Pequeña Quin Capítulo 101

Modo noche

Un pequeño arroyo, lleno de vida, donde variados peces se turnaban al exponer sus acrobacias. Desde sus cristalinas aguas podía reflejarse un paisaje acogedor, con frondosos árboles y abundante hierba.

La imagen más extraña se reflejaba en la mitad de su recorrido… donde una pequeña oveja seguía a un joven, frotándose en él de tanto en tanto… su pelaje era dorado y tenía dos pequeños cuernos sobresaliendo.

El joven vestía de un impoluto blanco con tonos grises, los mismos que se apreciaban extrañamente en su cabello y sus ojos. Paseaba con sus manos en la espalda, con el porte de un sabio, elegante y sereno.

– ~Bheee~ – sonó, alegre, empujando su cabeza sobre el joven. No parecía tener planes de dejarlo en paz a la brevedad.

– Pequeña… – suspiro – … deberías volver… solo te he dado algo de comida, y no habrá más de donde vino… – encomió, mientras paseaba por la orilla.

– ~Bhee~… – insistió, lejos de perder el ánimo.

Él sacudió la cabeza. Por supuesto, no supondría ningún esfuerzo dejarla atrás… pero, de algún modo, era una buena compañía para calmar sus emociones. Tal vez ella misma lo presentía.

– Si no vuelves con tus compañeros pronto, podrías encontrarte en una situación peligrosa… ¿Sabes?… – advirtió.

Era difícil decir si realmente comprendía, pero alzó la cabeza orgullosamente, sin separarse un ápice de su posición de acompañante.

– Bien… No digas que no te lo advertí… – se frenó, levantando una mano a la altura del hombro – … desde que venimos sin invitación, al menos deberíamos llamar… ¿No?…

Frente a el no había nada en particular, pero, eso no le impidió hacer un movimiento de golpeteo, como si de una puerta se tratase. La oveja inclinó la cabeza, curiosa sobre sus actos.

A kilómetros de allí, en una gran y acogedora cabaña, Marco terminaba el desayuno familiar… Era suntuoso, como de costumbre.

Cualquiera adivinaría que, a estas alturas, comer ya era un disfrute y no una necesidad. Pero, esta familia lo tomaba como uno de sus placeres diarios… el placer de compartir una mesa y deleitarse con exquisitos manjares.

No había un solo ingrediente por el cual no se pagarían grandes sumas en cualquier mercado, y, sin embargo, eran de uso cotidiano por aquí.

En la mesa esperaba su madre… una dama de largos cabellos ondulados, con tonos de oro. De expresión gentil y profundos ojos marrones, disfrutaba estos momentos en los que su salud le permitía acompañarlos.

Su padre, por otro lado, se encontraba fuera, mirando hacia el norte. Se había convertido en una rutina desde que comenzaron a llegar grupos de cultivadores de todas direcciones.

Era un hombre elegante, de pelo corto y oscuro, con un marcado bigote que gustaba de rascar mientras investigaba a lo lejos.

De repente, los tres giraron su mirada en dirección oeste. Una serie de fluctuaciones llegaron de improviso, interrumpiendo la calma de la mañana.

Marco salió, con rostro preocupado.

– ¡Padre!… ¿Qué ha sido eso?… – Indagó.

Él entrecerró los ojos, brillantes, al tiempo comenzaba a caminar hacia el oeste y cerraba su puño.

– Solo una visita indeseada… nada de qué preocuparse… – calmó – Ve con tu madre… estaré de vuelta en breve – dijo, elevándose en el aire sin ningún tipo de impulso y desapareciendo rápidamente en el horizonte, sin darle tiempo a réplica.

– Pero… podría acompañarte… – murmuró, reacio.

– Ven… tu padre puede encargarse de los problemas solo… – se escuchó a su madre, que ya observaba desde la entrada.

– Pero… él todavía está…

– Eso no importa… – interrumpió serenamente – … sabes que no hay quién pueda ser su partido… acompañarlo solo puede ponerte en peligro a ti… – negó con la cabeza, rechazando la simple idea – si quieres preocuparte…  deberías hacerlo por quién se atreva a provocarlo… – consoló, con una sonrisa amable y confiada.

Por supuesto, esa confianza estaba perfectamente fundamentada.

Llegando a su destino, pudo visualizar en persona al intruso. Un joven de extraña apariencia… pero, más importante… alguien que no debería estar aquí.

Lo esperaba, junto con una pequeña oveja dorada, que daba vueltas a su alrededor, con un esporádico balido. Al ver ese animal, frunció levemente el ceño.

– Niño… este no es sitio para tus paseos matutinos… – increpó fríamente.

Pese a su actitud, el joven se mantenía sereno, viéndolo bajar desde el cielo para pararse, como una muralla, a pocos metros. El mensaje estaba claro… no daría un paso más allá de ese lugar.

– Has montado un gran patio aquí… no está mal… – elogió, observando el entorno.

– Si sabes que es mi patio, también sabes que no eres un invitado… ¿Quién eres y qué haces aquí?… – Sus ojos se encendieron y el ambiente se volvió caótico… incluso la pequeña oveja se resguardo detrás del joven – … dependiendo de la respuesta… – amenazó, sin completar la frase.

-Mmm… Mi nombre es Lehm… – declaró – … solo un erudito errante de paso… Desearía una charla productiva con el responsable de este oasis… – explicó, con sonrisa serena y sus manos tranquilamente detrás.

– Vaya… Tus paseos son realmente extravagantes… – ironizó, sin relajarse, mirando intensamente al joven e intentando descubrir sus capacidades, orígenes y objetivos. Según él, origen, podía tener uno solo – … El Vigía debe tenerte en gran estima, para enseñarte el camino hasta mí… – indagó, con una afirmación teñida de interrogante.

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