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Vois Fachnir – Capítulo IV – DESCUBRIMIENTO Y ESCAPE

Modo noche

DESCUBRIMIENTO Y ESCAPE…

 

Entre el sonoro ruido de las llamas quemando el porche, así como el ruido de los cascos de los paladines acercándose poco a poco hacia la Biblioteca de Lorick ponían de los nervios a los Matadragones.

Viria apretó los dientes cuando los sonidos de los paladines acercándose llegaron a sus oídos. Volvía su cabeza con brusquedad hacia todos lados, intentando descubrir alguna salida o escondite. Pero lo único que llegaba a ver era el cegador resplandor de las llamas.

Mientras tanto, Royko se abalanzó hacia la estantería donde había colocado el libro que comenzaba a escribir. Guió con rapidez su vista entre los diferentes libros que todavía quedaban allí, hasta que sus ojos se toparon con el libro sin portada. El Matadragones precipitó su mano hacia el libro, encerrándolo en sus dedos y sacándolo de allí.

Mildran había subido por los mismos escalones que había subido con anterioridad, llegando hasta su desesperada capitana.

—¡Viria! —exclamó— ¡Los paladines de Lorick se están acercando a la biblioteca!

—¡Ya lo sé!—respondió Viria con tono alto— ¡Busquemos una salida o escondite antes de que ellos lleguen!

 

Los sonoros cascos se escuchaban cada vez más cerca.

Mildran se alejó de ella, dirigiéndose hacia un umbral que llevaba a un pequeño porche donde el parapeto lo protegía del borde. El Matadragones miró más allá del parapeto, hacia todos los lados posibles, sin ningún indicio de salida o segundo piso.

Viria recorrió el segundo piso dividido en cuatro agujeros ovalados, protegidos con parapetos y que revelaban algunas estanterías del primer piso. La Matadragones se vio frente a frente con una enorme estantería. Miró a ambos lados, sin encontrar ningún umbral o escaleras. Las palpitaciones de su corazón cada vez se aceleraban con más intensidad, y los jadeos provocados por las llamas lo hacían también. En ese momento, la Matadragones comenzó a hurgar entre los libros, con la esperanza de poder encontrarse algún pasadizo secreto.

Royko, con el libro en sus manos, se dirigió hacia el segundo piso, donde se encontró a Milidrag y Bythiana.

—¿Dónde están Viria y Mildran? —preguntó, jadeante, mirando hacia todos los lados, temiendo de que las llamas entrasen en la biblioteca          .

—Están buscando alguna salida para escapar de los paladines —respondió Milidrag, respirando con dificultad.

En ese momento, Mildran aparece por el umbral que se encontraba dos estanterías más adelante. Royko dio medio giró, encontrándolo a su lado.

—¿Encontraste una salida? —preguntó.

Mildran respondió ladeando la cabeza.

Las exclamaciones de los paladines ahora se escuchaban más cerca que antes. Los Matadragones, asustados por la cercanía de los gritos, volvieron sus cabezas con brusquedad hacia la entrada a la biblioteca. La sorpresa aterradora los asaltó cuando vieron a tres paladines de Lorick entrando en la biblioteca, siendo sorprendidos por el humo y el ruido de las llamas.

—¡Agáchense!—masculló Mildran, acuclillándose de inmediato.

Los demás Matadragones hicieron lo mismo.

 

 

Los paladines de Lorick tosieron varias veces por lo infestado que estaba el ambiente de humo. Demás paladines entraron en la biblioteca, con sus lanzas y escudos, protegiendo a su vez al Príncipe Lorick y al consejero (quien tenía una capa roja por encima de la túnica blanca que le llegaba hasta las pantorrillas). Lorick, asustado por lo que estaba oyendo, les ordenó a sus paladines para que se retiraran de su camino, dejando al descubierto las enormes llamas que se encontraban a las afueras de su biblioteca.

—¡Oh, mis dioses! —exclamó el consejero de la sorpresa    .

Lorick, con una mueca de perplejidad y boquiabierto, se adelantó unos tres pasos de sus paladines, mirando con suma impresión las llamas que, gracias a los dioses, no llegaban a entrar en su biblioteca.

—No… —dijo, apretando los puños con todas sus fuerzas— Esto no puede ser verdad…

—¿De verdad son así de rápidos los Virymnul? —se preguntó el consejero, mirando con la     misma impresión las llamas.

Los paladines (la mayoría quienes habían visto la escena de las Gárgolas contra los Matadragones con anterioridad) intercambiaron miradas nerviosas.

—¿Y ustedes que esperan?—preguntó el consejero con tono brusco— ¡Vayan y busquen agua para apagar las llamas!

Los paladines, sorprendidos por la orden del consejero de Lorigan, decidieron en ir algunos de ellos a buscar agua con rapidez.

 

 

Los Matadragones, apresados en el suelo, vieron toda la escena con inquietud y silencio.

—Mildran—susurró Royko. El Matadragones se volvió hacia él— ¿dónde está Viria?

Mildran estuvo a punto de responder, pero se quedó en silencio. Y aquel silenció fue suficiente para responder a la pregunta de Royko, quien alzó un poco su cuerpo, mirando hacia ambos lados en busca de su capitana. Y cuando Mildran decidió hacer lo mismo que Royko, este, junto con los demás Matadragones, descubrieron a su capitana al fondo del segundo piso, rebuscando entre los libros de la enorme estantería que tenía en frente.

—¡¿Pero qué está haciendo ella allá?!—masculló Mildran.

 

 

Ya iba por la tercera hilera de libros hurgados por su mano, y por cada vez que Viria hacía retroceder uno de los libros sin conseguir ningún efecto, sus esperanzas poco a poco se iban desvaneciendo.

Sé que tiene que estar en alguna parte… ¡Tiene que estarlo, demonios! Pensó, cada vez más ansiada y desesperada de no sólo salir ella, sino también sacar a su grupo de aquellos aprietos.

Ya estaba cada vez más cerca de acabar la tercera hilera de libros de la estantería, con su corazón palpitando a mil por hora así como su respiración cada vez más forzada. Su mano había bajado el decimoquinto libro de la hilera, y de pronto, un fuerte sonido de maquinaria interna se emitió. El susto sorprendió a Viria, provocando que trastabillase hasta caer de bruces al suelo.

 

 

Desde la perspectiva de los Matadragones, su capitana había trastabillado hasta caer de bruces al suelo, emitiendo un fuerte sonido revelador que los puso a todos en una sorpresa de terror absoluto. Además de eso, los Matadragones vieron como un sector de la enorme estantería comenzó a abrirse poco a poco, revelando un estrecho pasillo que seguía con unos escalones hacia abajo. De súbito, los Matadragones escucharon las voces de los paladines de Lorick, preguntándose por aquel ruido.

—¡Oh, mierda!—masculló Mildran, volviendo su cabeza hacia el primer piso y viendo entre el parapeto a los paladines y al mismo Lorick mirando hacia el segundo piso— ¡¡Todos, hacia la puerta, rápido!!

Mildran activó su aura, ocasionando que el resplandor, así como el de los demás Matadragones, revelasen su posición a los paladines y al Príncipe Lorick.

—¡Allí!—vociferó Lorick, apuntando su brazo hacia el segundo piso— ¡Ahí deben de estar esos desgraciados de Virymnul! ¡Vayan a por ellos!

Los resplandores blanquecinos se desplazaron a gran velocidad por el segundo piso, desapareciendo de la vista del príncipe, mientras que sus paladines (nerviosos de a lo que de verdad se enfrentaban) se dirigían a las escaleras del segundo piso.

La puerta de la estantería ya se había abierto por completo, y los Matadragones se encontraban cerca del umbral.

—¡Rápido!—había exclamado Viria, levantándose del suelo con un salto— ¡Entremos y cerremos la puerta de inmediato!

Los Matadragones se encontraban ya muy aterrados por los sonidos de los cascos de los paladines subiendo las escaleras. Pero aun así hicieron caso a la orden de su capitana, y uno a uno fueron entrando hasta la última, quien fue Viria. La Matadragones tomó el borde de la compuerta de la estantería y, con ayuda de su aura, la cerró con rapidez, emitiendo un fuerte estruendo ante el choque.

Los paladines de Lorick habían llegado al segundo piso, pero no se encontraba nadie allí.

El Príncipe Lorick llegó en aquel momento junto con el consejero de su padre, pasando por entre sus paladines y descubriendo lo vació que se encontraba el segundo piso          .

En ese momento, Lorick lo comprendió al instante: los atacantes al parecer sabían de la existencia de su biblioteca privada, donde allí resguardaba la información más escasa que se tiene de los Daesir. Supuso obviamente de que los asaltantes entraron allí para refugiarse.

Oh, no. No se me van a escapar esta vez, hijos de puta. Pensó con una furia interna   .

—¡Paladines!—exclamó, extendiendo su brazo hacia la parte derecha de su estantería— Los Virymnul saben de mi biblioteca privada, y debieron de haberse escondido allí. ¡Ábranla lo antes posible!

Los paladines (aun con el mismo temor de antes) se dirigieron hacia el lado derecho de la enorme estantería, siendo guiados por Lorick para indicarles cual era el libro que tenían que jalar.

 

 

Los Matadragones, con sus corazones acelerados por la adrenalina, traspasaron el umbral hasta llegar a un extenso y amplio pasillo con escalones de mármol revestido con un alfombrado rojo y dorado. Los Asesinos de Dracos oyeron un fuerte retumbo a sus espaldas. Pero sus ansias de escapar vencieron a la curiosidad, por lo que no se volvieron a ver la compuerta y comenzaron a bajar los escalones con una rapidez pasmosa              .

El pasillo estaba iluminado por algunas fogatas que estaban adheridas a la pared, dándole cierto resplandor que guiaba a los Matadragones por las al parecer inacabables escaleras. De repente, otro retumbo se produjo en la estancia, al fondo del pasillo por el que bajaban. Los Matadragones no tuvieron que pensar por un milisegundo para saber que los paladines y Lorick habían entrado.

Fue entonces cuando, gracias a la tenue iluminación proporcionada por las fogatas, los Matadragones se habían topado con dos enormes portones de roble que no parecían estar cerradas con llave.

—¡Royko!—exclamó Viria cuando los Matadragones estuvieron a punto de bajar el último peldaño— ¡Dale una patada a esa puerta para que se abran!

Con la orden de su capitana en su mente, Royko se abalanzó con ayuda de su aura hacia los portones de roble, alzando su pierna izquierda y precipitándolo contra los portones. Royko procuró que su aura no influenciase en ninguna Cualidad Avúrina Motora (fuerza, velocidad, agilidad y destrucción) a su pierna. Por lo que, cuando su pie impactó contra las puertas, desactivó su aura al instante, provocando que Royko abriese los portones de roble de par en par, emitiendo un fuerte estruendo. Más allá del umbral por donde los Matadragones traspasaron al instante, se encontraron con una pequeña estancia rodeadas por estanterías que formaban una especie de intersección. En el centro de la estancia, se encontraba una mesa redonda con dos sillas.

—¡Milidrag, Bythiana  —masculló Viria, mientras cerraba los portones con ayuda de Royko y Mildran—, traigan esas sillas hasta los portones para que las usemos como impedimento!

Ambas Matadragones se dirigieron de inmediato hacia el centro de la intersección, mientras que los Matadragones terminaban por cerrar fuertemente los portones de roble. Más allá de las gruesas puertas dobles, los Matadragones pudieron sentir la fuerte embestida de los paladines contra ellos. La embestida provocó una repentina sorpresa en los Matadragones, ocasionando que su distracción abriese un poco las puertas. Viendo y oyendo el peligro más allá de los portones, los Matadragones presionaron los portones con ayuda de sus auras, empujando con suma fuerza las puertas y produciendo que estas se chocasen contra el grupo de paladines que se conglomeraba contra los portones. Milidrag y Bythiana tomaron la mesa redonda y la llevaron hacia los portones de roble, donde colocaron el borde de la mesa contra el picaporte y sumieron aquella mesa con un poco de su aura (la cual concentraron en la Resistencia Avúrina). Con aquel acto, los Matadragones que protegían los portones se alejaron un poco de los portones, mirando con un poco de agotamiento como los paladines intentaban abrir los portones moviendo con un impresionante salvajismo el picaporte, que chocaba repetidas veces contra el resistente borde de la mesa.

—Eso deberá de retenerlos durante un buen rato. En este caso quizás por unos tres minutos de lo que el aura dura en estar impregnada en las sillas por lo poco que Milidrag y Bythiana han impregnado —explicó Mildran con jadeo, observando como Milidrag y Bythiana ponían las mesas contra los portones, para luego sumirlas en su aura y alejarse de allí de inmediato.

Las Matadragones regresaron con los demás, volviéndose para observar como los portones de roble recibían constantemente las embestidas de los Paladines de Lorick.

—Bien, Matadragones—dijo Viria, mirando a los lados de la intersección de la estancia (la cual era iluminada por la tenue luz de la luna a las afueras en los pequeños porches)—. Ahora busquen alguna salida, por los porches —añadió, haciendo un ademán con la cabeza para que los Matadragones se dirigieran a las diferentes direcciones.

Los Matadragones se dividieron en grupos de dos, y se fueron en ambas direcciones de la intersección, mientras que Viria se volvió por sus pasos, yendo por el estrecho y corto pasillo que tenía a sus espaldas.

Los Matadragones miraron más allá de los parapetos que los protegían de los bordes; hacia abajo, donde Royko y Mildran no pudieron ver nada más que un fondo negro, y mientras que Milidrag y Bythiana se encontraron con el techado de alguna sala del Castillo de Lorigan, a unos treinta metros de altura y alejado a unos diez metros de distancia. Milidrag sintió un cierto vértigo al mirar la altura que diferenciaba su posición de la del techado, obligándola a adentrarse de nuevo hacia la estancia. Allí dentro también se encontraron Viria y Royko.

—¿Encontraron algo?—preguntó Viria, volviendo con brusquedad su mirada hacia los portones de roble, que seguían siendo embestidas por los paladines.

—Nosotros nada—respondió Royko.

—Nosotras un techado…, a treinta metros por debajo de nosotros—respondió Milidrag con entrecortamiento.

—A treinta metros de altura…—se dijo Viria con un tono pensativo. No. No creo que sobrevivamos a esa caída, aun con nuestras auras y con nuestras armaduras. Se dijo.

De repente, las embestidas cesaron, poniendo nerviosos a los tres Matadragones que miraban como los portones zarandeaban hasta detenerse.

—¿Qué…?—intentó preguntar Milidrag.

—Esta es nuestra oportunidad—dijo Viria—. Sigan buscando una manera…

—¡Mi capitana!—había exclamado la voz de Mildran, a las afueras de la estancia— ¡Creo que he encontrado una salida!

El llamamiento del Matadragones provocó que, tanto Viria como Milidrag, se dirigieran a las afueras de la estancia, dejando a solas a Royko.

El Matadragones de pronto bajó su mirada hacia su izquierda, encontrándose con el libro que había recogido al instante de la estantería. Tengo que buscar algún zurrón para guardar el libro… Pensó.

El Matadragones miró por unos momentos los portones de roble, asegurándose de que estos no empezasen a ser embestidos de nuevo por los paladines, para luego volverse a la estantería que tenía a sus espaldas. El Matadragones se tiró de rodillas frente a las diferentes casillas que ofrecía la estantería, donde se resguardaban algunos libros e incluso papiros enrollados y sin sello. Royko guió su mirada poco a poco, pasando de una casilla a otra hasta encontrarse con un zurrón marrón alejado de cinco papiros reunidos en un pequeño montículo. La felicidad saltó dentro del Matadragones, quien tomó el zurrón con su precipitada mano para abrirlo y meter allí el libro. Con la brusquedad con la que Royko había tomado el zurrón, los papiros que se reunían en montículo terminaron por caer en el resto del espaciado de la casilla, ocasionando que uno de ellos se abriese (pues no tenía un sello). A Royko no le hubiese importado aquel acto y se hubiese levantado con tranquilidad, pero una figura dibujada en el papiro había llamado su atención cuando le había mirado con de soslayo.

La curiosidad de Royko por aquella figura conllevo a que el Matadragones colocase su zurrón en el suelo, para luego tomar el papiro desenrollado y sacarlo de la casilla. Giró el papiro, colocándole en forma vertical y dejando ver a Royko los párrafos que formaba la superficie en el papiro.

La figura (que se encontraba por encima de los párrafos) abarcaba gran parte de la superficie del papiro. El Matadragones pudo identificar unos taparrabos de escama reluciente, unos calzados viejos que le llegaban hasta las rodillas y una pechera de escamas por debajo de un chal grueso que cubría también su cabeza. Sus brazos estaban al descubierto (a excepción de las muñecas que portaban unos brazaletes), y en su mano derecha portaba una lanza con una gruesa punta. A sus espaldas también se encontraba una espada enfundada. Su cabellera era larga y rizada, que se extendía un poco hacia atrás.

La curiosidad de Royko se había intensificado al escudriñar la figura con más detenimiento. Volvió de nuevo su mirada hacia la casilla de la estantería, y en el borde que separaba esa con la otra casilla, Royko pudo leer unas palabras que identificó como el título que a lo mejor Lorick le había puesto a aquella cabina: “Dios Lodrico desconocido“.

Las embestidas contra los portones volvieron, y esta vez con más fuerza e intensidad. El retumbo sorprendió a Royko, quien volvió a concentrarse de nuevo en la casilla y con más apuro. Sin siquiera el saber él por qué, Royko comenzó a meter todos los papiros que se encontraban en aquella casilla en su zurrón.

—¡¡Royko!!—había vociferado su capitana desde el exterior de la estancia— ¡Ven aquí rápido!

La adrenalina comenzó a apurar todavía más al Matadragones hasta que terminó por meter los cinco rollos de papiros de la casilla al zurrón. Royko cerró el zurrón, y se levantó de un salto, saliendo de la estancia por el pasillo que había tomado su capitana.

El Matadragones se encontró con Viria y Bythiana.

—Rápido, Royko—dijo Viria, mientras que Bythiana daba un poderoso salto propulsado por su aura. Royko miró hacia arriba, donde vio a los demás Matadragones sosteniéndose de la punta de una cúpula—. Sube.

Royko accedió a la petición de su capitana; se acuclilló y activó su aura, donde la concentró en sus piernas, tensándolas y presionándolas hasta un punto en el que el Matadragones tuvo que soltar toda la presión, provocando un gran salto que lo llevó a ascender hasta la pendiente de la cúpula. Royko se precipitó hasta la punta de la cúpula con la ayuda de su aura, sosteniéndose de inmediato del brazo de Mildran.

Viria estuvo a punto de saltar, hasta que los portones de roble terminaron por ceder a las embestidas de los diferentes paladines, ballesteros y caballeros Lorigianos que se adentraron en la estancia. Entre ellos, Lorick salió y extendió su brazo hacia ella.

—¡Allí está!—exclamó con furia— ¡Disparen!

Con una extrema sorpresa, Viria saltó con más fuerza de la que debía. El salto la ascendió al instante, esquivando las diferentes flechas disparadas por los ballesteros. Pero Viria siguió ascendiendo, y poco a poco comenzó a detenerse en el aire para luego comenzar a caer. De súbito, Viria fue tomada del brazo antes de caer.

La Matadragones volvió su mirada perpleja, descubriendo a sus Matadragones sosteniendo sus brazos, los cuales aprovecharon para desplazarse y así dejar que Milidrag la tomara del brazo antes de que cayese.

Milidrag, con ayuda de los demás Matadragones, subieron a su capitana hasta la pendiente.

—¡Están arriba!—se oyó decir la voz de Lorick— ¡Avisen a todo los paladines que los intrusos están por los tejados del castillo de mi padre!

—Oh, perfecto—se quejó Mildran—. ¿Y ahora hacia dónde vamos, Viria? No tenemos ningún lugar a donde escapar del castillo.

La desesperación comenzaba a corroer con más rapidez a Viria. La Matadragones volvió su mirada hacia la enorme pared que tenían en frente. Alzó su vista, viendo que la altura que los separaba del borde no era más de diez metros.

—Subamos, rápido—dijo con tono secante, y comenzando a desplazarse por la techumbre con ayuda de su aura hasta dar un gran salto al estar al borde del muro.

Los demás Matadragones hicieron lo mismo.

 

 

Los Asesinos de Dracos se encontraron en lo más alto del techo del castillo, donde ahí se podían ver las diferentes cúpulas y torres que lo conformaban. Viria, al igual que sus Matadragones, escudriñaron toda la extensa zona iluminada por la tenue luz blanquecina de la luna.

La mirada de Viria se detuvo con brusquedad al encontrarse con una de las torres del castillo. Allí, la Matadragones pudo divisar las figuras de unas criaturas que había escuchado muy a menudo entre los Matadragones; el majestuoso grifo. Allí se encontraban dos de ellos encadenados y custodiados por unos ballesteros.

—Allí—dijo Viria con tono fuerte, extendiendo su brazo hacia la torre. Los Matadragones miraron en aquella dirección—. Ahí se encuentra nuestra salida.

 

 

Los paladines y caballeros Lorigianos comenzaban a irse de la biblioteca privada del Príncipe Lorick, a la orden del mismo para que avisasen a todo el castillo (y también al propio Rey Lorigan) de que los asaltantes estaban en el techo de la gran edificación de su antepasado. El propio Lorick estaba a punto de irse con sus paladines, pues no quería quedarse de brazos cruzados y viendo como sus paladines intentaban atrapar a esas ratas que se metían por cualquier escondite por donde ellos no podían pasar; pero antes de poder irse, por el rabillo de su ojo había visto una de las estanterías que parecía haber sido desordenada por alguno de aquellos intrusos. Su momentánea mirada le había dejado una visión fugaz, obligando al príncipe a que se volviese sobre sus pasos. Su mirada bajó por la estantería, casilla por casilla, hasta encontrarse con la última…

¡¿VACÍA?! Pensó el príncipe con una furiosa sorpresa en su rostro.

Lorick se abalanzó hacia la estantería, con el corazón latiéndole del miedo y de la ira. La mirada del príncipe no engaña su mente; la casilla de la última información de un Dios Lodrico exiliado del Panteón había sido robada por aquellos desgraciados de Virymnul. Pero, ¿para qué querría el Virymnul información de los Daesir? ¿No se supone que son una especie de secta esotérica, como la Ryzel’h, la cuales tienen su propios panteones ficticios? La mente del príncipe no tenía cavidad para aquellas preguntas, pues todo su espacio ahora era abarcado por la furia divina del hijo de un gran rey de Novapolis

—¿Qué es lo que pasa, Lorick?—había preguntado el consejero de su padre, hincándose de una rodilla a espaldas suyas y mirando por encima de su hombro.

—Lo han robado…—masculló Lorick, apretando como nunca antes sus puños— ¡¡HAN ROBADO MIS MANUSCRITOS MÁS PRECIADOS!!

La manera con la que el hijo de Lorigan vociferó dejo perplejo al consejero, quien retrocedió por cierto instinto. El príncipe siguió arrodillado,  lamentándose por aquel acto.

—Vamos, Lorick—dijo, tomándolo del hombro—. Tenemos que ir con tu padre y tus paladines para mantenerte protegido.

De repente, el consejero vio y sintió como Lorick golpeaba rápidamente su mano, quitándosela de su hombro          .
El consejero retrocedió de nuevo, y el príncipe se levantó, llevándose las manos a la túnica blanca, jalándola hacia arriba y quitándosela por medio de su cabeza, dejando al descubierto una armadura de cuero de escamas. En su cintura, el príncipe Lorick desenfundó una espada de corta pero de gruesa hoja. La luz de la luna se reflejó por el acero de aquella hoja.

—No, consejero —dijo con un sutil tono sereno—. Esta vez no me voy a esconder detrás de las piernas de mi padre, y tú no me vas a detener.

El Príncipe Lorick se encaminó hacia los portones de roble abiertos, pasando de largo del consejero de su padre y subiendo las escaleras de dos en dos. El consejero nunca se había impresionado tanto en su vida hasta ahora, ya que él tenía un pensamiento más abrupto del hijo del rey; un joven incapaz, que se esconde en el mundo de los libros para satisfacer su inseguridad. ¿Pero ahora…?

Esto ha calado demasiado en el corazón de Lorick… ¿Será que con esto habrá madurado lo suficiente? Se preguntó aún con perplejidad, quedándose en la biblioteca, sin moverse de allí.

 

 

Luego de que Viria indicase a sus Matadragones sobre la torre con los majestuosos grifos marrones, tanto ella como sus compañeros activaron sus auras y, tomando un gran impulso, fueron desplazándose a gran velocidad por las diferentes techumbres del castillo. Saltando de un techo a otro, y acercándose a la torre.

 

 

Desde la torre, los ballesteros pudieron divisar desde sus trece metros de altura unas especies de destellos blanquecinos con forma de llamas acercándose hacia su torre. Extrañados, los ballesteros estuvieron a punto de tomar un talismán que se encontraban en sus cuellos para llamar a otros soldados de lo que se avecinaba. Pero, cuando uno de los ballesteros tomó su talismán, este comenzó a vibrar y a resplandecer de color rojo. El ballestero, más confundido que antes, presionó la superficie del talismán con forma de un escudo, rodeado de lianas y con dos espadas chocando sus hojas. Las vibraciones se detuvieron, y se llevó el talismán al oído.

“¡Ballesteros de los torreones del castillo!”. Había exclamado la voz del Paladín General. “Los asaltantes Virymnul fueron vistos por última vez en la Biblioteca privada del príncipe Lorick. Ahora se nos dice que se deben de encontrar en el techo, donde ustedes se encuentran y que al parecer usan aquella esencia de Aura para poder desplazarse con rapidez por el castillo. ¡Así que si los ven, no duden en dispararlos y retenerlos el mayor tiempo posible!”

La voz del General Paladín calló, y el resplandor rojizo del talismán se apagó. Su compañero se encontraba igual de pasmosos con aquella información. Pero cuando oyeron la palabra “Aura”, supieron al instante de que los intrusos estaban desplazándose frente a sus ojos.

—¡Son ellos, compañero!—exclamó el ballestero, viendo como los destellos resplandecientes estaban cada vez más cerca de su torre— ¡Toca la campana para alertar a todo el castillo! —añadió, preparando su ballesta de repetición y apuntando su mira hacia los destellos.

Mientras que el ballestero comenzaba a presionar repetidas veces el gatillo de su ballesta, su compañero se dirigió al interior de la torre, y comenzó a subir las escaleras en espiral que llevaban al tercer piso, donde se encontraba la cadena que tenía que jalar para que sonasen las campanas. El ballestero tomó la cadena, y empezó a jalar con todas sus fuerzas de arriba a abajo. La campana emitió repetidos sonidos que asustaban a los grifos que se encontraban a las afueras del interior de la torre.

 

 

Los Matadragones oyeron los disparos que provenían de la torre a la que se dirigían. Y sus suposiciones fueron confirmadas al oír como diferentes flechas rozaban contra sus auras. Después de ello, los Asesinos de Dracos oyeron los poderosos sonidos campaneantes venir de la torre. Viria, quien no le quitaba un ojo encima a la torre, se alteró al oír el sonido de aquella campana, siendo luego acompañado de otros campaneos más alejados, viniendo de otras torres del techo del castillo.

De mal en peor vamos… Pensó. Si no tomamos a los grifos lo antes posible, cuando escapemos tendremos a toda la caballería aérea de Lorigan pisándonos los talones.

—¡¡Matadragones!! —vociferó Viria con fuerza, dejándose escuchar a sus compañeros entre los diferentes campaneos de las torres— ¡A mi señal saltamos con todas nuestras fuerzas hacia el tercer piso de la torre y desencadenamos a los grifos!

La cercanía con la que los Matadragones estaban de la torre, había dejado aterrado al ballestero que seguía disparando en vano contra los intrusos. Sus virotes se le habían acabado, y tuvo que tomar un cargador de su cinturón para interceptarlo de nuevo en su ballesta para recargarla de nuevo. En ese tiempo, el ballestero oyó un poderoso grito que venía cerca de su torre. Asustado, volvió a apuntar contra los intrusos. Pero estos habían desaparecido, desasosegando al ballestero y obligándole a mirar de un lado a otro a donde se habían ido.

Una poderosa fuerza ascendió fugazmente su torre. El viento tomó por sorpresa al ballestero, provocando que trastabillase hasta perder el equilibrio y dejar que su ballesta se le zafase de las manos.

Los Matadragones aterrizaron firmemente sobre el techo del exterior de la torre. Allí, los Matadragones identificaron al instante las figuras de los grifos zarandeándose con salvajismo e intentado escapar de los campaneos de la torre.

—Mildran—dijo Viria—, tú y Royko vayan y desencadenen a uno de los grifos e intenten domarlo mientras que nosotras matamos a los ballesteros que se encuentren dentro de esta torre.

Mildran y Royko asintieron con la cabeza. Mildran llevándose una mano a la empuñadura de su gran hacha, para luego precipitarse junto con Royko y sin su aura hacia el grifo que tenían más cerca. Mientras que las Matadragones se dirigían hacia el umbral que daba acceso hacia el interior de la torre, donde fueron sorprendidas por uno de los ballesteros que se encontraba tocando la campana.

—¡Compañero!—exclamó— ¡Los intrusos están en nuestra torre y parecen que van a tomar sus grifos!

—¡Oh, carajo!—masculló Viria, mientras oía como Mildran o Royko destruían una de las cadenas que sostenía a uno de los grifos— ¡Milidrag, mátalo!

—¡Escapa y llama al Paladín genera…!

Antes de poder terminar la palabra, el ballestero sintió como la hoja curva de uno de los asaltantes se enterraba en un instante a otro en su vientre. Antes siquiera de poder soltar un quejido, la boca del ballestero fue taponado por la mano del Virymnul, callándolo y haciéndole caer al suelo.

A Viria se le quedaron las palabras del ballestero en su cabeza. Más asustada y ansiada que antes, la Matadragones se abalanzó por las escaleras hasta el segundo piso, queriéndose encontrar con el ballestero al que había mencionado el asesinado. Pero allí no se encontraba nadie, y eso fue como la punzada de una flecha para Viria.

Ha escapado muy deprisa… Pensó. A sus oídos llegó el aleteó de las alas del grifo. Ahora debemos de apurarnos lo antes posible.

Viria volvió a subir hacia el tercer piso de la torre. Y junto con Milidrag y Bythiana, salieron hacia el exterior de la torre, donde se encontraron con Mildran sosteniendo con la ayuda de su aura al imponente grifo que intentaba escapar de sus manos.

—¡Maldito pajarraco!—exclamó el Matadragones, obligándose a usar por unos segundos su máxima fuerza Avúrina para atraer al grifo bruscamente a la plataforma donde lo había desencadenado. La enorme ave marrón chocó contra la enorme plataforma— ¡Rápido, súbanse todos al grifo!

Todos los Matadragones se abalanzaron y subieron encima del plumaje lomo del grifo. El último fue Mildran, quien soltó la cadena del grifo y se subió a la parte trasera. Royko quedó cerca del cuello del grifo, con las riendas frente suya .

—Royko, ¿supongo que sabes manejar un grifo, no?—preguntó Viria con tono desesperado.

—Eso supondría…—respondió Royko con inseguridad.

—¡Sepas o no sácanos de aquí lo antes posible!—exclamó Mildran desde la parte trasera del ave.
Royko, ansiado de salir del castillo y asustado por perder el zurrón que llevaba en su hombro, decidió por tomar las riendas del grifo y jalar de ellas con un movimiento entre la sutileza y la fuerza. El Matadragones provocó que el grifo se alzase con un brusco movimiento. Royko volvió a jalar las riendas, y esta vez, el grifo se destinó a batir sus alas contra el suelo, ascendiendo de la torre a unos diez metros de altura.

—¿Y hacia dónde nos vamos?—preguntó Royko, manteniendo con mucho cuidado las riendas del grifo para que este se quedase levitando en el aire.

—¡Lo más lejos posible que sea de Meneliada, Royko!—exclamó Viria a sus espaldas.

Los constantes campaneos habían cesado hace poco, dejando en expectación a los Matadragones desde entonces. De repente, un fuerte graznido de un grifo, seguido de otro y de otro más se oyó en el ambiente. Los Matadragones se volvieron en las diferentes direcciones donde habían escuchado los diferentes graznidos, y todos ellos vieron las sombras de otros grifos alzándose a la misma altura donde se encontraba el grifo de Royko. De súbito, las sombras de los grifos se abalanzaron hacia su posición a una velocidad que era tres veces mayor que la de los Matadragones con sus auras.

—¡¡Royko, sácanos de aquí ahora!!—exclamó Viria, esta vez con tono de sorpresa.

Con la misma sorpresa que la de sus compañeros, Royko dio un latigazo al grifo con las riendas. La sorpresa había conllevado a Royko a hacer el latigazo con mucha fuerza, y provocando que su grifo se abalanzase en picada al suelo, para así tomar un gran impulso que tomó para ir de nuevo rectamente. Luego de la tremenda sorpresa, Royko y sus compañeros se dieron cuenta de que el grifo había tomado un rumbo; hacia el este, donde la luz de la luna les daba cierta iluminación del cielo por donde estaban a punto de escapar.

 

 

Luego de que Royko espolease a su grifo con las riendas y con una fuerza excesiva, el animal tomó un poderoso impulso en picada, que lo transformó en un rapidísimo vuelo que los hizo desplazarse por toda la techumbre del Castillo de Lorigan.

La velocidad con la que el grifo se desplazaba contra el viento provocaba que estos chocasen contra los Matadragones, obligándoles a tomarse todos de las cinturas de todos para sostenerse firmemente y evitar que el viento los empujase del lomo del ave. Milidrag y Bythiana sintieron un gran temor al sentir como el viento golpeaban contra ellas salvajemente, provocando que ambas utilizasen su aura en sus brazos para mantenerse con mucha más fuerza de la cintura del otro. Royko, como jinete, sentía un temor mucho mayor que el de las Matadragones; pues desde su juventud ya no recordaba con claridad cómo se manejaba a un grifo tan grande como el marrón.

A pesar de sentir cierto miedo en su interior, Viria se concentraba más en la salida del castillo y de los grifos que de seguro debían de estar pisándoles los talones poco a poco. A la tercera vez que asomó su cabeza, la Matadragones descubrió un fondo penumbroso, que era iluminado por la tenue luz de la luna y del cielo estrellado. Cuando escuchó los graznidos distantes de los grifos perseguidores, Viria no dudo en volver su cabeza, descubriendo como la velocidad del grifo los alejaba más y más de masivo saliente de roca donde se posaba el Castillo de Lorigan imponentemente. Gracias a la luz de la luna, Viria logró identificar las sombras de los grifos perseguidores, acercándose hacia ellos.

Una idea a Viria se le vino a la cabeza, y esta se volvió de nuevo, esta vez en dirección al jinete Matadragones.

—¡Royko!—exclamó, sin soltar la cintura del ya mencionado— Cuando nos alejemos lo suficiente de Meneliada, reducirás la velocidad del grifo.

—¿Y para qué, capitana?—preguntó Royko, sin volver su mirada.

—Para así asaltarlos y tomar sus grifos—respondió Viria, aún con tono alto—. Pero tranquilo, que sólo será uno para que reduzcamos el espacio entre nosotros.

—Entendido, capitana—asintió Royko.

El jinete Matadragones volvió a agitar las riendas, azuzando al grifo para que volviese a aumentar su velocidad de vuelo y ocasionando así que se alejase de los grifos perseguidores, así como también se iba acercando cada vez más a los pequeños montículos que se encontraban más o menos cerca de Meneliada.

 

 

Dentro del castillo, el rey Lorigan se encontraba en los aposentos de su trono, en una estancia casi vacía donde sólo se encontraban gradas de madera detrás de unos pilares corintios. El rey vestía su túnica verdosa con la cual siempre se ponía para descansar. Pero el llamamiento de sus paladines por medio del talismán que se encontraba en su mesita de noche turbó su sueño.

Luego de atender a la llamada, el rey Lorigan, un poco molesto por su terrible ira en pesar por el repentino turbamiento de su sueño, se dirigió hacia los aposentos de su trono. Allí, Lorigan se encontró con varios paladines, con su más que confiado consejero y su hijo. El rey le impresionó que este último llevase la armadura de cuero de su fallecido hermano mayor a estas horas de la tarde.

—Ha de ser muy importante este llamamiento para que me turbasen por segunda vez mi sueño —dijo Lorigan. A pesar de tener un tono ronco por el sueño y de que su tono haya ido en decadencia a los cincuenta y dos años, el rey siempre intentaba sonar imponente ante sus paladines y su consejero.

—Y así lo es, mi rey—respondió el consejero, mientras que los paladines se quedaban firmes frente a él, con una mueca sutilmente dura—; de nuevo, el escurridizo clan de los Virymnul han vuelto a asaltar el castillo de su antepasado. Esta vez, incendiaron el porche de la biblioteca de su hijo, así como también robaron preciada información de los Daesir en su biblioteca privada.

—¡Padre mío!—exclamó Lorick de súbito, adelantándose un paso del consejero y llevándose una mano a la pechera, mientras que su otro brazo se extendía a su extremo— A mis veinte años, y seis desde que mi hermano mayor falleció asediando una de las ciudades amuralladas de los terroristas de Kodronayg, he madurado lo suficiente como para adaptarme a su imagen y semejanza. Y aunque no he salido nunca de la literatura, he aprendido también a manejar las armas más básicas y las tácticas militares de aquellos grandes y antiguos generales Paeristinos y Shinebicos. ¡Te pido que me dejes liderar a tus más preciados caballeros, en busca de esos sucios Virymnul!

El consejero, al igual que sus paladines, se quedaron perplejos en la manera en como el Príncipe Lorick, con un gran encanto en su tono y en sus movimientos, se dirigía a su padre. De verdad ha madurado… Pensó el consejero, volviéndose de nuevo y esta vez a su rey, para ver la expresión que tenía.

Para sorpresa suya, la mueca del rey Lorigan era indiferente; casi incluso de desagrado.

—Hijo mío…—comenzó a decir Lorigan, avanzando hacia él— Sé cómo te sientes al perder tanto en tu vida, ya que yo también lo he perdido; primero tu madre y luego tu hermano. ¡Pero no!—exclamó el rey con brusquedad— ¡Ni hoy y puede que nunca voy a dejar que te adentres en el hostil mundo de la guerra sólo para que te asesinen vilmente como lo hicieron con tu hermano!

Las impresiones del consejero se hacían cada vez más mayores; primero el hijo del rey tomando las riendas de su vida pacifista para irse a una belicosa. Y ahora el rey se encuentra regañando a su única estirpe viviente.

Lorigan jadeó varias veces mientras miraba la mueca impresionada y casi triste de su hijo.

—Perdóname, hijo mío—dijo, con tono más aliviador—. Pero eres lo único que me queda, y lo cierto es, que no quiero que nuestro linaje se acabe aquí y ahora. Por eso yo mismo dejaré que los Generales Paladines se encarguen del asunto en la mañana —el rey veía como su hijo tenía su rostro indeciso; no sabía si poner una mueca de tristeza o una de furia—. Pueden irse, todos ustedes.

Los paladines, sin un atisbe de emociones notorias, se volvieron sobre sus pasos para encaminarse por la estancia hasta la salida.

—Vamos, Lorick —dijo el consejero, tomándole de nuevo del hombro—. Tenemos que obedecer a tu padre…

El consejero notaba como el hijo del rey apretaba de nuevo sus puños. Por un momento, el consejero tuvo el cierto temor de que a lo mejor Lorick desenfundaría su espada para matar a su incompetente padre. Pero para su buena suerte, Lorick volvió a soltar sus manos.

—Está bien…—respondió con un tono frío, volviéndose con rapidez sobre sus pasos y provocando que la mano del consejero se quitase de nuevo de su hombro.

En aquel día, el consejero ya había recibido bastantes impresiones que en toda su vida.

 

 

El grifo de los Matadragones ya se habían adentrado en los pequeños montículos que bordeaban a Meneliada, la cual estaba ya muy alejada de su posición.

—¡Viria!—había exclamado Royko— ¿puedes identificar si los grifos todavía nos siguen?

La Matadragones, a petición de su compañero, volvió su cuerpo hacia atrás. La sorpresa y la confusión la asaltaron al descubrir ella que las sombras de los grifos ya no los perseguían; en cambio, ahora parecían retroceder, volviendo de nuevo al Castillo de Lorigan.

—Parece que los hemos perdido, Royko—respondió Viria, volviéndose de nuevo hacia el Matadragones.

—Uff, que alivio…—dijo Mildran desde la parte trasera del grifo, quien había mirado también hacia sus espaldas.

—¿Y ahora que se supone que haremos?—preguntó Milidrag, intentando todo lo posible de no mirar hacia la oscuridad del espeso bosque.

—Según mis conocimientos sobre los reinos—comenzó a decir Viria—, los caballeros del rey nos estarán buscando por todas partes. Por lo que, si no nos alejamos lo suficiente de Meneliada, los Caballeros Lorigianos nos estarán cazando hasta dar con nosotros.

—Bueno…—empezó a decir Mildran, mirando a en derredor suya— Para serte sincero, Viria, ahora mismo nos encontramos muy lejos de Meneliada, para ser más específico en la zona del espeso bosque. ¿Supondría que no sería malo darnos un pequeño descanso dentro de ese bosque, no?

La Matadragones capitana se quedó en silencio durante un largo rato, cavilando de lo que había dicho su compañero Mildran.

—Royko—dijo, llamando la atención del ya mencionado—, ¿cuánto crees que sea duradera la estamina de un grifo?

—Capitana, lamento serle de su decepción de no poder responder su pregunta—respondió Royko con solemnidad—. Hace años que no espoleaba a un grifo desde que me habían dado la libertad luego de un largo oficio siendo Gladiador Avúrina      .

—¡¿De verdad fuiste un Gladiador de Aura en tu pasado, Royko?!—preguntó Mildran con tono de perplejidad.

—Así es, Mildran—respondió Royko—. Pero por culpa de la ley de los Matadragones que decía que los miembros debían de olvidar su pasado o siquiera mencionar algo, ustedes nunca supieron sobre mí.

—Bueno, Matadragones—dijo Viria de súbito y con un tono alto—, déjenme decirles que, con un rey y su ejército entero en nuestra contra, las ataduras de las leyes Matadragones se zafaran de nosotros. Puede que el rumor comience a extenderse por la Legión al cabo de unas semanas, por lo que ni ellos no querrían de nuevo, ya que los testigos nos habrán contado de nuestras características externas    .

—¿Y entonces a dónde iremos o que haremos, capitana?—preguntó Bythiana, expectante.

Viria se quedó de nuevo en silencio durante otro largo rato.

—Para serte sincero, Bythiana, ni yo misma lo sé…—respondió de forma que preocupó a todos sus compañeros— Bájanos al bosque, Royko.

El Matadragones acudió a la orden de su capitana azuzando al grifo de nuevo y esta vez con mucho más cuidado. El grifo, que había reducido la velocidad de manera instintiva, empezó a descender hasta el oscuro bosque.

¿Qué haremos ahora…? Se preguntó Viria, con la misma preocupación que tenía sus compañeros con respecto a la fuga.

 

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