Pequeña Quin Capítulo 166

Modo noche

La cueva estaba al final de un acantilado, en los límites exteriores del bosque.

El agua caía copiosamente desde la cima, bloqueando aún más la visión y los sentidos.

– Maldición…

Su campo espacial de percepción era obviamente una técnica demandante. Era imposible sostenerlo de forma pasiva, mucho menos a grandes distancias. Por ello, sólo lo extendía en plazos prudenciales.

Cuando revisó las cercanías, pudo percibir a Vetana. En realidad, siempre la había sentido dentro del perímetro. Pero no fue lo único que sintió. Varias presencias se movían por encima de ellos.

Extendió al máximo su alcance, y entre la espesa lluvia pudo sentir desde el frente otra gran cantidad de individuos acercándose rápidamente de forma ordenada.

Estaban completamente rodeados. Los enemigos se harían visibles en cualquier instante.

– Tsk…

Bran miró hacia la reciente compañía, con una expresión poco dispuesta. Sus planes terminaban antes de empezar.

– Les deseo suerte… – murmuró por lo bajo, de forma inaudible, moviéndose hacia un costado para esconderse en el espacio.

– ¡Kyaaaaa…!

Irónicamente, Anaya estaba observando la lluvia, y fue la primera en verlos. Su visión se llenó de una multitud de siluetas humanoides, confundiéndose entre la tormenta.

En una reacción meramente instintiva, se lanzó hacia Bran y lo tomó del brazo.

– ¡Hay un montón de bestias allá afuera!… Debes ser un buen hombre y protegerme…

– ………

Mientras su rostro se hundía, incapaz de ejecutar la técnica, una docena de presencias ya habían llegado frente a la cueva y los miraban atentamente.

Miró a la mujer colgada de su brazo, y luego hacia los invitados, cada vez más cuantiosos.

Tomó su cabeza, con su mano libre, y una expresión frustrada difícil de describir.

– Tienes que estar bromeando…

 

 

– Buaaaaaaaaaaa… snif… ¿Por qué a mí?… snif…

Sollozos estridentes se escuchaban cada varios minutos.

Anaya, Máximo y Bran compartían la misma suerte, rodeados de barrotes por los cuatro costados. Antiguas vestiduras y esqueletos completaban una decoración nada halagüeña.

Horas antes, aun se encontraban en la cueva, observando como algunas decenas de bestias espirituales los cercaban.

Su apariencia evocaría la de un gran babuino, con dos prominentes colmillos y un grisaceo pelaje. Sus rostros tenían manchas blancas, que contrastaban con lo rojizo de sus grandes pupilas.

El rostro de Máximo se hundió al reconocerlos.

– Demonios. Onis… debimos entrar en su territorio sin saberlo.

Estas bestias se caracterizaban por actuar en grupos, y responder a una clara estructura jerárquica. La velocidad y agilidad sobresalían entre sus dotes, pero no se podía subestimar su fuerza física ni mucho menos su inteligencia.

Bran tampoco tenía mejor cara. Si fuesen dos o tres bestias espirituales, confiaba en poder escapar sólo sin delatar sus habilidades.

Por no mencionar a Vetana en las sombras, que haría escapar directamente innecesario.

Con más de veinte bestias fuertes y en su hábitat, el panorama era completamente distinto. Pero el problema real estaba detrás de todo eso. Algo que sacudía sus instintos.

– ¡………!

Erguidos orgullosamente detrás del grupo, dos Onis los miraban con sus ojos carmesí, reflejando una palpable inteligencia. Entre sus brazos cruzados descansaba un núcleo verduzco, que señalaba sin equívoco la posición de líderes.

Exudando una presión natural, difícil de esconder, todos fruncieron el ceño. Incluso Vetana observando desde las sombras mostró signos de preocupación.

– Bestias sagradas de segundo grado… – murmuró para sí.

Divididas en tres grados relativos, siendo el tercero el más débil, las bestias sagradas eran comparables en cierta medida a los cultivadores de dominio.

La mayor diferencia radicaba en una fuerza física superior. Además, la mayoría de las especies de rango sagrado o supremo evolucionaban con una afinidad natural hacia el elemento tierra. Con un núcleo verduzco, sostenían una simbiosis que reforzaba su vitalidad.

Hasta ahora sólo habían encontrado bestias de 3er grado, salvando el Krom de 1er grado que los recibió en el mar.

La situación había escalado a un nivel de otra liga, en la cual ellos aun no participaban.

– Buaaaaaaaaa… snif… snif…

Ya en cautiverio, Anaya seguía en lo suyo, y Máximo intentaba no enloquecer escuchándola.

Bran mantenía un rostro pensativo. Aunque todas sus posesiones fueron tomadas, había logrado retener una cosa con él, y lo giraba distraídamente entre sus manos.

Al menos, no los atacaron. Es más, los habían tratado como mercancía y trasladado por el llano hasta las ruinas de una antigua ciudadela.

Aunque mucho estaba derruido, aún quedaban edificaciones en pie. Como el edificio principal, que era un castillo mediano, y una especie de coliseo, que sería el eje de un entretenimiento pasado.

Todo había sido tomado por los Onis.

Ellos estaban en una fosa en el centro del mismo. En una jaula con gruesos barrotes, que resistieron el tiempo tal como resistían la fuerza de cultivadores. Además, tenían pequeñas púas en su superficie, con restos de veneno mucho más reciente, que la lluvia no era capaz de remover.

– Es irónico. Esas bestias nos van a usar como sus mascotas de lucha.

– ¡No!… no soy una mascota… – replicó Anaya, tirando de su cabello, humedecido y desordenado.

– Puede haber una forma… pero… – Bran miró alrededor, dudoso. Por la apariencia de los restos, no sólo jugarían con ellos. Ya teniendo una imagen clara de la situación, decidió que no era momento para pisar con cuidado.

– ¿Pero?…

Máximo levantó una ceja. Objetivamente, no esperaba demasiado de él. Sin embargo, no había ignorado su porte, que había sido todo el tiempo calmado y firme. Totalmente impropio para su edad y cultivo.

Bran miró hacia arriba, al borde de la fosa, y habló a viva voz.

– Necesito piedras elementales…

Silencio.

– ¿Sí?…

El dúo reaccionó de la misma manera. No tenían posesiones. Y, aun así… ¿Cómo algunas piedras solucionarían su predicamento?

Silencio.

Bran puso una mueca incómoda.

– Realmente… necesito… piedras… elementales…

Acentuando sus palabras.

Silencio.

– Esto…

Anaya lo miró extrañada. Parecía un joven íntegro. ¿Se había vuelto loco de repente, pidiéndole cosas al cielo?

Él mantuvo su postura, y resopló por dentro.

– Prometo… que serán devueltas… así qu-…

~Toc

~Toc Toc

Cortando sus palabras, 5 piedras amarillentas golpearon su cabeza. Diplomáticamente evitó esquivarlas.

– Gracias… esto bastará.

– ¡¿Ehhhhhh?!…

– ¿Qué tipo de magia es esta?

El shock dominó el rostro de Anaya y Máximo. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Ella se levantó de su rincón y enfrentó a Bran, tomando una de las piedras.

– ¡Es real!… son de verdad… esto es…

Tomó su cabeza, incrédula, hasta que un brillo audaz cruzó por sus ojos y la esperanza renació en su mirada.

Devolvió la piedra y acomodó sus ropas.

– Entonces… en ese caso… yo… – miró hacia el cielo, extendiendo sus brazos – … ¡Necesito un hombre apuesto, rico y atento!…

– ……….

– ……….

– ……….

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