Pequeña Quin Capítulo 201

Modo noche

~Swish

Detrás de una columna el espacio fluctuó suavemente. La figura responsable fue mostrándose en el mayor de los silencios, y miró hacia el patio fijamente.

– Bien…

Con rostro decidido, apoyó la espalda sobre la columna, y sus ojos de esmeralda descansaron varias respiraciones para armarse de valor. Entonces, deslizó su cabello detrás de la oreja, se acomodó las prendas y salió con expresión casual hacia el interior del patio.

– ¡………!

Su travesía duró tanto como un paso.

No había nadie allí.

Dos ojos se abrieron grandemente en total incredulidad. ¿Cómo había escapado por completo de su percepción?

– Indiferencia.

Una voz neutra en su espalda casi le da un susto de muerte, y tuvo que apretar fuerte los labios a fin de contener su grito.

Se volteó lentamente para enfrentar al emisor que, por supuesto, era un joven de fríos ojos plateados. Sostenía un libro mientras leía, sin levantar la mirada.

Su expresión era tal y como su primera palabra describiría, indiferente, carente de cualquier tipo de emoción visible. Podría esta joven radiante como un sol cuestionarse el porqué de su actitud, pero tenía pensamientos más urgentes al enfrentar la luna.

– No es posible. Tú has… ¿Has hecho otro avance?

Silencio.

El joven continuó leyendo sin responder. En realidad, en este punto no era necesaria una respuesta.

– M-Monstr… – balbuceó sorprendida, pero tapó su boca inmediatamente.

– Monstruo… – completó, volteando una página, sin mostrar ninguna reacción.

– No. Lo siento, no quise decir…

– Falso. ¿Reniegas de tu naturaleza? La intención subyacente es lo que define el acto.

– Pues… no tuve mala intención.

El joven levantó brevemente la vista, y se limitó a observarla sin expresión, como quien analiza una ecuación.

– ¿No serías uno similar?

– Esto… yo… – desprevenida.

Se sumió un momento en la contemplación de su interrogante. ¿Tenía ella el derecho de llamarlo así?

El joven parpadeó lentamente, y la vista volvió al libro, del mismo modo que su cuerpo al borde de la fuente. Cualquier fugaz interés parecía haber desaparecido junto con su presencia.

– Tú…

La joven de ensueño abrió la boca, indignada. Jamás en toda su vida alguien se había atrevido a ignorarla así, mucho menos un hombre. ¡Mucho menos un hombre menor que ella! Incluso con tal belleza y estatus, no era una mujer vanidosa, pero aún tenía su orgullo.

Difícil, tratar con él sería difícil. Lo sabía. Pero la conversación no fluía ni remotamente cerca de lo esperado. ¿Por qué siquiera le interesaba esta persona?

Sintiéndose retada, apretó sus puños e intentó recuperar la calma. Entonces, avanzó hacia la fuente dispuesta a obtener la respuesta por la que había venido. Observó brevemente al caminar ese “cielo” estrellado, y se sentó a su lado sin preguntarle.

Viendo calmadamente su perfil tan de cerca, comprendía por qué las damas se interesarían tanto. Sin embargo, algo más profundo e intangible era lo que despertaba su propia curiosidad.

– ¿Qué sientes sobre el arreglo de los ancianos?… – indagó repentinamente, rompiendo el silencio.

– Lo dicho.

– ¿Cómo?…

Se detuvo un momento a pensar, y no tardó en comprender a lo que se refería. “Indiferencia”. Le había contestado desde el primer instante, sabiendo exactamente lo que hacía aquí y que preguntaría.

Ser leída de esa manera era un tanto irritante. Debía demostrarle que no era alguien tan simple.

– Eso es muy vago e inmaduro. Ya hemos crecido, somos lo suficientemente grandes para pensar en ello…

– ¿Es así?

– Por supuesto que sí, ya no somos niños.

~Tap

El joven cerró su libro, el cual desapareció en el acto. Girándose lentamente, por primera vez la enfrentó mirándola directamente a los ojos.

Lo que ella sintió al profundizar en su mirada le dejó helada por un instante. No era un frío que congelara el cuerpo, si no uno que atravesaba limpiamente el alma.

Alguien desprevenido pensaría que estaba frente a un robot vacío y sin espíritu. Era posible percibir tal ilusión, pero ella lo comprendió mejor al sumirse dentro de sus ojos. Lo vacío y monótono reflejado en esas pupilas no le pertenecía, no mostraba su fuero interno, si no la imagen que el mundo le devolvía cuando lo observaba.

– La edad es un parámetro absurdo, ilógico, una infección heredada de los mortales de escaso siglo existencial. Atados inevitablemente a tal errónea, tal mediocre percepción del crecimiento. ¿Es esa la vara que estamos utilizando?

Siendo enfrentada tan intensamente, ella se armó de valor y desafió su mirada sin apartarse.

– Nuestra edad no es tan intrascendente como lo planteas…

– ¿Declaras la madurez condicionada a los años? ¿Vivir es crecer? ¿Por qué percibes la juventud como este fugaz periodo? ¿Si vivieran quinientos años? ¿Si mil? ¿Cuánto duraría esta juventud entonces? ¿Sería un niño con cien años?

– Aunque nosotros tengamos la oportunidad de verlo distinto, ellos no tienen la culpa. Sólo determinan eso por…

– La carne. – interrumpió fríamente, acercando la mano al rostro de ella, y señalando su piel – Raíz de la vanidad. Fuente del prejuicio. Ellos dicen, “la carne crece, por lo tanto… crecemos”. “La carne se deteriora, por lo tanto… poseemos sabiduría”. Pobres esclavos de una ilusión. Para todo ser… la carne crece por ellos, pero no con ellos.

– La carne es pasajera, pero el verdadero crecimiento es ilimitado…

Sosteniendo con firmeza sus ojos de esmeralda sobre las heladas lunas, la joven brindó su comprensión ante tales argumentos. Y así finalmente pudo apreciar lo más cercano a una emoción visible en su acompañante, quien parpadeó dos veces e inclinó ligeramente su cabeza.

– Interesante… – elogió.

Bien.

Apretó el puño en señal de victoria. Ni siquiera comprendía por qué, pero sentía que había ganado algo importante al conseguir su interés. ¿Podría tal vez un día reflejar un vívido color en su mirada?

– No somos diferentes. Así que… ¿Ya no somos niños?

– Según tus palabras… ¿Cómo podría saberlo?

– Entonces debes preguntarte… – sin previo aviso, presionó un dedo sobre su mejilla, haciendo que casi salte como un conejo asustado – ¿Qué existe realmente tras toda esta vanidad y prejuicio? Señorita Vivian…

Silencio.

– ¿Señorita Vivian?…

Silencio.

– Señorita Vivian… ¿Está bien?

Ella parpadeó rápidamente, recuperando el enfoque luego de perderse tanto tiempo en el mar de los recuerdos.

– Estoy bien, Nina. Te he dicho que no me llames así. Vivian está bien.

– Mis disculpas…

Recostada en un cómodo sillón, aquella belleza de antaño no había disminuido en lo más mínimo, sólo madurado. Sostenía un papel en su mano, donde se podía leer cierto mensaje a medio terminar.

Entre otras cosas, agradecía los servicios prestados, y mencionaba interés en conocerse personalmente algún día. Golpeteando distraídamente su dedo mientras releía, le tomó un tiempo decidirse y completar su obra.

Parpadeó una vez y más palabras surgieron poco a poco sobre el material. Al finalizar, volvió a leerlo y con el gesto su dedo un texto apareció superpuesto.

Enviado a Violet Virgil.

Soltó el papel sobre el escritorio, el cual volvió a mostrarse completamente en blanco, y sacudió la cabeza.

– Ufffff… ¿Qué estoy haciendo?…

– Señorita Vivian. Ha surgido una reunión…

– ¿Ahora?… ¿Es realmente importante?…

No estaba de ánimo para recibir a nadie.

– Claude Dem Vaaro anuncia su presencia…

Silencio.

– Lo tengo. Consígueme un minuto y hazlo pasar.

Nina mostró una expresión reacia. Esa no era la clase de existencia que absolutamente nadie haría esperar, pero, al menos sabía que estaría dispuesto a hacerlo. Sólo por ella.

– Como desee…

– Y… te he dicho que no me llames así.

– Mis disculpas…

Cerró los ojos de esmeralda un momento, y se hundió por última vez en sus memorias. La apariencia de un joven frío e impenetrable ocupó diversos pensamientos.

– Aunque dije que nunca cambias…

En ese rostro de ensueño se dibujó una fugaz sonrisa. Una de ironía, una de alivio, una de tristeza, una de nostalgia… una sonrisa que duró sólo un instante, pero parecía sostener todo un mundo de emociones.

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