm sacudió la cabeza.

– Es bueno verlos bien – sonrió, en saludo – pero esa no es mi mascota – aclaró.

– ¿Eh?… ¿Entonces?… – confundida.

– Eso es… – pausa – tu regalo.

Silencio.

Mientras la loba resoplaba ante la declaración, Quin intentaba procesar la información. Su mirada iba y venía de Lehm a la bestia, volviéndose más extraña cada vez.

– Emm… maestro… no veo sus alas… – comenzó su descargo.

– Lo se…

– ¿Crecerán pronto? – aventuró, intentando mantener la calma.

– Técnicamente, no – negó.

Quin frunció el ceño. Incluso yo estaba en pérdida de palabras por la confusa situación.

– Maestro… tampoco parece un dragón – siguió.

– Bueno… ciertamente… parece una loba de las nieves… la más bella, por cierto… – dijo. Su tono parecía tener un tinte de orgullo.

– Buuuuu… pero… aun así dices que… ¿esa es mi princesa dragón…? – miró con reproche a Lehm.

– Efectivamente… – confirmó, sin cambiar de expresión serena.

– ¡Maestro!… ¡Lo prometiste!… ¿por qué destruyes los sueños de una dulce pequeña? – exclamó, indignada.

– Jaja… – frotó su cabeza gentilmente – Por supuesto, lo he dicho. También que sería muy problemático y el resultado podría no ser como esperabas. Para empezar, pasear con un dragón a tu nivel es algo imposible, y estabas al tanto.

– Pero… pero… ¡pero!… no entiendo… – se quejó, reacia.

– Que no puedas entenderlo, no implica que haya incumplido mi palabra – reafirmó – Solo necesitas tratarla muy bien… que algún día cumplas tu sueño completo… depende de sus deseos, no de los míos – mirando a la bestia – Además… ¿no te gusta?

Quin se quedó un tiempo, pensando… por supuesto que le gustaba… le gustaba mucho… pero no era ese el problema…

De repente, sus ojos se iluminaron.

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