Dawn of Man – Capítulo 21
Capítulo 21
Nathan se acercaba a ella quien le miraba ahora sí, con mayor temor que antes.
Supo a lo que se refería cuando le dijo que tenía una mejor forma de hacerle hablar. Pero antes pensaba que le iba a torturar antes de notar que sus manos no iban con la intención de golpearla sino a manosear sus pechos, cosa que su sensación fue algo que no esperaba pero tampoco iba a dejar que este hombre le tocara como le hacía.
Se separó de su agarre y le miraba con los ojos ahora lleno de ira al peliblanco e intentando liberarse de los tendones usando todas sus fuerzas.
Él notó esto. No iba a hacerle algo malo… o quizás sí. Pero su pensamiento final fue hacerle aquello: manosearle. Su reacción fue justamente lo que esperaba: enojo e ira.
“Bueno… Era eso o violarte… parece que apenas tocarte ya hizo que te pusieras de esa manera… que tierna” Dijo eso con una sonrisa. En su mente, no estaba la idea de violarla realmente. Lo pensaba detenidamente y no iba a dejar que el salvajismo se apoderara de él pero… Uno no sabía eso. “Ahora, ¿me vas a decir sobre ustedes sí o no?”
“…” Hizo silencio. La idea de que él supiera hablar su lengua le afectaba todavía pero, lo que más le estaba asustando que era realmente capaz de hacerle daño pese a que no supiera nada por ella. Suspiró y se calmó un poco. “Nuestra tribu, la tribu que atacó, es una de las tribus que utilizan las pieles de nuestras comidas como botín”
“¿Una de las tribus que usan pieles de personas?” Ella asintió y Nathan empezó a mirarle con asco y con algo de horror. “¿Los demás están en contra de ello?”
“No todos. Algunos están orgullosos de portar las pieles de sus comidas. Dependiendo de la persona, genera más respeto siendo tu gente a la que le daría una enorme valoración por las tribus más fuertes si portamos tu piel. Por otro lado, aquellos que no están a favor de usar pieles humanas, se tienden a usar pieles de los animales aunque la carne, bueno, eso ya es otra historia”
Esperaba lo de comer gente pero, ¿usar sus pieles? No, eso ya era otro nivel de salvajismo incluso para él mismo. Pensaba que si iba casi sin considerar su propia vida, estaría siendo la piel de alguna persona que le quiera matar.
Tras unos minutos de pensar, la prisionera había podido liberarse de los tendones que le tenían atrapada. Tenía una lanza a un costado de ella y tampoco estaba por dudar usarla. Al tomarla, ya tenía divisado su objetivo así como lo que iba a hacer con dicha arma. Se la iba a tirar y que impactara en el pecho, eso lo incapacitaría.
Pero, no contaba con el hecho de que a pesar de que al hacerlo iba a morir por el tigre, justamente el animal y había visto la secuencia de ella al liberarse y tomar la lanza sabiendo que Nathan, estaba pensando y en su propio mundo.
Ahí es cuando Nathan se dio cuenta al escuchar que Tora estaba rugiendo en la cara de la chica que había capturado. Miró que ella estaba con las manos libres y con una lanza en mano. Aparte, tenía a Tora que le tenía encima, rugiendo y mostrando los dientes preparada para destrozarla por completo a lo que le dio la orden de que se baje de encima.
“No te maté porque me parecías bella. Ahora, no hay ya segunda oportunidad” Desenfundo su espada y la clavó directo en su corazón acabando con su vida en seguida. “Que pena” Fue lo que dijo. Suspiró y como si nada, acarició a Tora. “Gracias pequeña, es hora de irnos” Se montó encima y se adentraron ambos más en el territorio arenoso. Ahora, descubriría más acerca de lo que era realmente el desierto.
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Hoy se cumplirían al menos casi 4 meses desde que Nathan había dejado la cueva para irse a explorar.
El invierno ya había pasado y como tal, volvieron a llevar todas sus cosas de nuevo en donde estaban viviendo. La nieve ya estaba derretida y el clima mostraba un gran sol con una buena temperatura.
Las pieles que usaban para abrigarse ahora las tendrían que usar para otra cosa, principalmente guardarlas para el invierno de otro año o cuando el frío se haga presente otra vez.
En este momento, en una choza determinada, Elisa se tomaba la cabeza un poco mientras trataba de recapitular y recordar lo que acaba de escuchar. El anciano, su abuelo, se encontraba sentado a un costado de ella, mirando a su nieta tomar su cabeza un poco.
“¿Te encuentras bien Elisa?” Le preguntó. Alzaba sus cejas al ver como realmente ella podía hablar o apenas pararse. Decía que le dolía la cabeza pero por cómo la veía, sentía que podía haberse enfermado. Rezaba internamente de que no fuera una enfermedad.
“Me duele un poco la cabeza… Creo que lo que he estado escuchando últimamente es algo que me dan ganas de golpearme hasta morir”
“¿Oh? ¿Sigues todavía sorprendida de que haya gente que le caiga bien el peliblanco?” Su pregunta que hizo era en cierta medida, cierta.
Resulta que cuando terminó el invierno, unos días después de que se habían establecido de nuevo en donde habían estado, unas personas vinieron del otro lado del bosque, diciendo que si este era el lugar donde venía un muchacho peliblanco alto y pelo largo. Esa descripción hizo que Elisa, en ese momento, se pusiera a pensar y a describir un poco si hablaban de dicho peliblanco.
La respuesta fue que sí e hizo que ella resoplara.
La idea de que no estuviera fue buena, no le caía bien para nada. Que viniera gente diciendo que este peliblanco era alguien muy bueno así como que ayuda a otros sin buscar nada a cambio, sonaba a una estafa. No creía que él fuera tan bueno pero, de todas formas, no podía rechazar a la gente que llegaba.
De todas formas, no eran muchos, eran algunos. Contarlos llevaría a que eran en total 30 personas.
De las personas que habían llegado cuando estaban restableciéndose otra vez, era una chica que seguro tenía su edad. Cabello blanco y una tez algo oscura. Llevaba un vestido de piel de tigre que llegaba hasta sus rodillas y pudo notar que esta tenía un poco hinchada su panza.
Más allá de eso, no iba a decir que no a las nuevas personas que venían. Es más, estaba más que encantada con contar con más personas para realizar diferentes tareas. Esto permitiría que la carga de trabajo de algunos disminuya.
Por otro lado, en su corazón, estaba expectante de lo que estas personas podían también aportar, ignorando si estas eran buenas o no. Necesitaba gente por la gran cantidad de armas que habían hecho.
Cuando el invierno terminaba para ellos, semanas después era posible que las disputas que tenían con las tribus que estaban en los alrededores, un poco lejos de donde ellos se encontraban, era posible que pelearan de nuevo.
Por eso, Elisa pese a sus pensamientos de no querer y aceptar a nadie más, debía hacerlo por esta vez.
Ya siendo casi dos meses desde que el invierno terminaba, todos ya estaban acomodados y estaban viviendo una vida relativamente buena.
No había escacez de comida, al contrario y por razones que la gente no comprendía, los animales a los alrededores empezaban a aparecer más seguido de lo normal.
Cabe destacar que algunos pensaban que esto era un milagro y otros, apelando al sentido común, algo impropio de la era que estaban, decían que se debía a la terminada helada que atravesaron en la cueva por lo que, los más fuertes cazarían y los más débiles se esconderían.
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Algo que no contaba Liz era que las personas, pese a decir que conocían a Nathan, estos llegaran a tratarlos un poco diferentes. Sí, los demás le conocían y le respetaban pero, al parecer a ella, por cuestiones que ella asume que tiene que ver por su raza, no era bien recibida.
Su padre Dean, al contrario de ella y los demás miembros de lo que era su antiguo hogar, eran muy bien recibidos. Eran fuertes, sanos y estaban más que dispuestos a ayudar pese a los pocos que llegaban a ser.
Lo único bueno, si se puede llamar de esa manera bueno, fue que pudo conocer personas que realmente no le importaban su raza. También, estas personas ayudaban a una Liz que, en modo de broma, le decían que estaba gorda, broma que no se lo tomaba para nada bien.
Suspiraba y tenía que aguantar que incluso su padre bromeara con ello cuando volvían a su choza para dormir por la noche. Noches que, no podía evitar pensar en el peliblanco. La melancolía en sus ojos y la tristeza en sus ojos se podían notar si se le mirara de cerca. Borró sus pensamientos tristes y se durmió, esperando el día que esta persona volviera con ella y permanecer juntos.
En los próximos tres días, la tribu recibió una inesperada visita de algunas personas de las cuales, destacaba un joven con pelo blanco corto y una cara que podía verse que tenía marcas negras debajo de sus ojos así los ojos un poco rojos. Llevaba consigo una pequeña bolsa de cuero y, curiosamente, llevaba encima dos crías de gatos en ella.
Los otros, eran precisamente de una de las tribus que venía a verlos, pidiendo con antelación y avisando más que nada debía entregar parte de sus cosas como tributo a su jefe. De no hacerlo, estos claramente no escatimarían en atacarlos, robar sus cosas y violar sus mujeres. Las otras personas acompañaban a este para inspeccionar a los que vivían allí y dar un pequeño informe a su jefe de tribu.
Se fueron luego de eso pero, el peliblanco se mantuvo allí pidiendo hablar con el líder de la tribu por tener una necesidad de hablar con él. La persona a la cual le había preguntado, preguntó su razón y dijo que este era un viejo conocido.
Fue llevado hasta la choza (ahora ya más parecido a una tienda) del líder y entró primero para pedir una pequeña audiencia con él, consiguiéndola y advertirle que, la nieta del anciano odiaba a los peliblancos, haciendo que se riera. Le agradeció y entró.
“¿Tú eres el que nos está buscando?” El anciano estaba mirando con la poca visión que le quedaba. Cabe decir que, su estado empeoraba con el paso de los días pero seguía manteniéndose fuerte por el apoyo de su nieta. Un peliblanco alto y con una pésima cara entraba junto con dos pequeños gatos en un bolso de cuero queriendo salir de allí.
“Espero que no moleste sí dejo que mis pequeños paseen un poco por su hogar” Se sentó y dejó a sus gatos que caminaran por el lugar sintiéndose atraídos por la joven de pelo negro que a pesar de sentir un disgusto al ver al peliblanco, no pudo resistir la ternura de esos pequeños gatos. “Y sí, soy alguien que quiere hablar con usted sobre algo. ¿No han visto a un muchacho de pelo blanco largo últimamente?” Le preguntó a ambos.
Se miraron entre los dos, el anciano y la joven, sin saber cómo pueden responderle sin decirle que la persona que buscaba no se encontraba aquí y que, era posible que nunca lo volvieran a encontrar.
“¿Cuál es tu asunto con él?” Esta vez, la joven de pelo negro habló y preguntó acerca de su propósito. Mientras tenía en mano a los gatos, sus ojos no miraban de una buena manera al peliblanco que tenía, haciendo que este se riera un poco. “¿Qué te es gracioso?” Su tono cambió y ahora usaba una voz más gruesa. Sentía que se burlaba de ella y, entonces, ¿por qué ser buena con alguien que parece que sólo se ríe de ti?
“Nada, nada. Pensaba que estaba él por aquí, eso me dijo antes de decirme que vendría a una tribu de se encontraba pasando un enorme bosque. ¿No es aquí entonces? Qué lástima” Suspiró un poco y miraba a la chica de pelo negro quién tenía sus pequeños gatos. “¿Puedes darme de nuevo a mis gatos?”
La chica dudó unos segundos. Se había encariñado con los pequeños felinos rápidamente y vaciló unos momentos pidiendo que se quedara, pese a su rechazo a él.
El peliblanco cerró los ojos unos momentos y suspiraba. Se rascaba un poco la cabeza para luego mirarla a la cara seriamente. “Dame a mis pequeños gatos” Incluso se acercó hasta a ella para tomarlos. No quería que se quedaran de momento. Tenía que llevárselos con él.
No le quedó otra cosa que dárselos. Lo miró a la cara mientras se levantaba dónde estaba sentada sólo para notar una pequeña cicatriz en un lado de su rostro y, mirando su torso unos segundos, por encima de su abrigo de piel, una enorme cicatriz pudo ver.
La única persona que tiene tales marcas es Nathan pensaba. “¿Nathan?” Dijo con algo de incertidumbre. Lo había dicho por decir sabiendo que no podía ser él. Pero, esas marcas eran claramente de una persona y ese peliblanco no podía ser otro que él.
El peliblanco no dijo nada por unos segundos. Pestañeaba en todo momento sólo para sonreír un poco y quitarle los pequeños gatos e irse de allí no sin antes decirle a ambos: “He vuelto”
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