Pequeña Quin Capítulo 189

Modo noche

Algunas semanas han pasado.

El hielo ha desaparecido, y queda en su lugar una robusta estructura, mezcla de verdes y tierra enriquecida. Con ambos extremos cerrados, dejando sólo una abertura en forma oval como entrada, ya podía considerarse una pequeña cabaña.

Sobre una cama improvisada, hecha de paja, la pequeña Quin palmeaba su panza, visiblemente hinchada.

– Ufff… no puedo comer más.

Recientemente había descubierto los beneficios de la pesca y otro uso del fuego. Tras tanto tiempo sin comer apropiadamente, hoy había decidido darse un banquete para inaugurar su casa.

– ¡Auwf!… ¡Wof!

Aullidos de bestia venían desde el exterior.

– Vaya… la princesa y pinchito están peleando otra vez.

Por alguna razón, desde que despertó ocupaba su tiempo rodeando el lago, y gritando hacia las profundidades con pose autoritaria.

Quin giró la cabeza, mirando hacia una pequeña ventana que había creado. La luz se filtraba holgadamente, aportando brillo y calidez al nuevo hogar. Disfrutando del plácido atardecer, un destello pensativo cruzó por sus ojos zafiro.

Sintiendo sus parpados pesados, comenzó a murmurar lentamente.

– Es tan extraño…

Silencio.

|| Desarrolla ||

– El maestro… nunca me ha mentido.

|| Afirmación razonable ||

– El dijo que la base era segura… y que el exterior sería un lugar peligroso. Pero… es tan tranquilo aquí. Nadie molesta… no hay tipos malos. Es casi como en la montaña.

|| Una percepción fundamentalmente errónea ||

– ¿Mmm?… – con sus ojos casi cerrados.

|| En la base, tal tranquilidad radicaba en la ausencia de peligro. Aquí, la tranquilidad es sólo un indicio del mismo ||

– ¿Eh? ¿Cuál… peligro?… yo no… veo…

|| ……… ||

– Zzzzzzz…

Silencio.

Al abrir los ojos nuevamente, la luz de la luna se colaba por su ventana. Cruzó el umbral de esa morada, y estiró ambos brazos mirando al cielo. Draga descansaba cerca, a la sombra del lago.

Aunque ella querría compartir el hogar, en realidad tenía mucho sentido su preferencia. La próxima ocasión, tal vez tendría una oportunidad.

Refregando su rostro, caminó lentamente hacia las tranquilas aguas.

Sus pies mojados, su cabello al viento. Se puso de espaldas al lago y dejó el cuerpo caer, con sus brazos abiertos.

Pero el cuerpo no se hundió, y las ropas no humedecieron. Antes de tocar la superficie acuática, un bloque de hielo se formó dibujando perfectamente su silueta.

Allí quedó, recostada sobre el lago.

La inercia hizo lo suyo, y lentamente fue abandonando la costa, con su mirada fija hacia el brillante infinito.

Sumida entre pensamientos, una estrella fugaz cruzó por sus ojos. Extendió la mano, queriendo tomarla.

Nada quedó en ella. Pero, aun así, la pequeña puso una dulce sonrisa.

– Sabes… lo estoy haciendo bien. Libre y feliz, como prometí. Hermano sigue fuerte y sano. Padre siempre sonríe desde que llegamos. Tengo un maestro, y tres nuevas amigas. Incluso hice mi propia casa… aunque pronto…

Palabras al viento, sobre un lecho de hielo en mitad de un lago. La pequeña se dejó llevar sin rumbo, mientras sus labios continuaban moviéndose. Algunos peces rodeaban su navío, e incluso se ofrecían como partícipes, dando impulso a este viaje nocturno.

Así, un día más concluía. Otra noche de serenidad reinante cerraba el ciclo en espera del amanecer.

 

 

– Mira tío. El campo de ukireas… estamos llegando.

– Lo sé. Reserva esa emoción para el regreso. Vatu, acelera sobre el campo.

– Khaa…

El chillido llegó desde las alturas. Una bestia espiritual alada, con sangre de Grifo, avanzaba veloz a través de la pradera. En su espalda montaban dos personas, un adulto y un jovencillo.

Idénticos tatuajes marcaban sus frentes, y vestían ropas confeccionadas con pieles. El niño era calvo y su tez trigueña. Su cuerpo estaba bien formado, y sus ojos color miel eran vivaces, pero la inocente expresión en el rostro delataba su vigente juventud.

Sería un poco menor que Bran.

– No debes preocuparte, estoy preparado. No los defraudaré… – poniendo una mano en su pecho.

– La menor de nuestras preocupaciones. Convencer a mi hermano no fue tarea sencilla. Bien, estamos ahí… ni bien crucemos el…

~Swish

– ¡Khaaaa…!

La expresión del hombre se hundió. Desde la distancia, un hombre había aparecido en la superficie montando una bestia. El arco en su mano acababa de despedir una poderosa flecha que golpeó con precisión el corazón del vatu.

– ¡¿Quién?!…

Apenas pudo exclamar involuntariamente, porque la gran ave giró sobre si misma y cambió su trayecto, cayendo en picado sobre un mar de flores carmesí.

– ¡No! Momoa, toma mi mano.

– ¡Tío!…

Dirigiéndose sin freno hacia el campo, los ojos del hombre brillaron intensamente y se preparó para saltar con todas sus fuerzas, sosteniendo al niño cerca.

~Swish

– ¡………!

En ese instante, otra viciosa flecha atacó con precisión. Iba dirigida hacia el joven. Sin tiempo de respuesta, en plena caída, tiró de él y lo cubrió con su espalda.

– ¡Hugh-!…

– ¡Tío… noo!

– Mo…moa… debes…

Impacto.

La bestia primero, y ellos detrás. Antes del golpe, el hombre empujó desesperadamente al niño hacia la distancia.

Con un último vistazo, rezó a todos sus dioses que fuera suficiente. Entonces pudo dar recibimiento a miles de rojas miradas, balanceándose hacia él y la bestia moribunda.

– Hermano… lo siento.

Las bellas flores se abrieron en saludo, justo como antes. Entonces, un cambio surgió. Miles y miles de pequeñas esporas salieron de sus centros y los bañaron.

– ¡Kha-…

– ¡Ahhhgg…!

Al primer contacto, la piel del dúo comenzó a palidecer. Luego a mancharse de grises, y finalmente a descomponerse lentamente. El polvo no fue condescendiente, y los atrapó desde todos los rincones.

La bestia sufrió menos, y murió pocos segundos después. Pero el hombre era fuerte. Pese a las heridas, aún conservaba gran parte de su vitalidad. El proceso fue doloroso e insoportable. Apretó sus dientes, y cerró los ojos, recibiendo el destino que sabía inevitable.

No había salida para nadie. No en este campo de la muerte.

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