Vois Fachnir – Capítulo VIII – RECUERDOS DEL PASADO
RECUERDOS DEL PASADO…
Los Matadragones seguían los pasos que su capitana, desplazándose con lentitud por el sendero de una arboleda.
La distancia que los separaba de su capitana era de tan sólo cuatro metros. En el ambiente no se escuchaba más que el ronroneo del follaje que los rodeaban. Y el silencio que había entre ellos y su capitana llegaba a ser, aunque no lo pareciese, muy incómodo. Las dudas y preguntas comenzaron a formularse en las mentes de los Matadragones, y sus miradas hacia las espaldas de Viria hacían tornar las preguntas de una forma retrospectiva. Ninguno de ellos sabía el momento para poderle dirigir la palabra. Ni siquiera sabían con exactitud lo que ahora sentía.
El intenso sol bañaba de iluminación el sendero, y los fluidos graznidos de los pájaros en los follajes llegaron a los oídos de Bythiana. Pero nada de eso la calmó, ni el murmullo del follaje ni los cantos de las aves. Nada de eso sosegó la preocupación que ella tenía con respecto a su capitana.
¿Le estará volviendo a pasar? ¿Otra vez está dudando de su manera de mandarnos? Pensó. Los recuerdos de los momentos malos, de las situaciones que salían mal en las misiones y de las heridas de alguno de ellos, y de lo más importante, de Viria retorciéndose en la duda sobre su mandato sobre este grupo de Matadragones, cruzaron por los ojos de Bythiana. La Matadragones, a veces junto con Milidrag, siempre ayudaban a su capitana en con aquella actitud dubitativa. No sabían por qué pasaba eso, y pensaban que nunca lo sabrían.
Los Matadragones siguieron las espaldas de su capitana durante largos minutos, recorriendo e incluso trazando diferentes caminos hasta que llegaron a un enorme claro. En él, los Matadragones se encontraron con unas series de viviendas, juntas unas con otras, pero en estado decadente. Algunas tenían paredes caídas, techos caídos e incluso otras que no quedaban más restos que sus cascajos. Gracias a la intensidad lumínica del sol, los Matadragones escudriñaron con claridad los restos supervivientes de los interiores de algunas casas.
Milidrag, más extrañada y preocupada que antes, se acercó unos dos pasos hacia su capitana.
—Mi capitana, ¿por qué nos trajo a este lugar? —preguntó. Viria no se volteó a mirarla— ¿Y cómo sabía de la existencia de este lugar?
En ese instante, su capitana se llevó las manos al yelmo. Lo tomó, y se lo sacó de su cabeza. Su capitana se volvió, y Milidrag se sobresaltó al ver a su capitana con los ojos lacrimosos.
—En este lugar nací, compañeros —respondió. La primera lágrima comenzó a recorrer por su mejilla derecha, y su tono había decaído.
La sorpresa sobresaltó a los cuatro Matadragones, como si una explosión hubiese ocurrido cerca de ellos.
—¡¿C-capitana?! ¡¿Habla en serio?! —exclamó Bythiana, casi en un jadeo.
Viria asintió con la cabeza, pasándose el dorso de su mano por su mejilla, enjugándose la lágrima y los ojos. La Matadragones entonces se volvió (con su yelmo por debajo de su brazo izquierdo) hacia la calzada que llevaba directo a la pequeña agrupación de viviendas.
—Síganme —les dijo Viria—, les mostrare donde están los restos de mi hogar.
La Matadragones se encaminó por la calzada, adentrándose poco a poco en el derruido pueblo, con sus compañeros siguiéndoles de nuevo sus espaldas.
Royko miraba de un lado a otro las viviendas y sus masas de cascajos, las calzadas que llevaban al follaje de las amazonas y a veces se volvía hacia la retaguardia de su capitana, quien seguía adelante, pasando por una intersección. Una extraña sensación le comenzó a nacer del corazón. El Matadragones se llevó una mano al peto, sin bajar su mirada de su capitana. Era la primera vez que Royko sentía algo así por alguien, y lo peor era que él no sabía lo que sentía ahora mismo.
—V-Viria —dijo Mildran, con su cabeza al descubierto de los rayos del sol y su yelmo sostenido en su brazo tendido—, ¿nos podrías explicar que fue lo que paso aquí?
Royko había vuelto un poco su cabeza hacia Mildran, mirándole de reojo. El Matadragones (quien llevaba el zurrón) no pudo evitar el identificar el cambio de tono de Mildran. ¿Él también lo estará sintiendo? Pensó.
—Antes de unirme a la Legión de Matadragones —comenzó a decir Viria, sin volverse hacia ellos—, vivía en Atrina, concretamente en esta zona rural ya destruida —Royko notaba que el tono de Viria cambio de pasivo a uno más de lamento—. Soy, o más bien era una Atrinense, de la clase más baja, la cual eran los ciudadanos sin el derecho a participar en la política pero conservaban la ciudadanía. A pesar de no tener los lujos de las personas con privilegios, mi familia y yo vivíamos y nos abastecíamos bien; con cultivos, pescadería y los negocios de hermosas túnicas que hacía mi madre.
En ese momento, luego de atravesar la última intersección, Viria se detuvo con brusquedad. Volvió su cuerpo en dirección a una casa, que conservaba todas sus paredes menos una lateral. La vivienda era de dos pisos, y se unía a lo que parecía ser una pequeña y derruida ínsula. Los Matadragones se tornaron a su vez hacia la vivienda estado regular.
—Aquí es… —respondió Viria, con el tono demostrándose con más notoriedad a los Matadragones— Mi hogar…
La Matadragones, con unos movimientos que demostraban un desgano sutil, se encaminó hacia el umbral de la vivienda. La puerta estaba caída, y los Matadragones asumieron que debían de seguirla hacia el interior de su hogar.
Dentro, los Matadragones se encontraron con la sala de la vivienda; con su mesa caída, los muebles por igual (a excepción de dos sillas), los cubiertos de cobre un poco oxidados y el suelo lleno de los escombros de la pared. Viria se adentró en la estancia, con los Matadragones a sus espaldas. En ese momento, el recuerdo de ella, sus padres y su hermana pequeña comiendo en la mesa le llegó a sus ojos… Y a su corazón también.
La Matadragones se llevó una mano al pecho, sintiendo las palpitaciones de su corazón aumentando y las lágrimas recorriendo de nuevo su rostro. Los silenciosos sollozos llegaron a los oídos de los Matadragones.
—¿V-Viri…? —intentó preguntar Milidrag.
—Estoy bien —respondió su capitana con rapidez, pasándose su brazo derecho por su rostro—. Si quieren tomen asiento. Yo revisare la casa por si no hay nada extraño en él, o si incluso encuentro algo para vendar la herida de Mildran.
Los Matadragones aceptaron la orden (o petición) de su capitana, pasando de largo de ella y llegando hasta las sillas. Bythiana hizo sentar con cuidado a Mildran en la silla, mientras que Milidrag se sentaba en la otra silla. Viria se dirigió hacia las escaleras de madera que llevaban al segundo piso. Y antes de poner un pie en el primer escalón, la voz de Royko la detuvo:
—Capitana, si usted va a revisar el segundo piso, ¿yo puedo revisar el resto de la casa, mientras que Bythiana y Milidrag cuidan a Mildran?
—Está bien, Royko —respondió Viria de súbito, y siguió subiendo las escaleras.
Royko giró sobre sí mismo, dirigiéndose hacia lo que parecía ser los restos de la cocina.
En el segundo piso, Viria miró hacia ambos lados; en el lado izquierdo se encontraban las puertas que llevaban hacia los cuartos de ella y de su hermana. Mientras que en la derecha había otras dos puertas, donde llevaban al cuarto de sus padres y al armario. Casi por instinto, Viria se dirigió hacia la izquierda, hacia la puerta de su cuarto. Con tan sólo un empujón, Viria logró abrir la puerta. Esta rechinó un poco sus bisagras, y le dejó al descubierto su cama, con la colchoneta sin sabanas y sucia por el polvo que atrajo el viento. En la parte frontal derecha de su cuarto se encontraba un multimueble vacío, con la excepción del polvo.
Al ver el multimueble, Viria se le vino un bello recuerdo de una manía que tenía de pequeña; el coleccionar las pinturas de los antiguos pintores de la antigüedad, incluso de las épocas anteriores a los Dioses Dragones. La nostalgia la sedujo con los recuerdos de ella presentándole a su hermana sus pinturas favoritas. De nuevo, las lágrimas volvieron a recorrer sus mejillas, obligándola a enjugárselas con rapidez e irse del vacío cuarto.
Cuando entró en el cuarto de su hermana pequeña, se impresionó de ver un pequeño caballo de madera encima de una mesita de noche, al lado de la cama. La Matadragones se adentró en el cuarto, y tomó el objeto. De nuevo vinieron los recuerdos, esta vez de su hermana pequeña con una túnica hecha por su madre, jugando con diferentes caballos de madera y pidiéndole que jugara con ella. Sin soltar su yelmo de debajo de su brazo, Viria se llevó la mano derecha a los labios, cubriéndose con su guantelete y soportando todo lo posible de no estallar en lágrimas y sollozos.
La Matadragones salió del cuarto de su hermana, con el juguete en su mano y el yelmo en su brazo. No revisó los otros cuartos, pues sentía que debía de contárselo a sus compañeros para así sacarse aquel gran peso emocional.
Bajó las escaleras mientras se enjugaba las lágrimas, encontrándose con sus compañeros a excepción de Royko.
—¿Capitana? —dijo Milidrag sin su yelmo, dejando al descubierto su melena negra y rizada y sus ojos color castaño. Se levantó al instante de la silla.
—Milidrag, ve a buscar a Royko y tráelo hacia aquí —dijo Viria con un intento de tono severo.
La Matadragones asintió con la cabeza, y se adentró en la cocina, donde se encontraba Royko revisando los cajones de debajo de la cubierta.
Viria tomó asiento en la silla de Milidrag. Colocó con cuidado el yelmo de mirmillo al lado de la silla, para luego llevar su mano hacia el caballo de madera.
En ese momento, Milidrag y Royko entraron de nuevo en la estancia.
—¿Pasa algo, capitana? —preguntó Royko.
—Nada, Royko —respondió Viria, sin dejar de mirar el caballo de madera— sólo quiero que todos tomen asiento.
El Matadragones, tan extrañado y preocupado por su capitana como lo estaban los demás, se posó frente a su capitana junto con Milidrag y se sentó en el suelo de madera.
—¿Y ese objeto que tiene en sus manos, Viria? —preguntó Mildran, con un tono más calmado y apaciguado del dolor de su muslo.
Tanto Bythiana como Milidrag se le hacían muy extraño la conducta de su capitana. Primero las lágrimas, y ahora parece haber perdido la consciencia en este mundo. Ambas no le quitaban ningún ojo de encima a Viria.
—Este objeto, Mildran —comenzó a decir Viria, sin quitarle los ojos de encima al caballo—, era uno de los juguetes de mi hermana pequeña.
Mildran entreabrió la boca al oír la palabra “hermana” salir de los labios de su capitana. Los demás se quedaron en silencio, mirándola y prestándole atención.
—Hace unos quince años, cuando tenía unos catorce años de edad, había sucedido algo inesperado en este lugar; mi padre me había sacudido de la cama, y comencé a oír los sonidos de alaridos, gritos, explosiones y otros sonidos que no supe identificar. Era de noche, y por los vanos de mi cuarto pude notar como las demás viviendas ardían. Mi padre y yo bajamos hasta donde nos encontramos, y allí estaban mi madre y mi hermana, atemorizadas por lo que estaba ocurriendo a las afueras de nuestra casa. Mi padre tampoco lo sabía, pero aun así nos dijo que teníamos que salir lo antes posible de aquí, hacia otro pueblo o incluso hacia Atrina. Fue entonces en ese momento, donde la pared en la que ustedes ven en forma de escombros explotó. La explosión agarró desprevenido a mis padres, que se vieron más afectados por la caída de los escombros. Ellos se encontraban ahora debajo de los escombros, y mi hermana y yo fuimos las que sobrevivimos a él. Ella y yo intentamos ayudarlos, pero mi padre me dijo que nosotras debíamos de salvarnos, salir del poblado y alejarse lo más rápido posible del caos.
>>Mi hermana y yo salimos de la casa por la puerta. No podíamos salir por la pared, pues ahí parecía estar el fuego cruzado. Mi hermana siempre iba detrás de mí, se sentía más segura a mis espaldas, y yo me sentía segura de mi misma para poder salir del pueblo. Bordeamos un poco el poblado, y ahora nos encontrábamos en una intersección, la cual era la que llevaba al sendero que hemos recorrido. Esta vez, le ordene a mi hermana para que fuese adelante, y así no esté expuesta a los peligros que había a nuestras espaldas —las lágrimas no paraban de caer del rostro de Viria. Volvió el caballo, mirando hacia ella—. De pronto, mientras seguía a mi hermana, oí el bufido de unos caballos, y del follaje salieron caballos con jinetes. Recuerdo que estaban ataviados con armadura de escamas, y sus jinetes eran los mismos Caballeros Halein. No tuve tiempo para reaccionar, y los caballos nos embistieron a las dos. Aun puedo sentirlo; como los caballos golpearon mi cabeza y pisaron unas cuantas veces mi vientre, cada vez que lo recuerdo… —Viria comenzó a emitir los primeros sollozos— Pero lo que de verdad me dolió en el alma… fue ver como a mi pequeña hermana, cuatro años menor que yo, recibía la peor de las embestidas. Cuando los caballos desaparecieron…, mi hermana se encontraba tirada en el suelo, con los brazos y las piernas chuecas, su hermosa túnica desgarrada y ensuciada…, y su cabeza torcida y aplastada —Viria se llevó una mano a la boca, y cerró los ojos.
El silenció predominó en la sala durante largos segundos, con los Matadragones ensanchando los ojos a medida que oían la historia. Viria volvió a erguir su torso. Se enjugó las lágrimas y dejó su cabeza gacha.
—Si tan sólo no le hubiese ordenado que se pusiese delante de mí… —masculló con un insaciable remordimiento— Por un error mío… Deje que tuviese una horrible muerte.
En ese momento, Viria sintió como su antebrazo era agarrado con delicadeza. Levantó un poco la cabeza, viendo a Mildran, con los ojos lacrimosos y las lágrimas recorriendo sus mejillas hasta caer por su mentón.
—Viria… —comenzó a decir Mildran, con el mismo tono pasivo que la capitana tenía— Sé…, sé cómo te sientes.
—¿D-de qué estás hablando, Mildran? —preguntó Viria, sin bajar su mano de su boca.
—Yo también he dejado morir a alguien por mi negligencia —explicó Mildran, apretando la mandíbula, y añadió con desdén—; y por mi testarudez también.
Milidrag, Royko y Bythiana se quedaron en silencio, observando como Mildran y Viria se comunicaban.
—¿A quién dejaste morir? —dijo Viria, con más interés en oír a su compañero.
Mildran chasqueó sus dientes con sólo pensarlo. Apretó el puño que tenía en su regazo, obligándose a hablarle con la sinceridad más auténtica y a voluntad propia:
—Yo tenía un hermanastro, un gran hermanastro que lo consideraba casi mi hermano de sangre —comenzó a decir, mirando a su capitana los ojos—. Mi vida era de la clase más baja; la de los esclavos. Según recuerdo, mi madre se había quedado embarazada de un nobilita del país vecino, Nois Esternesse. Mi madre murió en el parto, y los esclavos trataron lo mejor posible de que no me descubrieran, y así saliese del lugar con libertad. No recuerdo cómo, pero al final acabe en la zona urbana, con una familia que me había adoptado. En aquella familia, había otro bebe que era casi de mis mismos meses. Él y yo crecimos juntos, y nos relacionábamos muy bien entre nosotros, incluso hacíamos travesuras a los vendedores de las ínsulas —Mildran emitió un sollozó a lo último que dijo—. Pero había algo que no me gustaba de él; que siempre se llevará la atención de mis padres adoptivos.
Viria se quitó la mano de la boca, y esta vez alzó su cabeza, volviéndola hacia su compañero.
—Era bastante celoso en aquel aspecto —prosiguió Mildran, sin soltar su mano del antebrazo de su capitana—, incluso me enojaba un poco con él porque siempre recibía más atención de nuestros padres con respecto a las notas de clase privada… —Mildran bajó un poco la cabeza, quedándose en silencio y con una mirada pensativa. Volvió de nuevo su mirada a Viria— En un momento dado, cuando cumplimos los dieciocho años, se corría los rumores por los barrios bajos de que el mismo nobilita que había dejado embarazada a mi madre, tenía serias relaciones con los Caballeros Cruzados. No sabía en qué aspecto, pero a mí no me importaba. En esos tiempos mi pasatiempo era hacer gimnasia, la cual era mi disciplina favorita y una distracción para mi familia adoptiva, la cual ya ignoraba casi del todo… —los sollozos volvieron, interrumpiendo momentáneamente a Mildran— Fue entonces cuando oí la noticia de que los Caballeros Cruzados asaltaron el barrio donde yo vivía. Me sobresalte, y fui hacía allí lo más rápido posible…
Las palabras de Mildran se agotaban cada vez que profundizaba más en su pasado. Respiró con fuerza, y enjugó con rapidez sus lágrimas para seguir:
—Cuando llegue a mi barrio…, lo encontré sumiéndose poco a poco en las llamas. Me apuré…, lo más rápido posible para llegar a mi casa, antes de que las llamas la alcanzasen. Busque a mis padres adoptivos por toda la casa, y los encontré, en la cocina… —Mildran agachó un poco la cabeza— ¡Muertos, con heridas hechas por un arma! —masculló en silencio. Viria había entreabierto la boca de la impresión—. En ese momento había escuchado el grito de mi hermano adoptivo, en el segundo piso. Corrí lo más rápido posible hasta su cuarto… Y allí me encontré a mi hermano, con una espada curva atravesándole el pecho. Lo único que recuerdo del portador era que llevaba una especie de abrigo morado con diferentes puntos blancos en su superficie. Intente ayudar a mi hermanastro, pero él, con señas y con su último aliento, me dijo que huyera…
Viria notaba el estremecimiento en los labios de Mildran. Y con eso comprendía que le era complicado seguir contando.
—Corrí…, corrí como nunca antes lo había hecho —dijo Mildran, apretando con todas sus fuerzas sus labios—. Sentía como el asesino me perseguía, y de alguna manera, también sentía una muy extraña aura no literal venir de él… En ese momento, me había encontrado por primera vez con un Matadragones. Sabía cómo era su disciplina mucho antes de unirme a la Legión, y por un momento dado, pensaba que él me dejaría en manos del asesino… —una sonrisa de extraña felicidad apareció en el rostro de Mildran— En cambio, el Matadragones me defendió del Caballero Cruzado.
—¿Hablas en serio, Mildran? —preguntó Milidrag, interesada en lo último que decía su compañero.
—Muy, muy en serio Milidrag —respondió Mildran, mirándola de reojo y luego a su capitana—. El Matadragones ganó a duras penas contra el asesino, y este se marchó por las órdenes de su compañero. Me atrevería a decir que soy el primero del grupo en adentrarme en el mundo de los Matadragones gracias a él…
Mildran sintió como su cuerpo era atrapado por los repentinos brazos de su capitana. El caballo de madera cayó al piso, y la cabeza de Viria se apoyó encima de uno de los hombros de su compañero, y Mildran sintió como las lágrimas humedecían un poco su hombrera dorada.
—Mildran… —bisbiseó Viria, de vuelta con su tono pasivo— Veo que nuestros pasados… Se asemejan unos con otros.
Para el Matadragones, era la primera vez en tanto tiempo que alguien lo abrazaba. Tardó varios momentos en corresponder al abrazo de su capitana, apoyando su cabeza en su hombro y quedándose así, a la vista de los otros Matadragones.
Viendo como Viria y Mildran se abrazaban con fuerza, tanto Bythiana, como Milidrag, no tardaron en comprender de donde había nacido la a veces actitud cuestionante de su capitana.
Mientras miraba a sus compañeros abrazarse, el dolor del pasado de Royko ya no lo sentía sumido más en la soledad, ahora que veía a sus compañeros abrazándose por sus pasados. Y, sumido en sus pensamientos, Royko por fin pudo definir el sentimiento que ahora mismo sentía hacia ellos, y con mucha intensidad:
Empatía… El pensamiento voló por su cabeza como una estrella fugaz.
Último día del año, ¿eh?
Que rápido pasa el tiempo. Recuerdo cuando había terminado este libro en junio de este año. Me tomó unos tres meses terminarlo, y después un mes editarlo. Cuatro meses costó hacer este libro.
Todavía sigo escribiendo en demás libros. Por ejemplo, tengo el siguiente de esta trilogía a punto de terminarlo. También tengo otra novela, terminada ya, pero a día de hoy la sigo reeditando.
No podía abandonar el último día del 2018 sin nada que ofrecerles más que un capítulo en el que conocemos a profundidad los sentimientos de los personajes principales.
Me hace feliz, ¿saben? Porque… a pesar de no tener una exorbitante fama como otras novelas de esta página, me es feliz con un empequeñecido grupo de ellos. No importa que no lo tenga, puesto que al final, el resultado que de verdad importa es el del desarrollo; el que tanto he trabajado para perfeccionar. Mi narrativa, mis personajes, mis historias… He evolucionado muchísimo en este 2018.
Y sé que para el próximo año, habrá victorias que me recompensen este vasto desarrollo.
¡Les deseo un feliz año a todos aquellos que hayan leído esta nota y a todos los que No! ¡Los Matadragones también se los desean!
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