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Vois Fachnir – Capítulo IX – SATUZAN Y GELLUCCI; ASESINOS DESPIADADOS (Parte I)

Modo noche

SATUZAN Y GELLUCCI; ASESINOS DESPIADADOS… (PARTE I)

 

Por el denso bosque de las amazonas, un hombre se desplazaba a grandes velocidades con la ayuda de su aura, cortando a todos los árboles que se interponían en su camino con su gran espadón de doble mano y con hoja curva. Tenía jirones en su camiseta de cuero abotonada, donde se vertía un poco de sangre. A su vez, su chaqueta negra de mangas largas de terciopelo y su pantalón de cuero también se había visto dañada por los ataques de sus perseguidores. En su cintura pendía una bolsa en una soga de textura de lino, y al otro lado se encontraba ajustado a la correa un odre de piel. A varios metros de su espalda, sus dos perseguidores lo seguían al mismo ritmo. Pero su aura iba disminuyendo la potencialidad de su velocidad, por lo que iba perdiendo poco a poco rapidez en cada impulso que hacía. Empuñaba su gran espadón curva con una mano enfundada en un guantelete articulador dividido en placas, procurando que la bolsa que llevaba en su otra mano no se zafase en ningún momento y cayese, pues ese era el objetivo principal de sus perseguidores.

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Más adelante, el hombre logró divisar entre los matorrales una serie de viviendas. No estaba cien por ciento seguro de que aquel poblado tuviese a gente, pues se encontraba ya bastante fatigado por la pérdida de las reservas de su aura. Pero aun así tenía pensado esconderse y tratar de pensar en algún plan para poder matar a sus perseguidores… O que lo matasen a él, de todos modos.

Más cerca… Pensó el hombre, cortando otro tronco de árbol que se interponía en su camino. En cuando salga de este follaje, me abalanzare contra las viviendas y me cubriré con la hoja de mi espada, así como también concentrare mi aura en mi resistencia física. Trataré de perderlos de vista lo antes posible para así restaurar un poco mí Aura.

El hombre se impulsó otras dos veces, lanzando estocadas contra el follaje antes de salir del follaje y abalanzarse contra la fachada de la primera vivienda.

 

 

De pronto, un ruidoso estruendo se llegó a escuchar en la sala donde se encontraban los Matadragones.

Todos los Asesinos de Dracos movieron con brusquedad sus cabezas. Mildran y Viria se vieron sorprendidos por el estruendo, ocasionando que se separasen al instante y mirasen de un lado a otro con incertidumbre con respecto al ruidoso sonido.

—¿Qué fue eso? —preguntó Milidrag, quien se levantó de inmediato, tomó y equipó su yelmo. Se llevó una mano a la empuñadura de su cimitarra y la desenfundó.

—Capitana, ¿estaba usted segura de que su pueblo estaba ya vacío? —dijo Royko, repitiendo la misma acción que hizo Milidrag; sólo que en cambio no se equipó sus Cestus Draco.

—¡Pero por supuesto que sí, Royko! —farfulló Viria, enjugándose las lágrimas con sus manos, levantándose y equipándose su yelmo— Ni siquiera el Estado de Atrina quiso saber nada más de esta chora.

Mildran intentó levantarse también mientras se enjugaba las lágrimas. Pero el dolor se lo impidió, obligándolo a sentarse de nuevo y haciéndole emitir gruñidos de dolor.

—Milidrag, Royko, ustedes irán conmigo a investigar —dijo Viria, de vuelta con tono severo, tenso y apurado—. Bythiana, tu protegerás a Mildran.

Bythiana asintió con la cabeza. Deslizó sus pies por el suelo de madera mientras se equipaba su gran arco. Su cuerpo quedó a espaldas de Mildran, y su arco, tensado, apuntando hacia el umbral de la casa.

—¡Síganme, Matadragones! —exclamó Viria, con sus sables desenfundados, haciendo surgir su aura alrededor de su cuerpo y dirigiéndose hacia el gran agujero de la pared de la sala. Ella, junto con Milidrag y Royko siguiéndole las espaldas, dejaron solos a Bythiana y Mildran en la sala del hogar de Viria.

 

 

Los perseguidores se detuvieron bruscamente, al borde de salir del follaje. Se sorprendieron de ver que su presa, el traidor, se había abalanzado hacia la fachada de una vivienda con gran impulso, logrando desaparecer con todo el polvo que había formado por la destrucción.

—Increíble que se haya arriesgado abalanzándose hacia una vivienda, tan sólo para escaparse de nosotros —dijo uno de los hombres con tono jocoso que se encontraba acuclillado tras un arbusto. El hombre portaba un yelmo de malla, y su rostro era ocultado por una máscara con una mueca de felicidad. Llevaba una camisa ajustada de color rojo, con mangas largas y con surcos blancos y una corbata de moño que abarcaba gran parte de su pecho. Más abajo, había unos pantalones de seda de color verde intenso, y en sus pies unos escarpes pintados del mismo verde.

—Ya sabes cómo son los traidores, Gellucci —respondió su compañero a su lado erguido. Este llevaba una capa de color azul, que le llegaba hasta la cintura. Portaba un yelmo con yugulares y cubrenuca, un camisón con mangas de color rojo y blanco horizontales que se ajustaba gracias a una correa de cuero en su cintura, una funda de cuero donde escondía su cimitarra y unas calzas rojas que le llegaban hasta las rodillas y con estrellas en su superficie—; son tan duros y tan persistentes que hasta parecen inmortales.

—Bueno, no todos, Satuzan —respondió Gellucci, volviendo su cabeza hacia el hombre, emitiendo unas sonoras risitas—; los Cruzados han asesinado a todos sus compañeros, y él es el único que queda.

—Entonces vamos, pues —dijo Satuzan, llevándose una mano al puño de su cimitarra, y volviendo a activar su espesa aura—, ¡que la recompensa por la última cabeza será nuestra!

—¡Idhza! —exclamó Gellucci, activando también su densa aura y alzando ambas manos a la altura de sus hombros. Entre sus dedos, diferentes destellos aparecieron, tomando forma y transformándose visiblemente en dagas.

 

 

Los tres Matadragones se volvieron y tomaron el camino izquierdo. Viria iba delante, y ella, al igual que sus compañeros que iban detrás suya, notaron más allá de la intersección una serie de escombros regados por la calzada. Y el muro de una casa próxima a los escombros tenía un agujero. Como Viria había sido interrumpida de forma drástica en un momento sentimental, sus pensamientos y análisis  con respecto a los escombros y el agujero de la vivienda quedaron estancados.

—Capitana —dijo Milidrag, colocándose al lado suya y con los dedos de su mano rodeando el puño de su arma—, ¿Qué debemos de hacer?

Era una de las pocas veces para la Matadragones el sentirse tan dubitativa con respecto a una escena; y Viria sabía que ese era el primer y único factor para que una de sus órdenes salieran mal sin siquiera ella poder pensarlo.

A través de la visera de su yelmo, Viria analizó los escombros del suelo y el agujero del muro de la vivienda; avanzó unos cuantos pasos hasta quedar en el centro de la intersección. Allí, Viria descubrió que los escombros próximos al agujero se originaban por otro hueco que se encontraba en el muro de la vivienda próxima. Volvió su cabeza hacia el hueco del agujero de la casa que tenía a sus espaldas, y se sorprendió al ver que en el suelo del interior de la casa había una figura tirada, con escombros a su alrededor, su vestimenta manchada con el polvo y al parecer sangre que manaba de sus jirones. Mirando con más detenimiento, Viria logró identificar una gruesa hoja de debajo del cuerpo. En ese momento, Royko y Milidrag llegaron a su posición, y vieron la figura tendida en el suelo.

—¿Pero qué? —preguntó Royko con tono confuso— ¿De dónde salió ese cuerpo?

En ese momento de análisis, Viria irguió con brusquedad la cabeza, tornándola hacia sus espaldas y luego hacia ambos lados. ¡¿Y si a lo mejor son…?! Por culpa de los nervios que sentía en ese momento, Viria no logró pensar en las palabras “Caballeros Halein”.

 

 

Gellucci y Satuzan recorrieron el abandonado y destruido poblado con la armonía entre la fluidez y la rapidez que les proporcionaba sus auras y por diferentes caminos: Gellucci por los tejados, saltando de una en una. Y Satuzan por las calzadas, siempre empuñando y sin desenfundar su cimitarra con una larga y curva hoja.

Por el rabillo de su ojo y mientras saltaba de una vivienda a otra, Gellucci pudo notar unas sombras a unas dos viviendas más adelante en una intersección, en lo que le pareció ver la posición donde el traidor había caído. Gellucci aterrizó en la superficie del tejado, deslizando sus escarpes por el suelo hasta llegar al borde del tejado para detenerse. Se asomó y observó a su compañero Satuzan, a punto de desplazarse de la intersección con la rapidez de su aura.

—¡¡Satuzan!! —masculló Gellucci con un poco de nervios. Cuando su compañero se detuvo y se tornó para verle, Gellucci se dejó caer al suelo, para luego acercarse hacia su compañero.

—¿Pasa algo, Gellucci? —preguntó Satuzan, un tanto confundido por la repentina actitud que había tomado su camarada.

—¡H-he visto… —intentó explicar Gellucci, pero sus palabras no lograban articularse como se debían por su impresión y preocupación.

—¿Qué es lo que has visto?

—¡He visto unas sombras alrededor del lugar donde el traidor había caído! —explicó por fin Gellucci con temor y agitando un poco las manos— Creo que incluso podrían ser más compañeros del traidor.

—¿Sombras? —dijo Satuzan, sin su confusión aclarada— ¿estás seguro de lo que dices, Gellucci?

—¡Mis ojos nunca me engañan, Satuzan! —balbuceó Gellucci, apuntando con la hoja de una de sus dagas hacia los dos agujeros de su máscara.

Sin estar todavía seguro de las palabras de su amigo, Satuzan se giró sobre sus pasos y se asomó por la pared resquebrajada. Por la poca visibilidad, Satuzan se obligó a salirse un poco del muro. Y allí los pudo ver en la distancia; dos figuras que parecían vigilar el agujero que el traidor había creado con su casi suicida embestida.

¡Pero por el amor de Sanagara! ¿Cuántos traidores se han unido a la causa del robo de esos objetos divinos? Exclamó el pensamiento de Satuzan, retrocediendo con rapidez, ocultándose de nuevo en el muro.

 

 

El traidor comenzó a recobrar poco a poco la consciencia por unos leves movimientos que sentía en sus hombros. El hombre fue abriendo con lentitud sus ojos, mientras que recobrara también el control de los miembros de su cuerpo. Pronto se daría cuenta de que se encontraba bocarriba, pues miraba el techo de la casa. Lo que no se espero fue un repentino empuje de su cabeza, provocando que su nuca chocase contra el suelo de madera y emitiera unos rezongos. Por un momento, el hombre pensó que sus perseguidores lo habían encontrado, y que uno de ellos, Gellucci, pasaba la hoja de su daga por su cuello, listo para matarle. Pero algo andaba mal; la hoja era demasiado larga, y lo sabía porque sentía como abarcaba toda su yugular. Pero tal fue su impresión al oír una voz femenina y severa:

—Veo que te has despertado por fin. ¿Quién eres? ¿Y por qué apareciste de esa manera?

Con una gran perplejidad en su cabeza, el hombre fue girando su cabeza hasta un límite en donde la mujer le advertía que no moviera su cabeza  de nuevo. Con sus ojos entreabiertos, el hombre pudo notar de manera borrosa una figura por encima suya, con un brazo extendido hasta su cuello. Abrió por completo los ojos de manera paulatina, viendo el yelmo con forma de mirmillo de la persona que lo había apresado.

¿Pero qué…? El pensamiento se vio interrumpido por su apresora:

—¡Respóndeme! ¿Quién demonios eres tú?

Los demás miembros de su cuerpo se vieron recompuestos a su control. Y lo primero que el hombre notó fue que su mano derecha, donde llevaba la preciada bolsa, estaba desocupada. Sus ojos se ensancharon, y esta vez pudo girar por completo su cabeza hacia el frente, logrando ver con mejor claridad a su apresora. En ese momento, la hoja que sentía en su yugular se hundió un poco, provocando leves temperaturas bajas por su hoja.

—Tienes tres segundos para responderme, antes de que te haga un gran corte en el cuello —le advirtió su apresora, con un tono bastante amenazador.

—E-espera… —respondió por fin el hombre, con tono de terror—. Yo sólo soy un peregrino…

—¿Un peregrino que porta un gran espadón curvo? —preguntó de nuevo su apresora, sin quitar la hoja de su sable de su cuello.

¡Demonios, no tengo tiempo para esto! Pensó el hombre con desasosiego, pensando en la cercanía con la cual deberían de estar sus perseguidores. El hombre estuvo a punto de dirigir su mano hacia el antebrazo de su apresor, para así encerrarlo entre sus dedos enfundados de mitones negros. Ante de poder alzar su brazo, otra voz aulló con terror, provocando que este se detuviese:

—¡C-capitana! ¡Hay más enemigos al asecho!

Sin responder, su apresora irguió de nuevo su cuerpo y lo volvió hacia sus espaldas; todo eso sin quitar la hoja del sable de su cuello. ¡Es mi oportunidad! Pensó el hombre, llevándose la mano hacia la muñeca de su apresora. La encerró entre sus dedos y, de repente, la muñeca y toda la mano de su apresora comenzaron a solidificarse.

De pronto, Viria había sentido como su mano derecha comenzaba a enfriarse, para luego sentir un horrible entumecimiento. Había apretado con todas sus fuerzas su mandíbula para soportar las repentinas bajas temperaturas. Pero cuando sintió el entumecimiento, y al cabo de un rato perdió el control de su mano, no pudo evitar lanzar un grito estridente.

Cuando había vuelto su cabeza hacia su presa, por la visera de su yelmo descubrió no sólo su mano derecha, sino también su sable en un estado de congelación. No podía mover su mano, y por ende tampoco su sable. Pero lo que de verdad la había dejado atónita era que la solidificación no había afectado en lo absoluto al hombre que tenía apresado.

¡¿Pero qué?! Pensó Viria.

La Matadragones se quitó de encima de su presa, gruñendo por culpa del terrible dolor. Su anterior grito había logrado alcanzar los oídos de sus compañeros, y rápidamente ellos se dirigieron hacia su capitana, pasmados de ver su mano y su sable congelados.

El hombre rodó hacia atrás, quedando hincado en una rodilla y viendo a su apresora rodeada de sus compañeros. Tornó su cabeza hacia el agujero que había creado, sin lograr ver nada aparte de las casas y sus cascajos. Giró de nuevo su cabeza hacia su agonizante apresora. No sé por qué no le congelé todo el brazo. Pensó, extendiendo su brazo hacia su espadón curvo, mientras que la otra la dirigía hacia la bolsa que tanto miedo tenía de no haberla visto. Debo de escapar, ahora que tengo el chance para que Gellucci y Satuzan maten a estos… El hombre escudriñó las vestimentas de las personas que rodeaban a su apresora ¿Matadragones? El hombre bufó con recelo, girando sus pasos y posicionándose hacia adelante. Supongo que a lo mejor podrían tener una mísera oportunidad contra el bufón asesino y el mercenario Paeristino.

    El hombre entonces estuvo a punto de comenzar a correr hacia la puerta que se encontraba más adelante, activando su aura y estando a punto de encaminarse hacia ella. Pero, de súbito, un terrible golpe le había sorprendido en la parte lateral de su rostro. El impulso disparó al hombre hacia la pared; su bolsa volvió a zafarse de sus manos, y su cuerpo atravesó con su gran potencia la pared, destruyéndola en varios escombros. El hombre rodó por los suelos junto con los escombros hasta detenerse. Perplejo, sintiendo un terrible ardor en su mejilla derecha y como manaba sangre, el hombre levantó la cabeza, encontrándose con uno de los Matadragones, portando unos enormes cestus con forma de cabeza de dragón en ambas manos.

El hombre ensanchó los ojos, y emitió un jadeo ahogado al ver una espesa aura rodeando la figura del Matadragones.

¡¿Perdona, qué?! Exclamó su pensamiento, incrédulo. ¡¿Acaso los Matadragones pueden usar Aura?!

—No sé qué clase de magia has usado en Viria, bastardo… —comenzó a decir el Matadragones con tono gruñón— ¡PERO LO PAGARAS CARO!

El Matadragones se abalanzó hacia el hombre, levantando uno de sus brazos y apuntando su enorme cestus hacia él. Con terror recorriendo sus sienes, el hombre rodó con rapidez hacia su derecha, logrando esquivar el terrible golpe que había impactado en el suelo con un sonido atronador. El hombre se detuvo y se colocó con una rodilla en el suelo, apoyando la empuñadura de su espadón curvo en su hombro derecho. En el suelo, el hombre logró ver que el cestus se había enterrado casi por completo en la calzada. Si no hubiese activado mi aura con anterioridad, de seguro mi cabeza habría explotado… Pensó el hombre, jadeante y con su corazón palpitándole con más rapidez.         

 

 

Desde la distancia, ocultos entre un callejón y mirando más allá de las pared, Satuzan se había quedado encantado de ver los resultados, luego de que Gellucci lanzara aquella daga contra las misteriosas sombras y fallase a propósito, sólo para confirmar su teoría de que aquellas sombras no debían de ser más traidores de los Caballeros Cruzados.

—¡Excelente, Gellucci! —exclamó Satuzan con tono de felicitación y alegría— Nunca pensé que tu superstición fuera verdad.

Gellucci comenzó a aplaudir repetidas veces para sí mismo. A través de su máscara, Satuzan suponía que el rostro de Gellucci debía de ser uno más sonriente que el de su máscara misma.

—En todo caso, ¿Quiénes podrían ser? —preguntó Gellucci, deteniendo los aplaudidos.

—Sea quienes sean, me satisface verlos retener a Gishlain —dijo Satuzan, asomándose de nuevo hacia la calle—. Aunque… —Satuzan observaba como el contrincante de Gishlain intentaba embestir a este, lanzando repetidos golpes que el traidor esquivaba— Me intriga un poco saber quiénes podrían ser. Puesto que veo que estos pueden manipular un Aura normal…

—¿Y acaso tendrá algún sistema de magia que rige sus Auras? —preguntó Gellucci, con tono curioso pero a la vez preocupado.

—Eso no lo sabremos hasta que lo descubramos —dijo Satuzan, llevándose los dedos al puño de su cimitarra y doblando su cintura. En ese momento, Gellucci notó como una figura sobresalía del hombro de su compañero, tomando gran parte del Aura que rodeaba a este. La figura sólo mostró su brazo izquierdo, mitad de su torso y la cabeza. La figura llevaba un yelmo de hierro con una mascarilla del mismo material. Llevaba una coraza de placas de bronce y un guardabrazo de escamas con filigranas de un anfiteatro, que ocultaba una manga de color gris por debajo suya.

Detrás de su máscara, Gellucci esbozó una maliciosa sonrisa.

 

 

Los diferentes estruendos que se producían a sus espaldas ya tenían abrumada a Mildran y Bythiana.

Viria me ordenó quedarme aquí, protegiendo a Mildran… Pensó Bythiana, tensando su mandíbula. Sus brazos se estremecían con la incertidumbre que tenía sobre los estruendos, y poco a poco perdía el control del levantamiento de su enorme arco. Puede que esos estruendos sean los Cestus Draco de Royko. Pero aun así…

Bythiana miró a Mildran de soslayo; el Matadragones se seguía retorciendo en silencio sobre la silla. Sus manos rodeaban el agujero en su muslo, y eso provocó que Bythiana la presión con la que la Matadragones sostenía el cuerpo de su gran arco se incrementase.

De pronto, entre sus quejidos y gruñidos, Mildran oyó unos fuertes y repentinos pasos que se alejaron de él casi al instante. Cuando volvió a abrir los ojos, el Matadragones vio que Bythiana, junto con su arco, se habían ido de la sala por la pared. Con el terror rodeando su corazón, Mildran volvió la cabeza en dirección al destruido muro, y gritó el nombre de su compañera en su mente. Mildran cayó desprevenido al suelo por el rápido movimiento. Se intentó erguir, pero su cuerpo sólo llegó a medio levantarse. Aun así, Mildran activó su Aura al máximo poder, se equipó su yelmo y comenzó a cojear, arrastrando su gran hacha por el suelo.

 

 

Los nervios carcomían a Milidrag al ver a su capitana retorcerse con su mano congelada y entumecida, al igual que su sable. A su vez, la impotencia hacía sentir peor a la Matadragones por no saber cómo ayudarle.

—M-Milidrag… —masculló Viria con la mandíbula apretada.

La Matadragones mencionada levantó la visera de su yelmo.

—¿Qué, capitana? —preguntó Milidrag con palabras nerviosas y su boca estremeciéndose.

—Ve… —Viria jadeaba con cada palabra que articulaba— Ve en busca de Bythiana… Y dile de mi parte que Mildran no salga de la casa por nada en el…

Viria se vio de nuevo interrumpida por el horrible hormigueo.

—¡Ahora mismo, Viria! —exclamó Milidrag, volviendo a bajar la visera de su yelmo, tornándose hacia sus espaldas y dirigirse hacia el agujero por donde había entrado.

 

 

Gellucci y Satuzan se habían desplazado hacia el techo de la última vivienda que los separaba de la intersección. Debajo de ellos, los perseguidores observaron cómo unos espectadores la batalla que se llevaba a cabo entre el traidor y la todavía indefinida persona. Gellucci y Satuzan observaron como Gishlain contrarrestaba el ataque de su contrincante con su enorme espadón curvo. El brazo de su contrincante se levantó al instante, dándole la oportunidad al traidor para lanzarle un fuerte puñetazo con aura en su peto. Satuzan frunció el ceño, se hincó en una rodilla y empezó a acariciar su barba de chivo.

—Qué extraño… ¿Por qué Gishlain no usa ninguna de sus habilidades Elumancious para congelar a su contrincante? —preguntó, restregando sus dedos contra su barba.

—¡Satuzan, mira! —había musitado Gellucci, estirando un poco su brazo hacia el norte.

El mercenario Paeristino tornó su cabeza en dirección al brazo de Gellucci. Al ver a otra figura salir del muro destruido de otra casa, la impresión se mostró en su rostro con una mueca. La figura emprendió una marcha hacia la intersección, donde Gishlain y su contrincante seguían combatiendo.

—¿Qué dices, Satuzan? —había preguntado Gellucci, con las dagas alrededor de sus dedos enfundados en placas cuadradas de colores blanco y rojo— ¿Nos encargamos de no dejar vivo a nadie, o dejamos que estás personas hagan nuestro trabajo de asesinar a Gishlain?

Satuzan escuchó con atención la pregunta de su compañero, pero su concentración estaba más precisada a la persona que se acercaba a la intersección. Cuando vio que esta empuñaba un enorme arco y lo tensaba con una rapidez proporcionada por una poderosa aura, Satuzan volvió a reconsiderar su pensamiento anterior.

—Veamos primero como se desenlaza —respondió Satuzan, volviendo de nuevo su cabeza hacia el traidor—. Si Gishlain logra matar o dejar abatidos a sus contrincantes, entonces hacemos aparición. O mejor aún: cuando veamos que los contrincantes se fatiguen por la pelea, entonces tú los mataras con tus dagas.

—¡Bien pensado, Satuzan! —musitó Gellucci de alegría, tornando también su cabeza hacia la intersección.

—Sin embargo… —Satuzan descubrió que el traidor no llevaba la bolsa con los objetos divinos— ahora mismo, Gishlain no tiene la bolsa en sus manos. Eso quiere decir que se le habrá zafado cuando salió del muro. ¡Y por ende…! —Satuzan intentó mirar hacia abajo, más allá del techo— Gellucci; tú te quedaras a vigilar la batalla. Yo iré a buscar los objetos.

Su compañero asintió con la cabeza, agazapándose y sosteniendo entre sus dedos las dagas. Satuzan, con la mano todavía en el puño de su cimitarra, se volvió por la cubierta del techo, recorriéndolo con el objetivo de bajar en un lugar donde ninguno de ellos los viese.

 

 

Gishlain volvió a esquivar el ataque de su contrincante, atrapando de nuevo su brazo para así propinarle un fuerte rodillazo en su peto resquebrajado. Gishlain se alivió con el golpe, al ver que fue lo suficientemente doloroso para su contrincante, provocándole que retrocediese con su torso inclinado hacia adelante, con el propósito de intentar aliviar el dolor, desde la perspectiva de Gishlain.

Por suerte sus ataques son lentos y predecibles… Pensó Gishlain, jadeante. Se llevó una mano hacia el lateral derecho de su rostro, que seguía sangrando.

De súbito se oyó el sonido de una fuerte pisada. Gishlain se quedó por unos momentos helado, y volvió su cabeza en dirección al origen del sonido. Sus ojos se encontraron con una figura femenina, sosteniendo un arco y tensándolo con una enorme flecha. Gishlain lo comprendió al instante en que la flecha salió disparada hacia él.

Reaccionando a su instinto, Gishlain se propulsó hacia atrás con la ayuda de su aura. La flecha siguió su fugaz recorrido hasta estrellarse contra la fachada de una vivienda. Los ojos de Gishlain se ensancharían al observar como la flecha destruía uno de los muros sin ningún problema, convirtiéndolo en varios escombros que crearon un enorme hueco.

Sus pies cayeron de nuevo al suelo. Gishlain levantó con rapidez su cabeza, sólo para encontrarse con su contrincante recuperándose, la arquera reuniéndose con él y una tercera que acababa de aparecer por el agujero que había creado.

Sobre todas las cosas, Gishlain todavía le preocupaba que sus perseguidores todavía no hicieran acto de presencia. ¿O es que habrán puesto a estos cabrones en mi contra sólo para así robar los objetos divinos? El pensamiento le hizo sentir una especie de punzada por toda su columna vertebral. Alzó un poco su cabeza, en dirección al otro agujero que había creado por el impulso de su contrincante. ¡Si es así, entonces tengo que ir allá lo antes posible!

—Royko, ¿qué es lo que ha pasado? —preguntó Bythiana, preparando la siguiente flecha.

—Fue demasiado rápido, Bythiana… —respondió Royko con tono adolorido e intentando erguir su torso.

—No sabemos cómo, pero este hombre ha congelado la mano de nuestra capitana —dijo Milidrag, quien había llegado y se posicionó al lado de Bythiana.

—¡¿Que ha hecho qué?! —balbuceó Bythiana con perplejidad, mirando de reojo a su compañera y luego a su enemigo.

Ante los ojos de los Matadragones, el enemigo llevaba una indumentaria que ellos nunca antes habían visto; y lo que más caracterizaba a esa indumentaria era una especie de yelmo negro que se extendía hacia atrás, cubriendo toda la cabeza. Era adornado con unas plumas que sobresalían sobre sus concavidades, y la parte lateral de su rostro seguía manando sangre. En ese momento, Bythiana tensó la cuerda del arco con su flecha, imbuyéndola en su densa aura y apuntándola en dirección al enemigo.

¿Aura también…? Parece que no tendré tiempo de tomar una Semilla de Kashmir. Pensó Gishlain, quitándose la mano de su rostro, llevándose ambas manos a la empuñadura de su espadón curvo y activando su aura con todas las reservas que le quedaban.

La impresión tomó por sorpresa a Bythiana y Milidrag.

—¡¿Acaso este tipo puede usar aura también?! —Barbulló Milidrag, desenfundando su cimitarra y activando su aura.

—Así es, Milidrag… —musitó Royko, irguiéndose— Y es demasiado poderoso incluso con sólo propinarme un rodillazo en mi vientre. Hay que tener cuidado cuando estemos cerca de él.

Gishlain estuvo a punto de abalanzarse hacia sus contrincantes, hasta que, por el agujero que había creado por el impulso de su enemigo, vio lo que nunca quiso que pasara.

 

 

Viria, con la otra mano, se había quitado el yelmo para así respirar con más facilidad. El hormigueo parecía incesable, y le era incómodo intentar acomodarse o incluso intentar mover su mano con la ayuda de su aura, con la esperanza de poder liberarse. Pero eso sólo empeoraba; el hormigueo pasaba a ser dolor, y obligaba a Viria a desactivar su aura lo más rápido posible.
Viria escuchó unos pasos recorrer el rellano. Con el yugo de la confusión y el terror, Viria miró en dirección al pasillo entre jadeos. Descubrió con la mirada una persona de espaldas, que portaba una capa azul y un extravagante yelmo de color albino con yugulares y cubrenucas. La persona se hincó en una rodilla frente a una bolsa. Al lado de la bolsa, los ojos de Viria lograron captar una rarísima gema aguzada de color grisáceo, y con un extraño movimiento en su superficie.

La persona de capa azul tomó la gema, y la miró con detenimiento al igual que Viria.

—Y pensar que estas piedras Draconicas e ilegales llegasen a las manos de los Caballeros Cruzados —dijo el hombre, guardándose la gema en el bolso y lanzándolo hacia su hombro derecho.

¿Piedras Draconicas? Pensó Viria con el ceño fruncido.

El hombre se giró. Viria miró el rostro del hombre; era de color beige. Sus ojos eran grandes y parecían estar pintados con un surco de color negro. Tenía una barba de chivo. Con una mirada rápida, Viria no tardo en descubrir que aquel hombre era de seguro algún habitante de Oriente Bajo.

—Tengo una pregunta, antes de irme —dijo el hombre, apuntándola con un dedo— ¿Quiénes son ustedes? ¿Mercenarios?

Viria jadeaba, y sus labios se estremecían por el hecho de no saber si responderle a la pregunta o no. Al final, acabó cediendo:

—S-somos Matadragones…

El hombre entrecerró los ojos.

—Qué extraño… —dijo— Nunca había visto a un Matadragón usar el Aura. De todas formas; gracias por ayudarnos con nuestra misión.

El hombre se volvió sobre sus pasos, y se encaminó hacia la puerta del pasillo.

Satuzan escuchó un ruidoso y cristalino sonido venir de sus espaldas. Enarcó ambas cejas, y para cuando se había vuelto, Satuzan encontró a la Matadragones con la mano que tenía entumecida y congelada vuelta a la normalidad. Los trocitos de hielo se deshacían en el suelo, mientras que Satuzan observaba una mirada incrédula en la Matadragones.

Con la boca entreabierta, Satuzan se giró a sus espaldas con suma rapidez. A través del agujero en el muro, Satuzan logró ver la figura de Gishlain, sosteniendo su espadón curvo con una mano izquierda sobre el borde superior de la hoja y la otra sobre la empuñadura. El mercenario vio como el traidor asía su espadón hacia arriba, adelantándose un paso. En ese instante, Satuzan entendió lo que Gishlain estaba a punto de hacer.

—¡Ni creas que te vas a escapar delante de mí, SATUZAN! —exclamó Gishlain, precipitando su espadón curvo hacia el suelo. La hoja chocó y se enterró en el suelo, dejando desconcertados a los Matadragones en la dirección donde apuntaba.

Tanto los Matadragones como Satuzan, vieron como la curva espada de Gishlain se tornaba de color celeste, cristalizándose poco a poco y creando pinchos aguzados que sobresalían de la superficie congelada. En ese instante, el suelo delante del espadón curvo se cristalizó, recorriendo todo la superficie casi al instante hasta atravesar la pared, estando a punto de llegar al Paeristino. Satuzan, con los ojos ensanchados, se impulsó al instante con su Aura. Su cuerpo destruyó la puerta, y aterrizó junto con ella al suelo con brusquedad. Todos los Matadragones lograron observar como el suelo se había cristalizado en un parpadeo, dejándolos pasmados y casi inmovilizados por la habilidad de Gishlain. Hasta que, de repente, en toda la superficie del área cristalizada sobresalieron enormes pinchos.

Los pinchos destruyeron con facilidad la pared de la vivienda que estaba por encima de ellos, y Bythiana, Milidrag y Royko retrocedieron unos cuantos pasos por miedo. De pronto, los enormes pinchos explotaron, disparando pequeños trozos por todos los lados. Los trozos destruyeron partes de todas las viviendas que se encontraban alrededor. Y a causa de ello, Royko cubrió a Milidrag y Bythiana de todos los trozos que venían hacia ellos; siendo esto en vano, pues los trozos eran tan potentes que lograron desviar los brazos de Royko, y así, dos de aquellos trozos golpearon la armadura del Matadragones, así como también lograron atravesar su taparrabos, enterrándose en sus muslos y más arriba, en la gruesa yugular de su yelmo, la cual se destruyó en varios pedazos.

Gishlain esquivó todos los trozos cristalinos con movimientos fluidos. Y entonces, en un momento dado, Gishlain se obligó a dar un gran salto, ascendiéndolo a unos seis metros por encima de todos los trozos. En la altura, Gishlain tuvo una vista casi panorámica de los techos de la vivienda. Y fue en uno de esos techos, donde Gishlain encontró con su vista la figura de Gellucci.

¡Ahí está…! Pensó. Pero su pensamiento se vio irrumpido por una sorpresiva sensación aguzada en su hombro izquierdo. Gishlain volvió su cabeza, descubriendo una daga atravesando su hombro izquierdo. Pronto, Gishlain empezó a sentir la terrible sensación del dolor, a medida que iba cayendo desprevenidamente al suelo.

—¡Ese bastardo de Gishlain! —prorrumpió Gellucci, bajando sus manos y haciendo desaparecer las dagas de entre sus dedos.

Gellucci volvió sus pasos hacia su derecha, recorriendo toda la cubierta del techo hasta dejarse caer por el borde. Antes de aterrizar al suelo, Gellucci logró identificar el cuerpo de su compañero en el suelo, con la bolsa entre sus manos. Al caer, Gellucci se dirigió hacia Satuzan con su cuerpo estremeciéndose.

—¡Satuzan! ¡Satuzan! —balbució Gellucci, deslizando sus rodillas hasta llegar a él— ¿Tienes alguna herida?

En ese momento, Satuzan levanto su torso, tornándolo hacia Gellucci. El bufón notó una mueca adolorida en el Paeristino. Gellucci inspeccionó todo el cuerpo de su compañero hasta encontrarse con un agujero la parte baja de su camisón, donde comenzaba a manar sangre. Nervioso, Gellucci volvió a dirigirle la palabra a Satuzan:

—¡No te preocupes, Satuzan! La bolsa está en nuestras manos, y ahora lo único que tenemos que hacer es salir de aquí.

—No… seas estúpido, Gellucci —masculló Satuzan.

Gellucci le dirigió una mirada atónita hacia su compañero.

—¿Qué? —dijo, ahora con tono de impresión— ¿A qué te estás refiriendo?

Satuzan dio un fuerte empujón a Gellucci. El bufón cayó bocarriba al suelo, y el Paeristino de medio levantó.

—No dejaré… —Comenzó a decir Satuzan, desenfundando su cimitarra casi al instante mientras que activaba su aura— ¡No dejaré que un traidor me haga sufrir este tipo de humillación!

¡No otra vez! Pensó Gellucci, observando como Satuzan cojeaba, alejándose poco a poco de él, abandonando la bolsa con los objetos divinos. ¿Por qué tenía que pasar justo ahora? ¿Por qué demonios su resentimiento tiene que ser tan drástico?

    —Si lo deseas, Gellucci —dijo Satuzan, sin volver a verle y sin detenerse—, puedes largarte de aquí con los objetos divinos. Porque quizás vaya a morir peleando contra el desgraciado de Jean-Claude Gishlain.

Gellucci apretó sus puños. Volvió su vista hacia la bolsa con los objetos divinos, y luego volvió a tornarla hacia su compañero. ¿Qué debería de hacer…?

 

 

Uff, los capítulos se van haciendo cada vez más largos y los conflictos más tensos…
Pero entre más alto subamos, peor se pondrán las situaciones venideras. Así que prepárense, puesto que los conflictos que vendrán los sacudirán.

 

 

 

 

 

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