Vois Fachnir – Capítulo XI – UN NUEVO COMPAÑERO Y UN NUEVO PASADO

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Un nuevo compañero y un nuevo pasado…

 

Cinco minutos pasaron desde que la batalla había terminado. Y Viria se encontraba, junto con el hombre, Jean-Claude Gishlain, en su hogar, con los cuerpos inconscientes de sus compañeros. Viria aún se sentía terrible por lo que le había pasado a sus compañeros, incluso después de que, a lo largo de los minutos, las “semillas de Kashmir” surtieran el efecto curandero en sus cuerpos.

A lo largo de los minutos, Viria y Gishlain estuvieron charlando, a la espera de que los Matadragones despertasen.

—¿Entonces por esa razón tú y un gran número de caballeros traicionaron a los Caballeros Cruzados? —preguntó Viria, sentada en una de las sillas que todavía se conservaba. Más adelante, se encontraba Gishlain, que ya había dejado de jadear por las heridas ya en un estado avanzado de sanación, y con la sangre solidificada.

—Así es, Viria —respondió Gishlain, forzándose a llamarla por su nombre y no por “Matadragones”—; a diferencia de otros grupos, cómo los Caballeros Esclavos o la Legión de los Matadragones, en los Caballeros Cruzados hay un jefe, quien es el que vigila a todos los jefes de operativos que hay en toda Theran; los vigila más que todo para asegurarse de que estén haciendo bien el trabajo de narcotráfico, robos a las ciudades-estados y comerciar con los cuerpos gubernamentales más totalitarios; y todo ello con sus subordinados más confiables, los llamados “Vigilantes Cruzados”. Cuando mi grupo, del cual era operativo, escucharon sobre aquellas “Piedras Draconicas”, rápidamente la codicia se les había subido por los tuétanos. Estas piedras existían desde la aleación de los minerales de los Dragones Cristalinos, con la de los poderes de los diferentes dioses. Pronto, Masshiaj se dio cuenta que estas piedras serían un gran mal si cayesen en las manos de un humano equivocado, por lo que las había enviado a destruir, dando la responsabilidad a los herreros del Rejidam Airegum. Pero Nrazumai metió la mano en esta situación, más con el propósito de joderlos; y con ello provocó la creación de una innumerable cantidad de estas Piedras Draconicas. Por eso, cada cierto determinado tiempo, varias de estas piedras llegan a nuestro poder con el objetivo de comercializarlas en el mercado negro. Las enviamos a grupos terroristas, a tiranos de los imperios de las Islas Woodview y a algunas organizaciones de Vainr Dal (puede que me olvide de alguno más). A veces, una parte de las ganancias, e incluso de las piedras, llegan al poder de los operativos más leales y que mejor trabajo hace.

>>Por esa razón, todo mi grupo y yo, a la cabeza, decidimos robarnos una gran cantidad de aquellas piedras para nuestro beneficio. Sabíamos el riesgo que estábamos tomando con ello; pero es que incluso ya había pasado varias veces que un grupo hace una conjura para asesinar al jefe, y quedar ellos con el poder de todo el tráfico de Theran. Y con la última Guerra de los Cruzados, la estabilidad del poder del jefe se vio perturbada, por lo que ahora cualquiera podía llegar al poder con un poderoso grupo de Caballeros Cruzados. Por esa razón también los robamos; para usurpar el poder al jefe de todo este clan.

—Oh… —Viria se quedó con la boca entreabierta, sin saber lo que podía decir al respecto. Bajó un poco su mirada, encontrando la bolsa que Gishlain había traído desde la entrada de su casa— ¿me dejarías ver aquellas Piedras Draconicas?

Gishlain se mantuvo en silencio, con los brazos rodeando la bolsa, protegiéndola sin necesidad. Asomó su cabeza hacia los compañeros inconscientes de Viria. Se decepcionó al no ver que no hacían ningún movimiento leve.

—Preferiría mostrártelos cuando tus compañeros despertasen —respondió con solemnidad, volviendo su cabeza hacia ella—. ¿Pero qué tal si te cuento cómo funcionan y para qué sirven?

—¡Me parece perfecto! —dijo Viria con tono alegre, esbozando una sonrisa que, desde la perspectiva de Gishlain, emitía dentro de sí mismo una empatía que llevaba sin sentir luego de que todos su grupo fuese asesinado por orden del jefe.

 

 

Royko abrió de repente los ojos, despertado de nuevo por las turbias visiones de su pasado. Sentía toda la energía de su cuerpo amortiguada, lo que provocaba que sus movimientos fueran muy leves. Cuando apoyó una mano en el suelo, Royko descubrió que no tenía equipados sus cestus. El Matadragones levantó su torso, viendo con total claridad la sala del hogar de su capitana. ¿Eh…? Pensó. Sabía que no estaba portando su yelmo, por eso podía ver tanto espacio. Pero lo que le extrañaba era ver a su capitana, Viria, con el hombre que había estado batallando hace… ¿cuánto tiempo?

Royko volvió con cuidado su vista hacia ambos lados, descubriendo a Milidrag y a Bythiana, con sus yelmos fuera de sus cabezas y algunas partes de sus armaduras también. Royko divisó varios cortes en el camisón de color piel de Milidrag, mientras que en Bythiana veía dos grandes cortes solidificados en sus muslos. El Matadragones bajó con cuidado su cabeza, descubriendo que su peto había desaparecido; en algunos lugares de su pecho y vientre enfundados en una camiseta de lana había lesiones, con la sangre ya seca en su ropa; así también sucedía en sus piernas, también despojadas de su taparrabos y musleras, y dejando sólo sus pantalones de lana. Lo único de su armadura que quedaba eran sus guardabrazos, unas grebas y sus escarpes. Tornó de nuevo su cabeza, en dirección hacia su capitana. En ese momento, Royko cruzó miradas con ella y con el hombre.

—¿Capitana? —dijo, con tono débil.

—Gracias a los dioses que te has despertado, Royko —respondió su capitana, esbozando una sonrisa. El Matadragones la vio levantarse y dirigirse hacia él.

Su capitana se acuclilló a su lado.

—¿Cómo te sientes, Royko? —preguntó— ¿No sientes ningún dolor?

Royko no volvió su mirada para ver su rostro de preocupación; ahora, su mirada estaba clavada en el hombre.

—No, capitana —respondió, con tono severo—, no siento dolor ahora mismo.

—Me alegro de escuchar e…

—¿Se puede saber qué hace este hombre aquí, capitana? —interrumpió Royko de súbito, dejando a Viria boquiabierta— ¿Por qué estabas charlando de forma normal con él?

El silencio se quedó en el lugar por unos segundos. Un silenció que hizo sudar a Viria tanto como lo había hecho el sol y la batalla contra los enemigos. En ese momento, Viria sintió una fuerte presión ejercer del cuerpo de Royko; lo que significaba que estaba a punto de activar su aura, listo para atacar.

—¡Espera, Royko! —balbució Viria, apoyando una mano en el pecho de su amigo para retenerlo— ¡Este hombre ya no es tu enemigo!

—No te molestes, Matadragones —había dicho el hombre, tornando su cuerpo en dirección a ellos, sin levantarse—; aunque se lo expliques, no creo que él vaya a confiar en mi después de lo sucedido, y lo más probable es que suceda con los otros.

—¿Eh? —dijo Viria, mirándole con ojos nerviosos.

—Además —prosiguió el hombre, llevándose una mano al yelmo y se lo quitó de la cabeza; dejando al descubierto su cabello liso con rizos en los laterales—, no creo que sea un buen momento para una nueva pelea. Y no lo digo sólo por él, sino por mí también.

—¿A qué te refieres? —preguntó Royko, intentando zafarse de la mano de su capitana.

—Bueno, creo que ustedes, los Matadragones, no sepan sobre el Zialda Dai Zokiu.

Al oír el término, los dos Matadragones se quedaron en silencio, y con una mueca de confusión.

—¿Él qué? —preguntó Royko de manera brusca.

—Como lo pensé —dijo el hombre, con la bolsa en su regazo y sus manos sobre ella—. El Zialda Dai Zokiu es un método muy bueno para poder almacenar más Aura en el cuerpo. Fue creado por la diosa Daysus, la creadora del Aura universal. Y el primer ser en utilizarlo fue Taccociran, el primer hijo de Masshiaj. A diferencia del reposo común para restaurar y almacenar Aura, el Zialda Dai Zokiu permite acumular el doble de reservas cuando un cuerpo se somete a una rápida sanación antes o durante del reposo. Y en el reposo, el cuerpo creará más Reservas de Aura con Energía Reposada dada por la anestesia (de la cual proporciona las semillas de Kashmir).

Luego de terminar, Royko se quedó boquiabierto. Y esta vez, su capitana le permitió levantarse.

—¿Lo vas a intentar? —preguntó el hombre, inclinando un poquito su cabeza hacia la derecha— Si es así, entonces aléjate de las demás, pues la presión y las ondas que liberaras serán más fuertes de lo normal.

Royko, de manera sumisa, hizo caso al hombre separándose de los cuerpos de Milidrag y Bythiana y colocándose a las afueras de la casa, por lo que antes era la pared.

Viria se acercó y colocó al lado de Gishlain, sin dejar de mirar a su compañero.

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó una vez más Royko con recelo, volviendo su mirada hacia él.

—Seguro estás tú o no —respondió el hombre, con una mano sobre su mentón—, lo vas a hacer de todos modos. Pero te advierto una cosa; cuando liberes tu aura, la presión en tu cuerpo será el doble de intensidad. Y cómo no tienes armadura, pues esa presión te afectara y te maltratara interiormente, dejándote inconsciente.

Creo que no me hará falta. Pensó Royko con total seguridad.

El Matadragones cerró los ojos, y respiró todo el aire posible, hinchando su vientre para luego volverlo a la normalidad al soltar de nuevo el aire por la boca. Primero, Royko comenzó tensando la fuerza en sus brazos, luego sus brazos, su torso, sus piernas y por último su cabeza. Entonces, la presión comenzó a aparecer, ejerciendo su inmensa fuerza en el cuerpo del Matadragones. Un sonido, amortiguado, llegó a sus oídos. La presión siguió en aumento, y de pronto, Royko sintió como aquella presión se ejerció también en el suelo. Royko sentía su cuerpo oprimirse, cediendo a la fuerte presión de su Aura, la cual, ya había aparecido a su alrededor cuando abrió los ojos.

Desde la perspectiva de Viria y Gishlain, la presión los había alcanzado antes de que el aura, inmensa y densa, apareciese alrededor del Matadragones. Viria se extrañó por eso, pues la presión que se ejerce antes de la aparición del aura tiene un rango menor de un metro, y ellos se encontraban a cuatro metros de distancia de Royko. Pero, lo que de verdad le había dejado boquiabierta, era el aura de su compañero, la cual se alzaba unos tres metros por encima de su cabeza y era más espesa de lo normal.

Antes de poder escudriñarlo de abajo hacia arriba, Viria se encontró con un resquebrajamiento debajo de los pies de Royko. ¡¿P-pero qué carajos?! Pensó, cubriéndose con una mano de la intensidad lumínica que emitía el aura.

Royko sentía como si su cuerpo se fuese a caer por culpa de la presión de su aura, que lo iba encorvando poco a poco. El Matadragones se resistió, logrando estabilizarse un poco junto con los estremecimientos de sus músculos. Emitió unos quejidos desdeñosos antes de levantar su cabeza, fijándose en el hombre que lo miraba con ambas cejas enarcadas.

—¡Esto es… —masculló Royko entre dientes, encorvándose un poco por la presión de su aura—, inconcebible!

—¡Matadragones! —exclamó el hombre, levantándose de la silla— ¡Si no puedes con la presión, desactiva tu aura, rápido!

Royko, con su cuerpo todavía tensado, hizo caso omiso a la orden del hombre que seguía desconfiando. El Matadragones, con todas sus fuerzas, levantó su tronco hasta erguirlo por completo. Alzó su cabeza, la cual temblaba por la presión que, al parecer, había dejado de aumentar. Royko divisó a su capitana y al hombre intentando acercarse, pero la presión de su Aura les obligaba a retroceder.

—¡Demonios, Royko! —exclamó su capitana— ¡Desactiva de una vez tu aura!

De pronto, Royko sintió como su garganta se cerraba, y su pecho se iba contrayendo con más facilidad que todo su cuerpo. Comenzó a forcejear un poco, llevándose las manos al cuello antes de caer de rodillas. Las manos cayeron en la calzada, y Royko, preso del pánico y del ahogamiento, se forzó a desactivar su aura.

—¡Royko! —prorrumpió Viria, cayendo de rodillas a su lado.

El Matadragones respiraba con intensidad al cabo de que su garganta se abriese de nuevo. Tosía con fuerza, y su pecho se iba estabilizando de nuevo. En ese momento, el hombre se arrodilló también a su lado. Royko le miró de reojo.

—¡¿Cómo se supone que pelee ahora con esta Aura asesina?! —balbuceó entre las toses y jadeos vehementes

—Todo es cuestión de acostumbrarse, Matadragones —explicó él con tono tranquilo—. Yo también he probado esto, y te aseguro que la primera vez me había desmayado por la presión. Pero, con el cabo de unos días, me fui acostumbrando a esta inmensa liberación de aura hasta dominarla de manera fluida.

—¡Pero ahora no necesito días, sino horas! —exclamó Royko, tosiendo varias veces.

—¿Y por qué tanta prisa? —preguntó el hombre.

—Porque, al igual que tú, estamos siendo perseguidos —respondió Viria.

—¿Y por quienes?

—Por los Lorigianos, y ahora los Halein —dijo Viria con impresión en sus palabras—. Y séase también probable que toda Vois Fachnir sepa de nosotros.

Con los ojos entrecerrados, Jean-Claude se levantó del suelo, cavilando por lo que había dicho su compañera. Miró a ambos lados, antes de fijarse en ella de vuelta.

—¿Y a dónde piensan ir? —preguntó.

—En mi casa tenemos unos pergaminos que nos muestran una ruta que recorre desde Vois Fachnir hasta el norte de la frontera de Valhurst —explicó Viria—. Esa ruta hemos tomado.

Jean-Claude Gishlain puso una mueca de confusión al oírla decir eso. Entreabrió su boca, a punto de cuestionarla, pero otra voz la había interrumpido:

—¡Capitana!

Los presentes volvieron sus cabezas hacia el origen de la voz, encontrándose con las dos Matadragones, con sus cuerpos inclinados un poco hacia abajo.

—¡Milidrag, Bythiana! —exclamó Viria con tono de alegría, levantándose y abalanzándose hacia las Matadragones, abriendo sus brazos y rodeando los cuellos de ambas.

Luego de unos momentos, Viria se separó de ellas con una mueca de alegría.

—¿Cómo se encuentran? —preguntó, con cierto tono de preocupación.

—Nos sentimos bien, capitana —respondió Milidrag—. Ya no sentimos dolor, y al parecer, las heridas se nos han curado. ¿Pero cómo?

—Bueno, Milidrag —dijo Viria, haciéndose a un lado y dejando ver a Royko junto con Gishlain—, todo se lo debemos a este hombre: Jean-Claude Gishlain.

Las Matadragones tornaron sus cabezas hacia las afueras de la casa, encontrándose con el hombre que su capitana había mencionado; por la mediación de su altura, suponían que era tan alto como Royko (a quien llevaba con un brazo en los hombros hasta ellas), quien era el miembro más alto de todos. Las vestimentas que llevaban se le hacían demasiado extravagantes; en sus vidas nunca habían visto un camisón abotonado y ajustado más que el de las ciudades-estados de los países de Dishidia, ni siquiera una chaqueta tan larga como la que él llevaba.

—Viria —había dicho el hombre de súbito, con la mirada fija en su capitana—, quiero que me muestres esos pergaminos.

La Matadragones asintió con la cabeza.

 

Jean-Claude Gishlain repasó los dos primeros pergaminos (el del Dios Lodrico desconocido y el mapa de Novapolis con el recorrido marcado) más de una vez, siempre con el resultado de más confusión en su rostro que una respuesta o hipótesis llevadera. Entrecerró los ojos, y miró de soslayo a los Matadragones.

—¿Me están diciendo en serio que Royko robó esto del Castillo de Lorigan, en Meneliada? —preguntó Ghislain, con un tono bastante receloso.

—Te juramos en el nombre de nuestro dios Matadragones que así es, Gishlain —dijo Viria con el tono más solemne que pudo adoptar.

El Esternesse giró su cabeza, mirando primero el pergamino del Lodrico desconocido, fijándose de inmediato en la fecha. 956 Después de los Dragones… Pensó, cavilando sobre los sucesos de aquella época.

—Lo único que podría sacar en claro sería la fecha en la que fue escrita —confesó Gishlain, alzando un poco aquel pergamino.

—¿A qué te refieres? —preguntó Mildran, quien se había despertado poco tiempo después, impresionado al principió con la aparición de Jean-Claude.

—Si mi memoria en historia no me falla… —comenzó a decir Gishlain, paseando sus ojos por los párrafos del pergamino— La época en la que fue escrito este pergamino fue un poco después de la caída del Imperio Sharshaat de la dinastía Hideaki, así como la disolución de la Tetrarquía del Imperio de Oriente Bajo. En esos tiempos, los territorios conquistados por esta unión de imperios fueron poco a poco venciendo la subyugación de estos gracias a su debilitamiento. Por lo que fueron tiempos de reconquistas… —Gishlain volvió a ojear los párrafos, quedándose varios segundos en silencio— Aunque no me explicó con exactitud sobre aquella “persecución”. De hecho, hasta ahora me he dado cuenta de que Masshiaj había tenido un hijo primerizo antes que el famosísimo Taccociran. Y este mapa… —Gishlain ojeó el mapa de Novapolis, recorriendo la línea con cuidado hasta llegar a la frontera norte de Valhurst— ¿Qué se supone que es esta línea?

—Es el recorrido que Espardan había hecho —dijo Viria—; el mismo recorrido que nosotros hemos tomado.

—¿El recorrido hacia dónde? —preguntó de nuevo Gishlain.

Viria se quedó con la boca entreabierta, pensativa y mirando los párrafos del pergamino. En ese momento, la respuesta le llegó a la cabeza, y ella la expulsó:

—Supongo que es hacia donde se encuentra ese hijo primerizo…

Gishlain se quedó mirando por unos momentos a Viria, luego a los Matadragones y por último volvió de nuevo hacia el mapa. En ese momento, sentía sus sienes henchidas de tanto pensar.

—Para serles sincero… —comenzó a hablar, de manera sosegada— ¿Para qué quieren recorrer todo un continente, hasta un final que es incluso desconocido para ustedes? ¿Por qué no simplemente van a otro lugar, cambian sus nombres y viven otra vida? Por ejemplo —en ese momento, Gishlain se llevó una mano a la parte baja del mapa, donde sobresalía una península que se encontraba cerca de una serie de porciones de tierra que se encontraban conjuntas entre sí sobre una parte de un extenso mar—, aquí abajo se encuentra Kodronayg, donde es el continente matriarcal, con imperios y reinos gobernados en su mayoría por mujeres y con aristocracia y burocracia matriarcal. Allí, ustedes, las Matadragones, pueden disfrutar de una buena vida incluso siendo extranjeras. Bueno, dependiendo de cómo las formas de gobierno del imperio al que vayan les trate y les den la ciudadanía así de fácil…

—¿Y sólo por el hecho de ser mujeres? —dijo Royko, con tono brusco.

—¿Y qué hay de nosotros, Jean-Claude? —preguntó Mildran, con un tono más preocupante.

—Bueno, es para suerte de ustedes que son Matadragones y pueden controlar auras poderosas —dijo Gishlain—. Lo que quiere decir que, o servirán para la milicia pesada en contra de los terroristas y el Imperio Pernica, o servirán como Gladiadores Avúrina de los reinos más importantes, como Paerist, Zazandist, etc…

Mildran arqueó ambas cejas al oír las posibilidades que tenía él y Royko en aquel continente.

—¿En serio? —dijo, con tono afable, echando algunas risas con sus labios creando una sonrisa— Al final no creo que sea tan malo, ¿verdad, Royko? —añadió, tornando su cabeza hacia su compañero y lanzándole un suave codazo.

En ese momento, las cejas de Mildran descendieron un poco al ver a Royko cabizbajo.

—¿Royko? —preguntó, acercando su cabeza hacia la de su compañero. Mildran entonces vio en el rostro de Royko una mirada fija e indiferente, con su boca entreabierta. No parpadeaba, ni siquiera parecía respirar de manera notable— ¿R-Royko? ¿Pasa algo?

Las Matadragones, así como Gishlain, giraron sus miradas, clavándose en el cabizbajo Royko. Los labios del Matadragones comenzaron a estremecerse, y la preocupación de Viria aumentaba con cada segundo que le miraba.

—¿Royko, qué es lo que pasa? —preguntó Viria, estirando su mano para tomarle del hombro.

—No…

La voz de Royko, tan silenciosa y con un tono melancólico, pudo llegar a los oídos de todos los presentes. Y Viria, al oírlo, detuvo su brazo, titubeando si tomar su hombro o no. En ese momento, Royko levantó con lentitud su cabeza, revelándoles a todos su semblante decaído, sus ojos lacrimosos y sus labios temblorosos.

—Ca-capitana… —dijo, manteniendo el mismo tono de antes— Que sea cualquier oficio, incluso ser un esclavo. Pero por favor, no quiero volver a ser un gladiador, y menos uno Avúrina…

Las lágrimas comenzaron a descender por las mejillas del Matadragones. Las miradas y muecas perplejas se palparon en las Matadragones y Mildran.

—¿Royko? —preguntó Milidrag, con tono perplejo— ¿De qué estás hablando?

De pronto, Royko apretó sus puños, agarrando con fuerza sus pantalones de lana y emitiendo unos quejidos con la mandíbula apretada. Volvió a bajar la cabeza, y esta vez, el Matadragones se alejó del lugar donde se agrupaba con sus compañeros, para así levantarse y dirigirse con rapidez hacia el muro destruido de la sala.

—¡Royko! ¿A dónde vas? —exclamó Mildran, siguiendo a su compañero con la vista hasta verlo salir de la sala, tomando su derecha y desaparecer.

—Mildran, síguelo y pregúntale lo qué le pasa —había ordenado su capitana, con su cuerpo tornado hacia el muro destruido de la sala y bajando el brazo.

Mildran cruzó miradas con su capitana, y asintió con la cabeza al tiempo que se levantaba del suelo y salía de la sala, tomando la misma dirección que Royko había tomado y dejando a sus compañeras con el Esternesse.

 

 

Mildran persiguió a Royko por unos segundos, haciendo un rodeo a la casa de Viria y adentrándose en un callejón. Allí, Royko se tendió sobre uno de los muros que los encerraban a ambos, y Mildran, desde los cinco metros que los separaban, oía los sollozos y quejidos de su compañero.

—R-Royko —dijo, acercándose con lentitud y precaución hacia él—, ¿Acaso… —Mildran se quedó en silencio unos momentos, sin saber cómo formular la pregunta— Acaso hay algo de tu pasado que te atormente?

El Matadragones no respondió a la pregunta de su compañero. Siguiendo con sus sollozos y, de pronto, lanzando un puñetazo contra el muro al que se tendía. Mildran dio un respingo por la velocidad a la que Royko lo había disparado, creando una profunda hendidura en la pared que tragaba su brazo hasta llegar al codo.

—¡C-compañero! —farfulló Mildran con tono nervioso, y precavido ante la acción de su amigo— V-vamos, no te resistas ahora. Y-yo creo que…, que la mejor forma de que quites toda esa tristeza de encima es d-diciéndome tu pasado —Mildran ya se encontraba a metro y medio de Royko. El sudor empezó a caer de sus sienes—. Venga, pon de tu parte y mírame a los ojos.

Mildran atrapó la muñeca de la mano izquierda de Royko, teniendo cuidado de no ser tan brusco con encerrar los dedos, y precavido de no causar ninguna reacción brusca. En ese momento, todo su cuerpo sudaba, en parte por el calor y en gran medida por la situación. Pasaron unos cinco segundos, y Royko no parecía salir de su zona de confort, provocando que Mildran comenzase a jadear por el sudor.

De pronto, un bisbiseó originado por los labios de Royko llegó a los oídos de Mildran:

—Sila…

Mildran se quedó boquiabierto. ¿Acaso dijo un nombre? Pensó, confundido.

—¿Qué fue lo que dijiste, Royko? —preguntó Mildran, con palabras más nerviosas.

En ese momento, Royko levantó la cabeza mientras se enjugaba las lágrimas con el brazo libre. Tornó su cabeza, dejándole ver a Mildran su rostro demacrado, con los ojos rojos por el restriegue y con todo su cabello desordenado.

—Honorio Sila, Mildran —dijo Royko, con un tono de voz más recobrado—. Ese era el nombre de mi primer compañero en mí pasado.

Mildran se quedó boquiabierto al oír aquellas palabras brotar de la boca de Royko.

 

 

En ese momento, las Matadragones y Gishlain oyeron unas pisadas a sus espaldas. Al tornarse, los presentes observaron la llegada de Mildran, acompañado de un medio recobrado Royko que iba sosteniendo a Mildran con un brazo sobre sus hombros.
—¡Royko! —habían exclamado las Matadragones con preocupación, viendo el rostro reivindicado de su compañero.

Mildran ayudó a Royko a descender al piso. El Matadragones se dejó caer con brusquedad al suelo, apoyando sus codos sobre el suelo para no dejar caer sus espaldas al piso. Levantó su torso, y sus ojos miraron a todos los presentes que tenían miradas clavadas en él.

—¿Ahora nos podrás explicar qué es lo que te paso, Royko? —preguntó Viria con tono aliviador.

Royko alzó sus rodillas, encerrándolas en sus brazos cruzados. Su mirada seguía perdida, pero su razón todavía se mantenía en su mente.

—Casi toda mi vida había sido un gladiador… —respondió Royko, con tono endeble y respirando con más intensidad— Ahora mismo, no recuerdo como había entrado a una escuela Lanista. Lo único que recuerdo de mi juventud eran los duros entrenamientos que nos hacían pasar. Nunca me había llevado bien con la gran mayoría de niños que entrenaban todos al unísono, bajo la vista del Manister. Pero había uno con quien había hecho una gran amistad: Honorio Sila.

Mientras que Royko pregonaba de manera sumisa, Jean-Claude se encontraba leyendo los dos últimos rollos, haciendo caso omiso a la historia del Matadragones.

—En esos tiempos, mi nombre verdadero era Tulio Arsinius. Recuerdo mi nombre de pila, pero no mi nombre de familia, por lo que Arsinius es un cognomen. Aunque creería que así eran todos los niños de la Escuela Lanista.  A pesar de que no compartíamos el mismo cuarto, Honorio y yo nos encontrábamos varias veces; tanto en la arena como el las termas. Así, con todas esas relaciones, pude hacer una fuerte amistad con él. Y cuando llegamos a la etapa en la que conseguíamos nuestras Auras, él había esbozado una sonrisa que, hasta el día de hoy, todavía recuerdo.

>>Paso el tiempo, y Sila y yo ahora éramos parte del cuerpo de los Gladiadores Avúrina de una tierra que ya no recuerdo. Él era un reciario y yo un dimachaerus. Ambos combatíamos siempre en parejas en los juegos de Munera Gladiatoria. E incluso combates contra bestias peligrosas, con las que ni una centuria se atrevía a enfrentarse. Eso, junto con nuestra buena coordinación, nos valía una gran admiración en todo el público. Hasta que, de pronto, una noticia del Manister, nuestro adiestrador, nos había llegado a nosotros de parte del rey, o emperador, o cónsules… Nos había dicho que ahora, para el siguiente encuentro, Honorio y yo debíamos de combatir en un duelo a muerte.

>>Al principio me había rehusado ante aquel acto, y comenzaba a echar blasfemias contra el soberano. Pero Sila me detuvo. Me detuvo y me dijo que eran órdenes del soberano, y que si no obedecíamos, tanto él, como yo, y como el Manister terminarían ejecutados —hasta ese momento, las lágrimas volvieron a brotarse por las mejillas de Royko—. Y al final no tuve más opción que ceder.

Los sollozos y los quejidos volvieron a emitirse, y Royko volvió a apretar sus dedos alrededor de sus pantalones de lana.

>>En la batalla, podía notar que los ataques y movimientos de Sila eran torpes, y muchas veces predecibles. No sabía muy bien por qué sucedía, pero lo que sí sabía era que no recibí varios daños por parte de él. Yo, sin saber lo que él planeaba, le atacaba con salvajismo, lanzando fuertes y rápidos tajos y causando fuertes cortes en mi compañero. De un momento a otro, Honorio estaba de rodillas frente a mí, con varios tajos sangrando y su aura disminuyendo. En ese momento, el soberano se había levantado, y todo el público aclamaba la muerte de mi compañero. Aún recuerdo como el soberano esbozaba una sonrisa sospechosa mientras hacía un ademán con el pulgar al revés, simbolizando que tenía que ejecutarle.

>>Miré a Sila con temor. En ese momento vacilaba; mi alma me impedía hacer el acto que me haría dar la tan preciada libertad. Entonces, escuche a Honorio hablar: me decía que todos los ataques los había hecho a propósito, con el fin de que yo consiguiese la libertad que el soberano nos ofrecía. Me había dicho también, que si no lo mataba en ese instante, estaría rehusándome a ese derecho. Empuñé una de mis espadas y, antes de enterrar la hoja… —Royko emitió unos sollozos más fuertes— Honorio me sonrió por última vez…

Apretando los dientes y la mandíbula, Royko aplastó su rostro contra sus rodillas, desahogándose en las lágrimas y los silenciosos sollozos. Los Matadragones se quedaron boquiabiertos, con los ojos ensanchados y mirando al destrozado Royko.

—Debí de haberme rehusado… —masculló con tristeza, sin quitar sus rostro de sus rodillas— ¡Debí haber muerto con él!

Royko sintió una cálida sensación rozar su mano. Miró de soslayo, descubriendo a su capitana rodeando su mano con sus dedos. El Matadragones notó como los ojos de su capitana se estremecían, forzándose a soportar el no soltar ninguna lágrima de aquellos ojos lacrimosos.

—Royko, por favor… —había susurrado con tono azucarado—. Tanto yo, como tus compañeros sentimos y entendemos tu dolor. Pero ahora, al igual que Mildran y yo, tienes que aprender a no herirte de nuevo de manera sentimental.

—¿Y cómo se supone que haga eso? —farfulló Royko de manera brusca.

Viria se acercó a su compañero, abriendo sus brazos y encerrándolo en ellos en un ligero abrazo. Apoyó su cabeza encima del hombro izquierdo de Royko, y la bajó, dejando caer las lágrimas encima de ella. Royko se quedó perplejo con el abrazo de su capitana. Y más lo fue cuando oyó las palabras de su capitana susurrar en su oído:

—Con la empatía de tus compañeros, Royko —la manera en la que lo dijo le provocó estremecimientos en sus labios, así como la tensión en sus brazos. Y, de manera casi inconsciente, Royko correspondió al abrazo de Viria rodeándola a ella también con sus brazos, apoyando su rostro encima del hombro de ella.

Los demás Matadragones observaron toda la escena; Mildran con las lágrimas recorriendo de nuevo su rostro, y Milidrag y Bythiana mirando con unas muecas trágicas y con extrañas sensaciones en sus corazones que hacían querer hacer lo mismo que Viria había hecho con Royko.

Más delante de ellos, Gishlain mantenía la cabeza gacha y un rostro que se esforzaba con no crear una mueca de depresión. A pesar de seguir leyendo, su atención se había captado más en la historia de Royko, así como sus diálogos con la Matadragones. Y cuando había vuelto a mirar de reojo, y los vio abrazarse, para él fue una gota que colmó el vaso. ¿Acaso serán así todos los Matadragones? Se preguntó, con una palma en su pecho, sintiendo las palpitaciones de su corazón en un extraño aumento. Es la primera vez que veo y oigo una situación como esta…

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