Pequeña Quin Capítulo 126

Modo noche

– ¿Qué es esto, de nuevo?…

Sentado frente a un camino, no muy lejos de la entrada, observaba de brazos cruzados como Vetana se interponía en mi avance.

Aun sin su máscara, sus ropas negras y cerradas hablaban de una vida en las sombras. Se la podría considerar una belleza fría, pero, ni siquiera se esmeraba en realzar la parte correspondiente a la “belleza”. Si el dúo perduraba, tendría que hacer algo al respecto.

– ¡Te lo he dicho!… no puedes cruzar aún. Espera unos días, ¡Y ya deja de preguntar lo mismo!… – se quejó.

Mi emoción cayó en picada cuando, hace pocas horas, ingresamos a la zona norte y fuimos interrumpidos abruptamente al poco tiempo.

En una depresión, bordeando los acantilados, se ubicaba el camino natural para atravesar la primera área. Con un monte alto a la derecha, dominado por bestias, era la forma más simple y directa de avanzar. Sin embargo, toda la superficie estaba salpicada por agujeros.

Acorde a Vetana, en realidad, el mismo camino cubría una enorme forma de vida vegetal, que habitaba en el subsuelo y desde sus “narices” exhalaba un gas somnífero. Tal vez no morirías por él, pero podrías estar seguro de que lo harías por las bestias, si la planta no te absorbía primero… en definitiva, no era un mecanismo “casual”.

– Ufff… al diablo… – ese tipo de paciencia, no era mi fuerte. Podría ser paciente haciendo algo, pero no siendo retenido por un arbusto – … si es tan fuerte como dices, tan sólo me haré camino a través de las bestias… incluso podría obtener algún que otro núcleo… – levantándome y caminando hacia el monte boscoso.

– ¡Ja!… Realmente eres un niño… ¿Crees que estás en el continente? Aquí no reinan los humanos… ataca a la bestia equivocada, y tendrás cientos detrás de tu cabeza… si una planta no la usa de recipiente antes… – advirtió, despectiva.

– Mmm… debería poder esconderme a tiempo… – adentrándome lentamente entre los árboles, y expandiendo mi campo. Si en el pasado pude sobrevivir en peores situaciones… con un campo de precepción añadido, si algo me pasara, merecería morir por idiota.

– ¡Alto!… Ahhh… Demonios, no se por qué sigo ayudándote… ni siquiera me escuchas…

Finalmente se movió para seguir mi estela. No tuvo que caminar mucho, ya que me detuve a una decena de metros, con el ceño fruncido.

– ¿Qué sucede ahora?… – preguntó, llegando a mi lado, mientras sus ojos brillaron tenuemente – … oh… te lo dije… hay 13 bestias espirituales en los próximos 500 metros.

En cierto sentido, las bestias espirituales eran las peores, dado que actuaban mucho más por instinto que las sagradas, por no mencionar las supremas. Poder o no enfrentarlas, solía ser sólo una parte del problema.

– 15… – corregí distraídamente, sin desviar mi mirada de una zona en particular.

– ¿Cómo dices?…

– Niña, hazme un favor… ¿Ves esa planta violácea?… – señalando a unos doscientos metros – … trae una para mi…

– ¡Bien, bueno!… ¿Tengo rostro de sirvienta?… – abriendo grande los ojos, incrédula ante mi petición.

– Oye… soy la única persona que te hará compañía en toda la isla, podrías al menos ser una buena compañera… – repliqué – … tu ocultamiento es ampliamente superior al mío. A menos que quieras que me arriesgue y alerte a todo ser en kilómetros, está claro cual es la mejor opción. Ve… podría ser relevante… – exhorté pacientemente.

Ella me miró, poco dispuesta. No sin antes hacerme una mueca despectiva, desapareció de mi vista. Debía admitir lo sublime de su técnica. De no tener este físico especial, sería imposible detectarla. De hecho, si no fuera por mí, ella atravesaría el bosque sin dificultad.

Suspiros más tarde, dejé diplomáticamente que una pequeña planta golpeé mi rostro. Era un ramo con flores violetas, bañada de puntos blancos. Presioné un pétalo entre mis dedos, oliendo su aroma.

– Vaya… que sorpresa… ¿Eres un erudito botánico?… – reapareció Vetana, con un tono sarcástico y una ceja levantada ante mi actitud.

– Mmm… no necesariamente… – ignorando su provocación – … dime, ¿Hay alguna cueva o gran depresión más adelante?

– ¿Una cueva?… – pensativa – … bueno, si no me equivoco, a pocos kilómetros están las ruinas de una pequeña mina.

– ¡Bien!… eso es… – exclamé animado, era tal y como sospechaba – … definitivamente debemos llegar allí…

– ¿Para que quieres ir?… Está abandonada, y si pretendes quedarte, sería peligroso incluso para mi… – rechazó – … todas las bestias están particularmente irritadas, desde que sus territorios son invadidos a diario.

– Hay algo allí que necesito desesperadamente…

– ¿Oh?… ¿Te lo contó una planta?… – se burló – … ¿Qué podrías sacar de una ruina?…

La miré, con una amplia sonrisa creciendo en mi rostro.

– Armas… muchas, muchas de ellas.

– ¿Armas?… ¿Por qué alguien dejaría armas en una ruina?… por no hablar de lo precario de su nivel… – desestimó.

Sacudí la cabeza.

– Nunca dije que las armas ya estuvieran allí, en primer lugar… – aclaré, con una mirada expectante. Parece que tenía entre manos algo mucho más interesante que sentarme frente a un vegetal.

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