La Eterna Cacería Capitulo 3 La Guerrera
Eyra Eiríksdóttir, hija de Erik Ragnarsson, hijo de Ragnar Gormsson, El Conquistador, jefe de la tribu del Lobo Rojo, se encontraba oculta bajo un matorral esperando.
¿Qué esperaba?
Nadie lo sabía, ni siquiera ella misma, pero su deber y su misión era la de esperar. Llevaba casi siete días en la misma posición, lo cual para alguien de su nivel no era problema alguno.
Eyra era proveniente de las tribus de Sangre, un inmenso clan conformado por innumerables tribus que residía en el Nortesur del continente de Azoth, de las cuales todas eran guerreras. Las zonas en las que coexistían presentaban extremos y radicales climas, permaneciendo casi diez de los doce meses del año cubiertas de nieve y azotadas por tormentas. Por ello todos los niños y niñas desde pequeños eran entrenados en la guerra, la supervivencia y la caza.
En la tribu no había diferencias de géneros. Era muy común que alguno de los padres cayera en batalla o caza, y en caso sea el varón la mujer tenía que ser lo suficientemente fuerte para proteger a su familia, así como cumplir su rol en guerra. De igual manera el hombre debía estar en la capacidad de criar a los niños, enseñarles no solo a cazar, sino a cocinar, a leer y a tejer.
La sociedad se basaba en la fuerza, cada tribu podía proponer a un guerrero para el Karmagnat que se realizaba cada cinco años, una especie de tornero en la que el campeón, conocido como el Kar, ganaba el derecho de desafiar en un combate a muerte al jefe actual del clan de las tribus de Sangre. Al vencer al jefe, el Kar debía bañarse con la sangre del rival vencido, lo que representaba la absorción del espíritu del jefe antiguo y consolidaba su posición como nuevo jefe.
El abuelo de Eyra, Ragnar Gormsson, había sido jefe del clan por más de veinte años, lo que significaba que había vencido a cuatro Kars diferentes en su gobierno, demostrando una fuerza digna de cantos y leyendas.
Los guerreros de las tribus de Sangre no seguían estándares de fuerza o clasificaciones, pero Eyra había escuchado cuando era más joven de unos extranjeros del Este que la fuerza de su abuelo es comparable a la de un aventurero clase Adamantita.
Eyra soñaba con algún día ser la nueva jefa del clan, obviamente esto no significaba que tenía que matar a su abuelo, pues si bien la tradición exigía que el nuevo jefe debía bañarse en la sangre del anterior, había una excepción cuando se tratase de parientes. Se creía que al tener la misma sangre la transferencia era directa y para el jefe derrotado, su propia sangre lo derrotase era considerado un orgullo, significaba que su semilla y descendencia eran fuertes.
Un caso famoso de esta excepción habían sido Los Trotmunds, conocidos como los caza dragones. Una pareja de guerreros legendarios que se decían tenían sangre divina corriendo por sus venas. Cada cinco años el esposo o la esposa ganaba el Karmagnat, desafiando y derrotando a su pareja. Este suceso había ocurrido por más cien años, demostrando la monstruosa fuerza que la pareja poseía.
La joven guerrera había participado en el último Karmagnat y sorprendentemente había llegado a las finales, no obstante, fue derrotada por Uldir Mornomot de la tribu del Oso Sanguinario, quien aprovechó la falta de experiencia de Eyra para provocarla y adquirir ventaja.
Tras la derrota Eyra se sintió sumamente avergonzada, por haberse dejado llevar por sus emociones. Sin embargo la oportunidad de redimir su honor llegó antes de lo esperado.
Olav Tryggvason, Supremo Chamán de las tribus de Sangre, había hace algunos meses tenido una visión terrorífica, pero contra todo pronóstico sus poderes no habían alcanzado para esclarecer las dudas que lo atormentaban. Inmediatamente se dirigió a hablar con Ragnar e informándole de la situación solicitó úsase su nombre y posición como jefe de las tribus para convocar a todos los grandes chamanes para que juntos lograsen realizar una ceremonia de adivinación, y así se hizo.
Pero el resultado no fue lo esperado, no solo la fuerza conjunta de más de ochenta grandes chamanes y tres supremos chamanes fue insuficiente para esclarecer el designio, sino que, solo lograron dilucidar unas confusas instrucciones.
«La hija de Dügmir se dirigirá al Este de Azoth. Ver al ciervo de los mil ojos y se arrodillará tres veces. Permanecerá siete días y siete noches a la espera y conocerá su destino.»
Dügmir había sido un semidiós, hijo del Dios de la llama eterna Für, que divagó las heladas tierras de las tribus de Sangre. Se caracterizó por su volátil personalidad, su rojizo cabello y su legendaria habilidad de convertir su cuerpo en llamas abrasadoras, inmunes a cualquier acero, lo que lo hacía básicamente imparable en batalla. Tuvo, a lo largo de su vida muchas hijos e hijas, pero no todos ellos heredaron su famosa habilidad. Solo aquellos que compartiesen su rojizo cabello tenían el potencial de despertar el poder de las llamas.
Sin embargo, hace más de cuatrocientos años que se había presenciado el despertar de un hijo de Dügmir. Pero aun así, en honor a la leyenda, por aquellas tierras a los pelirrojos se les continuaba llamando Hijos de Dügmir.
Tras una inmediata búsqueda de pelirrojos en el clan, solo fueron encontrados tres, Abir antiguo guerrero del clan Lobo Plateado de noventa y seis años de edad que actualmente se dedicaba a la pesca y a educar a sus nietos, Emir del clan del Cuervo Oscuro, un niño de tres años de edad y Eyra, guerrera entrenada de veinte años de edad, nieta del actual jefe y descendiente de una estirpe de poderosos guerreros.
La decisión fue obvia. Eyra partió al amanecer del día siguiente.
Camino y avanzó con dirección al Este, por casi cuatro meses, saliendo del territorio de las Tribus de Sangre llegando al reino de Lutet. En ese entonces lo vio.
Un ciervo de más de tres metros completamente blanco se interpuso en su camino. Su cuerpo estaba repleto de ojos rojos que la miraban y se movían.
Instantáneamente Eyra se recuperó del shock y se arrodilló tres veces como se suponía que debía hacer, pero al levantar la mirada advirtió que el ciervo había desaparecido.
De repente escuchó una voz en su cabeza que le susurró, «Muchacha, soy Uruth el Blanco, guardián del Bosque de Dolor, lugar donde te encuentras actualmente. Me hubiera gustado hablar contigo, pero el tiempo es escaso. Algo ha ingresado a mi Bosque, alguien que no es bien recibido. Me ocuparé del intruso y volveré. Mientras tanto espera a tu sangre.»
Confundía ante lo que ocurrido, se limitó a seguir las instrucciones de los chamanes y del ciervo.
Consiguió hojas y ramas, poniendo en práctica sus habilidades de cazadora armó un arbusto perfecto para esconderse y esperar los días determinados.
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Mientras tanto en otra parte del bosque un grupo de guardias reales escoltaban a una princesa a su destino.
«¿Capitán Edwin, cuánto más faltará?. Estoy realmente harta de comer comida seca y deshidratada», exclamó la triste Emily.
Edwin río y replicó, «Discúlpenos su alteza, nuestro conocimiento en magia es básico y ningún mago real está presente. No tendríamos forma alguna de preservar la comida fresca y esos curiosos artículos de la Torre del Conocimiento son demasiado grandes para ser movilizados en un viaje como este».
«Lo sé capitán Edwin, es simplemente que necesito desahogarme», comentó resignada Emily.
La relación de estos durante el viaje el había progresado velozmente, quizá hasta podrían considerarse amigos. Y de repente, mientras Emily soñaba con los deliciosos platos que le esperarían en la capital, su real y noble olfato detectó algo. «¡Alto!», gritó apurada. «Detened el carruaje, huelo algo delicioso», dijo Emily emocionada.
«Su alteza, estamos en medio del Bosque de Dolor, es impo… ¿Ah? ¿Qué es eso, Antony? verifica la procedencia de ese olor», ordenó. Edwin, mientras él y los demás guardias desenfundaban sus espadas.
El guardia llamado Antony, se adentró con valor en los matorrales y luego de unos quince minutos regresó con una sonrisa en su rostro casi babeando. «Es solo un viejo ordinario, Capitán», exclamó Antony. «Está comiendo un estofado y ha preparado bastante, dudaba que pudiera acabárselo todo y le pregunte si era posible que nos convide un poco, ha dicho que no hay problema alguno mientras paguemos el precio adecuado», informó Antony.
Edwin lo meditó un rato y suspiró, «Vayamos con cuidado, ningún viejo ordinario atraviesa solo el Bosque del Dolor. Pero al menos parece que no tiene viles intenciones si esta dispuesto a realizar un intercambio.»Quizás Emily no lo sabía, pero en el Bosque del Dolor habitaban innumerables bestias mágicas de gran poder. El viaje había sido tranquilo y casi sin contratiempos debido a que Edwin, que tenía el rango Mythril había estado por tramos exponiendo su aura de batalla para ahuyentar a las bestias de bajo nivel, eso sin contar a los doce guardias reales, cada uno con rango de Oro que también emitían sus perspectivas auras.
El grupo estacionó el carruaje con los caballos y procedió a avanzar unos cuatro metros cuando advirtieron la fogata.
Sentado junto a ella había un anciano, se veía extremadamente débil, como si el mínimo viento de esta oscura noche lo pudiese derribar, como si el calor de las llama del fuego fueran a herir su delicada y blanca piel.
Pero no fue así, ahí estaba, sonriendo a sus recién llegados invitados.
«Pasad, pasad, sentaos con confianza. El muchacho dice que podéis pagar la comida, sed bienvenidos», exclamó melodiosamente.
Los guardias y Emily agradecieron y procedieron a obviar las formalidades, empezando a servirse el estofado en los cuencos que habían traído.
Solo Edwin permanecía en silencio y alerta mirando al anciano. De repente, exclamó, «Mi buen señor, agradecemos vuestra hospitalidad y la deliciosa comida que nos ofrece y supongo que el nombre de un gran hombre como usted, que tiene la fuerza para recorrer este terrorífico bosque solo, no puede haber pasado desadvertido ante mis oídos. Nos daría el honor de saber con quien tenemos el gusto, Mi Lord», dijo respetuosamente Edwin.
El anciano río a carcajadas y replicó, «Buen intento muchacho, pero mi nombre fue conocido en estás tierras cuando tu bisabuelo ni siquiera existía. Hoy soy un don nadie. Venga, no te preocupes por esas cosas, come, aliméntate, te aseguro que no habrás probado en tu vida mejor estofado que el que acabo de hacer».
«Dios mío, está delicioso, jamás había comido algo así», exclamó Emily. Ella había probado diferentes platillos de los diferentes chefs que habían residido en su villa. Todos y cada uno de ellos eran maestros en su clase, pero aún así no podían siquiera compararse al sabor del estofado que masticaban en dicho momento.
Edwin se acercó al caldero y procedió a servirse un poco del estofado, pero cuando lo probo quedó impactado. El también había asistido a varías fiestas en el palacio real y había degustado los platos de los chefs reales. Pero nada que había probado se comparaba con esto. Sin embargo, a diferente del resto de personas notó algo peculiar, sintió al tragar la comida que el mana recorría su cuerpo y lo fortalecía. Al seguir comiendo, advirtió que el mana no paraba e incluso se incrementaba. Su cuerpo se fortalecía exponencialmente a una rapidez impresionante. Si esto continuaba no pasaría mucho para que pudiese alcanzar el rango Orichalcum. Vio al resto de los guardias y todos mostraban caras de asombro al notar también los cambios en sus cuerpos.
«Es carne de una bestia mágica y probablemente una de muy alto nivel», profirió Edwin asombrado.
«Ah, me habéis descubierto», sonrió el anciano.
«Un molesto ciervo me atacó al entrar a este bosque, así que lo hice estofado, sus ojos eran deliciosos. La carne no es mala, pero no es de mi gusto, no dejéis ni un hueso, adelante», dijo el viejo con una actitud despreocupada.
Los invitados se miraron entre ellos, agradecieron y continuaron comiendo gran velocidad como si su vida dependiera de ello. Al acabar el gran caldero el cambio en los hombres era casi un sueño. El aura que Edwin emanaba correspondía a la de un rango Orichalcum, mientras que la de los doce guardias reales había sido elevada a Platino. Casi podían ver lágrimas salir de los ojos de aquellos hombres.
Pero mientras conversaban y se reían, el anciano se levantó de su asiento de una manera muy calmada, llevó sus manos hacía su espalda y exclamó en un tono melodioso, «Me alegra que les haya gustado la comida. Sin embargo, tengo asuntos que attender, procedamos al pago.»
Edwin se levantó al escuchar las palabras del anciano y sacó de su morral una bolsa repleta de oro. Miró fijamente al anciano y con una sonrisa respondió, «Estimado señor, estamos infinitamente agradecidos por la comida, aquí hay trescientas monedas de oro, las cuales equivaldrían a la carne de una bestia mágica de clase B, esperamos sea sufiicente.»
Pero el anciano se volvió a reír, sin embargo, su risa no era melodiosa como antes, estaba manchada de sarcasmo. De repente, su rostro se pusó serio y exclamó: «La carne de un Semidios del bosque no puede ser medida en oro. Volved a intentar y cuidad vuestras palabras».
Un silencio absoluto cayó sobre el bosque. Una escalofrió recorrió la espalda de todos los invitados. Nunca habían visto un Semidios, pero habían escuchado leyendas y dichas bestias eran catalogadas en un rango aproximado entre SS y SSS.
El silencio continuo hasta que el anciano volvió a hablar sonriendo, «Señores, no hay motivo para estar tan tensos, el que no contéis con los medios suficientes para pagar la comida también es parte de mi responsabilidad, debí en todo caso informar un precio aproximado al ofrecer mi producto, es solo que con esas armaduras relucientes y ese carruaje con adornos de oro, realmente pensé que en verdad podían pagarla. Pero lo hecho, hecho está. ¿Qué les parece si tomó algo de su pertenencia y saldamos cuentas?, sugirió el anciano.
Edwin, ni siquiera tomó un segundo en pensarlo, sabía claramente que no se encontraban en posición de negociar, «Señor, tome la libertad de escoger cualquiera de nuestras posesiones».
El anciano mantuvo su sonrisa y cerro sus ojos. Pasaron unos minutos y de repente los abrió. Eran completamente negros. Edwin sintió que el abismo lo observaba, su conciencia comenzó a desvanecerse pero su experiencia lo salvó. Inmediatamente lanzo el conjuro [Sun Hearth] sobre él y los demás. Lamentablemente, ya era tarde, cuatro de sus hombres se habían desmayado.
Pero el anciano no se detuvo, levantó su mano y señalando a Emily habló, «La quiero a ella».
Esa voz no podía ser humana pensaron todos. El solo escucharla hizo a todos los guerreros caer de rodillas sin poder moverse. Sintieron que su sangre se congelaba y su visión de nublara. El miedo y el horror se apoderaba lentamente de ellos. Algunos empezaron a gemir y murmurar cosas sin sentido. Otros simplemente empezaron a llorar. Edwin sudaba y sangraba de la boca, porque acababa de morderse la lengua para poder reaccionar y no perder la conciencia.
Pero, la peor de todos, no era otra que Emily. Todos los sueños que había creado en la villa, todos los planes que había pensado al viajar en el carruaje se hicieron añicos de repente. Lagrimas salían de sus ojos y quería gritar, pero ningún sonido salía. El miedo hizo que su consciencia se desvaneciera y se desmayó.
El anciano caminó lentamente hacía Emily, observándola con sus ojos negros mientras sonreía. Sin embargo, cuando estuvo a un metro de ella, miró hacía un costado y su rostro se marcó de asombro. Luego río despreocupadamente y exclamó, «En verdad tu gente es resistente, me has impresionado.»
Edwin volteo a donde el anciano tenía la mirada fija y se asombró al ver lo que sus ojos advertían.
Una chica de unos veinte o veintidós años, pelirroja como Emily caminaba lentamente con una espada. Sangraba de los ojos y la boca, era evidente que se había mordido para no perder la conciencia como él. Sus piernas tambaleaban y a las justas podía mantenerse de pie. Lentamente avanzó y se pusó delante de Emily y apuntó su espada hacia el anciano y gritó, «!YO SOY EYRA EIRÍKSÓTTIR, HIJA DE ERIK RAGNARSSON, HIJO DE RAGNAR GORMSSON, JEFE DE LA TRIBU DEL LOBO ROJO Y CONQUISTADOR. Y TE DESAFÍO A UN DUELO ESPECTRO!»
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