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Vois Fachnir – Capítulo X – SATUZAN Y GELLUCCI; ASESINOS DESPIADADOS (Parte II)

Modo noche

SATUZAN Y GELLUCCI; ASESINO

 

S DESPIADADOS… (PARTE II)

Milidrag y Bythiana levantaron sus torsos con una sensación de peso y abatimiento. Intercambiaron miradas luego de ver todo el panorama del pueblo de su capitana con varios escombros por todas partes. Entonces, cuando llegó la hora de volver sus miradas a Royko, encontraron a este en un peor estado; dos huecos en su armadura donde comenzaba a manar sangre, una en el muslo y su yelmo hendido.

—¡Royko! —exclamó Milidrag, deslizándose hacia quedar frente a él. Con su mano derecha, Milidrag quitó el yelmo del Matadragones, y vio que la parte lateral de la cabeza de Royko estaba sangrando.

Bythiana estuvo a punto de dirigirse hacia Milidrag cuando el yelmo rodó hasta ella; hasta que un fuerte sonido a algunos metros de ella la detuvo, al igual que a Milidrag. Ambas volvieron sus miradas en dirección al origen del ruido, encontrándose con la persona con quien luchaba Royko.

—¡¡Milidrag, Bythiana!!

La voz de Mildran retumbó en el ambiente, llegando a los oídos de las Matadragones. Milidrag y Bythiana volvieron sus cabezas hacia la izquierda, donde provino la voz de su compañero. Y ahí lo vieron; Mildran cojeaba con dificultad, dejando a su paso un rastro de sangre, así como también llevaba arrastrando su gran hacha.

—¡M-Mildran, no te acerques! —vociferó Bythiana, estirando su brazo hacia él en ademán de que se detuviera.

El Matadragones, con una mueca de sorpresa y extrañeza, se paralizó.

En ese momento, Bythiana y Milidrag escucharon unas pisadas veloces venir a sus espaldas. Ambas se tornaron a sus retaguardias, aterradas de que sea otro de aquellos enemigos. En cambio, al ver a su capitana Viria, con su mano vuelta a la normalidad, emitieron un jadeo ahogado.

—¡VIRIA! —gritaron ambas de la alegría.

Bythiana se levantó del suelo casi de un salto, dirigiéndose con rapidez hacia su capitana.

—¿Qué fue lo que paso? —preguntó Viria, llevándose una mano a la cabeza descubierta.

—El enemigo había lanzado una habilidad que desconocemos —explicó Bythiana, tomando la mano de su capitana, la cual antes había sido congelada—. ¿Pero cómo fue que te has podido librar del congelamiento de su mano, capitana?

—No sabría explicártelo, Bythiana —dijo Viria, mirándose la mano donde seguía empuñando su sable—. El hielo alrededor se deshizo, y el hormigueó fue desapareciendo cuando un hombre había entrado en la estancia…

—¡B-Bythiana! —el aullido de Mildran alertó a Bythiana y a Viria, forzándolas a tornarse en dirección a Mildran, encontrándoselo con un brazo extendido hacia adelante— ¡Hay otro enemigo, ha aparecido de repente!

Sobresaltadas, ambas Matadragones se dirigieron al centro de la intersección, observando alrededor de todo el pueblo. Fue entonces cuando se encontraron a una figura a su derecha, cojeando por una herida que tenía en su camisón, así como también una cimitarra empuñada en su mano derecha. La capa que portaba a sus espaldas zarandeó por los bruscos movimientos del viento, y Milidrag, presa del pánico de ver a otro enemigo, tomó los sobacos de Royko, para luego arrastrarlo por el suelo con sus brazos infundidos en su aura, logrando así acercarse a su capitana sin ningún problema.

Los distintos gritos pudieron levantar a Gishlain de su abatimiento. Sentía dolor en todo su cuerpo. Y en el lugar donde más se concentraba, era en su hombro izquierdo. A medida que iba abriendo poco a poco los ojos, Gishlain se llevó la mano derecha al hombro. Para suerte suya, la daga había desaparecido. Supongo que Gellucci habrá escapado junto con Satuzan… Pensó. Y no fue hasta que, escuchando entre los gritos, uno de ellos llegó a los oídos de Gishlain, que anunciaba la llegada de otro enemigo.

Atónito, Gishlain intentó levantar su torso con brusquedad, consiguiendo que el dolor en su hombro lo interrumpiese. Esta vez, Gishlain tuvo cuidado en alzarse. Guió su mano izquierda al suelo para apoyarse, y alzó su cabeza.

El grito no mentía; había otro enemigo que apareció por la esquina de una de las casa. Y Gishlain se quedó con la boca abierta al ver que el enemigo era el mismo Satuzan.

Gishlain fulminó con la mirada a Satuzan; su aura había alcanzado el límite de poder, llegando incluso a extender un poco de su limitada presión hasta él. Cojeaba, por lo que Gishlain suponía que debió de haberlo herido con algún trozo cristalino en alguna parte. De todas formas, ¿por qué decidió pelear? ¡Ya tiene en su posesión la bolsa con los objetos divinos!

    En ese momento, por la misma esquina de la casa, Gishlain notó como Gellucci aparecía, acercándose poco a poco hacia su compañero. ¡Y también Gellucci! Demonios, si no hago algo para sobrevivir… En ese momento, Gishlain volvió su vista hacia los Matadragones, que miraban a los enemigos con mucho recelo. ¡O más bien…!

    —¡Matadragones! —vociferó Gishlain luego de dar un fuerte tose. Los Matadragones, así como Satuzan y Gellucci, se volvieron hacia el traidor— ¡Ellos son el verdadero enemigo!

Ante el comentario, Satuzan frunció con fuerza el ceño y apretó la mandíbula.

—¡Tú, Matadragones! —exclamó Gishlain, estirando su brazo en dirección a Viria— Si aún te preguntas como tu mano se ha liberado del hielo, ¡fue por voluntad mía, para intentar demostrarles que yo no soy el enemigo!

—¡Gellucci, hazlo callar! —masculló Satuzan, haciéndole un ademán con la cabeza.

Gellucci atendió a la orden de su compañero activando su aura. Levantó su mano derecha, y entre sus dedos índice y anular apareció una daga. Gellucci, con ayuda de la fuerza de su aura, tiró la daga en dirección hacia uno de los muros de una vivienda que se encontraba cerca de Gishlain. El lanzamiento fue rápido, tanto que ni siquiera los Matadragones pudieron de anticipar sus movimientos; todos menos Gishlain.

El traidor activó a su vez su aura, guiando con su vista la rapidez con la que iba la daga. Para él, no era de extrañarse el por qué Gellucci había lanzado una de sus dagas en dirección contraria a la que se encontraba él. Con su cabeza tornada hacia su derecha, Gishlain notó como súbitamente la daga había cambiado de rumbo en un parpadeo, dirigiéndose ahora hacia su rostro. Su espadón curvo estaba muy lejos de sí, por lo que Gishlain se obligó a contraatacarlo con el dorso de su mano enfundado en un guantelete. La daga chocó contra el guantelete, y se fue hacia otra dirección con menos velocidad. De repente, Gishlain sintió de nuevo otra sensación aguzada venir de su torso; Gishlain bajó su cabeza, sintiendo el venir del dolor. Sus ojos se encontraron con otra daga, enterrándose en su bajo vientre. Jean-Claude emitió un gemido ahogado al ver la daga, y esta vez, su cuerpo cedió al daño, ocasionando que su torso cayera de nuevo al suelo.

Satuzan hizo una mueca de satisfacción al ver a Gishlain bocabajo, y con sus ropas comenzando a mancharse por toda la sangre. Él y Gellucci se tornaron hacia los Matadragones, que parecían inmovilizados por la rápida situación.

—Supongo que ustedes no se atreverán a intervenir en esto, ¿verdad? —dijo Satuzan con tono amargo, apuntando a los Matadragones con su larga cimitarra— ¿Verdad que no serían tan idiotas de ser concienciados por las palabras de este hijo de puta, bastardo y traidor?

Presos del terror, los Matadragones volvieron sus miradas hacia su capitana. De súbito, los Matadragones se encontraron con una mueca de terror, mezclada con una de ira.

Viria apretaba la mandíbula y sus dientes, así como también la empuñadura de ambos sables. Su cuerpo se estremecía por el inconmensurable poder que tenía el aura de esas dos personas. Pero también (sabiendo el por qué), Viria sentía una sutil ira contra ellos. Sus ojos castaños miraron de reojo al cuerpo de la persona que le había congelado su mano. Lo entiendo ahora… Pensó, sintiendo una especie de culpa corroyéndola. Estos dos nos han estado utilizando para tratarte como si fueras el enemigo.  El aura apareció a su alrededor sin previo aviso, sorprendiendo a sus compañeros. ¡Como odio eso!

    —¡Ni creas que me voy a quedar de brazos cruzados después de entender toda esta situación! —aulló, blandiendo sus sables— ¡MATADRAGONES, A ELLOS!

Viria, esta vez con la furia dominando su voluntad, se abalanzó contra Satuzan y Gellucci. Bythiana y Milidrag se sorprendieron con la rapidez a la que fue, dejándolas por un momento inexpertas ante la escena.

En unos segundos, Gellucci se encontró con la Matadragones frente a su compañero, juntando ambos sables y precipitándolos contra Satuzan. ¡Por el amor de Sanagara, es rápida!

    Desde la distancia, Bythiana, Milidrag y Mildran escucharon un sonoro y poderoso sonido de metal contra metal. Al volver sus miradas, se encontraron con su capitana encarando al enemigo, con ambos sables unidos chocando contra la larga hoja de la cimitarra. Pero había algo extraño en el portador; observando detenidamente, los Matadragones divisaron un guardabrazo de escamas, unas musleras y grebas con filigranas que parecían dibujar un anfiteatro, un yelmo con una mascarilla y una coraza de placas de color bronce.

Desde la perspectiva de Viria, las hojas de sus sables chocaban contra la cimitarra del enemigo. Pero el portador no era el mismo hombre que había visto en el rellano; cuando las hojas chocaron, el hombre con aquella armadura había aparecido, tomando la cimitarra del verdadero enemigo. ¡¡¿P-PERO QUÉ DEMONIOS?!! La impresión volcó el corazón de Viria, dejándola casi inmóvil ante el enemigo.

—Veo que te has impresionado de mi Basileus —dijo Satuzan con tono azucarado, mirando la mueca de perplejidad de la Matadragones—. Ustedes, los Matadragones, son tan primitivos con sus Auras, que ni siquiera han visto la verdadera magia de la misma.

De súbito, Viria recibió un fuerte golpe en su mejilla. La Matadragones supuso que era su codo, pues pudo sentir como tocaba su mandíbula. Cayó con fuerza en el suelo, y al levantar su mirada, se vio encontrada a seis metros de sus compañeros.

Viria escuchó a sus compañeras exclamar su nombre, pero antes si quiera de poder volver a levantarse, sintió una aguzada sensación en su muslo izquierdo. Descendió su mirada con velocidad, descubriendo una daga atravesando su muslera de piel de Dragón. ¡¿Pero… cómo?! Pensó, confundida como nunca antes lo había estado. Soltó sus sables para llevarse las manos alrededor del muslo. Estuvo a punto de tomar la daga, pero esta desapareció cuando la rodeó con sus dedos como si fuese escarcha. ¡¿Cómo demonios lo hacen?!

    —Ahora siguen ustedes —dijo Satuzan de forma fría. Su Basileus se colocó frente a él, avanzando a medida que su usuario lo hacía y con la larga cimitarra apuntando hacia los Matadragones. Detrás suya, Gellucci preparaba más dagas entre sus dedos.

Detrás de su yelmo, Milidrag jadeaba de forma pesada.

—M-Mildran… —dijo, en voz baja— Tú lleva al inconsciente Royko a un lugar seguro. Bythiana y yo los distraeremos lo mejor posible.

—¡P-pero Milidrag! —masculló Mildran, todavía sosteniendo su enorme hacha— ¿Ya viste de lo que son capaces de hacer? ¡Ninguno de nosotros tenemos una oportunidad contra ellos!

—¡SÓLO HAZLO, MILDRAN! —aulló Bythiana mientras tensaba la flecha contra la cuerda de su arco.

El grito de Bythiana dejó boquiabierto a Mildran, así como también la brusca manera como ella le tendió el cuerpo de Royko a él, antes de preparar su flecha. En ese momento, Mildran supo que ambas actuaban de manera brusca contra el miedo. Con la mandíbula temblándole,  ascendió su mirada por encima del hombro de las Matadragones, encontrándose con el enemigo cada vez más cerca de ellos. ¡Si este es el momento en que vayamos a morir, entonces yo no me quedare de brazos cruzados esperando la muerte! Pensó, empuñando su hacha con ambas manos, levantándola por encima de su cabeza y, con ayuda de su aura al máximo poder, la imbuyó un poco en ella para luego lanzarla con gran impulso contra el enemigo.

Las Matadragones sintieron una fuerte sensación pasar de largo de ellas. Y más adelante, vieron al hacha de Mildran siendo disparada contra el enemigo.

—¡Satuzan! —profirió Gellucci, advirtiendo a su compañero del arma que venía con rapidez hacia ellos.

Satuzan no respondió, y se quedó mirando la rápida y peligrosa hacha que venía rodando en el aire hacia él.

—Ahora, Ma’saalam —bisbiseó Satuzan.

El Basileus de Satuzan pareció responder a las palabras de su usuario; ya que se abalanzó hacia el hacha, esgrimiendo la larga cimitarra contra el hacha. El aura que rodeaba toda la curva hoja de la cimitarra de pronto, casi en un parpadeo, se convirtió en incandescentes llamas. La hoja en llamas cortó la cabeza de la gran hacha y la empuñadura de la misma. Las llamas encendieron el hacha dividida, y al tocar el suelo, estas se volvieron cenizas.

Milidrag y Mildran se quedaron de piedra con lo que había hecho el ser del enemigo.

—¡Mildran, sal de aquí ahora! —gritó Milidrag, al tiempo que Bythiana lanzaba la flecha que llevaba tensando todo el tiempo.

Mildran, preso del terror en sus movimientos, tomó los hombros del inconsciente Royko, y lo comenzó a arrastrar hacia la esquina de la casa, con el objetivo de desaparecer del combate.
Milidrag volvió con brusquedad su cabeza, encontrándose al ser del enemigo esquivando a duras penas la flecha. Milidrag notó como la flecha creaba un surco en el yelmo del ser, y con sólo eso, fue suficiente para satisfacerla un poco.

Satuzan sintió una rápida y aguzada cortada en su mejilla derecha. Chasqueó los dientes.

—¡Gellucci! —exclamó. Su compañero le miró con un poco de nervios— Tú encárgate de la arquera.

Asintiendo, Gellucci se impulsó hacia la derecha, y luego hacia adelante, quedando a espaldas de la Matadragones arquera. En ese instante, Gellucci lanzó tres de sus dagas contra la retaguardia de su enemiga. Esta la esquivó, pero las cortas hojas lograron hacerle unos jirones en su capucha roja. Decepcionado, Gellucci siguió retrocediendo, lanzándole a su vez otras dos dagas, pero esta vez, en diferentes direcciones y a corta distancia.

Bythiana se extrañó con el lanzamiento de su enemigo, por lo que se adelantó con un impulso de su aura, plantando un rápido pie luego de recorrer tres metros, para luego preparar la siguiente flecha con su aura. Bythiana no se preocupó en ningún momento por las dagas. Pero, de súbito, sintió una aguijoneada sensación en ambos muslos. Sintiendo dolor, Bythiana bajó su cabeza a medida que caía al suelo; y ahí los vio, ambas dagas atravesando su muslera izquierda y su greba derecha como si fueran de cuero curtido. ¿C-cómo? Pensó, cayendo bocarriba al piso y disparando sin querer la flecha al cielo azulado.

 

 

Viria se echó bocabajo de forma forzosa, estirando sus brazos para tomar los puños de sus sables y así ir arrastrándose muy lentamente por el suelo, con el muslo manando sangre que iba dejando rastro por la calzada. Alzaba su mirada para guiarse hacia adelante, y le era difícil observar a sus compañeras siendo demacradas por el enemigo: Milidrag intercambiaba choques de la hoja de su cimitarra contra la del ser del enemigo, pero era en vano, pues terminaba recibiendo más estocadas en su armadura que la del enemigo mismo. Y lo que más le chocaba, era notar que la hoja abollaba sin ningún problema la armadura de Milidrag. Más atrás de ella, Bythiana había caído bocarriba al suelo, con dos dagas enterradas en sus piernas y que no parecían desvanecerse. Y al igual que ella, Bythiana manaba sangre de las heridas. Poco a poco, Viria sentía una cierta desesperanza por la victoria, que no se cernía en ningún momento de la situación. Pronto, sus ojos empezaron a echar lágrimas, y sus puños se apretaron en las empuñaduras. E-esto no puede ser verdad… Pensó, apretando la mandíbula mientras veía a Milidrag recibir más jirones en su armadura. ¿Q-qué clase de habilidades son estas? ¡Por mi Dios! Las primeras lágrimas cayeron de su mentón.

—¡Espera, Matadragones!

De pronto, una voz la aclamó, obligándola a detenerse y a volverse. Sus ojos se ensancharon al descubrir al hombre que habían apuñalado con dos dagas cerca suya. Viria lo escudriñó; sus heridas más graves ya no sangraban tanto, incluso parecían haber cicatrizado de forma inestética. Viria estuvo a punto de hablarle, pero el hombre la interrumpió, ofreciéndole en una mano un odre de piel, y en la otra una alubia de color amarillo.

—Sé que esto es muy repentino, ¡pero tienes que hacerme caso si queremos salir todos vivos! —farfulló el hombre, dirigiendo su cabeza hacia la batalla que se llevaba en la intersección— Ahora mismo Satuzan y Gellucci están demasiado distraídos con tus compañeros. Pero tú tranquila, que ahora que tengo las heridas más o menos sanas, puedo combatir. Y recuerda esto —añadió el hombre, mirándola, medio levantado y con su espadón curvo en su hombro derecho—; primero toma del odre, sólo tres sorbos, y luego comete la Semilla de Kashmir. Recuerda masticar duro. Y luego de eso, relaja tu cuerpo durante unos largos minutos, para que así el efecto sanador haga su trabajo.

Luego de decir eso, Viria siguió al hombre con la mirada hasta perderlo en un callejón. Bajó su vista, y miró los objetos que le había dado. Intentó pensar en la confianza que el hombre le había ofrecido, así como también la extraña confianza que nacía dentro de ella. Pero los repiqueteos de las cimitarras chocándose, y los gritos de Milidrag la interrumpían de mala manera. Sin pensarlo dos veces, Viria tomó del odre, sintiendo un sabor dulce, como si fuese miel. Luego de los tres sorbos, chasqueó su lengua, y se introdujo la alubia en su boca. La Matadragones masticó varias veces antes de tragar. Y cuando sintió como la alubia caía por su garganta, Viria relajó su cuerpo entero. Dejo mis esperanzas sobre ti… Pensó Viria con respecto al hombre. Cerró los ojos, y empezó a esperar un milagro.

 

 

Milidrag permaneció alejada del Basileus de Satuzan, dibujando un semicírculo con una lejanía de cinco metros. A pesar de haber contraatacado varias de las estocadas de su cimitarra, estas eran compensadas con la abolladura de varias partes de su armadura; su peto de color azul oscuro, sus guardabrazos, sus escarcelas (llegándose a soltar algunas bandas), e incluso llegó a rozar con su yelmo. Lo único que se pudo salvar fueron sus grebas azul oscuro.

A pesar de todas las heridas, Milidrag se mantenía en pie. Incluso erguida, y empuñando la cimitarra con ambas manos. A veces llegaba a cojear un poco, y su aura iba disminuyendo sus reservas. Pero nada de eso la detenía en seguir luchando. Y ese determinismo lo pudo notar Satuzan, que le hizo hacer una mueca curiosa. El Paeristino volvió por unos momentos su mirada hacia su izquierda, observando momentáneamente a su compañero, Gellucci, combatiendo ahora con un nuevo Matadragón. Clavó de nuevo su vista en Milidrag.

—Ustedes si son bastante duros de corroer —dijo con cierto tono de admiración.

Milidrag no respondió nada más que con jadeos que eran amortiguados por su yelmo. La Matadragones divisó al ser del enemigo desvaneciéndose de su vista. Su corazón, en vez de aliviarse, siguió palpitando con la misma velocidad. La larga cimitarra que antes portaba el ser, ahora llegó a la mano derecha del enemigo. Entonces, el enemigo se fue acercando a pasos lentos. Y Milidrag se advirtió de eso, correspondiendo con una pose, a la espera de cualquier ataque.

—A pesar de que no tengas ningún sistema de magia que domine tu aura, puedes ver a mi Basileus —habló Satuzan con sutil elocuencia—. E incluso, sin sistema de magia, puedes pelear más o menos a la par con él. Pero eso es sólo sin haber demostrado la verdadera magia —Satuzan levantó su brazo izquierdo a la altura de su pecho, y comenzó a dibujar la forma del infinito en el aire, aumentando la velocidad. Su aura rodeó la hoja del arma, y las chispas de fuego comenzaron a saltar, creándose las primeras llamas—. Ahora es cuando comienza tu verdadero fin, Matadragones.

Desde la perspectiva de Milidrag, la hoja de la cimitarra comenzó a saltar chispas a medida que el enemigo avanzaba. De repente, las chispas se convirtieron en flamas que rodearon de manera imposible la hoja de la cimitarra. El miedo comenzaba a dominar su cuerpo, obligándola a retroceder unos pequeños pasos. El enemigo ahora movía con más brusquedad su cimitarra, ascendiendo por encima de su cabeza y precipitándolo hacia sus pies repetidas veces, formando así el signo del infinito. Los rastros de fuego parecían impregnarse en el aura del enemigo, y la presión que el aura y el fuego ejercían sobre Milidrag era casi inestable. La Matadragones siguió retrocediendo, presa del terror.

 

 

Desde el mismo callejón en el que se había escondido, Jean-Claude Gishlain echó un vistazo más allá de las estrechas paredes; Satuzan y la Matadragones, con diferentes heridas en su armadura, retrocedían poco a poco hacia el cuerpo de la Matadragones a la que había ayudado. Pronto, Gishlain notó a Satuzan haciendo los primeros pasos para una de sus habilidades destructivas. Lo sabía porque lo había visto en el pasado, antes de traicionarle. Hay dos posibilidades pensó, con su aura activa. La primera es que salve al Matadragones cambiando el estado de gas del fuego a sólido con la deposición, arriesgándome a quedar casi agotado con mi aura. Y la segunda es dejar que el fuego haga cenizas al Matadragones, para así aprovechar la oportunidad para solidificar por completo a Satuzan. Pero si incluso lo ataco ahora, puede que él me lleve la ventaja en lanzar su ataque primero, así que sería un suicidio estúpido. En ese momento, la mano izquierda baja de Gishlain empezó a emitir vientos fríos que se acumulaban en su mano con forma de zarpa. Casi toda su aura se concentró en aquel punto, reuniendo todas las partículas congeladas que podía crear con su aura. Espero que salga bien… Pensó por última vez, suspirando de manera pesada.

 

 

Los movimientos del enemigo se detuvieron por un milisegundo, para luego dirigirse hacia atrás, cerca del torso. Las acciones agarraron desprevenidas a Milidrag. Por su instinto, ella quería salir de la posición en la que se encontraba, para intentar esquivar el ataque. Pero sus heridas le inmovilizaban.

—¡Incinérate y conviértete en cenizas, Matadragones! —oyó exclamar al enemigo con un tono despótico— ¡Gran Serpiente del Sahran!

Satuzan lanzó un fuerte mandoble, precipitando su cimitarra en llamas contra el suelo. La hoja rozó la calzada, y cuando el Paeristino volvió a ascender su arma, un rápido surco de llamas incandescentes se desplazó por el suelo, en dirección a Milidrag. Poco a poco, el surco de fuegos fue ascendiendo y serpenteando, adoptando la forma de una gruesa boa hecha de fuego. El fuego se lanzó con rapidez contra la Matadragones, y esta no tuvo tiempo de reaccionar para poder alejarse. Milidrag comenzó a sentir el poderoso calor y, viendo que la muerte estaba a punto de tomar su alma, cerró los ojos, en la espera de su combustión.

Milidrag sintió una leve bajeza de la temperatura que atravesó su armadura. Su piel se erizo, y la incertidumbre la había dejado casi a la deriva. Cuando volvió a abrir sus ojos, descubrió a la serpiente congelada frente a sus ojos.

 

 

Jean-Claude Gishlain no pudo evitar la incineración del compañero de la Matadragones que le había agarrado confianza por las acciones que había tomado, por lo que salió del callejón, y disparó todo el aire frío que había recaudado en su última reserva de aura. Los rápidos vientos de bajas temperaturas chocaron contra el fuego de Satuzan, y Gishlain se aseguró que la temperatura fuera menor de cero, logrando así que el fuego se solidificase casi al instante. Gishlain se aseguró también que los vientos fueran a Satuzan, moviendo su brazo hacia su izquierda.

Satuzan, sorprendido por la repentina aparición, sintió como su mano derecha se enfriaba hasta entumecerse. Gishlain cayó al suelo, y se levantó de inmediato para ver a la serpiente de Satuzan congelada.

—¡¿Jean-Claude Gishlain?! —vociferó Satuzan a sus espaldas.

Gishlain se tornó hacia su enemigo, tomando el puño de su espadón con las dos manos.

—¡Todavía no me has acabado, Satuzan! —exclamó él como respuesta, encarándolo a cinco metros de distancia.

—¡¡HIJO DE LA GRAN…!! —la fuerza con la que masculló Satuzan fue tal que salpicó el suelo con su saliva.

Al instante, el Basileus de Satuzan volvió a hacer acto de presencia, tomando la cimitarra de su usuario y abalanzándose con suma velocidad hacia Gishlain. El Basileus blandió y lanzó rápidos mandobles contra Gishlain. Este contraatacó con lentos pero poderosos espadazos que contrarrestaban contra los del Basileus. Gishlain entonces comenzó a girar, con su espadón en su hombro, y así, a medida que avanzaba, forzaba a Satuzan a detener a su Basileus, obligándolo a su vez a retroceder. ¡Ya estoy harto de ti! Exclamó la cabeza de Satuzan. El Basileus entonces respondió a la emoción de su usuario, lanzando un poderoso tajo disparado desde el suelo, como lo había hecho Satuzan con su habilidad, logrando así que las hojas de las armas se chocasen y emitieran un fuerte y sonoro sonido. De pronto, tanto el espadón curvo como la cimitarra salieron volando de sus portadores. Gishlain se desasosegó con el repentino acto. Y el Basileus aprovechó el momento para tomar al traidor por el cuello, y penetrar lo más profundo de su vientre con sus dedos.

Gishlain escupió todo el aire luego de sentir su vientre comprimiéndose en un punto. Y con su cuello siendo apretado por el Basileus, a Jean-Claude le era imposible volver a restaurar su aire.

—Ya me tenías demasiado airado, Gishlain —dijo Satuzan con desdén, acercándose hacia su Basileus. Este respondió a la emoción de su usuario, apretando más el cuello del traidor y enterrando más sus dedos en su vientre—. De hecho, nunca me has caído bien desde que entraste en el grupo de los Caballeros Cruzados. Presumiendo tu nacionalidad Esternesse, tus vestimentas tan extravagantes e incluso tus malditos Daesir —En ese momento, Gishlain escupió sangre junto con un jadeo ahogado—. ¡Nada de eso te servirá ahora para evitar el irte al Sthakriorm! ¡ASÍ QUE DESAPARECE DE MI VISTA, JEAN-CLAUDE GISHLA…!

De súbito, Satuzan sintió una fuerte y aguzada sensación en su vientre. Emitió un jadeo ahogado, seguido de unos silenciosos quejidos. La retaguardia de su Basileus se había abierto, por lo que Satuzan intuyó que alguien lo había apuñalado por la espalda. Volvió con lentitud su cabeza, a medida que iba brotando sangre por la comisura de sus labios. Y entonces, con la visera de su yelmo levantada, se encontró cara a cara con el rostro de la Matadragones.

—Te has… Olvidado por completo de mí —dijo la Matadragones entre jadeos.

Satuzan creó una mueca de impresión mezclada con vesania. Estaba a punto de replicar, y en ese justo momento, el Paeristino oyó un fuerte sonido de alguien cayendo. Tornó de nuevo su vista y con velocidad, y descubrió a Gishlain de rodillas, con una mano en el cuello y tosiendo con fuerza.

Entre las toses, Satuzan oyó unas risas. Y entonces, Gishlain levantó la cabeza, sorprendiendo a Satuzan con una sonrisa en su rostro.

—Que descuidado eres, Satuzan —dijo, entre las risitas.

¡Tú…! Intentó exclamar Satuzan, pero de nuevo fue interrumpido por una repentina sensación. El Paeristino cayó de rodillas, viendo como su Basileus se desvanecía de sus ojos, así como su consciencia. Satuzan volvió su cabeza, mirando de reojo hacia la distante batalla que ejercía su compañero. G-Gellucci…, escapa… Pensó Satuzan por última vez antes de caer bocabajo a la calzada, formando poco a poco un charco de sangre.

Gellucci, con una daga entre sus dedos índice y anular, estaba preparado para degollar a su contrincante cojo. Le había causado dos jirones en sus muslos, así como abolló su yelmo con un tajo de sus dagas, y por último le enterró una daga a través de su coraza para así abatirlo y dejarlo en la posición donde se encontraban ahora. En ese tiempo, Gellucci escuchó los escándalos que se formaban más allá de la intersección. El bufón supuso que su compañero estaba tan airado como para acabar con su contrincante sin ningún problema.

Hasta este punto, Gellucci escuchó un sonido sordo. Lo interpretó como alguien cayendo al suelo. La curiosidad le pudo, y Gellucci volvió con cuidado su cabeza hacia su izquierda. En la distancia, Gellucci consiguió identificar tres figuras; una de pie, y otras dos tendidas en el suelo. Por un momento, Gellucci interpretó a la figura erguida como Satuzan. Pero, escudriñando con más cuidado por la visibilidad de su máscara y la de los rayos del sol, se dio cuenta que no era así.

E-ese es el enemigo… Pensó, con el terror comiéndole el corazón. Entonces, examinando las dos figuras en el suelo, descubrió a Gishlain, tosiendo y con su torso levantado. Y la otra figura, su compañero, formando un charco de sangre.

Gellucci emitió un jadeo ahogado, seguido de quejidos emitidos por su entreabierta boca. El bufón se fue levantado, y avanzó unos cuantos pasos hacia adelante, con la mirada clavada en la escena, sus labios estremeciéndose y sus dedos temblando en una extraña mezcla de sentimientos.

—¡¡SATUZAAAAAN!!

El grito emitido por Gellucci provocó el despulsamiento de sus pulmones por la falta de aire. Con las dos dagas que tenía entre sus dedos, Gellucci las asió con todas sus fuerzas y por encima de su cabeza, para así dispararlas contra los asesinos de su compañero.

Jean-Claude Gishlain escuchó con sorpresa el grito de Gellucci. Volvió su cabeza hacia adelante, encontrándoselo erguido y tornado hacia ellos. Gishlain escuchó el sonido de algo enterrándose, así como también el sonido elástico de un rebote. Antes de poder levantarse, Gishlain respingó cuando el cuerpo de la Matadragones había caído al suelo. Jean-Claude la miró con rapidez, descubriendo dos dagas enterrándose en la retaguardia de la ahora compañera suya. Pronto, las dagas desaparecieron, y la sangre comenzó a manar de las heridas.

Gishlain apretó su mandíbula y los dientes, y tornó su cabeza con brusquedad, en dirección hacia Gellucci.

Jean-Claude se levantó con lentitud, con su cuerpo en dirección de Gellucci. Gishlain avanzó unos cuantos pasos hacia adelante, sin temer y a la vez temiendo del bufón asesino. Gishlain miró en derredor en cuando se detuvo, observando los diferentes cuerpos que se encontraban por toda la calzada. Se volvió de nuevo hacia Gellucci, quien no parecía reaccionar.

Todos los Matadragones están muy malheridos… Pensó, aún jadeante por la pérdida de aire. En ese momento, Gishlain tensó su cuerpo enteró, queriendo liberar un poco de su aura. Pero ni siquiera una tenue luz apareció alrededor de su cuerpo. Demonios, mi aura no se ha restaurado para nada. Gellucci me lleva en una gran ventaja, por lo que es muy seguro que me mate y se llevé los objetos…

    —Jean-Claude Gishlain… —había dicho Gellucci con tono rasposo y con desdén— Incluso estando al borde de la muerte, te las arreglas para salir vivo de sus zarpas —en ese momento, Gellucci alzó una de sus manos imbuidas en su aura. Entre sus dedos aparecieron otras tres dagas—. Tú y tu grupo de Cruzados, a pesar de tener a todos los Caballeros en su contra, se las arreglaron para jodernos. Pero ahora, no queda nadie vivo. E incluso tus Matadragones están a punto de morir…

Hubo unos momentos de silencio. Gishlain se mantuvo erguido, escuchando con paciencia mientras pensaba en algo. En ese momento, Gishlain miró de reojo hacia el cadáver de la Matadragones con armadura de piel de dragón. El hombre se impresionó por dentro al verla mover un poco los brazos y la cabeza. Volvió de nuevo su vista cuando su contrincante volvió a hablar:

—Ahora mismo, Gishlain, me debato en si ignorarte, e ir a tomar la bolsa con los objetos. O si matarte a ti, y a todos los enemigos que todavía siguen vivos…

En ese momento, Gishlain notó como la mano con dagas que Gellucci había alzado a la altura de su cabeza empezaba a estremecerse con intensidad. Jean-Claude se preparó para lo peor.

—¡PERO EN ESTE CASO, TOMARE LA SEGUNDA OPCIÓN! —vociferó Gellucci, asiendo de nuevo su brazo por encima de su cabeza y disparando las dagas directamente hacia él.

Jean-Claude Gishlain se extrañó al ver que Gellucci lanzaba sus dagas en línea recta hacia él. Las podía ver acercándose hacia él, por lo que se confió en esquivarlas moviendo su cuerpo sin ningún problema. En ese momento, Gishlain volvió a sentir una aguda sensación, esta vez en ambas piernas. Pero, por alguna extraña razón, Gishlain sólo emitió un silencioso gruñido de dolor, seguido de unos quejidos a medida que caía de rodillas.

—Ahora podré matarte con tranquilidad… —escuchó decir a Gellucci.

Gishlain lo vio acercándose poco a poco hacia él. El traidor miró de nuevo de reojo a la Matadragones, quien seguía haciendo leves movimientos. D-date prisa, carajo… Pensó.

 

 

En ese momento, como si se hubiese despertado de un largo letargo, Viria abrió con lentitud sus ojos, moviendo un poco los dedos de ambas manos.

Las energías empezaron a recobrarse en todo su cuerpo, y el dolor de las heridas se había amortiguado casi en su totalidad. La perplejidad dejó pasmada a la Matadragones.

A su vez, Viria levantó con cuidado su cabeza. La melena se cayó por los laterales de su cabeza, y la Matadragones, con un dedo, se las removió para tener mejor visibilidad; los ojos de Viria descubrieron a uno de los enemigos, con dagas entre los dedos y acercándose con lentitud hacia la persona que la había ayudado a curarse. El hombre estaba arrodillado, y parecía estar de nuevo herido a sus espaldas.                             

   Por toda la calzada, Viria halló también a los cuerpos de sus compañeros; Milidrag, junto con el cuerpo del enemigo; Mildran desde la lejanía, junto con Bythiana y por último Royko, que lo habían escondido de manera errónea detrás de una pared. De súbito, la sensación de irascibilidad la dominó en lo más profundo de su corazón. T-todos, ¿muertos…? Pensó, tornando u cabeza hacia la última persona, que estaba a punto de ser asesinada por el enemigo (hasta ese punto ya lo había tomado del yelmo y lo alzó). Viria encerró los dedos en los puños de su sable, y su aura apareció alrededor de su cuerpo. De pronto, la visión de su hermana, dislocada en el suelo, la irrumpió en su visión, provocando su explosión: ¡NO DEJARÉ QUE TE ASESINEN A TI TAMBIÉN!

    En una explosión de ira, Viria se proporcionó un impulso cuando se medió levantó. Con los sables empuñados, Viria los volvió a unir. Y esta vez, ambas hojas cortas se enterraron y atravesaron la camisa ajustada del enemigo, por debajo de la corbata de moño. Ella y el enemigo se mantuvieron levantados; el enemigo temblaba de su erguir, y emitía de vez en cuando unos cuantos quejidos de la impresión y el dolor.

La situación había pasado demasiado rápido para Gellucci; en un momento, él estaba a punto de degollar a Gishlain. Y, casi en un parpadeo, un ataque repentino terminó por ser atravesado por su pecho por dos sables. Desde su punto de vista, la persona que le había hecho eso era una mujer.

—¿Q-q-qué? —bisbiseó entre los quejidos.

Gellucci tornó su cabeza en dirección a Gishlain. Lo encontró a este, medio levantado y algo encorvado. De soslayo, Gellucci notó a la mujer soltando los puños de sus sables, dejando que él trastabillase con lentitud.

—¿C-c-cómo? —susurró de nuevo Gellucci, mientras retrocedía. Su camisa ya se había machado en gran parte por su sangre, al igual que el interior de su máscara.

—Ahora lo veo, Gellucci… —dijo Gishlain, con tono rasposo, jadeante y boquiabierto, expulsando vaharadas exhaustivas— Veo que…, Lodrich me ha bendecido con nuevos compañeros.

En ese instante, Gellucci fue cayendo al suelo. Cuando ya estaba tan inclinado para caer con fuerza al suelo, Gellucci se resistió. Y con el último residuo de aura, invocó su última daga. El bufón la lanzó contra Gishlain, quien no podía esquivarlo esta vez por sus heridas. Gellucci cayó al suelo fuertemente, con la consciencia a punto de desvanecerse, y sin saber si logró matar por fin al maldito traidor.

 

 

Gishlain se había advertido del advenimiento de la daga, y por un momento se había asustado. Hasta que la Matadragones atrapó la daga entre sus dedos y en el aire, con unos dos metros de diferencia de su rostro. Cuando el cuerpo de Gellucci cayó, la daga desapareció de entre los dedos de la Matadragones.

—Milidrag… —había dicho la Matadragones, mirando con los ojos lacrimosos y los labios temblando por el cuerpo herido de su compañera. Se llevó una mano a los labios, para tapar sus sollozos.

Gishlain no pudo evitar sentir empatía por la Matadragones al oír sus sollozos.

Se llevó ambas manos a los laterales de su cintura, sacando de allí el odre de piel y una pequeña bolsa de mano.

Viria vio los objetos que había sacado el hombre cuando torno su cuerpo hacia el cuerpo de Milidrag. Se quedó con los labios entreabiertos, sin decir nada y esperando a que el hombre sacase de la bolsa una alubia de color verde oscuro.

—Ten, Matadragones… —dijo el hombre, echando vaharadas por su boca que le interrumpían de vez en cuando— Créeme; sé… Sé que tu compañera no ha muerto todavía —en ese momento, el hombre tosió, escupiendo algo de sangre—. Sí le proporcionas la semilla del Kashmir, repitiendo el mismo procedimiento…, verás muy pronto los resultados.

Viria se llevó la mano izquierda a la alubia, y la otra tomó el odre. La Matadragones se los quedó mirando por un rato, y en ese momento, se quedó pensando en la información que había alcanzado a escuchar mientras estaba siendo sanada por aquella semilla de Kashmir; uno de los enemigos, que recuerda el nombre por Satuzan, dirigiéndole la soez palabra a aquel hombre que no recuerda muy bien su nombre. Ladeó un poco la cabeza, y la levantó, sin encontrarlo. Giró su cabeza, viendo al hombre cojeando por la calzada en dirección a la intersección, y dejando dos surcos de sangre que manaban de sus piernas.

—¡E-espera un momento! —exclamó con tono nervioso, tornando su cuerpo en su dirección.

El hombre se detuvo. Viria podía escuchar sus jadeos desde los cuatro metros de diferencia.

—Aunque haya pasado muy poco desde que la batalla acabó, todavía no sabemos nuestros nombres —explicó Viria, con tono formal—. Si no te molesta, me gustaría saber tu nombre.

El hombre se mantuvo en silencio durante largos momentos, deteniendo incluso sus jadeos. El viento en ese momento era silbante, y hacía susurrar el bosque alrededor, provocando una extraña sensación en la Matadragones. Entonces, el hombre respondió:

—Eres la segunda persona que me pregunta por mi nombre… —en ese momento, Viria vio como el hombre la miraba de reojo. Sus ojos eran de color ámbar, y tenía una barba rasurada superficialmente— Mi nombre es Gishlain… Jean-Claude Gishlain.

Luego de decir su nombre, el hombre volvió de nuevo su cabeza, y siguió cojeando hacia la encrucijada. Viria, con los labios entreabiertos, estaba a punto de decirle su nombre. Pero le parecía que Gishlain estaba apurado, ¿pero en qué? ¿En irse, o en ayudar a sus compañeros? Viria estaba consternada, aún incluso después de que los enemigos hayan muerto por fin después de la masacre. Pero, en ese momento, cuando se acuclilló para proporcionarle aquella alubia a Milidrag, un pensamiento le llegó a la cabeza:

Jean-Claude Gishlain será nuestro compañero.

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