Pequeña Quin Capítulo 200 – Especial: Los lazos del tiempo

Modo noche

Este patio interior estaba cubierto por una alta cúpula. El sol atravesaba cristales dispuestos ordenadamente, iluminando perfectamente cada rincón.

Tan bellamente colocados como resultaban, no eran ellos los que se robaban el deleite visual, si no el techo mismo. Toda su superficie poseía la inusual capacidad de mostrar aquello que fuese deseado.

Estrellas aparecían en la noche, un cielo despejado con aves aleteando durante el día. Un bello ocaso, si fuese el momento. Por supuesto, la imaginación era el límite. Siempre parecería tan real como la realidad misma.

Incluso uno podría preguntarse, ¿Era el sol lo que pasaba por los cristales? ¿O nada más que otra mera ilusión? Aquella construcción jugaba muy bien con los sentidos. Tal vez, ese era su propósito.

Una fuente ocupaba el centro del patio, cuyo piso era perfectamente liso. Un material con tenue espejado que jugaba reflejando las imágenes en las alturas.

Pese a lo agradable del paisaje, era difícil ver un alma moviéndose por su extensión.

Tal ambiente estaba rodeado de columnas y un pasillo externo en disposición circular. Allí estaba la vida. Hombres, mujeres y cada tanto algún niño avanzaban con origen y destino incierto.

En este edificio, cualquiera tendría una buena historia que contar. Pero ninguno, realmente ninguno podría despertar más interés que este grupo de bellas damas.

Cuatro de ellas abrazaban figurativamente a una quinta en su caminar. Vigilaban muy de cerca el paso, como temiendo que incluso una simple mirada ensucie el camino de su protegida.

De calcados vestidos azules, uno no podía poner queja alguna sobre su apariencia, su peinado o siquiera sus modos al moverse.

Pero era difícil, si no cuasi imposible detener la mirada un momento sobre alguna de ellas. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo ignorar un sol cuando lo tienes justo frente a tus ojos?

Porque había un sol. Un sol que a diferencia del habitual se movía entre nosotros, justo allí al alcance de la mano. Tu no podías simplemente fingir no verlo, y concentrarte solamente en sus satélites circundantes.

Aun así, ella no tenía intenciones de opacarlas, sencillamente estaba fuera de sus posibilidades evitarlo. Era una joven de largos cabellos dorados, con ojos de esmeralda. Su rostro era tan bello como un manantial de estrellas, y blancas ropas cubrían un cuerpo exquisitamente proporcionado. Uno podría pensar que era una imagen de fantasía, al igual que aquella en la cúpula. Un engaño nacido de la imaginación más fina.

Real o ilusión, continuaba su suave paso por el pasillo, con la frente alzada en imperturbable expresión.

– Mira… es él…

– Shhh… no molestes a la diosa…

Dos damas se murmuraron por lo bajo, mirando hacia el centro del solitario patio. Incluso en silencio, las otras dos acompañantes no pudieron evitar hacer lo propio.

Sólo el sol continuó impasible por esta breve travesía, acomodando suavemente un cabello tras su oreja.

La dama se encogió un poco ante esas palabras, y mantuvo silencio, mientras su ojo inquieto seguía volviendo una y otra vez al mismo sitio. Realmente, todas mostraban cierto interés en ello.

– ¿Tú crees que…?

– ¡Camila!

Reprendió nuevamente desde atrás.

– ¿Sucede algo?…

Una voz melodiosa se dejó escuchar por primera vez.

– ¡……….! N-No… no mi diosa… – inclinándose profusamente.

Ella frenó su paso y todas instantáneamente imitaron el acto, sosteniendo su abrazo grupal.

– ¿Esas son las palabras de la verdad?…

La dama inquieta tragó saliva, y se inclinó aún más.

– N-No mi diosa…

– Sabes mi nombre…

– ¡No me atrevo!…

Ella sacudió suavemente la cabeza. Se acercó para levantarla y acomodar su cabello.

– Cuéntame… – tono gentil.

La dama retrocedió un paso, con el rostro enrojecido.

– ¡S-Sí! Como sus deseos dicten. Esta humilde no pudo evitar notar… notar… – titubeó, mientras desviaba su mirada hacia el patio.

Con expresión tranquila, la joven giró su rostro un momento y sus ojos esmeralda se posaron en un joven sentado sobre el borde de la fuente.

Vestía un traje de tonos blancos y grises, colores que coexistían armoniosamente con el plateado de sus ojos y cabellos. Aparentaba unos 15 años, algo menos que ella, y leía en completa soledad un libro de incierto contenido.

Irónicamente, aquello era lo más raro de la imagen. ¿Quién leería un libro real?

La serena expresión de la joven no cambió al verlo, y retorno hasta su dama de compañía rápidamente. Pero esta escasa reacción no era nada comparado con la absoluta frialdad e indiferencia en los ojos de ese extraño.

Al verlo, uno apostaría que esperando allí mil años aun no lograría que sus ojos se desvíen para percatarse de otra existencia.

– ¿Te interesa?…

– Esto… mi diosa, él es… yo, no podría pen-…

– Está bien… habla con libertad… – sonrió amablemente.

Al ver esa sonrisa, algunos desafortunados transeúntes fueron afectados y perdieron sus pensamientos por un latido. Para Camila no fue distinto.

– ¡Esta humilde se disculpa! Realmente no es así… creo que es un joven muy atractivo, sin embargo…

Silencio.

– Sin embargo…

– M-Me da… mucho miedo… – agachando la cabeza.

Silencio.

Las otras tres damas abrieron grande los ojos, agobiándola con furiosas miradas. No podían creer que realmente lo dijo frente a ella.

Pero el sol se mantuvo sereno, con ojos esmeralda como tranquilos pozos.

– Ahora, esa es la voz de la verdad. Siendo ese el caso… ¿Por qué el acecho?

– ¡No es un acecho! Vigilo que no haga nada malo.

– ¿No es lo mismo?

– Kuhum. Y-Yo… yo… sólo… me preocupo por usted…

– ¿Por mí?…

– Ya sabe, mi diosa… están estos… rumores. ¿Qué sucedería si…?

Un delicado dedo fue puesto repentinamente en su boca.

– Gracias Camila. Todos nos debemos a un bien mayor, aunque ese destino enfrente nuestros propios deseos. Lo que sea necesario suceder, sucederá. Vamos… ocupémonos de lo que el tiempo nos ha deparado para hoy.

Con un gesto digno, sus pies volvieron a moverse y todas respondieron al unísono. En sus rostros convivía la más pura de las admiraciones.

– La diosa es tan sabia…

– Mi diosa es tan madura…

– Dedicaré mi vida a cuidarla…

– Suficiente de eso…

La joven nunca volteo hacia el patio, el joven nunca levantó su vista. Las horas pasaron y con ellas las imágenes en lo alto.

La luz mermó mientras el atardecer concedía su último aliento. Nuevos y bellos paisajes desfilaron por la cúpula hasta recibir la escena cúlmine, flotando una perfecta y porosa luna, sirviendo como tenue luminaria alrededor de un mar de estrellas.

Eran horas bajas para este lugar. La dominante soledad del patio se había trasladado a los pasillos, y sólo las grandes columnas mantenían el privilegio de observar el paisaje.

Bueno, había alguien allí, sentado impasible con sus pies cruzados en el borde de la fuente. Incluso en absoluta soledad, el joven no mostró ninguna intención de variar su rutina. Nadie le había interrumpido, nadie se atrevió a molestarle.

Pero pronto… eso cambiaría.

Please complete the required fields.
Ayuda a Tunovelaligera a reportar los capitulos mal.




Visitar tunovelaligera.com Si no te muestra siguiente pagina, tienes que volver activar javascript.