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Vois Fachnir – Capítulo VI – UN SORPRESIVO ASALTO

Modo noche

UN SORPRESIVO ASALTO…

 

En la nueva mañana de Meneliada, la gente había sido recibida por la terrible noticia de un nuevo atentado asestado nuevamente en el castillo de Lorigan. La gente se vio atemorizada al oír la noticia y sus detalles. El que más había llamado la atención en ellos era sobre que habían divisado a los supuestos “terroristas”, los cuales habían escapado robando un grifo en la parte superior del castillo del rey.

Los generales del cuerpo de la cohorte, así como también los paladines, aumentaron el doble de la seguridad tanto en la ciudad como en el castillo. Mientras que Lorigan había comandado a sus generales Lorigianos para que buscasen a los alrededores de la ciudad a los terroristas.

 

 

Uno de los generales Lorigianos, junto con su pequeño pelotón, iban buscando y rebuscando en el espeso bosque amazónico algún rastro de los terroristas. Uno de los testigos del robo del grifo había dicho que, luego de haber asesinado a su compañero, los terroristas habían robado a un grifo macho, con plumaje marrón y vientre blanco. Por lo que ahora los soldados tenían cierta idea de la pista con la que tenían que encontrarse.

El general Lorigiano había ordenado a su pequeño pelotón para que se dispersase y buscase alguna pista que les dé sobre los terroristas. Al principio, los generales no se creyeron que los “terroristas” hubiesen descansado a los alrededores de Meneliada. Pero el testigo había vuelto a hablar, refutando la negación de los generales diciendo que los grifos (incluido el que los terroristas habían robado) estaban en un completo estado de cansancio. Y que cuando ellos los asaltaron, las enormes aves habían reaccionado de manera brusca ante el estruendo. El testigo aseguro de que los terroristas no deberían de estar a más de cinco millas de Meneliada.

Mientras que el grupo A de Lorigianos se había ido hacia el oeste de Meneliada, los soldados del grupo B donde él pertenecía fueron a buscar al este de las amazonas de Meneliada. Para los soldados Lorigianos, la selva amazónica ya era un bosque común y a la vez bello en su interior, donde la fauna y flora ya no les daba ninguna impresión como antes lo habían hecho los reinos del lejano pasado. Con sólo una estocada de sus gladius, los soldados se abrían paso entre el espeso follaje, en busca de aquella pista.

En ese momento, el general, junto con cinco soldados acompañándole, se adentró en el interior de un follaje. Los soldados del general iban cortando las diferentes hojas que les impedía el paso, al tiempo que estos se cubrían con sus rectangulares escudos de roble. El general oía los diferentes sonidos de los animales que conformaban la fauna de las amazonas, los cuales podían variar desde un ave de diferentes colores, hasta incluso una serie de Raptores de todos los tamaños. Al cortar un arbusto de flores silvestres con su gladius, el general se había encontrado con una página enredada entre las lianas de un árbol. El general hizo una mueca de extrañez, y convocó a sus soldados para que se reunieran con él.

—¿Ocurre algo, general? —preguntó uno de los soldados.

—Miren eso —había dicho el general, haciendo una ademán con la cabeza para que se volvieran.

Los soldados voltearon sus cabezas, encontrándose con la página enredada entre las lianas. Sin aviso, el general comenzó a avanzar hacia las lianas donde se encontraba la página, teniendo cuidado de no tropezar con las gruesas raíces del gran árbol. Sus soldados le empezaron a seguir al mismo ritmo, con sus gladius en una mano y el escudo de roble en la otra.

El general llegó a la liana, y sus soldados habían hecho lo mismo. Al tomar la página y sacarla de la liana, el general notó que la otra parte de la hoja estaba escrita. La volteó, dejando ver una serie de párrafos que conformaban la página entera. Sus soldados habían llegado justo al lado de él, viendo también la página escrita.

El general y sus soldados leyeron con cierta dificultad (por la caligrafía) los primeros tres párrafos. De repente, el general sintió como si su corazón se hubiese volcado con brusquedad al leer los nombres de los Matadragones que había dejado ingresar al castillo. No puede ser… Pensó el general, con las manos temblorosas.

Tanto los soldados Lorigianos, como los Paladines de Lorick testigos de lo que había  visto, no le habían contado al rey, ni al príncipe y ni al consejero sobre que los terroristas eran Matadragones. Incluso ahora mismo, el general se sentía traicionado de sí mismo por haber confiado más en su mentira que en la verdad de sus palabras. ¿De verdad había sentido más confianza en los Matadragones que en su lealtad?

El general ya sabía que era inevitable seguir callado. Ahora sus soldados (que no fueron testigos de las Gárgolas) deberían de estar especulando sobre los Matadragones y la relación que podrían tener ellos con el atentado.

En ese momento, el general escucho las pisadas de algo acercándose a ellos. Él, al igual que sus soldados, volvieron con sorpresa sus vistas. Sólo para encontrarse con la llegada de un sexto soldado.

—¡Mi general, tiene que venir ahora mismo! —había mascullado entre jadeos.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó el general, mientras le tendía a uno de sus soldados la hoja.

—Un soldado ha encontrado al grifo robado del castillo, así como también a los terroristas en un claro —explicó el soldado, irguiéndose.

De nuevo, el general Lorigiano sintió un vuelco en su corazón. El soldado guió al general y a los demás soldados por entre la maleza con prisa.

 

 

Royko sintió como su cuerpo era zarandeado entre la delicadeza y la brusquedad, turbando el sueño del Matadragones y obligándolo a que levantase su torso. Pero antes de que pudiera alzarse, fue llevado de vuelta hacia el suelo. Royko se sorprendió ante aquel acto, y miró hacia su lado izquierdo, encontrándose cara a cara con el rostro de Viria. En él, Royko pudo notar una cierta preocupación mostrada en una mueca y en sus temblorosos ojos.

—¿Qué es lo que pasa, capitana? —preguntó Royko en voz baja.

—Mildran me dijo que ha escuchado extraños sonidos a los alrededores. Incluso yo misma he visto a sombras rodeando el claro —explicó su capitana, también en voz baja—. No cabe duda que deben de ser soldados Lorigianos —en ese momento, Viria intentó alzar su mirada, queriendo ver las sombras escondidas entre el follaje.

—¿Y qué pretendemos hacer? ¿Dejar que nos pillen? —dijo Royko.

—Todo lo contrario, Royko —dijo Viria, guiando con cuidado el brazo (con que había empujado a Royko) hacia su cintura, haciendo a un lado su capa marrón y empuñando uno de sus sables sin desenfundarlo—. Les haremos creer que seguimos dormidos, para que así vengan y los sorprendamos.

El Matadragones captó lo que su capitana quiso decir, por lo que se llevó las manos hacia sus cestus, introduciéndolas en ellas y haciendo un suave sonido que perturbó un poco a Viria. En ese momento, ambos Matadragones escucharon el ruido del follaje siendo perturbado, seguido de unos lentos pasos y sonoros sonidos de armaduras.

—Ya vienen —susurró Viria, sin mover la mano donde empuñaba su sable—. Cierra los ojos y no hagas ningún movimiento brusco hasta que oigas que estén cerca de nosotros.

Royko respondió asintiendo con la cabeza. Él y su capitana cerraron los ojos, a la espera de los soldados de Lorigan.

 

 

El general Lorigiano salió del follaje junto con sus soldados. Guió su vista alrededor del claro, donde pudo ver como todo su pelotón (de treinta hombres) rodeaban al grupo que se encontraban dormidos. Antes de que salieran, el general ordenó a sus soldados de que no hicieran contacto con el grifo. Pues si este se despertaba, ellos también lo harían.

Sus soldados alzaron sus escudos rectangulares, uniéndolos unos con otros, formando así un círculo donde lanzas sobresalían de los resquicios, y apuntaban sus puntas hacia los miembros del grupo. Pero, a pesar de ir detrás de los escudos de roble, el general sentía un fuerte escalofrió recorriéndole todo su cuerpo. Pues sabía que a lo que se enfrentaba era cien veces peor que un terrorista Virymnul. Y lo malo de todo esto era que ni siquiera sus soldados lo sabían.

El general y el círculo de soldados estuvieron a cinco metros de encerrar al grupo con sus escudos. El general de pronto alzó su brazo, haciendo detener a sus soldados.

Mildran se extrañó por el repentino silencio. ¿Qué? ¿Se habrán detenido? Se preguntó, con los nervios recorriéndole el brazo extendido, con la mano por encima del mango de su gran hacha.

El Matadragones tuvo la terrible tentación de abrir los ojos. Temblándole, Mildran abrió lentamente sólo su ojo derecho, encontrándose con una serie de escudos rodeándolo, así como también algunas lanzas que sobresalían de los escudos. Algunas cerca de su cuerpo.

Antes de poder pensar en algo, una de las lanzas cerca de su muslo se precipitó contra él. La punta se enterró en su muslo, causando un fuerte y aguzado dolor que recorrió todo el cuerpo de Mildran. ¡Mierda! Pensó con ira. El Matadragones reaccionó abriendo los ojos y girando su cuerpo por el suelo y alejándose de las lanzas. Mildran se detuvo y se hincó en la rodilla sana, con su hacha en su mano derecha.

Mildran observó cómo los soldados Lorigianos retrocedían por los bruscos movimientos que el Matadragones había hecho. Volvió su mirada hacia sus compañeros, que parecían no haber escuchado todo lo que había pasado.

—¡Por mi Dios, levántense! —exclamó, empuñando su hacha con ambas manos.

¿Qué? Había pensado Viria ante la exclamación de Mildran. En ese momento, Viria supuso que debieron de haberlo atacado. Por lo que giró su cuerpo hacia su izquierda, para así hincarse en una rodilla y luego levantarse, desenfundando ahora ambos sables. La capitana notó como Royko había hecho lo mismo que ella, quedando a su lado, observando cómo habían sido rodeados por los soldados Lorigianos.

Viria volvió con cuidado su cabeza, encontrándose a Mildran a unos metros alejado de la lanza, y con el muslo herido. Milidrag y Bythiana se encontraban más atrás de él. En ese momento, Viria observó cómo Bythiana empuñaba su gran arco, preparando una de sus flechas.

Viria volvió de nuevo su vista hacia los soldados Lorigianos.

—Royko, retrocede —susurró.

El Matadragones asintió con la cabeza, retrocediendo junto con su capitana hacia la posición en donde se encontraba Bythiana. Aquella acción provocó que los soldados Lorigianos se acercaran un poco más a ellos.

Al estar cerca de ella, Mildran le hablo:

—Esto debe de ser fácil, ¿no, capitana? —dijo en tono bajo.

—En teoría debe de serlo —respondió Viria—. Lo único que podemos hacer es que tú y Royko se abalancen contra ellos, mientras que nosotras vamos a por el grifo.

—Tarea fácil, entonces —dijo Mildran, volviendo otra vez su vista hacia los soldados.

En ese momento, Viria y Royko notaron como dos escudos se abrían, dando paso a lo que ellos supusieron que era el general. La impresión asaltó a Viria al escudriñar al hombre.

¡Ese hombre es el mismo que nos encontramos en Meneliada! Pensó. Le extrañó que se mostrara ante ellos con tanta seguridad ¿Pero qué estará tratando de hacer?

El general Lorigiano se colocó a unos cinco metros de distancia de los dos Matadragones. En la distancia, Viria y Royko escucharon los murmullos de los soldados detrás de sus rectangulares escudos. De repente, el general habló, captando la atención de todos los Matadragones:

—¿Pero cómo han podido acabar en esta situación? —su tono era de una sutil preocupación. Los Matadragones se extrañaron ante la pregunta— Lo único que tenían que hacer era acabar con esas Gárgolas, nada más…

—¡Pues adivine que, general! —había exclamado Mildran con ira a sus espaldas— Las cosas se nos complicaron en la batalla. El porche acabó en llamas, ¡y por culpa de la mentira que le tuvieron que echar a la familia sobre los Virymnul, ahora ellos piensan que somos esos malditos Shinebicos!

De súbito, el general se colocó cabizbajo luego de lo que dijo Mildran. Tanto Viria, como Royko, notaron que la postura del general era de abatimiento por la culpa que le corroía.

—¿De verdad este general ha agarrado confianza en nosotros? —preguntó Royko en voz baja.

—Que irónico… —masculló Viria con desagrado.

En ese momento, los murmullos se intensificaron y alzaron su tono, llegando a escucharse algunas preguntas: “¿Acaso el general conoce a estos terroristas? ¿Qué es lo que ha pasado entre ellos?”.

El general volvió alzar la cabeza. Ambos Matadragones ensancharon los ojos al descubrir una dura mueca en el general Lorigiano.

—Reconozco mi error de haber confiado en ustedes, Matadragones—comenzó a decir, al tiempo que retrocedía hacia los escudos rectangulares—, así como también reconozco la responsabilidad a la que tendré que tomar riendas. No importa si nos matan a todos, pues tarde o temprano los Paladines de Lorick le notificaran al rey sobre sus identidades, y no tendrán paz en sus vidas de nuevo.

El general se adentró entre los escudos rectangulares que le abrieron paso. La irascibilidad empezaba a controlar el cuerpo de Viria, haciéndole tensar sus brazos y apretar con todas sus fuerzas las empuñaduras de sus cortos sables. De pronto, una exclamación de ataque, proveniente del general Lorigiano, llegó a oídos de todos sus soldados. En ese momento, Viria también actuó con rapidez:

—¡MATADRAGONES, EMBISTALOS AHORA! —exclamó con todo el aire de sus pulmones, al mismo tiempo que activaba su aura al máximo poder, emitiendo unas fuertes ráfagas de viento.

La orden sorprendió a los Matadragones, que repitieron lo mismo que había hecho su capitana, emitiendo poderosas y varias ráfagas de fuego que distrajeron a los soldados Lorigianos del ataque de sus lanzas. Rápidamente, Royko se abalanzó hacia el muro de escudos rectangulares, golpeando dos de ellos con uno de sus Cestus Dracos. Los escudos rectangulares se rompieron, y varios de los soldados que se encontraban alrededor de ellos fueron sorprendidos por el repentino ataque. Mildran, a pesar de tener su muslo herido, blandió con todas sus fuerza su gran hacha, lanzando una estocada horizontal hacia los escudos Lorigianos, destruyendo a varios de ellos y salpicando el aire de astillas. Bythiana soltó la cuerda de su arco, dejando que la gran flecha saliera dispara contra otra hilera de escudos. La flecha impactó contra ellos, destruyendo a varios de ellos y lanzando a sus portadores al suelo.

El desorden había sucedido durante un lapso de varios segundos, suficiente como para sorprender al general con tantos de sus soldados en el suelo. Algunos supervivientes intentaron atacar a la Matadragones arquera, pero Viria y Milidrag les impidieron el paso, cortando sus escudos y cortando sus armaduras de bandas metálicas. ¡Por todos los dioses! Exclamó su cabeza. El terror ahora había dominado todo su cuerpo. Y su primera reacción fue girarse sobre sus pasos, y correr, queriendo adentrarse de nuevo en el follaje.

Viria desenterró uno de sus sables del pecho del soldado Lorigiano que había lanzado al suelo. Escuchó unas pisadas lejanas entre toda la desordenada mezcla de sonidos. Alzó su cabeza, descubriendo al general Lorigiano intentando adentrarse de nuevo en el follaje para escapar.

—¡Ni creas que de vas a escapar, desgraciado! —exclamó, empuñando con fuerza su sable izquierdo, llevándose el brazo hacia atrás, y lanzándolo con todas sus fuerzas hacia el general.

El sable recorrió todo el aire hasta alcanzar la pierna del general Lorigiano. La hoja amputó por debajo de su rodilla, causando que el general cayera dentro del follaje junto con su sable.

Viria se volvió con rapidez hacia Milidrag.

—¡Milidrag! —vociferó. Su compañera se volvió para verla— Tu ve a por el grifo, y trata de que ningún soldado la despierte para que se escape sin nosotros.

La Matadragones asintió, abalanzándose entre la batalla y esquivando todos los cadáveres de los soldados Lorigianos en dirección al grifo que estaba a punto de despertarse.

Viria miró en derredor suyo, observando como sus compañeros acababan con todos los soldados Lorigianos sin ningún problema. De repente, un extraño remordimiento la asaltó. Apretó sus dientes de aquel horrible sentimiento, mientras se acercaba poco a poco hacia su yelmo con la forma de un mirmillo. Sus piernas pasaron por encima de los cadáveres y escudos destruidos de los Lorigianos. Aquella era la primera vez que Viria (y quizás sus compañeros también) atacaban a otras personas para poder sobrevivir. Tomó su yelmo, y se lo introdujo en su cabeza.

—No puedo creer que hayamos llegado a este punto… —se dijo a sí misma, viendo como Royko acababa con el último soldado Lorigiano de un poderoso puñetazo de sus Cestus Draco. El escudo rectangular se destruyó en varios trozos, y el soldado Lorigiano cayó al suelo, con su rostro abatido así como también todo su cuerpo y armadura.

Supongo que ya no hay vuelta atrás. Pensó.

 

 

Suerte tuvo Milidrag de haber encontrado al grifo en un estado de somnolencia. La Matadragones llamó a Royko a gritos, y este acudió en camino. A su llegada, Milidrag se separó del grifo para ir a buscar su yelmo entre los diferentes cadáveres de los soldados Lorigianos.

Un incómodo silencio ahora dominaba el ambiente. Y lo único que Viria alcanzaba a oír eran los gruñidos y gemidos agónicos del general Lorigiano, que lo había encontrado enredado entre los arbustos al ir a buscar su sable. La Matadragones encontró el sable cerca del general. Y lo primero que tomó fue el sable, enfundándolo en el lado izquierdo de su cintura, para luego tomar al general metiendo sus dedos entre las bandas metálicas.

Viria sacó al general de entre el follaje con suma brusquedad. Su aura (concentrada en la fuerza) había rodeado todo el brazo que sostenía al general, por lo que no causaba ningún peso o tensión en él. La Matadragones se encaminó unos pasos hacia adelante, alzando al general lo más alto que pudo. La Matadragones fue descendiendo su vista por todo el cuerpo del general. Su armadura tenía algunas hojas metidas dentro de las bandas, y la parte inferior de la rodilla derecha había desaparecido, dejando que varios chorros de sangre se vertieran por la herida.

Al ver el abatimiento en todo su cuerpo, Viria bajó un poco el brazo donde sostenía al general, lanzándolo luego al suelo, junto con los cadáveres de sus compañeros.

En ese momento, Bythiana y Milidrag habían acudido junto con su capitana, rodeando al agónico general tendido por encima de un cadáver.

—¿Quiere que lo mate, capitana? —preguntó Milidrag, a punto de desenfundar su cimitarra.

En ese momento, Viria oyó los sorpresivos graznidos del grifo. Alzó su mirada, mirando a través de su yelmo a Royko ayudando a Mildran a subir al lomo de la enorme ave. Ahora que se había dado cuenta, Mildran tenía una terrible herida en su muslo. Por lo que ahora tendría una preocupación casi tan grande como la fuga en sí misma.

—Hazlo, Milidrag —dijo, volviendo su mirada hacia ella—. A pesar de haber cortado la parte inferior de su pierna, cortando varias arterias, morirá desangrado en dos o tres minutos. La impaciencia me está dominando, y eso me hace creer que algunos de sus compañeros Lorigianos están en alguna parte de las amazonas buscándonos.

—De hecho, Matadragones —la voz del general, ronca y endeble, sorprendió a las tres Matadragones—. Ellos…, ya deben de estar en camino —el general sacó de la solapa de su armadura un talismán con la forma de un escudo rodeado con lianas y con espadas chocando sus hojas.

Las Matadragones se extrañaron por el objeto que había mostrado el moribundo general.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó Viria.

—¿Qué acaso la Legión de Matadragones no usan talismanes de uso de comunicación, como las que llevaban las Alyrys Divinas? —dijo el general, respirando con más dificultad.

La impresión llegó a la Matadragones al oír aquello. Y luego le llegaron unas terribles ganas de matarlo ella misma. Pero la distante voz de Royko la había distraído.

—¡Capitana mía! ¿Va a venir o no?

Antes si quiera poder volverse, Viria notó una irritable sonrisa confiada en el general.

—¡Milidrag, mátalo ahora! —masculló, al tiempo que se disponía a irse hacia el grifo de Royko— Ven conmigo, Bythiana.

La Matadragones mencionada se volvió y siguió a su capitana, dejando a Milidrag desenfundando su cimitarra, blandiéndola y precipitando su hoja hacia el protegido pecho del general. La Matadragones imbuyó su cimitarra en su aura, para así asegurarse de que la hoja atravesase sin ninguna dificultad las bandas metálicas; y así lo hizo.

Pasados unos segundos, donde la Matadragones oía los silenciosos quejidos del general, Milidrag no pudo evitar sentir un cierto despreció por si misma de haber matado a un hombre que había confiado en ellos. Desenterró con rapidez su cimitarra, desactivó su aura que rodeaba su arma, la enfundó de nuevo en su cintura y se giró sobre sus pasos, alejándose poco a poco del general con un horizontal agujero en su pecho, el cual comenzaba a sangrar al igual que en su boca. El general fue perdiendo lentamente la consciencia, bajando la cabeza hasta quedar tendida hacia abajo, mostrando una mueca indiferente, la cual demostraba, ante el reojo de Milidrag, de que había muerto.

 

 

Con aquel vistazo, Milidrag no tuvo que ir de vuelta para asegurarse de que el general siguiese vivo o no. Por lo que se volvió de nuevo, y siguió hacia adelante, pasando por encima de los trozos de escudos y los cadáveres (así como también rastros de sangre que se originaban de los cuerpos).

—Oye, Milidrag —había dicho Royko encima del lomo del grifo, tomando sus riendas y tomando el control sobre el ave—. ¿Te importaría que tú llevases el zurrón? A veces tengo miedo de que se zafe de mis brazos.

—Con gusto, Royko —respondió Milidrag asintiendo con la cabeza y volviendo su cuerpo hacia atrás. Divisó el zurrón cerca del cadáver del general, por lo que fue de inmediato a por él.

De repente, el fuerte y distante graznido de otro grifo se emitió por todo el claro, paralizando a Milidrag y a los demás Matadragones. El sonido de los bruscos rumores en el follaje vino después del graznido,   asustando todavía más a Viria.

—¡Milidrag, date prisa y vuelve aquí con el zurrón! —exclamó, estando ella cerca del grifo de Royko.

Milidrag tomó el zurrón con rapidez, volviéndose con la misma velocidad en dirección al grifo de Royko al tiempo que activaba su aura. De pronto, el brusco sonido del follaje se oyó a espaldas de Milidrag. Pero esta ni se inmuto en voltearse a ver lo que había aparecido a sus espaldas, por lo que se impulsó con un poco de la fuerza de su aura, llegando hasta la posición del grifo de Royko y chocando sus pies en el suelo, enterrándolos un poco.

—¡Date prisa y súbete! —volvió a exclamar Viria.

Milidrag colgó el zurrón en su hombro izquierdo, pasándolo por encima de su cabeza y logrando así que no se zafase en ningún momento del procedimiento de subir al lomo del grifo. Su capitana había subido igual, quedando detrás suya. Antes de poder volver su vista para ver con claridad al grifo que había intentado atraparla en sus zarpas, el grifo de Royko había batido sus alas contra el suelo, impulsándose diez metros al aire. Y así fue subiendo a medida que fue batiendo sus alas.

—Sigue hacia adelante, Royko —dijo Viria, algo jadeante—. Atrina no debe de estar a más de veinte kilómetros de aquí.

—Entendido, capitana —respondió Royko, azuzando al grifo para que batiese de nuevo sus alas, precipitándose hacia el suelo y así tomando un poderoso impulso que los hizo surcar cada árbol de las amazonas que se encontraban por debajo de ellos.

En la distancia, los distantes graznidos de diferentes grifos llegaron a los oídos de los Matadragones.

 

 

El general Lorigiano de caballería pesada, ataviado junto con sus compañeros con un estilo de armadura de escamas que era novedoso en las últimas décadas, salió del follaje, encontrándose con los treinta cadáveres de un pelotón de un general Lorigiano ligero.

Él, así como sus compañeros, se detuvieron frente a la escena. El general emitió un jadeo al ver los charcos de sangre rodeando a los cuerpos Lorigianos.

—Por todos los Daesir… —se oyó la exclamación de un soldado Lorigiano pesado.

El general se volvió hacia el grifo pesado, que también estaba ataviado con armadura de bandas metálicas y escamas. La enorme ave hizo presencia frente suya.

—Han escapado, general —dijo el jinete, con las riendas en su regazo.

—¿Hacia dónde? —preguntó el general.

—Hacia el este. Al parecer hacia Atrina.

El general se quedó en silencio unos momentos, observando los diferentes cadáveres del claro. Un sentimiento de horror comenzó a nacerle dentro suyo, y el miedo a perder a sus soldados empezaba a corroerle.

—Sígalos —respondió por fin el general—. Su grifo y el de sus compañeros son más rápidos que los que han robado esos terroristas. Les será fácil pisarles los talones. Además, llame a la Guarnición de Atrina para que intente emboscar a los terroristas que se dirigen hacia su ciudad.

—Entendido —dijo el jinete, azuzando a su grifo para que batiese sus alas hacia el suelo, ascendiendo hasta desaparecer de la vista del general.

El grifo del jinete volvió a graznar, y el general Lorigiano oyó como la enorme ave surcaba con gran velocidad el cielo, turbando de nuevo los árboles de las amazonas.

—¡Mi general! —exclamó uno de sus compañeros que, junto con los demás, revisaban todo el escenario de la masacre. El general Lorigiano vio que su soldado llevaba una hoja de papel en su mano— Vea esto.

El soldado se colocó al lado de su general, presentándole la hoja que había encontrado en el zurrón de uno de los soldados Lorigianos. El general descubrió textos en el papel. Y cuando había comenzado a leer, el general ensanchó sus ojos detrás de su yelmo corintio al leer cinco nombres y un adjetivo.

—¿Matadragones? —preguntó el general, perplejo— ¿Acaso fueron estos Matadragones los que habían hecho el atentado?

El general no sabía la respuesta. Quizás la sabría si preguntase a los Paladines de Lorick, que sabía que últimamente andaban con conductas muy extrañas.

Ha estado pasando cosas demasiado extrañas durante estos días… Pensó el general Lorigiano, entregándole la hoja de nuevo a su soldado, para luego ordenarle a todo su pelotón para que se largasen de aquel claro.

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