Pequeña Quin Capítulo 205 – Sobre hadas y brujas.

Modo noche

– Wa… Marroncín, sabía que podía contar contigo… – abrazando su pierna – … pero eso no estuvo nada bien, lanzar al señor amable no es bueno, no es bueno….

– Hin…

Resopló en disculpa sin mostrarse demasiado arrepentido.

– ¡Augusto! Regresa aquí ahora mismo…

Lesto exclamó, a punto de explotar. Sintiéndose completamente mancillado y burlado, era su propio orgullo lo que le impedía correr hacia la bestia y traerla a rastras.

Con tono firme y confiando en el largo tiempo de entrenamiento que compartieron, ordenó por su regreso señalando el suelo a su lado.

– Hin…

Frente a los ojos aun atónitos de la multitud, el robusto corcel no concedió ningún avance, si no que retrocedió dos pasos para quedar detrás de Quin. Entonces, levantó altaneramente su trompa frunciendo los labios y mostrándole los dientes. Su expresión de rechazo parecía la de alguien que estaba viendo una peste.

Las venas de Lesto se abultaron tanto que casi podrían estallar, y finalmente dio un paso al frente.

– Maldito caballo… ¡Te atreves!… voy a…

– Lesto…

Una palma abierta se extendió hacia él, en señal de alto.

– Pero, jefe…

El líder ignoró su réplica dirigiéndole una mirada de advertencia. Pese a la imperiosa voluntad de Lesto por recuperar su corcel, no tuvo más remedio que frenar el paso y contener temporalmente su ira.

Momoa estaba igual de tenso por sus propios motivos. No había sido suficiente para los nervios ver como Quin empezaba a actuar a su ritmo, si no que inmediatamente después se acercó a una bestia… ¡Y la condenada bestia se fue con ella!

Esto se estaba saliendo completamente de control, y a su edad no tenía suficiente experiencia para mantener el aplomo ante tanta presión.

– Quin… ¿No es cierto?… – indagó el líder.

– Sí, sí… Quin, la misteriosa ha-… – tapó su boca dulcemente – ups… la misteriosa hermana menor a su servicio…

Nada de hadas y nada de locuras. Esos fueron los mandatos de su “hermano mayor”, y casi se había olvidado de cumplirlos. Por suerte, creía que estaba haciendo un trabajo impecable hasta ahora.

– Parece que te llevas bien con los animales…

– Mmm… – frotándose en el muslo de “Marroncín” – … me gustan mucho…

El hombre estrechó sus ojos ante esa imagen. Era por bastante el más experimentado y fuerte del grupo, e incluso atravesó los cuatro territorios durante su relativamente extensa vida.

Estaba totalmente consciente de la inmadurez de Lesto, y su personalidad un tanto irritable, pero eso no implicaba que la bestia estuviese mal entrenada o careciera de lealtad. No. Para un hombre sagaz como él, esta situación era decenas de veces más extraña de lo que se vería en la superficie.

– Dime jovencito… ¿Por qué tu pequeña hermana tapa su cabeza?

– ¡………!

Momoa apretó los dientes y su rostro se hundió. Las cosas estaban yendo rápidamente y sin freno en la peor dirección.

Aunque le era imposible conseguir ropas para Quin en el medio de la nada, al menos pudo improvisar un pequeño gorro que tape su frente. Su apariencia poco “local” podría pasar por buena en tanto no le prestaran demasiada atención.

– A ella le gusta usarlo… ¿Qué hay de malo en ello?…

– Mmm, nada… nada. – tono astuto – Sólo me preguntaba… ¿Cómo tus padres concibieron a dos niños tan diferentes? ¿Acaso nació en otro territorio? Es una simple curiosidad, ya sabes. Qué dices pequeña… ¿Podrías quitártelo un momento?

– ¿Eh? ¿Mi gorrito? – poniendo una mano en su cabeza – Negativo…

Había recibido instrucciones de usar el gorro y estrictamente no quitárselo en ningún momento. Además, le había tomado gusto.

– ¡Suficiente!… – Lesto ya no podía soportar un segundo más este ridículo frente a dos mocosos. Corrió hacia Quin y extendió su mano – Si el jefe lo pide… ¡¡Te sacas el estúpido gorro!!

– ¡Weeeee…! ¡¿Eras un tipo malo?!

Se cubrió la cabeza con ambas manos y se agachó resguardando su gorro. Momoa olvidó cualquier precaución y se lanzó con todo hacia el brazo de Lesto para proteger a Quin.

– ¡Hiiiiin!

– ¡¡Lesto!!

~Tac Tac

– ¡Hiin!

Un verdadero caos se desato ante ese simple acto. La furia contenida en el llamado del líder sacudió a Lesto y le hizo frenar a último momento, lo justo para evitar chocar con Momoa y esquivar la embestida de su antaño leal montura.

Tropezando un paso hacia atrás, se volteó hacia su jefe sólo para encontrar otra imagen sacada de una fantasía inverosímil.

Los otros dos compañeros ejercían técnicas para tranquilizar sus monturas, las cuales relinchaban mirándolo fijamente con ojos enrojecidos y golpeando sus cascos en la tierra, listos para embestirlo en grupo.

No menos sorprendente era ver incluso al orgulloso corcel oscuro de 2do grado, sacudiéndose con inquietud de forma esporádica, como amenazando con perder el control si osaban poner un dedo sobre esa niña.

En sus 25 años de vida nunca había visto a su jefe poner una expresión tan solemne, mientras veía la reacción de su montura.

– Vuelve inmediatamente…

Su orden fue pausada y medida, pero el tono detrás era frío como el hielo.

– Yo… disculpe jefe… sólo quería…

– ¡Ahora!…

– ¡Sí!

Como alcanzado por un rayo, retrocedió mientras miraba de reojo a la pequeña y el traidor imperdonable.

El líder miró a Lesto y señaló a un compañero.

– Sube…

– ¿Sí?

– ¿Eres sordo?…

– Esto… no… pero…

– ¡Entonces sube al maldito caballo! Estamos partiendo…

Los tres compañeros se miraron en total desconcierto, pero sabían de sobra que su lider no era ningún bromista, ni estaba de humor para cuestionamientos. Tragando saliva, Lesto se juntó con otro compañero, y se prepararon para partir.

– Niña… mi nombre es Halan. – se presentó, observándola sin perder detalle, y dirigiéndole un ultimo vistazo a la loba, aun indiferente – Estoy dándoles esa montura. Cuídala bien…

– ¿Eh?… – ya incorporada y viendo que el peligro había pasado – … ¡Sí, gracias! Mira hermano, ese si es un tipo bueno. Seremos grandes amigos con Marroncín.

Levantó un pulgar, palmeando su pecho.

– Bien. Buen viaje.

Ofreciendo un breve saludo giró y partió con su grupo hacia la ciudad. En total contraposición al primer encuentro, esta vez ignoró casi por completo a Momoa, quién ejemplificaba con su atónita expresión lo que los otros jinetes estaban pensando en ese mismo momento.

¡¿Qué demonios acaba de suceder?!

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