Vois Fachnir – Capítulo III – BATALLA CONTRA LAS GÁRGOLAS

Modo noche

BATALLA CONTRA LAS GÁRGOLAS…

 

Han pasado más de dos horas desde que los paladines de Lorick se habían ido de la destrozada biblioteca de Lorick. El tiempo, para Royko, pareció ralentizarse; pues cada vez que miraba hacia las afueras de la estancia, aún veía al disco amarillo bajando con suma lentitud, con su tono amarillento cambiando lentamente y con notoriedad, queriendo esconderse entre las montañas del horizonte.

El tiempo siguió pasando, y en más de una ocasión los Matadragones tuvieron que esconderse entre el desastre de la biblioteca por una presencia que se acercaba hacia ellos; la primera fueron paladines de Lorick que custodiaban la zona, y la segunda, una hora después de los paladines, había llegado el mismísimo Príncipe Lorick.

Y no sólo eso; el Príncipe Lorick había entrado en su biblioteca. A falta de tiempo, Royko y Mildran tuvieron que esconderse entre las pilas de libros destrozados, camuflados entre las miles de páginas y la enorme estantería que seguía en pie. Viria, quien se había subido junto con Milidrag al segundo piso, se agazaparon y se escondieron detrás del parapeto de madera. Bythiana se había escondido detrás de la misma estantería donde se encontraban Royko y Mildran, con sus brazos y piernas pegadas a su cuerpo y su enorme arco oculto entre los libros regados por el suelo.

El Príncipe Lorick, a ojos de los Matadragones, vestía una túnica blanca con dos gruesos surcos verticales con filigranas dibujando zigzag en su tono rojizo. Su pelo rizado estaba revuelto, y su mirada tenía una apariencia deprimente. Sus ojos estaban lacrimosos, y los Matadragones podían llegar a oír los silenciosos sollozos venir del príncipe.

Lorick se detuvo de súbito, expulsando un suspiro de agobio seguido de algunos sonoros sollozos. El príncipe se volvió en dirección hacia el escondite donde se encontraban Royko y Mildran, sobresaltando a estos. El príncipe, con unos pasos algo torpes, avanzó hacia los regados libros en el suelo de madera, descendiendo por los escalones de mármol hasta caer de rodillas frente a los libros. Tanto Royko y Mildran, como las demás Matadragones, observaron como el príncipe tomaba alguno de los libros rasgados. Sus manos desnudas parecían estremecerse levemente, dejando caer alguno de los libros con las páginas sueltas.

—Esos malditos Virymnul… —masculló Lorick, enjugándose las lágrimas y apretando sus manos en puños— Bien. Puede que no sea un gran militar y estratega como mi padre o mi hermano. Pero lo juro en su nombre, y en el nombre de Lodrich, que la información más valiosa de los Dioses Lodricos y el mundo antiguo tendrán su venganza contra ellos.

Soltando sus apretados puños, Lorick se levantó del suelo con brusquedad, con una mueca dura en su rostro y con los alrededores de sus ojos rojos por los sollozos. Expulsando un último suspiro, esta vez de exasperación, el Príncipe Lorick se volvió de sus pasos, subiendo por los escalones de mármol y largándose de su destrozada biblioteca con el aire de un Señor Belicoso.

 

 

Cinco horas han pasado desde que Lorick había salido de su destrozada biblioteca. Y el tiempo se hacía cada vez más pesado para los Matadragones.

Ya era de noche. El sol por fin se había ocultado entre las montañas, sucumbiendo a la ciudad en una hermosa noche, con las tenues luces de la luna llegando hasta el porche de las afueras de la biblioteca, así como también ofreciéndole a Bythiana (quien se encontraba en las escaleras de mármol debajo del borde de la sombra de un techo) un colosal cielo estrellado. Además de la hermosura de los sonidos, Bythiana admiraba la hermosura de otra cosa; el del cielo. Su favorito era el estrellado, el cual lo veía todas las noches; tanto si era para desvelarse en la relajación luego de una dura misión y conciliar un cómodo sueño, como si también lo era para hacer que el tiempo se desplazase con más rapidez. La Matadragones nunca se cansaba de ver las numerosas estrellas del colosal cielo. Casi siempre se encontraba con las estrellas que conformaban a Los Doce Zodiacos, o incluso se destinaba a buscar las legendarias Siete Estrellas Universales de Sandalphon. De todas formas, Bythiana seguía mirando el cielo estrellado para matar el tiempo.

La oscuridad era casi completa en la estancia de la biblioteca, de no ser por los vanos del segundo piso donde se filtraba la luz de la luna. Royko se encontraba en el primer piso junto con los libros, mientras que los demás Matadragones se encontraban en el segundo piso o en el umbral del primero, esperando pacientemente la llegada de aquellas Gárgolas.

Mildran y Viria se encontraban apoyando sus cuerpos en el parapeto de mármol del porche del segundo piso. Allí, los destrozos por partes de las Gárgolas también se habían mostrado con un gran pedazo de suelo que termino cayendo a los escalones donde se encontraba Bythiana con ellos. Ambos Matadragones miraban más a los horizontes, hacia las afueras de Meneliada, donde la oscuridad rodeaba los enormes montes, adaptándoles a una apariencia escalofriante para Milidrag, quien se decidió en quedarse dentro de la estancia, esperando. Ambos Matadragones sabían que Milidrag tenía cierto miedo a la oscuridad absoluta, y de eso se sabe por un trauma que ella misma contó que tuvo cuando era una niña. Pero, dentro de la Legión de Matadragones, los mismos Asesinos de Dracos juraron olvidar su pasado, para dedicarse a formar un presente donde harían honor a un Dios Lodrico olvidado. Por lo que el trauma de Milidrag puede que nunca se llegue a aclarar.

Mildran miraba hacia su derecha, donde los diferentes destellos relucían más abajo del enorme saliente de roca; más concretamente en el centro de la ciudad. El Matadragones le fascinaba las diferentes luces que resplandecían en los edificios del centro de Meneliada. Hasta donde él sabía, aquellas luces eran producidas por usuarios del poder de Edaytha; la diosa de la ilusión. En ese momento, tanto Mildran como Viria tenían los yelmos fuera de sus cabezas, por lo que dejaban ver sus verdaderos rostros: Mildran con una piel de color blanco, un cabello ondulado y de color marrón, una nariz un tanto grande y unos ojos marrones. Y Viria con una piel de color morena, una melena con los cabellos desordenados que sobrepasaban sus omoplatos, un viejo rasguño en sus labios y unos ojos de color castaños.

A veces era una costumbre entre ellos quitarse los yelmos si tenían que esperar. Y en el primer día, hasta incluso Bythiana se había negado a quitarse la capucha. Pero ahora que todos tenían confianza entre sí, todos conocían ahora sus rostros.

—¿Sabes, Viria? —dijo Mildran, llamando la atención de su capitana— Por un momento había pensado que los Paladines de Lorick nos habían mentido y tenía miedo de que Lorigan se presentase en la biblioteca, con sus caballeros más fuertes para…

—¿Degollarnos frente a los ciudadanos que tanto nos repudian? —terminó Viria.

—Sí —afirmó Mildran.

—Bueno, pues ha pasado ya las horas y todavía no veo a Lorigan con sus caballeros —dijo Viria, mientras que un fuerte viento le revolvía la desordenada melena.

—Lo sé. A veces mis pensamientos llegan a ser un tanto delirantes.

—Pues no te culpo de ello, Mildran; a veces tu delirio nos ha llegado a salvar de algunos peligros.

—¿Cómo aquella vez en el pantano con el Sarcosuchus? —preguntó Mildran con jocosidad.

—Lo admito; me habías irritado en aquel momento con tu insistencia —confesó Viria—. Pero mentiría si todos ahora te debemos una por salvarnos de aquella emboscada.

—Pues yo no creo que haya falta que me lo deban. De todas formas, somos amigos —el tono de voz de Mildran cambió con brusquedad; ahora era algo sentimental—. Y lo demostramos con aquel banquete que nos montamos con el cocodrilo.

Viria no pudo evitar sonreír.

—Recuerdo como tú y Royko comían como unos glotones —dijo, aún con la sonrisa en su rostro.

—Bueno, se entiende porque somos hombres —argumentó Mildran, extendiendo un poco sus manos—. Pero mira que tú también comías bastante. Más que Milidrag y Bythiana o incluso Vildren el Glotón.

La Matadragones no pudo evitar el echarse unas risas silenciosas luego de lo que había dicho Mildran. Las risas al parecer contagiaron al Matadragones, pues este se echó a reír también. Las risas cesaron, y el silenció volvió a predominar entre ambos Matadragones; pero ahora no era uno incómodo. Ahora era uno aliviador y cómodo, con las sonrisas marcadas en los rostros de ambos Matadragones.

 

 

Royko se encontraba sentado en uno de los escalones de mármol del primer piso. Las páginas se arremolinaban alrededor de sus pies, y el Matadragones, con el yelmo a un lado, sostenía un libro rasgado que, a pesar de no tener ni la portada ni el título, él sabía que se trataba de un libro de mitologías por Saitras; lo suponía luego de oír lo que había dicho el Príncipe Lorick.

A pesar de una de las leyes de los Matadragones, la cual obligaba a los miembros a no recordar su pasado, a Royko se le hacía básicamente imposible cuando se encontraba en situaciones de silencio absoluto. Mientras leía, Royko iba perdiendo la atención con un recuerdo de su pasado; era un niño a penas, sin mucha fuerza e inteligencia. Pero aun así, su maestro (el cual ahora no recuerda como lo llamaban en aquel tiempo) lo obligaba a enfrentarse a sus compañeros. Algunos de ellos estaban en sus mismas cualidades, pero había otros que lo superaban y que lo hacían caer a la arena con facilidad. ¡Levántate, enano! La voz de su entrenador llegaba a los pensamientos de Royko con claridad. ¡¡Si no quieres morir abandonado ante los ojos del rey, levántate y sigue peleando!! Royko no oía aquellas exclamaciones como una motivación, sino más bien como unas ofensas. Y a pesar de que haya pasado el tiempo, y gracias a los entrenamientos que tuvo Royko para convertirse en un Matadragones, el trauma y las visiones de su pasado lo perturbaban de vez en cuando.

Las visiones del duro entrenamiento provocaron que Royko soltase el libro, llevándose luego ambas manos hacia el rostro, cubriéndolo y taponando los suspiros de las ansias y el estrés. Se revolvió el cabello rizado con una de las manos enfundadas en unos mitones que dejaban al descubierto sus dedos. Bajó sus manos, apoyándolas encima de las rodillas y mirando con ojos desorbitados el desorden de libros en el suelo.

—Demonios… —Bisbiseó con tono brusco, expulsando varios suspiros dentro de la jaula que había creado con sus manos alrededor de sus labios.

El Matadragones volvió a abrir los ojos, mirando con indiferencia los diferentes libros y páginas regadas por el suelo. La mayoría estaban abiertos, y dejaban al descubierto sus diminutas letras. Pero los ojos de Royko se habían encontrado con unas páginas en blanco pegadas a un libro abierto y rasgado.

La mirada de Royko se convirtió en una de curiosidad con un poco del estrés que todavía sentía. Al escudriñar un poco en el libro, Royko descubrió también un hilo que recorría la página en blanco. Con mucha más curiosidad que antes, el Matadragones avanzó hacia aquel libro, quitándose algunos de en medio y aplastando algunas de las páginas. Cuando estuvo cerca del libro, Royko acercó una de sus manos, metiendo sus dedos por debajo de él y tomándolo firmemente. El Matadragones alzó un poco el libro, dejando que la cubierta se tendiese a un lado. Mirando el hilo, Royko lo tomó con su otra mano, recorriéndolo poco a poco hasta llegar a una vara alargada y estrecha con un punzón estilizado que se encontraba en el suelo. Cada vez más curioso, Royko tomó aquella vara, llevándosela cerca de su rostro y escudriñándola con curiosidad. ¿Qué es esto…? Pensó, girándolo y fijándose más en su textura oxidada.

La vara se zafó de los dedos de Royko. La punta impactó contra la superficie blanca de la hoja, y cuando su mango cayó, dejo descubierto ante los ojos de Royko un punto negro. Royko arqueó una ceja al ver aquel punto negro. Rascó un dedo por encima de él, provocando que el punto se diluyese un poco por la superficie de la página. En ese momento, otra visión de su pasado llegó a la mente de Royko. Pero esta vez, la visión fue momentánea, pero Royko logró ver a su maestro moviendo levemente su mano sobre un papel. Por instinto, el Matadragones hizo lo mismo mientras sostenía la vara, y sobre el papel apareció lo que él ahora recordaba que era la tinta. Sobre el papel había escrito una palabra con una letra que parecía un garabato: Matadragón.

—¿Esto… es la escritura?—se preguntó Royko, quien se había sentado en el suelo, aplastando más páginas. La pregunta sonó tonta incluso para él mismo.

Una sensación comenzó a resurgir dentro de Royko como una flor. Sus pensamientos más estresantes desaparecieron y la mano donde sostenía la vara alargada y estrecha empezó a escribir sobre la hoja en blanco, por debajo de la palabra Matadragón.

«Mi nombre es Royko«, fueron las primeras cuatro palabras, las cuales se habían ido un poco para abajo por su descuido. «Y soy un Matadragones, al igual que mis compañeros Viria, Mildran, Milidrag y Bythiana»

Su mano siguió escribiendo sobre la página, creando dos, tres, cuatro líneas sobre su blanquecina superficie. El estrés abandonó a Royko, y este fue reemplazado con el alivio y el relajamiento.

 

 

Bythiana, recostada sobre los escalones de mármol a las afueras de la Biblioteca de Lorick. Tenía su cabeza descubierta. Su yelmo con cuatro curvas horizontales con forma de alas y resquicio vertical con dos direcciones en su parte superior se encontraba en uno de los escalones, apoyándose sobre el escalón que estaba por encima. Al otro lado de la Matadragones se encontraba su enorme arco compuesto junto con su carcaj lleno de grandes flechas. Su corto cabello rubio apenas si podía llegar hasta su espalda. Su pechera y guardabrazos de acero Biraniano eran de color cromado, y estaba completamente dividido por diferentes bandas con unos bordes un tanto filosos. En su cintura se ajustaba un taparrabos de malla adherido a unas brafoneras labradas con forma de escamas. Más abajo, sus piernas equipaban musleras, grebas y escarpes.  Sus manos estaban por detrás de su nuca, y sus codos se alzaban. Sus ojos seguían mirando las miles de estrellas en el colosal cielo estrellado con cierta melancolía.

La Matadragones sacó uno de sus brazos de su nuca, y lo alzó hacia el cielo, dándole una perspectiva a Bythiana de que podía barrer las miles de estrellas con sólo mover con brusquedad sus dedos enfundados en los guanteletes. En cambio, la Matadragones activó su aura. El destello blanquecino rodeó únicamente su mano alzada, junto con su muñeca. Bythiana hizo volver su mano, y abrió su palma enfundada en la superficie de cuero que ofrecía los guanteletes. La Matadragones siempre encontraba una hermosura curiosa en el aura del ser humano; sabía que el aura representaba en cierta medida el alma de un ser vivo, la cual podía variar que tan fuerte era el alma (o inclusive reforzar hasta niveles inimaginables la propia aura). Pero Bythiana veía de otra manera el aura; no la veía sólo como la representación del poder del alma. Ella iba más allá de aquel pensamiento; veía el aura como una representación del poder y la belleza del cosmos.

Bythiana cerró su mano, y la densidad con la que el aura rodeaba la mano de la Matadragones se intensificó y extendió, tomando unos centímetros más de espacio alrededor del miembro. Aquello representaba todo el poder de Bythiana, y ella misma sabía que era poderoso.

Y entonces, cuando la Matadragones volvió a abrir su mano, un graznido distante llegó a los a sus oídos.

Alertada, alzó su torso y flexionó sus piernas para levantarse. Otro graznido, más cercano que el anterior, llegó a los oídos de la Matadragones, quien miraba el cielo estrellado de un lado a otro, intentando encontrar el origen de aquellos graznidos.

Viria y Mildran alcanzaron a oír también los graznidos. Sus vistas se volvieron hacia el cielo estrellado. Rápidamente, Viria se llevó ambas manos a la cintura, donde desenfundo unos sables con hojas curvas que no superaban el metro y medio. Mildran se llevó una mano hacia la espalda, donde sus dedos, enfundados en el guantelete dorado rodearon la empuñadura de una enorme hacha con una gran cabeza. Ambos Matadragones retrocedieron unos pasos hacia atrás, sin dejar de mirar el cielo, alertados por cada graznido potente que se escuchaba allá arriba.

—¿Puedes verlos, Mildran?—preguntó Viria, blandiendo ambos sables.

—No, mi capitana—respondió Mildran—. No puedo diferenciarlos con las estrellas en el fondo.

En ese momento, los Matadragones oyeron los ruidos de una armadura; era Milidrag, quien había llegado al porche con la misma alerta.

—¿Acaso acabe de oír un ruido venir del exterior de la biblioteca? —preguntó, llevándose una mano hacia la empuñadura de su cintura.

—No estás equivocada, Milidrag—dijo Viria, quien aprovecho para recoger su yelmo e introducirlo en su cabeza. Lo mismo había hecho Mildran con el suyo.

Dentro de la biblioteca, Royko había detenido su mano al oír unos distantes y silenciosos sonidos venir de las afueras dela biblioteca. Sobre el papel, el Matadragones había escrito casi toda la página, done la tinta se secaba con rapidez.

El Matadragones, alerta de los repetidos sonidos que venían del exterior, decidió cerrar el libro e introducirlo en la estantería que todavía seguía en pie. Portó su yelmo y se lo introdujo en su cabeza, para luego dirigirse hacia el rectangular umbral de la biblioteca. Allí afuera, el Matadragones descubrió a Bythiana con su yelmo en su cabeza y su arco en una de sus manos rodeada de su aura. Royko se colocó al lado de ella, volviendo su vista hacia el cielo estrellado

—¿Qué fueron esos sonidos, Bythiana?—preguntó con rapidez      .

—Creo que fueron los graznidos de las Gárgolas, Royko—respondió Bythiana con un tono algo bajo—. Pero no puedo verlos…

Fue entonces cuando los ojos de ambos Matadragones lograron ver un punto destellante que se hacía diferenciar entre los demás resplandores de las estrellas. El destello era de color rojo incandescente, y parecía moverse levemente de un lado a otro.

—¡Ahí está!—exclamó Royko, extendiendo con rapidez su brazo hacia el destello rojo.

Bythiana se volvió hacia la dirección donde el brazo de Royko había apuntado, divisando el movedizo punto rojo entre una constelación. El brazo donde portaba su arco se alzó hasta la altura de su cabeza, y el otro brazo se dirigió hacia la gruesa cuerda. Los dedos tomaron la cuerda, haciéndola retroceder hasta un extremo donde la cuerda se había tensado por completo.

—Pásame una flecha, Royko—dijo la Matadragones, sin dejar de mirar el destello rojo.

Royko se volvió con nerviosismo, encontrándose con el carcaj de Bythiana en uno de los escalones. El Matadragones se hincó en una rodilla, tomó el carcaj y tomó una de las flechas de medio metro. El Matadragones se volvió, y estuvo a punto de extender su brazo para ofrecerle a Bythiana la flecha cuando un estruendoso sonido, seguido de unos fuertes estremecimientos y fuertes vientos que sacudieron a Royko y a Bythiana.

Desde la perspectiva de Viria, Mildran y Milidrag (quienes no le quitaban los ojos de encima al destello rojo que se movía de un lado a otro), un repentino resplandor los cegó. Seguido de eso, unos poderosos estremecimientos sacudieron el porche, haciéndoles perder el equilibrio y obligándoles a sostenerse del parapeto. Unos fuertes vientos intentaron zarandear a los Matadragones, quienes no soltaban el parapeto.

Viria y Mildran se volvieron hacia el fondo del enorme porche cuando los vientos y los estremecimientos se detuvieron. Junto con Milidrag, los Matadragones descubrieron un gran muro de humo al fondo del porche, donde había una plataforma al bajar los últimos escalones. El humo fue barrido de un mandoble, provocando que este se disipase con más rapidez. Y ante los ojos de todos los Matadragones presentes, una figura humanoide de piedra de color verde, jorobada, de más de dos metros y con enormes alas de piedra avanzó un paso por la plataforma. La Gárgola empuñaba una alabarda con fuego incandescente resguardado en una especie de bóveda en su enorme punta. La cola de la Gárgola se alzó hacia arriba, demostrando ante los Matadragones la cabeza de un hacha con doble cuchilla al final de la alargada cola. El hacha se precipitó hacia las escaleras, destruyendo algunos escalones con un estruendo.

Con una increíble expectación, Viria apretó la empuñadura de ambos sables.

—¡Mildran!—masculló, volviendo su cabeza hacia él. Mildran hizo lo mismo— Cuando Bythiana dispare la flecha, tú y yo nos abalanzaremos hacia la Gárgola con la misma estrategia que hemos hecho —Viria se volvió hacia Milidrag, quien se encontraba sorprendida también por la repentina aparición—. Milidrag, tú te reunirás con Royko cuando Mildran y yo vayamos a atacar a la Gárgola. ¿Entendido?

—¡Sí, Viria!—exclamó Milidrag con un tono tenso.

De nuevo, Viria se volvió hacia la Gárgola, descubriéndola avanzando con lentos pasos, ascendiendo y destruyendo los escalones.

Bythiana no había soltado la cuerda de su arco, y todavía seguía a la espera de la flecha.

—¡Apúrate, Royko!—masculló, temiendo cada pisada que daba la Gárgola.

Royko se recuperó del fuerte estruendo. Y cuando escuchó de nuevo la voz de Bythiana, supo que ella todavía no había recibido la flecha. Rápidamente, el Matadragones extendió el brazo donde portaba la flecha. Royko tuvo que colocar la flecha alrededor de los dedos de la Matadragones, para que esta la tomase con firmeza.

—Ahora aléjate…—dijo por última vez antes de que su aura apareciese poco a poco alrededor de su cuerpo; desde los pies hasta la cabeza.

Royko retrocedió cuatro pasos hacia atrás tras lo que le había dicho Bythiana. Desde su perspectiva, el Matadragones veía como el aura de Bythiana empezaba a extenderse por la gruesa cuerda, seguido de la alargada flecha y el gran arco. Royko, quien era un usuario de aura también, sentía la profundidad del aura de la Matadragones con la presión que aparecía en el ambiente, provocando que el suelo que pisaba se abriera varias grietas.

Fue entonces cuando Bythiana soltó sus dedos, y la flecha salió disparada cuando la cuerda dio un golpe al aire, emitiendo un sordo sonido que ensordeció estremeció un poco el yelmo de Royko.

La flecha silbó con un sonoro sonido por el aire, recorriéndolo con suma rapidez e impactando contra el brazo de la Gárgola. Ante los ojos de Viria y Mildran, el brazo de la Gárgola se rompió con un sonido de piedra rompiéndose. Después de eso, la flecha atravesó el vientre inclinado hacia adelante, emitiendo de nuevo el sonido de piedra rompiéndose. La flecha desapareció entre la oscuridad de las montañas y, de repente, el vientre de la Gárgola se abrió en un enorme agujero que abarcó gran parte de su torso.

La Gárgola, de pronto, fue cayendo hacia el suelo, destrozándose en varias partes que regaron el suelo. Viria se vio confundida ante el suceso. Un momento, ¿piedra? ¿Acaso esa Gárgola estaba hecha de piedra? Pensó.

El silencio dominó el ambiente por varios momentos. Viria volvió a alzar su cabeza hacia arriba, donde ahora ya no encontraba el destello rojo entre las estrellas. La confusión ahora estaba siendo acompañada de la tensión dentro de la Matadragones.

—¡Bajemos, Matadragones!—exclamó, apoyando una mano sobre el parapeto y, con un salto, sobrepasarlo y caer  .

Mildran y Milidrag hicieron lo mismo, aterrizando junto con su capitana por debajo de los escalones donde se encontraban Royko y Bythiana.

Bythiana bajó su arco al presenciar la llegada de su capitana.

—¿Está muerto, mi capitana?—preguntó, con su cabeza girada hacia ella.

Viria se volvió hacia Royko y Bythiana. Comenzó a subir los escalones hasta llegar a su posición.

—Yo supondría que sí, Bythiana—respondió—. Pero aquella Gárgola era de piedra y…

Viria se vio interrumpida por el sonido de los escombros al fondo del enorme porche. Ella, así como demás Matadragones, se encontraron con los restos de la Gárgola de piedra reconstruyéndose poco a poco con un destello rojo flotando en el aire. Los restos iban rodeando el destello rojo, formando de nuevo la figura de la Gárgola. La sorpresa llegó a los Matadragones.

—¡Bythiana!—exclamó Viria— ¡Lanza otra flecha!

La Matadragones acudió a la orden de su capitana tomando otra flecha que le ofreció Royko. Llevó la flecha hacia la cuerda, ajustándola y haciéndola retroceder junto con ella hasta la máxima tensión. Estuvo a punto de dispararla cuando de pronto una explosión se produjo frente a ellos. El estruendo, junto con la barrera de humo que se creó al instante y la lluvia de escombros distrajeron a la Matadragones, provocando que esta soltase la cuerda y disparase la flecha más hacia arriba. Esta vez, todos los Matadragones cayeron al suelo por la sorpresiva explosión.

Cuando volvieron a levantarse, con el humo extendiéndose por todos lados, Viria lanzó una orden:

—¡¡Todos activen sus Auras al máximo poder!!

Con los sables en ambas manos, Viria activó su aura con la mayor densidad. La pequeña onda expansiva que provocó la repentina explosión de su aura provocó una perturbación en el humo, ocasionando que este se disipase un poco. Al hacer la misma acción los demás Matadragones, las perturbaciones del humo llevaron a la barrera a disiparse, dejándoles un poco de vista a los Matadragones.

La Gárgola de piedra se había restaurado para la espera de Viria. Pero lo que la Matadragones no se esperaría fue la aparición de una segunda Gárgola de piedra, empuñando la misma alabarda y con el mismo tamaño que tenía la otra. Las Gárgolas comenzaron a hacer distancia una de otras, rodeando a los Matadragones.

La tensión se iba acrecentando cada vez más dentro de Viria, así como también del resto de Matadragones, quienes habían empuñado y desenfundado sus armas.

 

 

Las Gárgolas de piedra comenzaban a rodear a los Matadragones, tomando distancia unos de otros y blandiendo sus armas con peligrosidad.

Las palpitaciones del corazón de Viria comenzaron a intensificarse con la cercanía de las Gárgolas, impidiéndole pensar con claridad.

—Viria —dijo Mildran en voz baja, con su mano todavía en la empuñadura de su arma—, necesitamos de sus órdenes para poder atacar.

La voz de Mildran logró sacar del trance de Viria, quien miraba a las Gárgolas con cierto nerviosismo.

—Iremos de esta manera —dijo, mientras que las Gárgolas de piedra seguían acercándose—; Mildran y yo nos encargaremos de una Gárgola, mientras que Royko y Milidrag se encargaran de la otra. Bythiana se quedará en su puesto, disparando sus poderosas flechas contra las Gárgolas, y nosotros deberemos de evitar que alguna de ellas se acerque a Bythiana.

Las ruidosas pisadas de piedra de las Gárgolas se escuchaban cada vez más cerca de los Matadragones, angustiando todavía más a Viria.

—A mi señal, todos se abalanzaran contra las Gárgolas —añadió al final antes de volver su cabeza hacia la Gárgola más próxima a su posición.

Lo mismo había hecho los demás, mientras que Bythiana volvía a preparar otra flecha en la gruesa cuerda de su arco.
Las Gárgolas, a medida que se acercaban a los Asesinos de Dracos, emitían unos gorjeos acompañados de los sonidos de las pisadas y la piedra en la que estaban conformados. Viria, al igual que los Matadragones que había mencionado para el asalto, no quitaban sus vistas de las Gárgolas. Fue entonces cuando Viria logró observar un repentino movimiento de la Gárgola a la que estaba viendo; blandió su alabarda, empuñándola con ambas manos y apuntando su punta hacia ella. De pronto, la Matadragones sintió como si un pincho punzara su corazón, advirtiéndole de inmediato del peligro inminente.

—¡AHORA! —vociferó. Y con las piernas tensadas por su aura, la Matadragones, junto con Mildran, se abalanzaron contra la Gárgola.

Royko y Milidrag habían hecho lo mismo. Y mientras, Bythiana lanzaba una de sus flechas contra la Gárgola de Royko y Milidrag. Para desgracia suya, la Gárgola había batido sus alas contra el suelo, levitando y esquivando tanto la flecha como a los Matadragones           .

Cuando Viria y Mildran se abalanzaron contra la Gárgola de piedra, se vieron sorprendidos por un ataque proveniente de su alabarda. Los Matadragones reaccionaron con rapidez, separándose con un empuje del pie contra el suelo, esquivando así la estocada de la alabarda.

Viria plantó sus pies contra el pavimento para detenerse, provocando ciertas grietas debajo de estos. La Matadragones entonces se volvió hacia Mildran, quien se encontraba al otro lado de la confundida Gárgola de piedra.

—¡Ataca ahora, Mildran!—exclamó.

La orden se oyó distante, pero llegó a los oídos del Matadragones.

Mildran entonces desenfundó con una gran fuerza su hacha de guerra, de color rojo oscuro y la cual tenía una enorme cabeza con dos voluminosas cuchillas a cada lado. El Matadragones precipitó el mango de su hacha hacia su otra mano, encerrándola en sus dedos. Con su enorme hacha preparada, Mildran se abalanzó hacia la Gárgola con un impulso proporcionado por su aura. El Matadragones precipitó la cabeza de su hacha contra la Gárgola, y de súbito Mildran observó como la criatura de piedra intentaba protegerse con el mango de su alabarda. La cuchilla del hacha atravesó y destruyó el mango de piedra de la alabarda, dejando a la Gárgola desprotegida.

Viria vio todo el suceso a través de su yelmo. Y cuando vio que el mango de la alabarda de la Gárgola de destruyó, vio su oportunidad para poder correr hacia la espalda de la Gárgola. Dio un saltó al verse cerca de él. Sus pies aterrizaron sobre la espalda de la Gárgola, llamando la atención de la criatura y provocando que esta diera un brusco giro. Mildran se vio sorprendido ante un repentino golpe por parte de la cola de la Gárgola. El choque lo envió de vuelta hacia las gradas, y Mildran sintió como su peto dorado chocaba contra las gradas de mármol.

Ante el brusco giro, Viria perdió el equilibrio, cayendo sobre la cabeza de la Gárgola. La Matadragones tuvo que enterrar la hoja de uno de sus sables en el cuello de la Gárgola, sosteniéndose firmemente en él. La Gárgola siguió zarandeando su cuerpo de un lado a otro, intentando quitarse a Viria de encima. El terror en Viria se acrecentó cuando la Gárgola decidió por batir sus alas contra el suelo, saliendo en vuelo a unos diez metros de altura.

 

 

Royko se cubrió con sus cestus con forma de cabezas de Dragón de la rápida estocada de la Gárgola. La fuerza de la bestia provocó que los brazos del Matadragones se echasen hacia atrás con brusquedad, y dando oportunidad a Milidrag para que se dirigiera de nuevo al vientre de la Gárgola, volviendo a enterrar la hoja de su cimitarra en ella. La Gárgola volvió a emitir un estridente rugido, para luego alejarse con un batimiento de sus alas, alzándose un poco en el aire y precipitando de nuevo su alabarda. La Matadragones tuvo tiempo de retroceder con ayuda de su aura, llegando hacia la posición donde se encontraba Royko.

La Gárgola de piedra siguió batiendo sus alas de roca, quedándose levitando en el aire.

¿Qué intentará hacer? Pensó Milidrag, mientras ayudaba a Royko a levantarse.

Los Matadragones observaron como la bestia de piedra tomaba su alabarda con ambas manos, apuntando su punta contra ellos. un fuego incandescente surgió de la aguzada punta de piedra de la alabarda, chorreando algunos fragmentos al suelo. Antes de que los Matadragones pudiesen pensar en lo que estaba haciendo la Gárgola, el fuego incandescente disparo chorros de fuego contra ellos. La sorpresa asaltó a los Matadragones, quienes comenzaron a correr a lo largo del porche, mientras que los chorros de fuego los perseguían, incendiando a su paso las partes de madera de la arquitectura.

 

 

La hoja del sable de Viria comenzaba a zafarse del cuello de piedra de la Gárgola a medida que este zarandeaba con intensidad en el aire, subiendo poco a poco en el aire. Los dedos de su guantelete de cuero no penetraban en la piedra, por lo que la Matadragones pensó que caería en cualquier momento.

De pronto, un sonido momentáneo se produjo en el ambiente, seguido de piedra rompiéndose. Viria volvió su vista hacia el origen del sonido, encontrándose en el vientre de la Gárgola un enorme agujero. De pronto, la Matadragones sintió que los movimientos de la Gárgola de habían detenido… Y su cuerpo comenzaba a caer.

¡Oh, mierda! Pensó Viria mientras que el cuerpo de la Gárgola se inclinaba hacia atrás, dejándola a ella hacia abajo. La Matadragones desenterró su sable del cuello de la Gárgola, al tiempo que enterraba la otra cerca del pecho de la misma. El cuerpo inerte de la Gárgola empezaba a descender y Viria, volviéndose hacia abajo y siendo cegada por una iluminación que provenía del otro lado de su yelmo, desenterró el sable, dejándose caer de la Gárgola. Viria descendió con más rapidez que la Gárgola, por lo que terminó por caer y rodar en el suelo, llegando frente Mildran (que se encontraba todavía sobre las gradas). Detrás suya, la Gárgola había aterrizado en el suelo, emitiendo un estruendoso sonido de piedra destruyéndose, al tiempo que su cuerpo se partía en diferentes escombros que se esparcían por todo el porche.

—Mildran, ¿cómo te encuentras?—preguntó Viria al estar frente del Matadragones sobre las gradas.

—Bien, un poco…—respondió Mildran con un tono adolorido y extendiendo sus brazos— sólo estaba recostándome sobre las gradas un poco…

Viria supuso con anterioridad que la respuesta de Mildran sería de aquella naturaleza

—¡Mi capitana!—exclamó Bythiana con tono temeroso desde la distancia. Viria se volvió hacia ella, encontrándola con su capucha sobre su cabeza— ¡El lugar se está incendiando!

Viria ya se preguntaba el porqué de aquella extraña iluminación. Cuando se volvió, se encontró con gran parte del porche con enormes llamas caloríficas. En el cielo, la Matadragones identificó la figura de la Gárgola, con su alabarda siendo empuñada con ambas manos y disparando chorros de fuego a diestra y siniestra.

De súbito, Royko y Milidrag aparecieron saliendo entre las llamas con sus densas auras que parecían protegerlos del fuego. Los Matadragones aterrizaron cerca de Viria y Mildran, desactivando al instante sus auras.

—La Gárgola comenzó a dispararnos con fuego, mi capitana—explicó Milidrag con tono sofocante y jadeante—. Royko no tuvo oportunidad de poder destrozarlo con sus Cestus Draco.

En la distancia, el rugido de la Gárgola incendiando el porche puso todavía más nerviosa a Viria, quien miraba las llamas con terror y expectación.

—¡Oh, mi capitana!—exclamó Bythiana. Viria se volvió de inmediato hacia ella— ¡Mire, la Gárgola está volviéndose a reconstruir!

Con el terror y ahora la desesperación incrementando en Viria, la Matadragones se volvió hacia la dirección donde Bythiana había apuntado con su brazo. Tanto Viria, como los demás Matadragones observaron con incredibilidad como los restos de la Gárgola que se había destruido con el aterrizaje comenzaban a moverse, levitando y rodeando un destello rojo como la vez pasada. una explosión se produjo cerca de los Matadragones, obligándoles a retroceder por las gradas.

—¡Vayámonos!—vociferó Viria con ansias— ¡Dirijámonos hacia el segundo piso!

Viria se volvió sobre sus pasos, subiendo sin la ayuda de su aura por las gradas de mármol hasta atravesar el umbral que daba acceso a la biblioteca. Seguido de ella, los Matadragones se adentraron en la biblioteca, siguiendo a su capitana por el pavimento de mármol, rodeando el de madera. A las afueras de la estancia, el sonido del fuego y de las explosiones ponía cada vez más nerviosa a Viria. No sólo por el temor de que el Castillo de Lorigan terminase sucumbiendo ante las llamas si no hacían algo rápido, sino también por el llamamiento de los paladines, del concejal de Lorigan o incluso del mismo Lorick.

Viria se adentró en las estanterías que no habían sido alcanzadas por las Gárgolas, para luego tomar el parapeto de las escaleras y saltarlo, saltándose cinco escalones consecutivos. Detrás de ella, los Matadragones subían los escalones con la misma prisa que tenía su capitana, llegando así al porche del segundo piso.

Viria, al igual que sus Matadragones, miraron más allá del parapeto de mármol, descubriendo a los restos de la Gárgola casi construidos en su totalidad, incluido la misma alabarda. En el cielo, los Matadragones vieron como la Gárgola incendiaria se decidía en precipitarse a las llamas del extenso porche del primer piso, desapareciendo a la vista de ellos.

—Esto es malo. Demasiado malo —dijo Viria con tono de terror y desesperación.

—Ahora mismo los paladines deben de llegar por tantos estruendos —corroboró Mildran con el mismo tono—. Y si Lorick y el consejero de Lorigan vienen aquí y nos ven…

—¿Pero qué es lo que está causando que las Gárgolas se reconstruyan?—preguntó Royko, observando como las llamas se extendían por las partes de madera del porche.

De pronto, una llamarada proveniente de la Gárgola se precipitó hacia los Matadragones. La sorpresa los asaltó, provocando que estos retrocediesen hacia el umbral. Milidrag y Mildran perdieron el equilibrio ante el brusco retroceso, cayendo bocabajo al suelo.

En el suelo,  Mildran logró ver a través del umbral y de su yelmo el mismo punto rojo centelleante en el cielo estrellado. ¿No será qué…? El pensamiento se quedó a medias en la mente de Mildran.

—¡Bythiana!—masculló, levantándose de prisa y volviéndose hacia ella— ¿Puedes ver aquel punto rojo en el cielo? —extendió su brazo, apuntando con su dedo hacia el destellante punto rojo.

Tanto Bythiana, como los demás Matadragones volvieron sus cabezas hacia el cielo, encontrándose todos con el punto rojo destellante.

—¿Puedes disparar una de tus flechas a ese punto, Bythiana?—preguntó Mildran, jadeante.

De súbito, un estruendoso sonido de piedra rompiéndose se escuchó al otro lado de los Matadragones; en el primer piso. Allí, Viria, Bythiana y Mildran descubrieron con gran impresión a una de las Gárgolas de piedra entrando en la biblioteca. Para suerte de ellos, el fuego no vino con él. Pero el que tenía en la alabarda era un peligro.

—¡Hazlo ahora, Bythiana! —exclamó Viria.

Royko se sobresaltó cuando la Gárgola había entrado en la biblioteca, avanzando dos pasos hasta llegar al suelo de madera, donde se encontraba el libro que había comenzado a escribir. Mientras que Bythiana preparaba una de sus grandes flechas, Royko, apurado y con terror de que el libro se destruyese, se abalanzó contra la Gárgola con la ayuda de su aura. A sus espaldas, el Matadragones logró oír como su capitana exclamaba su nombre. Royko ignoró la orden, y se concentró en el poderoso puñetazo con su cestus derecho que dirigió contra la Gárgola. La cabeza de Dragón Biraniano impacto fuertemente contra la cabeza de la Gárgola, emitiendo un sonoro sonido de piedra, al tiempo que la cabeza se esparcía en miles de pedazos. Royko rodó por el suelo, deteniéndose junto con los pequeños trozos de piedra.

Mientras tanto, Bythiana, con el arco ya tensado y apuntando hacia el punto rojo centelleante, soltó la cuerda, dejando que la flecha saliera disparada contra el umbral, y desapareciendo ante sus ojos mientras emitía un silbido por el aire. A sus espaldas, Bythiana escuchaba como Viria le exclamaba una orden a Mildran para que fuese hacia Royko. Pero su vista y su atención se concentraban en el punto rojo centelleante en el cielo.

Luego de unos momentos, Bythiana observó como el punto rojo centelleante desaparecía de repente.

En el primer piso, Mildran había aterrizado para arremeter contra la Gárgola con su hacha. Pero antes siquiera de asir su arma, el Matadragones se descubrió como la Gárgola volvía a desmoronarse en cientos de pedazos. Mildran, sosteniendo el mango de su hacha con ambas manos, estuvo frente a los escombros a la espera de que se reconstruyesen de nuevo… Pero los escombros no se movían por más que el esperase.

¿Habrá funcionado…? Se preguntó.

Royko había pasado de largo suyo, yendo hacia la estantería superviviente.

—¡Viria!—vociferó Mildran, volviendo su cuerpo hacia el segundo piso— ¡¿Qué pasó con el punto rojo?!

—¡Acaba de desaparecer, Mildran!—respondió su capitana con el mismo tono, asegurando a Mildran su suposición.

A las afueras, no se oía nada más que el sonido de las flamas haciendo arder el porche del Castillo de Lorigan.

Los Matadragones escucharon el relinchar de las armaduras de los paladines, acercándose hacia el destrozo que había causado la batalla. La tensión aún no había acabado.

 

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