Pequeña Quin Capítulo 95 – Sobre los cambios que cambian.

Modo noche

– Eso espero… – animó – me has convertido en un hombre ocupado por ello… – suspiro, resignado.

– Jiji… tranquilo, maestro… me encargaré de que no le pase nada…

– Tu hermano tuvo un acierto… Primero, deberías pensar en protegerte … – aclaró – Aunque no ofrezca una gran fuerza, ella es perfectamente capaz de sobrevivir por su cuenta…

– Eso también está bien…  no esperaría menos de mi princesa… – asintió – por cierto… – hizo una larga pausa, mientras su expresión se volvía poco a poco más solemne. No había más sonrisas en su rostro, y en sus pupilas se veía conflicto… y temor… como si algo hubiese estado rondando en su mente y tomara un gran esfuerzo expresarlo – … ¿Me has dado estos talentos… o vine al mundo con ellos? – dijo, mirándolo a los ojos.

Tras una breve sorpresa, Lehm suspiró por lo bajo… Parecía entender muy bien los entresijos de su mente, y la usual sonrisa serena fue reemplazada por un gesto serio y reflexivo.

Señaló a su costado y apareció una silla elegante.

– Ven… – Dijo, sentándose.

Quin inclinó la cabeza, dudosa, pero se acercó obedientemente. Sentada en su regazo, apoyó la espalda en su pecho, formando una imagen armoniosa y pacífica.

Pese a su gran intelecto, aún era una niña de 9 años,

– Mira… – dijo, tomando sus pequeñas manos y poniéndolas hacia arriba, dentro de las suyas – en el constante caudal del tiempo… siempre sucederán cosas dolorosas… aquello que hiera nuestra alma y corazón… – balanceando sus manos suavemente, como el fluir de un rio – aquello que nos resulte insoportable… o, simplemente, nos impida sentirnos en paz…

– Mhm… – asintió, por lo bajo, en tono afectado. Ya había obtenido una respuesta – cuando eso suceda… ¿Qué debo hacer? – preguntó. Una pequeña lágrima atravesó su tez, incapaz de soportar su propio peso.

– Devóralo… – efusivo – aliméntate del dolor, nútrete de él… no dejes que sea en vano. Si es una carga en tus manos, construye con ella. No lo evites, o lo ignores… si puedes usarlo… – acarició gentilmente sus palmas con el pulgar – y, luego del dolor, levántate y recuerda… no puedes cargar aquello que no has levantado – mostrándole sus pequeñas palmas abiertas – ¿comprendes?… No importa cuantas veces pudiera elegir… sin duda, tu madre estaría feliz de tenerte, cada vez… Debes honrarla, creciendo fuerte y sana, sin cargar con algo que nunca estuvo en tus manos.

– Snif… Yo… enmmtendo – balbuceó, entre lágrimas cada vez más abundantes – le pdometí… snif… zed una niña fediz… – levantando sus puños para secar sus lágrimas – pero, laz lágimas no padan…

Esa pequeña, vivaz y soñadora, era demasiado inteligente para su propio pesar… Hace tiempo, se preguntaba en silencio… ¿Por qué su madre sufría desde que ella nació?… ¿Acaso había hecho algo malo?… Solo podía esforzarse por vivir acorde a sus últimos deseos… “Mi pequeña niña… vive libre, vive feliz… tu sonrisa, es todo cuanto tu madre pudo desear…”

– Shh… shh… – calmó, acariciando su cabeza – no hay nada de malo en llorar cuando estás triste… por el contrario, al próximo día, entenderás un poco más sobre la felicidad… Eso también es otra forma de crecer…

– Buu… buaaaa… – se giró, presionando su cabeza en el pecho de Lehm y abrazándolo, para llorar en tono ahogado.

Confirmados sus miedos, lloró en los brazos de su maestro, hasta quedarse dormida.

Tal como él dijo… pronto despertaría, para encontrarse frente a una encrucijada… ¿Podría ella dar el paso correcto y renovar su espíritu?… Esa pequeña, siempre valiente y libre… sin duda, se alimentaría y crecería con ello… después de todo… comer era su especialidad.

 

 

Viento… cabellos que bailan, al ritmo de su música… música que atraviesa sus ropas, su cuerpo, en una cálida y agradable sensación.

¿Estaba volando?… ¿Hacia dónde?… ¿Desde dónde?… ¿Por cuánto tiempo?… Esa cálida sensación encontró un vil enemigo… gotas húmedas que corrían por su rostro, interrumpiendo la música, interrumpiendo la paz… casi podía escuchar el rugir del viento, molesto.

– Oh… – tocó sus mejillas, y sintió esa fría e inequívoca impresión – ya veo… estoy… llorando… ¿por qué debería?… – se preguntó, confundida.

Se apoyó en el suelo, mirando alrededor. Todo era confuso y confuso… un mar de niebla y vagos contornos… un movimiento esporádico… un latido constante… miró hacia abajo y pareció recordar, fugazmente… esa superficie blanca e irregular…

– Mmm… eres tú, de nuevo… – se recostó en posición fetal, dejando fluir sus lágrimas, y puso su oído contra la superficie, sintiendo sus pulsaciones – eres realmente cálida… princesa…

Así, dejó pasar el tiempo, sin pensar en nada… le gustaba esa paz… esa calidez… con sus ojos cerrados… la música del viento retomó su ritmo y se mecía como queriendo acunarla…

Un dedo en su mejilla… o ¿su imaginación?… decidió ignorarlo… pero, otro dedo la pinchó juguetonamente, obligándola a reaccionar…

– ¿Mmm? – abrió sus ojos lentamente, curiosa.

Allí no había nada… ¿o si lo había?… Abrió más grande sus ojos… pero, no importaba cuanto esfuerzo pusiera, seguía sintiendo que había una figura frente a ella, pero a la vez no…

– Oye… ¿Hay alguien allí?… – preguntó al aire.

Luego de un tiempo, en ese entorno distorsionado, una fantasmal silueta femenina se vislumbró.

Cualquiera se asustaría… pero no ella… había algo sumamente agradable en esa presencia.

– ¿Quién eres?… – indagó.

La silueta abrió su boca, pero ningún sonido acompañó la acción.

– No puedo oírte… – insistió, incorporándose y acercando su oído.

– ¿Po…e llo…as…? – finalmente, unas palabras distantes llegaron… pero se perdían, como una pintura difusa y añeja, que, de algún modo, aún podía comprender.

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