Advertisements

Vois Fachnir – Capítulo VII – PERSECUCIÓN HACIA ATRINA

Modo noche

PERSECUCIÓN HACIA ATRINA…

 

Royko redujo un poco la velocidad del grifo cuando este se adentró todavía más en las regiones montañosas, pasados unos minutos desde que escaparon del claro, alejándose cada vez más y más de la ciudad amurallada de Meneliada hasta dejarla a una gran distancia, donde sólo se llegaba a ver el Castillo de Lorigan y las torres del centro de la ciudad.

Aunque no veía ninguna presencia, Viria se sentía todavía incómoda. Incluso a pesar de que su compañero redujo la velocidad a la que iba el grifo hace tan sólo un minuto, la Matadragones sentía como si la estuviesen persiguiendo sin ella ver ni sentir la presencia del perseguidor. Por eso, Viria miraba de vez en cuando de un lado a otro, intentando captar la presencia que tanto la incomodaba.

—Capitana —había dicho Bythiana con un tono preocupante, captando la atención de Viria—, ¿tiene idea de detener la herida que tiene Mildran en su muslo? —la Matadragones llevó su mano hacia el muslo izquierdo, rozando sus dedos con una hendidura mediana que contrastaba contra los pantalones de cuero y donde se vertía un poco de sangre.

—¡Demonios, Bythiana, no la toques así! —exclamó Mildran del dolor, causando que la Matadragones alejase su mano del muslo.

Viria observó la herida de su compañero a través de su visera. Ahora tenía otra preocupación más a sus espaldas; la herida de su compañero. En otras misiones, sus compañeros habían salido heridos, pero casi siempre que después de la misión, cuando recibían sus recompensas, lo único que hacían era vendar la herida luego de tomar una Semilla de Kashmir, la Diosa de la agricultura. Pero en ese momento ellos nunca terminaron la misión, y mucho menos recibieron su recompensa. ¿Y ahora cómo…? Trató de pensar Viria, pero lo único que pudo hacer fue apretar la mandíbula y combatir contra la incertidumbre.

Los graznidos distantes de otros grifos se volvieron a escuchar en el ambiente.

El terror abrumó a los Matadragones. Pero en especial a Viria, quien fue la primera que se volvió bruscamente hacia el origen de los graznidos. En la distancia, la Matadragones, así como sus compañeros, lograron divisar las sombras de cuatro grifos. Viria chasqueó los dientes, volviéndose de nuevo hacia Royko.

—¡Royko! —exclamó— ¡Vuelve a azuzar al grifo para que aumente la velocidad!

Al Matadragones no le hacía falta muchos detalles en la orden de su capitana para saber que estaban siendo perseguidos. Sin dudarlo dos veces, Royko azotó las riendas del grifo, causando que el animal graznara de forma salvaje y batiera sus alas con fuerza, aumentando a si la velocidad de su vuelo.

Los Matadragones se agarraron fuertemente los unos a los otros cuando sintieron el viento cambiar el ritmo con el que los golpeaban. Los graznidos distantes volvieron a emitirse y a llegar a los oídos de los Matadragones. Viria no pudo contener la tentación de volver a mirar hacia atrás al escuchar los graznidos. Y tal fue su impresión al ver que las sombras de los grifos estaban cada vez más cerca de ellos. ¡¿Qué?! Pensó, sin dejar de mirar la cercanía con la que las sombras tomaban contra el grifo de ellos ¿Acaso será imaginación mía? La Matadragones se quedó en silencio por unos segundos, sin dejar de mirar a las sombras de los grifos. La velocidad con la que iban no se redujo en ningún momento. Y a pesar de eso, las sombras todavía seguían acercándose a ellos a una velocidad pasmosa. ¡De  verdad se están acercando! Concluyó, volviéndose otra vez hacia el jinete.

—¡¡Royko, ve más rápido!! —vociferó.

—¡El grifo ya no puede sobrepasar esta velocidad, mi capitana! —exclamó Royko.

—¡¿Cómo que ya no puede sobrepasar esta velocidad?! —preguntó Viria con tono perplejo y a la vez furioso.

—¡He azotado las riendas del grifo de nuevo, y la velocidad no ha aumentado! —explicó el Matadragones lo más rápido que pudo.

De nuevo, los graznidos de los grifos perseguidores llegaron a los oídos de la Matadragones.

Tendremos que luchar, entonces. Pensó. Ahora mismo estamos yendo a una velocidad mayor a la de los cien kilómetros por hora. Así que deberemos de estar en Atrina en los próximos diez o quince minutos.

   La Matadragones se volvió de nuevo. Y esta vez, a través de su visera, Viria descubrió a los grifos Lorigianos a poco más de veinte metros de distancia. Incluso a pesar de la poca visibilidad, Viria podía ver la armadura que los grifos estaban ataviados, así como también a los jinetes que los montaban. De pronto, mientras que Viria escudriñaba a cada uno de los jinetes de los grifos Lorigianos, un graznido la sorprendió al igual que unos bruscos movimientos viniendo de su grifo. La capitana y sus Matadragones se volvieron a tomar con fuerza los unos a los otros, soportando los bruscos e incesantes movimientos del grifo de Royko.

—¡Royko! ¡¿Ahora qué mierda le está pasando al pajarraco?! —exclamó Mildran, sin soltarse de la cintura del Matadragones.

—¡Yo tampoco lo sé, Mildran! —respondió Royko, ascendiendo las riendas del grifo para retomar de nuevo el control.

Mientras que Royko trataba de detener el zarandeó del grifo, Viria volvió de nuevo su cabeza hacia sus espaldas. Pero lo primero que había notado fue sangre recorriendo el aire antes de descender y perderse de su vista. La vista de Viria se detuvo con brusquedad al ver la sangre, y la guió poco a poco hacia abajo, descubriendo el origen de este, así como también del comportamiento del grifo; una flecha incrustada en su pierna izquierda.

¡¿Una flecha?! Pensó Viria con desasosiego. Algo había golpeado su yelmo, moviendo su cabeza bruscamente hacia el otro lado.

Las sorpresas cada vez eran mayores para la capitana. Volvió con rapidez su cabeza hacia los grifos Lorigianos, descubriendo a estos a diez metros de distancia. Esta vez, Viria logró divisar a un ballestero en uno de los grifos ataviados de armadura de acero. La Matadragones notó como el ballestero se alzaba de la montura del grifo, con la ballesta preparada y apuntando de nuevo hacia la pierna del grifo.

Viria se volvió otra vez hacia el jinete.

—¡ROYKO, MUEVE EL GRIFO HACIA UN LADO! —Clamó Viria con todo el aire de sus pulmones.

El grito sorprendió al jinete, pero no por ello lo distrajo. Royko activó su aura, haciendo que esta rodease sus brazos y las concentrase en la fuerza. Con ello listo, Royko alzó las riendas, ocasionando que el grifo se alzase con rapidez. Viria se agarró con todas sus fuerzas y sin ayuda de su aura a la cintura de Bythiana, mientras que el grifo se alzaba en el aire, formando un semicírculo. La capitana supo que el grifo había esquivado la flecha, pero ahora se estaba alzando más de lo debido. Por su visera, la Matadragones notó como su perspectiva se volvía del revés.

—¡Maldición, Royko, harás que caigamos del lomo de este pajarraco! —exclamó Mildran con más furia.

Espera… Pensó Viria. Alzó su cabeza, descubriendo a los cinco grifos Lorigianos debajo de ellos. ¡Ya veo Royko! No sé si lo has hecho a propósito o fue un error tuyo, pero es una oportunidad para acabar con ellos.

   La Matadragones soltó su brazo izquierdo, llevándoselo al puño de su sable. Y entonces, soltó su otro brazo de la cintura de Bythiana, dejándose caer del lomo del grifo en dirección a uno de los grifos ataviados.

—¡Capitana! —habían exclamado Milidrag y Bythiana al mismo tiempo.

A pesar de haber caído con rapidez, los grifos Lorigianos se habían escapado de su vista, aterrándola con la vista de las amazonas a casi cuatrocientos metros de altura. Pero había una cosa de la que no se había librado de la vista de Viria; la larga cola del grifo. Extendió su brazo con rapidez, abriendo su mano y encerrando los dedos alrededor de la emplumada cola del grifo. Gracias al agarre, el cuerpo de Viria no termino por seguir cayendo. Su cuerpo fue zarandeado con salvajismo, y Viria oyó el graznido del grifo al que había tomado la cola.

Mientras tanto, Royko terminó por darle la vuelta completa al grifo, posicionándose por detrás de los grifos Lorigianos. El Matadragones y los demás notaron a Viria agarrada de la cola del grifo.

—¡Royko, alcánzalos lo antes posible! —dijo Mildran, preocupado por su capitana.

—Ya te lo he dicho, Mildran —respondió Royko con desdén—. El grifo no puede sobrepasar a la velocidad a la que estamos yendo. Por lo que no podemos acercarnos más hacia ellos.

—¡¿Entonces quién ira a ayudarla?! —exclamó el Matadragones herido— ¡Tú no puedes abandonar las riendas del grifo, yo estoy herido, Bythiana no tiene ninguna otra arma además de su arco y…

De súbito, la sombra de una figura salió impulsada por el aire, sorprendiendo a los Matadragones. La figura había aterrizado en el grifo donde Viria se sostenía de su cola, y empezó a atacar a los jinetes.

¡Milidrag! El pensamiento de Mildran sonó ahogado.

Viria se sostenía de la cola del grifo con la ayuda de su aura rodeando todo su cuerpo. Fue en ese momento cuando Viria oyó el aterrizaje de algo cerca suya. Aquello le llamó la atención, provocando que alzase su mirada, para encontrarse con su compañera Milidrag apuñalando a jinete, atravesando su armadura de escamas, mientras que al jinete le insertaba un rodillazo. Gracias al poder de su aura, el ballestero salió disparado fuera del grifo, chocándose con los demás grupos de jinetes.

De súbito, Viria escuchó el sonido de un arma siendo empuñada. Volvió con rapidez su vista hacia su derecha, descubriendo al compañero del jinete empuñando una lanza con ambas manos. El sobresaltó la asaltó, y se volvió de nuevo hacia Milidrag.

—¡Milidrag, esquiva tus espaldas! —exclamó.

Milidrag escuchó las palabras distantes de su capitana con claridad. Con la rapidez proporcionada por su aura, Milidrag pudo girar sobre sí misma, alejándose un poco de la punta de la lanza y teniendo ahora una mejor visibilidad del arma. La Matadragones comenzó a perder el equilibrio, inclinándose poco a poco hacia atrás.

Los ojos de Viria notaron como su compañera perdía lentamente el equilibrio, inclinándose hacia atrás, donde una inesperada caída la esperaba (el grifo Lorigiano que se encontraba a su lado se alejó). El terror empezó a dominar todo su cuerpo, apurándola en avanzar por la zarandeada cola del grifo. Cuando volvió a mirar otra vez, los pies de Milidrag, así como la propia Matadragones, ya estaban a punto de caer del lomo del grifo.

—¡MILIDRAG! —aulló Viria con tono agudo, con el terror abrumando las palpitaciones de su corazón.

Los nervios corrían por sus brazos, y eso provocó que se detuviera repentinamente. Milidrag había caído del lomo ataviado del grifo, pero no siguió cayendo gracias a que se sostenía por las riendas del mismo. Aquello provocó que el grifo se inclinase un poco hacia un lado, acercándose hasta chocar contra el grifo que se había alejado. El cuerpo de Viria se volvió a sacudir, y Milidrag quedó bajo ambos vientres de los grifos.

Viria levantó su cabeza. Sus ojos se encontraron con la pierna izquierda del grifo, ataviada de escamas de acero. Más arriba se encontraba un caballero Lorigiano de pie, quien ciñó su espada y ordenó al jinete para que volviese a alejar el grifo para así dejar que el grifo perdiese el control y cayese. Las alertas se encendieron de nuevo en Viria, y esta comprendió que era hora de que actuase.

La Matadragones en ese momento no había desenfundado ninguno de sus dos sables. Y en ese momento desenfundó el derecho, sumiendo la hoja en su aura concentrada en su resistencia y enterrándola en su pierna, logrando atravesar sin ningún problema las escamas de acero. Viria escuchó el graznido de dolor del grifo, y empezó a sacudirse de un lado a otro, impidiéndole a su jinete controlarlo. La Matadragones aprovechó el momento para soltarse de la cola del otro grifo, para así extender y alzar su brazo, colocándola por encima del lomo. Estaba a punto de lograrlo. Pero, en ese momento, sintió como algo pesado presionaba contra sus dedos. Al levantar su mirada, descubrió al caballero Lorigiano erguido e inclinado hacia ella, con su pie apretando sus dedos.

¡¿Qué?! ¡¿Cómo no te has caído?! Pensó Viria con desasosiego. El caballero acrecentaba la presión en sus dedos. Incluso llevando guanteletes, estos no le proporcionaban mucha protección, por lo que el dolor era autentico.

El caballero Lorigiano, sosteniéndose de las riendas de su montura, ciñó de nuevo su espada con su mano izquierda, estando a punto de precipitar su hoja contra la Matadragones. Hasta que de pronto, recibió un fuerte golpe en su yelmo.

El sonido de un yelmo siendo golpeado llamó la atención de Viria. Subió de nuevo su cabeza, y sus ojos se encontraron ahora con la figura de Bythiana, caída bocabajo y por encima de la montura. La Matadragones notó como su compañera se sostenía de unas riendas que sobresalían de las monturas, dándole a entender como el caballero Lorigiano lograba no caerse.

—¡Rápido, capitana —exclamó Bythiana, colocándose de rodillas y ofreciendo su mano a Viria—, tome mi mano para que la suba al lomo!

Sin dudarlo dos veces (y con una sonrisa oculta tras su yelmo), Viria alzó su mano izquierda. Bythiana atrapó la palma de su capitana entre sus dedos, y con ayuda de su aura, consiguió subirla encima del lomo del grifo.

Con tal sólo llegar al lomo del grifo, Viria se lanzó de inmediato hacia el lomo del grifo donde se encontraba Milidrag. Al llegar allí, Viria tomó la rienda izquierda. Tuvo cierta idea de cómo se manejaba esto luego de ver a Royko manejarlo él mismo, por lo que tomó la rienda con ambas manos, y la jaló con la ayuda de su aura hacia su extremo. La Matadragones notó como el grifo comenzaba a inclinarse poco a poco hacia la izquierda, alejándose del grifo donde se encontraba Bythiana y dejándole ver a Milidrag más abajo del vientre del animal.

Bythiana había subido un poco su cabeza, descubriendo al grifo que se encontraba más atrás de Viria, y con su caballero Lorigiano a punto de precipitar su lanza contra la Matadragones.

Bythiana estuvo a punto de advertirle a Viria sobre el Lorigiano, de no ser por unos sonidos que escuchó a sus espaldas; se volvió, descubriendo al jinete caballero Lorigiano del cuarto grifo desenfundando su espada ancha y acercándose junto con su grifo a ella. El caballero lanzó un mandoble hacia la Matadragones al estar cerca de su grifo, y Bythiana logró contraatacar haciendo chocar su brazal de hierro. La sorpresa estuvo del lado de Bythiana, provocando que el caballero Lorigiano se le zafase su espada de las manos, haciendo que esta cayese hacia las amazonas.

Mientras tanto, Viria había logrado colocar de nuevo al grifo en su lugar. A sus espaldas, la Matadragones logró escuchar la maldición del caballero Lorigiano:

—¡Muere de una vez, maldito terrorista!

El caballero lanzó la punta de su lanza contra la retaguardia de Viria. La Matadragones esquivó la punta del arma permitiéndole el paso entre su brazo abierto y el resto de su cuerpo. De pronto, el caballero, con perplejidad, notaba como el terrorista amarraba el mango de su lanza con la rienda que tenía agarrada.

—No creas que me he olvidado de ti —oyó decir al terrorista con tono femenino.

Antes de haberlo comprendido, el caballero Lorigiano fue jalado hacia adelante, precipitándose hacia una inevitable caída con su lanza. El caballero dio un último grito antes de que los grifos se alejasen, amortiguando el ruido.

Volvió a alzar su vista, encontrándose a su compañera Bythiana interceptando varios golpes duros contra la armadura de escamas de un caballero Lorigiano mientras se sostenía de la rienda. La Matadragones supo que su compañera no estaba en problemas, por lo que inclinó su cuerpo más allá del borde de las monturas del grifo, para luego extender su brazo hacia Milidrag.

Bythiana lanzó un último puñetazo contra el yelmo abollado del caballero Lorigiano. El caballero, abatido, cayó del lomo del grifo hacia las amazonas. Sin dejar de soltar la rienda, Bythiana volvió su cuerpo hacia su capitana. Su alivió la sosegó al encontrarla junto con Milidrag en su lomo.

—¿No queda nadie, verdad? —preguntó su capitana.

—Estoy seguro que sí, capitana —respondió ella con solemnidad.

—¡Viria! —la voz de Royko y su cercanía sorprendieron a las Matadragones.
El grifo de Royko se había acercado lo suficiente hacia los grifos en donde ellas estaban. Las Matadragones se volvieron hacia ellos.

—¡Increíble! —había prorrumpido Mildran, intentando hacer una mueca de impresión, pero saliéndole con una mezcla de la mueca de dolor que sentía en dolor— Nunca había visto una coordinación tan perfectas en ustedes. Y más Bythiana —Mildran sostenía el arco de su compañera y su carcaj en sus espaldas—. Me impresionó que te hayas abalanzado contra ese caballero Lorigiano y le interceptaras ese impresionante puñetazo.

Bythiana sintió una mezcla entre el alagó y la vergüenza ante las palabras de su compañero.

—¿Royko? —preguntó Viria, extrañada— Pensé que no podías acercar el grifo hacia nosotras.

—Bueno, al no haber jinetes, estos no sentirán ningún azuzo por lo cual acelerar —explicó Royko—, por ende irán perdiendo velocidad —en ese momento, el cuarto grifo comenzó a alejarse de los demás, descendiendo—. También, a los pocos minutos de haber perdido a su jinete, estos comenzaran a tomar su propio rumbo, buscando alguna otra manada de grifos con los cual reunirse.

En ese momento, todos los Matadragones escucharon unas silenciosas vibraciones viniendo del cadáver del jinete al cual Milidrag había asesinado.

Los Asesinos de Dracos se volvieron hacia el cuerpo, con muecas de una mezcla entre impresión y curiosidad.

—¿Y esas vibraciones? —preguntó Mildran, mirando por encima del hombro de Royko hacia el cadáver, al tiempo que tenía una mano agarrada del mismo.

Viria empezó a sentir desconfianza de aquellas vibraciones. Por lo que le hizo un ademán con la cabeza a las Matadragones, para que rodeasen el cuerpo. Milidrag se dirigió hacia el grifo izquierdo y, al igual que Bythiana en el otro grifo, fueron acercándose con lentitud al cadáver del jinete. Viria comenzó a acercarse también al cadáver de espaldas, con ambos sables enfundados pero con una de sus manos cerca de uno de los puños. Al estar cerca de él, Viria extendió su otro brazo hacia el hombro del cadáver, mientras que Bythiana y Milidrag se preparaban para lo inesperado.

La capitana tomó el hombro del cadáver, y lo volvió hacia ella con brusquedad. Tenía un gran agujero horizontal en su manto de color amarillo y blanco, con el escudo, las lianas y las espadas chocándose, el emblema que representaba al ejército del Rey Lorigan. La Matadragones puso su mano en la superficie del manto, guiándola por el pecho a medida que sentía las vibraciones. Su mano terminó por llegar a su solapa. La metió, y sus dedos sintieron una serie de eslabones, que terminaban en un objeto que no supo identificar.

Con rapidez, Viria encerró el objeto en sus dedos, y lo sacó de allí. Los eslabones se rompieron y se dispersaron, y al abrir su palma, Viria encontró con un talismán con la forma del emblema del ejército de Lorigan, refulgiendo de color rojo y vibrando, haciéndole estremecer toda su mano.

—¿Qué le está pasando a ese objeto? —preguntó Milidrag, aún con su mano encerrando el puño de su cimitarra.

Viria se quedó un rato mirando el talismán. Hasta que el recuerdo de una visión llegó a sus ojos; el general Lorigiano del claro, moribundo, presentándole un talismán que tenía la misma apariencia que la que sostenía Viria ahora mismo. Lo único que recuerda Viria sobre lo que dijo el general Lorigiano fue sobre algo con respecto al “uso de comunicación”.

¿Será que esto es el talismán que se refería aquel general Lorigiano? Se preguntó Viria, confundida. Sí es así, ¿a qué se deben estás vibraciones? ¿Estarán llamando?

   —¡Capitana! —Viria se volvió con prisa hacia Milidrag, encontrándosela con el brazo extendido hacia adelante— ¡Mire!

Viria giró su cabeza en la dirección de Milidrag. A primera vista, por la visera, Viria no logró diferenciar con claridad lo que estaba viendo más adelante. No tuvo más remedio que llevarse una mano a la visera, y levantarla. Los salvajes vientos golpearon su rostro en un segundo, obligándola a cubrirse con su mano y ver por medio de entre los dedos. Aún con la poca visibilidad, Viria pudo identificar la Acrópolis de Atrina, así como también su acueducto, que recorría toda la ciudad hasta más allá de sus fronteras amuralladas.

Por miedo a que el talismán saliera volando de su palma, Viria la volvió a cerrar en sus dedos. Por accidente, uno de sus dedos presionó la superficie del talismán. Las vibraciones se detuvieron.

Viria volvió a cerrar su visera luego de darse cuenta de lo sucedido. Abrió de nuevo sus dedos, observando al talismán con el mismo refulgir rojizo, pero sin las vibraciones. En ese momento, una voz la acaudilló:

—¿Caballeros Lorigianos? ¿Están ahí?

Bythiana y Milidrag se volvieron con perplejidad al oír la voz provenir del talismán que sostenía Viria.

—¿Caballeros Lorigianos? —la voz comenzó a alzar su tono de voz— Carajo. No me importa si no me escuchan. Quiero que sepan que los grifos del Ejército Halein están en camino a su rescate. Si siguen manteniendo a los terroristas a raya, entonces les sorprenderemos.

De repente, el color rojizo del talismán se apagó, y la voz calló.

Pasados los momentos desde que la voz se calló, los Matadragones intercambiaron miradas de incomodidad, para luego volver sus cabezas en dirección hacia Atrina.

—Capitana —dijo Milidrag, con tono preocupante—, ¿cuánto hace falta para llegar a Atrina?

—No debe de faltar más de quince minutos —respondió Viria con tono seguro—. Pero todos lo hemos oído; los soldados de Atrina vendrán hacia acá, esperando a que los Caballeros Lorigianos sigan luchando contra nosotros.

—¿Entonces qué haremos? —preguntó Mildran con tono expectante.

La confusión dominaba la cabeza de Viria. Luego de aquella dura batalla contra los Caballeros Lorigianos, la mente de la capitana Matadragones no lograba pensar con claridad alguna manera para poder desaparecer de la llegada de los soldados de Atrina. Aun sosteniendo al cuerpo del jinete, Viria lo tiró de su montura, para luego sentarse ella en su lugar. Inclinó su cuerpo hacia a un lado, mirando el lado derecho de la cabeza del grifo ataviado. Por su visera, Viria notaba la Acrópolis de Atrina cada vez más y más cerca.

Milidrag y Bythiana se lanzaron al lomo del grifo de su capitana, dejando que los otros dos grifos se desviasen de la trayectoria, desapareciendo de su presencia y dejando que el grifo de Royko se colocase al lado de ellas.

—¿Capitana? —dijo Royko con voz queda.

La Matadragones mencionada pareció no hacerle caso al llamamiento de Royko. De súbito, Viria bajó un poco su cabeza, alejando su mirada de la ciudad-estado de Atrina. Royko, extrañado por la actitud de su capitana, hizo lo mismo que ella, descubriendo una pequeña agrupación de viviendas, alejadas de Atrina y unidas a su vez con por un sendero y otras pequeñas agrupaciones de viviendas. Todo lo que rodeaba aquellas viviendas eran campos de cultivos y bosques que daban acceso a las amazonas. En algunas de aquellas agrupaciones de viviendas había grandes lagos.

—Bajaremos hacia la chora de Atrina, Royko —dijo Viria de súbito, y con un tono diferente. Royko volvió su mirada hacia ella, encontrándosela tomando las riendas del grifo ataviado—. ¿Me enseñas a controlar a esta ave?

Tanto Royko como los demás Matadragones se extrañaron con aquel tono pasivo que había adoptado Viria con drástica.

 

 

El general de los Grifos Halein se encaminó por el largo adarve de la larga muralla que rodeaba toda la ciudad-estado Atrina. El general se adentró en la torre a la cual se estaba acercando, adentrándose en una estancia de suelo de madera y con soldados Halein que, con unas ballestas de repetición de gran alcance puestas en matacanes, esperaban con suma paciencia a la llegada de aquellos terroristas que les habían avisado desde Meneliada que estaban persiguiendo. El general dibujo medio circulo en la estancia para llegar al otro lado, donde se encontraba el umbral que lo llevaría al baluarte, y donde le esperaban los grifos de su pequeño pelotón.

El general recorrió un ancho pasillo cubierto por un techado, y por fin se encontró en la enorme plaza con forma pentagonal. El suelo era recorrido por unos entrelazados decorativos que hacían una enredadera a todo el suelo pentagonal. En todo el bastión se encontraban grifos ataviados con lorigas, inclusivos en sus alas y cabeza. En todo el bastión había soldados con lorigas como él, y un casco corintio de bronce (a excepción de él, que llevaba una gálea, muy común en otros reinos). Todos sus soldados se veían apurados en subirse a los grifos, pues la repentina noticia los había agarrado desprevenidos (incluido a los Guardianes Reales de los Cónsules).

Uno de sus soldados se le acercó jadeante. El general volvió su cabeza hacia él.

—¿Pasa algo, soldado Halein? —preguntó el general con tono de supervisión.

—He hecho una llamada a los Caballeros Lorigianos, que, según la Caballería Lorigiana Pesada, nos dijeron que se habían encaminado en busca de aquellos terroristas —explicó el soldado con rapidez y claridad, entre jadeos—. No hubo ninguna respuesta, pero aun así les dije que íbamos en camino.

El soldado y el general se encaminaron juntos a un grifo determinado, mientras que los demás estaban siendo tomados por los demás soldados con prisa. Los primeros graznidos se emitieron, pero eso no interrumpieron a los pensamientos del general, que se había dado cuenta de lo que quería decir en verdad su soldado.

—Espera —dijo, cambiando un poco su tono—, ¿me estás diciendo que cuando llamaste, no recibiste ninguna respuesta?

—Así es, mi general.

El general se quedó en silencio unos momentos más, hasta que ambos llegaron al grifo, quien parecía sacudirse un poco frente a ellos.

—¡Serán…! —había mascullado el general, volviendo a su tono inicial. El general tomo la montura con una mano y, con un gran salto, llegó a montarse encima del lomo de la enorme ave.

—¿Pasa algo, mi general? —preguntó de nuevo el soldado, preocupado por la actitud de su general.

—Si los Caballeros Lorigianos no te respondieron a la llamada, ¡es porque quizás ya los hayan asesinado! —declaró el general Lorigiano con desdén, tomando las riendas del grifo.

El soldado Halein se sobresaltó ante la explicación de su general.

—¡Rápido! —exclamó el general, ofreciendo su mano al soldado— Si nos tardamos demasiado, puede que los terroristas desaparezcan de la trayectoria que habían tomado.

El soldado, ahora decidido gracias a la orden de su general, tomó el brazo del mismo, siendo luego subido a la montura posterior a la del jinete. Entonces, el general Halein asió las riendas del grifo con fuerza, azuzando con brusquedad al animal para que este golpease sus alas contra el suelo, elevándose varios metros en el aire y siguiendo así a medida que los fue aleteando.

Al mismo tiempo, los otros quince grifos que conformaban todo el suelo del bastión se dispararon hacia el aire, ascendiendo varios metros hasta quedar parejos con la altura a la cual estaba el general Halein. El grifo del general se desplazó por entre todos los demás grifos, quedándose frente a la gran cantidad que se habían alzado al vuelo.

—¡¡SOLDADOS!! —vociferó el general con todo el aire de sus pulmones. Los soldados de los Grifos Halein volvieron sus cabezas hacia su general. Entonces, el general extendió su brazo hacia sus espaldas, sin dejar de mirar a sus soldados— Tenemos que ir lo más rápido posible hacia el norte, pues tengo entendido que los Caballeros Lorigianos han sido asesinados por aquellos Virymnul. Por lo que no tengan miedo de espolear a sus grifos con todas sus fuerzas, pues es más importante nuestra misión ahora.

Todos los soldados Halein bramaron con un bufido, en señal de asentimiento.

—¡Vamos, a la carga! —exclamó por última vez el general Halein, tomando las riendas de su grifo y azuzándolo para que se impulsase y saliese disparado por el aire a grandes velocidades, alejándose casi de inmediato de las murallas y de la ciudad-estado de Atrina y recorriendo  velozmente las zonas rurales que rodeaban a la ciudad-estado.

Detrás, los quince Grifos Halein le seguían con el mismo ritmo, surcando el cielo azul y los rayos del soleado astro.

 

 

Los Grifos Halein eran un poco más grandes y prominentes que los Grifos Lorigianos, por lo que su velocidad y fuerza era un poco mayor a la de ellos. Y gracias a estas características, los dieciséis Grifos Halein se habían alejado casi diez kilómetros de la ciudad-estado y sus zonas rurales en sólo diez minutos. El general ordeno a sus soldados para que detuviesen el vuelo, e inspeccionaran sus alrededores.
Pasados unos minutos, tanto el general como su pelotón no habían encontrado ningún rastro de los Grifos Lorigianos, ni de los terroristas y ni de los Caballeros Lorigianos. La expectación y el terror comenzaron a abundar en el interior del general.

—¡Grifos Halein, volvamos lo antes posible a Atrina! —gritó el general con un sutil tono de terror.

El general y sus soldados tomaron las riendas de sus grifos, azuzándolos para que ellos se tornasen en dirección a la ciudad-estado, para luego espolearlos, causando que saliesen de nuevo impulsados por el aire a inmensas velocidades.

 

 

Los grifos de los Matadragones se desviaron drásticamente de la dirección con la cual se dirigían hacia Atrina. La capitana le había indicado a Royko que fueran a una de las zonas rurales, donde se ocultarían de la Ejército Halein mientras descansaban un poco.
Ambos grifos aterrizaron más o menos cerca de una agrupación de viviendas (la cual parecía ser la que más abarcaba toda la zona rural de Atrina). Desmontaron a las enormes aves, y de repente, estas se habían agachado y batieron sus alas, volando y alejándose poco a poco de los Matadragones. La sorpresa que ellos se habían llevado los llevó a preguntar a Royko.

—¡Oye, Royko! —había mascullado Mildran, apoyado con un brazo en los hombros de Milidrag— ¡¿Me puedes explicar por qué los grifos se están largando?!

Royko había escuchado la pregunta de Mildran mientras seguía con la mirada a los grifos, que tomaron una dirección directa a Atrina. La cabeza de Royko termino mirando hacia la ciudad-estado, con los grifos alejándose cada vez más y más de su campo de visibilidad.

—¿Royko? —dijo Milidrag. Su voz había sacado de sus pensamientos al Matadragones.

—No. No sé muy bien por qué sucede esto —respondió el Matadragones—. Quizás ambos sepan de la ubicación de la manada de grifos de la Ejército Halein.

—¡Si es así entonces los desgraciados sabrán que estaremos por estas zonas rurales! —protestó Mildran con desdén.

Viria se encaminó unos cuantos pasos lentos, adelantándose a Royko y bordeando las primeras cosechas de trigo, cebada, avena y cereales de una pequeña vivienda, un poco alejada de las demás viviendas. La rapidez de los vientos ahora se había reducido, provocando ahora un aliviador murmullo en las extensas cosechas y la capa marrón de la Matadragones. La capitana se quedó mirando el horizonte, hacia Atrina, con una mano en su cintura y en un amortiguador silencio.

—¿C-capitana? —preguntó Bythiana, con tono de preocupación y acercándosele con un paso antes de detenerse— ¿Le pasa algo?

Viria se quedó en silencio ante la pregunta.

—Matadragones… —comenzó a decir Viria, aun con su tono pasivo— ¿recuerdan que les había dicho, que las ataduras y las leyes de la Legión de los Matadragones ya no estarán sujetas a nosotros a partir de que hemos escapado de Meneliada?

—Lo recordamos muy bien, capitana —respondió Royko con solemnidad.

La Matadragones giró su cabeza hacia ellos. A pesar de que el yelmo de mirmillo ocultaba su rostro, los Matadragones se imaginaron una mueca de nostalgia o melancolía en su capitana.

—Creo que seré la primera en hablar —dijo.

—¿A qué se refiere, capitana? —preguntó Milidrag, más extrañada y preocupada por la actitud de Viria.

—Síganme. Quiero mostrarles algo.

Viria comenzó a encaminarse hacia un sendero que llevaba a una arboleda. Royko había sentido más la orden de su capitana más como una petición, una muy pasiva. Cuando Viria se adentró en el sendero, los demás Matadragones comenzaron a seguirla al mismo ritmo con el que ella iba.

Please complete the required fields.
Ayuda a Tunovelaligera a reportar los capitulos mal.




Visitar tunovelaligera.com