Dawn of Man – Capítulo 7
Capítulo 7
Toda el día hasta la tarde, estuvo usando esa nueva vista que había obtenido de la nada y practicando con ella para poder acostumbrarse porque al principio, no pudo hacer nada debido al mareo constante que le generaba.
De lo que pudo saber, esa nueva vista le permitía ver el peligro de los animales ejercía. Verde siendo animales bastantes inofensivos o aquellos que no presentarían un riesgo si se los caza o se lucha contra ellos y escala hasta un color extremadamente rojo oscuro, casi igual a la sangre, siendo el más peligroso de todos y tener extremadamente cuidado con él.
Esta información surgía cuando al ver una manada de felinos se llevó la grata sorpresa de que estos contenían un color anaranjado, casi llegando a un fuerte rojo. Al analizar mejor, era una manada de un león junto con unas leonas. Animales más grandes de los que miraba antes en su mundo.
Al mirar a otro lado, pequeños animales que viajaban entre árboles o paseaban por las hermosas llanuras contenían un color verde. La razón de ser verdes justamente era porque eran pequeños y en teoría, débiles.
Hasta la tarde, estuvo usando esa vista para poder reconocer y encontrar las cosas que Elisa le había pedido a pesar de que había ya un excedente de materiales. Tampoco iba a quejarse, ser cuidado por un mes y quejarse por hacerle recoger palos, era una razón para que le lanzaran piedras.
Una vez llegada la tarde, Elisa fue hasta donde dejó al peliblanco. Su nombre para ella era todavía desconocido pero tampoco le importaba, no hace falta dirigirse a él con respeto, no aun hasta que se gane la confianza de todos.
En donde le dejó era una un poco alejada de la tribu pero aún visible a simple vista. No lo encontró en ningún lado. ¿Habrá escapado? Pensaba. Si realmente fuera así, tenía razón. Su abuelo ahora le daría la razón por primera vez.
“Maldito, sabía que escaparías en la menos oportunidad. ¡Lo sabía! Oh… jojo… espera a que te encuentre. Cuando te encuentre y te ponga las manos encimas, suplicaras haber muerto antes…” Una risa malvada salió de su boca y por suerte no fue fuerte sino todo el mundo podría oírle.
Lo que no sabía que alguien le estaba viendo y no de lejos sino de cerca, casi a dos pasos de ella con una cara sin expresión alguna. No porque le miraba de manera fría o con odio, era porque no creía que una mujer así se riera de esa manera y por ende la sorpresa de su mirada. “Pobre de la persona a la cual vayas a agarrar…”
“¿Eh?” El repentino comentario le hizo voltear la cabeza. Era la persona que pensaba que había escapado y la cual abandonó su tarea. Llevaba encima una gran cantidad de palos y un cuenco en otra mano, lleno de lo que eran bayas y otras cosas que no reconocía. “¿Qué haces aquí?” Se alejó unos dos pequeños pasos de él.
“¿Qué hago aquí? Simple, completo el trabajo que me has dicho, nada más. Aquí tienes más palos y también algo de comida. La madre de esa niña fue muy amable en prestarme este cuenco para recoger estas cosas, ¿cómo consiguieron este cuenco?” Su pregunta venía o quería saber principalmente la razón de algunas cosas.
Había reunido una buena cantidad de palos, suficientes para usarlas para las fogatas o hacerlas armas. Para reunir comida, no tenía nada para juntarlas por lo que fue a pedir algo para poder llevarlas. Fue ahí cuando la madre de esa niña, quien constantemente le tomaba la mano para llevarle a jugar, le dio ese cuenco. No era tonto para nada y sabía que eso era cerámica. ¿Cómo tienen esto?
Elisa lo miró unos segundos y su mirada fría y cortante se hacía presente en ella dando un escalofrío en la espalda del peliblanco. “Me sorprende que no hayas escapado” dijo por debajo. Esperaba realmente que se escapara pero no fue así. “Veo que también has hecho lo que te dije y con respecto a tu pregunta, no debe importante tampoco. Aprovecha y descansa un poco” Dicha sus palabras, intento retirarse pero repentinamente alguien le tomo la mano. Se dio vuelta para verlo a él, tomando con fuerza su mano y no dejarle salir de su agarre. “¿Qué estás haciendo?” Pese a la situación, conservaba su calma. Si algo le caracterizaba, era su extremada calma a cualquier adversidad.
Él la soltó. Sin querer había tomado su muñeca con fuerza y sabiendo que ella era una mujer, la soltó. “Lo siento, me olvidé que eres una mujer” Una risilla sonaba mientras se rascaba la cabeza. Obvio que Elisa entendió que lo decía en forma de insulto y estaba por hacer algo hasta que le detuvo porque realmente no buscaba eso. “Oye oye, relájate. No buscaba ofenderte. Quería preguntarte si era posible si me dieran mi espada.
“¿Espada?” Ella no entendía esa palabra. ¿Qué era una espada? Quizás su abuelo lo supiera y debe preguntarle. Entonces como veía la cara confundida de ella le hizo con las manos la longitud del arma y le decía como se veía. “Ah… eso. ¿Es una espada? De todas formas, la respuesta es NO.” Hizo un énfasis en ese no y se retiró de allí.
“Que mujer tan difícil…”
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Los siguientes días se la pasaba haciendo tareas, trabajos y otras cosas que permitieran pagar el cuidado de todos o mejor dicho, el cuidado de Elisa le había dado.
Todos los días debía juntar palos, bayas como la otra vez y ahora se le agregaba la tarea de ayudar a las mujeres con las pieles para confeccionar algo de ropa para los demás. Era curioso ver que algunas personas llevaban de vestimenta un tapado de piel que tapaba todo su torso y era largo hasta las rodillas, tapando gran parte del cuerpo salvo los brazos. Otras prendas eran como una especie de falda, las que algunos hombres usaban dejando al descubierto su torso. Las mujeres usaban el primer conjunto pero también otras usaban una falda y algo que cubriese sus pechos aunque no cubriendo totalmente de ellos, se evitaba que se miraran los pezones. Le resultaba bastante llamativo y a veces le costaba mirar a las mujeres debido a que tendían a usar más este conjunto.
El asombro que generaba el peliblanco al ver como al principio no sabía hacer cosas diarias pero con algo de explicación simple y directa, lograba hacer un excelente trabajo. Era inevitable tampoco que se llevase algunos elogios pero también, le llamaban “mujer” por su largo y sedoso cabello quien realmente cuidaba. No sólo eso sino que lo llevaba atado. Llamó la atención de todos ver cómo estaba atado. Tirado hacia atrás completamente y hecho una larga cola de caballo pero hecha no en la parte superior de la parte trasera de su cabeza sino casi en la nuca. No estaba atado una sino dos veces, quedando un pequeña cola sin atar. Su cabello era realmente largo a lo que un hombre acostumbraba usar. Le llegaba poco más de los hombros.
También tuvo que ayudar a recoger otra vez palos. Esta vez con el pretexto de usarlos para hacer fuegos y mantener llamas vivas. No tuvo más opción que aceptar la tarea. Quería siempre decir algunas cosas pero Elisa, quien siempre estaba encima de él, no le dejaba dar su opinión.
Usaba “esa” visión que todavía no podía darle algún nombre porque realmente no sabría qué nombre darle. A veces hacía viajes por horas sólo para encontrar esos malditos palos. Pocos de ellos se hacían lanzas y eran aquellas que se afilaban. No había otras lanzas salvo aquellas que alguna vez vio hechas de un material negro que era el pedernal o sílex de lo que recordaba del otro mundo.
Con estos viajes que hacía todos los días pudo encontrar algo de este material y no dudaba en llevarlo o hacer una lanza para él mismo para cazar aunque sea algo. Comía poco y ahora mismo lo que tenía era hambre.
Cómo pudo, afilo la punta de uno de estos palos e hizo una lanza casera. Dejó de lado la junta de materiales y fue a aventurarse un poco lejos de la tribu usando su visión que, si mal no fallaba, a unos metros de donde se encontraba, había algunos animales con un color verde, siendo presa fácil para él.
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Mientras él se aventuraba para conseguir algo para comer, el grupo de caza volvía con algo de carne para los demás. Lograron cazar entre varios algunos jabalíes que de suerte se habían entrometido en su camino. Cada una de las personas estaba alegre y vitoreaban a sus cazadores que luego de tantos días de no poder cazar más que pequeños animales, hoy traían lo que al parecer era un enorme festín.
Elisa, quien estaba con ellos, realmente se sentía bien consigo misma. Hoy pudieron matar a los jabalíes debido a su puntería con el arco. Sabía que estaba hecho de madera como los otros pero este, este arco tenía una enorme diferencia con los demás que usó luego de probar el que llevaba a mano. Las flechas también era algo que tampoco esperaba ver. Su abuelo le dijo que eran y estaban hechas con huesos de animales y que eran un poco mejor que las flechas que hacían ellos. ¿Dónde esa persona consiguió esas flechas? Por parte de su abuelo que le contaba algunas cosas de su pasado, había algunas tribus que tenían cosas que otros no y estas flechas eran algo que su tribu no tenía porque nadie sabía hacerlas. Por eso mismo trataba de atesorar esas flechas.
Aunque no se comparaba con los lobos y tigres que aquella vez consiguieron, podían hacer buen uso de sus pieles para convertirla en ropa o en otras cosas. Y con el resto del animal, lo cocinaran para hacer una gran comida para todos.
Los animales estaban siendo despellejados, luego serán cocinados y tocaba esperar a que se terminara de cocinar. Los niños jugaban en un hermoso atardecer, llegando de a poco el anochecer y las mujeres, bueno, no perdían el tiempo con aquellos hombres quienes querían demostrar su enorme amor a ellas tras un largo día de caza o trabajos.
Pero para Elisa, había algo que le faltaba. No sabía que era y tras mirar un rato por todos lados, se daba cuenta que de verdad le faltaba algo. Era aquel muchacho de pelo blanco. Ya estaba anocheciendo de a poco y todavía no había rastros de él. Por ende, fue a buscarlo a donde normalmente el dejaba sus cosas que buscaba para ella.
Nada, no había nada ni nadie.
“¿Dónde se metió ese estúpido?… Oh… Realmente se ha escapado” Sonrío. Estaba feliz de que esto llegara a pasar. Su abuelo negaba siempre y confiaba en ese muchacho de que los iba a ayudar pero siempre le replicaba eso, que esa persona realmente iba a irse y a dejarles sin pagar nada.
Con total firmeza, espalda recta e internamente feliz, iría con su abuelo a decirle sobre él.
Pero las cosas que ella quería hacer no podrían cumplirse.
La mirada de la gente entre ellos era de duda y confusión, despertando un signo de peligro internamente en Elisa. Su instinto también empezó a decirle que algo no andaba bien.
Entró en la tienda de su abuelo y, estaba él hablando con alguien más, alguien que se veía no sólo cansado en aspecto sino que estaba algo lastimado. Si lo relaciona con lo que vio afuera, entonces la gente estaba confusa porque vieron a esta persona en tal estado. Por suerte, no habían notado su presencia, permitiendo que los dos pudieran hablar sin interrupciones.
“…espera espera, ¿a qué te refieres con eso?
“Me… me refiero… me refiero a… a que… asaltantes…” Su respiración no era regular y con falta de aire el cual recuperando de a poco, hablaba entrecortado. Estaba cansado no, agotado debido a la larga corrida que tuvo que hacer al estar explorando para saber si había algún peligro con respecto a los depredadores. En su lugar y de lo que vio, una cantidad considerable de personas se dirigían a su dirección y corrió tan rápido como pudo. Las heridas se las hizo según contaba cuando venía aquí, cayendo varias veces para avisar a todos.
“¿Asaltantes dices? ¿Cuántos y cómo eran?” Elisa de momento sólo escuchaba su charla. No quería decir nada tampoco. Vino con la idea de hablar de alguien más pero ahora mismo, la ira que acumulaba desapareció y se transformó en concentración.
“No lo sé. Quizás eran algunos cuantos o muchos, no pude contarlos debido a que los he visto y vine aquí para avisarles a todos… Su apariencia… eran todos iguales pero…” Hizo una pausa y miró al anciano a la cara. Dudaba si debía decirle lo que miró.
“¿Pero…?”
“Pero… a excepción de uno que tenía el cabello blanco y largo….”
Elisa, quien estaba escuchando atentamente, soltó un grito de felicidad atrayendo la vista del explorador y su abuelo. No sabía que ambos le miraron confusos pero ella estaba en su mundo ahora mismo. ¿Así que no sólo te has ido sino que también planeaste unirte a unos asaltantes eh? Elisa, quien estaba absorta de la realidad que le rodeaba, deseaba más que nada no sólo acabar con los asaltantes sino tener en sus manos a ese peliblanco y asesinarle.
Sólo espera a que ponga mis manos encima de ti.
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