Dawn of Man – Capítulo 5
Capítulo 5
Los dos lo llevaron con los demás, quienes se encargaban de curtir las pieles y realizar tareas con las pieles de los animales y la manutención de las armas que disponían para cazar y defenderse.
La sorpresa tanto de las mujeres y hombres, algunos niños y el anciano de la tribu era tanta que sus mandíbulas se les podría caer y llegar hasta el suelo con lo que veían.
Una persona de pelo blanco siendo cargado por dos personas, llevando en su pecho una herida extremadamente enorme, cubriéndole completamente. Las heridas de sus extremidades no se comparaban con la de su pecho pero de todas formas eran aún mal vistas. ¿Qué habrá pasado con él para estar tan herido? ¿Cuántos animales o personas podían hacer tal daño? Nadie sabía, podían especular con ello.
“Anciano, hemos venido a dejar a esta persona” Lo apoyaron enfrente de todos en el suelo con cuidado porque seguía vivo. Nadie creía que estuviese vivo y tenían razones para creerlo muerto. Pero los dos negaron eso, esta persona seguía viva a pesar de todo.
“¿Has traído a alguien casi muerto con nosotros?… ¿Por qué? ¿Es más importante que buscar comida?” Cada palabra del anciano que escupía fue cierta. ¿Por qué debían dejar de lado la comida para traer a ellos alguien que apenas podía respirar?
“Pensaba matarle para acabar su sufrimiento pero tomó mi muñeca con fuerza cuando me acerqué lo suficiente y pidió ayuda. Mira, esta es la prueba de que es incluso fuerte estando en ese estado” Mostraba su muñeca que seguía teniendo un color rosa y un tono morado que se notaba un poco.
Todos suspiraron. Alguien medio muerto tiene esa fuerza y era algo para sentirse temerosos.
“Mm… ¿por eso lo has traído?” El hombre, mejor dicho, ambos asentían con las palabras del anciano. Miraba de reojo al peliblanco que era tocado por todas sus heridas pensando que despertaría. No se despertó pero sí mostraba signo de dolor en su rostro.
“Pidió ayuda… y por eso estamos aquí” Su respuesta no parece ser la mejor de todas pero era la verdad. Vio al anciano dudar y no tardo en querer retirarse. “Bueno, ya lo hemos traído aquí, espero que puedan encargarse de él. Nosotros volveremos al trabajo que se nos asignó”
Como gacelas, se fueron corriendo de nuevo al río para pescar.
El anciano se tomaba la barbilla, viendo como ambos se iban sin dar una verdadera explicación. Ahora sólo le quedaba cuidarlo y esperar un milagro de que siga vivo. ¿Estaba expectante de que siga vivo? No.
Con unas simples ordenes, todos se alejaron de él y cada uno volvió a sus respectivas tareas, asignando a alguien que llevara al peliblanco a un lugar más cómodo para descansar y recuperarse.
———
Un día pasó y todavía no mostraba signo de despertar.
Dos días pasaron y la situación seguía siendo la misma.
Cinco días más tarde, tampoco hubo algún cambio con él. Seguía sin reaccionar e incluso, sus heridas parecían más graves que antes.
Una semana después, las heridas comenzaron a cicatrizarse. El anciano miraba las heridas y no lo creía cuando su nieta quien le cuidaba le dijo esto. No era nada normal, para nada. ¿Qué tiene este muchacho para que sus heridas sanen de esa manera? Le preguntaba a su nieta si hacía algo especial en él o si le dio algo para sus heridas. Su respuesta fue simplemente un “no” algo asustada por cómo le preguntaba.
Casi dos semanas pasaron desde que estaban cuidándole y, al parecer, su sorpresa de que ahora su piel se encuentre con mejor color con antes no le impactaba. Cada día mejoraba un poco hasta que su tez recuperaba ese color fuerte que tenía su gente. Y con eso llegaban más preguntas sobre él de las cuales las más frecuentes eran: ¿qué hace aquí? ¿Cómo llegó aquí? Entre otras tantas. A veces también había personas que insistían en verlo para ver si lo que escuchaban por los demás era cierto sobre sus heridas. Nadie pudo entrar y cuando la nieta del anciano salía para hacer sus tareas, era rodeada para saber si era cierto. No podía ocultarlo tampoco y lo confirmó con algo de dudas. Todos deseaban que despertase para saber que le había pasado pero no parece que despertara. El anciano empezaba a creer que había posibilidad de que despertase pero otras veces no.
Luego de dos semanas, ya había pasado un mes.
Ahora todo el mundo estaba trabajando a fondo porque, el invierno poco a poco se acercaba y debía confeccionar las pieles y convertirlas en abrigos para poder afrontar el invierno. Eso significaba que nadie estaba cuidando al peliblanco que, muy seguramente haría sorprender a todos si lo vieran, despierto y sentado en una especie de lo que podía ser una cama.
“¿Dónde diablos estoy?” Miraba para todos lados y pudo ver solamente paredes y un techo. Cuando dio un pequeño golpe para ver si era una pared, no lo era. El material no lo conocía y podía simplemente decir que estaba en una tienda. Nada a su alrededor lo conocía pero, en su memoria recordó que estaba en una época muy primitiva de la humanidad. Lo único que recordaba de esa primitiva humanidad era que sus tiendas o chozas no tenían las cortinas que tenían en las entradas, siendo este algo que no entendía. “¿Estás cosas realmente estaban presentes en estas épocas? Pensaba que estas personas vivían en cuevas… ¿dónde estoy realmente?” Esto lo decía principalmente por los ruidos que escuchaba fuera de la tienda.
Querer levantarse le genero un pequeño dolor. ¿Qué podía ser? Se tocaba el cuerpo y también se miraba y vio sus heridas. Pecho y brazos llenos de marcas. Al tocar esas heridas, un pequeño dolor se hacía presente. Trato de moverse bruscamente y el dolor era un poco mayor. “Parece que sigo vivo pero, incluso si sigo vivo el dolor seguro será molesto por algunos días más… A veces preferiría morir”
Es de moverse mucho y que esté un poco limitado por los dolores, le molestaba. Tampoco era algo que le importe el dolor y cuando más se movía, más quería acostumbrarse al dolor.
Quince minutos luego, el dolor que sentía no estaba ya presente. Eso ya era un paso. El siguiente ahora era salir y mirar donde se encontraba. Último recuerdo que contenía era pedirle ayuda a alguien pero luego, se desmayó.
Al salir, lo que pudo ver primeramente fue personas. Personas que estaban realizando varias tareas y ninguna de ellas parecía cansada. Además de que llevaban, lo que pudo notar, pieles, pequeñas cestas con aguas, otras personas que venían con palos, con comida también.
Luego empezó a sentir que alguien tiraba de su pantalón. Al menos lo único que le había quedado era su pantalón y se sentía a gusto de ello. Esto se debía a que no aceptaría la idea de usar prendas completas de piel como lo hacían ellos.
Una niña, no debía aparentar más de siete u ocho años, le miraba con una cara de asombro y casi que no sacaba sus ojos encima de él. Acto seguido y por costumbre que tenía con los niños antes de ser mandado aquí, la levantó desde las piernas y llevó hasta su pecho logrando hacer que ahora la niña estuviese a su altura. Estaba demás decir que la niña se opuso primeramente a que la levantaran pero luego, al ver tan de cerca el rostro frente a ella, casi quedo cautivada y sin decir nada ni quejarse.
Con la niña encima y con una sonrisa en su cara, usó una de sus manos para pellizcar una de sus mejillas lo cual la niña responde ante su acción al igual que él con una hermosa sonrisa y diciendo entre risas que no lo haga.
Nadie los había notado hasta que de repente, la madre de la niña, apareció frente a ellos buscando a su hija para que le ayudase con algunas cosas.
Ver a su hija en brazos de un hombre, sonriendo y riéndose le pareció tierno hasta que volvió a ver a la persona que la cargaba. Sin perder tiempo, fue y llamó a todos a gritos para que vinieran donde estaba.
Nadie entendía la razón de ser llamados hasta que lo vieron a él, jugando con una niña de una manera despreocupada y muy feliz. Era precisamente el joven que habían dicho que no podría seguir viviendo y que por sus heridas moriría. Pero allí estaba, vivo y feliz.
Bajó a la niña y le dijo que vaya con su madre. Ignoró todo ruido a su alrededor con la niña en brazos y al alzar la vista, se vio rodeado de muchas personas con ojos bien abiertos y bocas abiertas.
No tenía ningún comentario y tampoco sabía que decir a los demás. Fue ahí cuando se dio cuenta que posiblemente la gente no creyera que viviese y él tampoco.
“Así que todavía vives…” El anciano hablaba por los demás. Realmente ese muchacho sigue vivo.
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