Pequeña Quin Capítulo 212

Modo noche

|| ¿Qué planeas? ||

– Como ves… estoy muy ocupada siendo secuestrada y entrenando arduamente la técnica del maestro…

|| Los porcentajes de esfuerzo no coinciden con la definición de arduo ||

– Kuhum… me gustaría entrenar más, pero desperdiciar la comida es de mala educación…

|| Tus demandas de ingesta son excesivas e innecesarias. ¿Realmente cambiarías de maestro por tales vanos placeres? ||

– ¿Ehh…? Jamás cambiaré a Maestro, por nada del mundo… – palmeando su pecho orgullosamente – … sólo sería… mmm… como una operación encubierta…

|| ¿Espionaje? ||

– Eso es… espionaje… de comida…

|| ………. ||

– Pero… – sacudiendo la cabeza, como sorprendiéndose de haber tenido alguna vez tal vil idea -… eso era antes. Esta pequeña realmente ha crecido…

|| ¿Antes de descubrir un método más directo y eficaz de aprovecharse de los demás, abusando de tu condición para satisfacer efímeros deseos? ||

– Wa… eso no suena como un elogio…

|| Especifico el cuestionable concepto al cual llamas crecimiento ||

– Bueno, al menos no me has robado mi precioso punto. Cuando la técnica funcione, seguro que tendrás que rendirte ante este gran talento…

|| Si persistes en complacientes rutinas, tal premisa no será comprobada pronto ||

– Mmm… aunque maestro dijo que la princesa podría cuidarse sola, debe sentirse triste sin mí. Y Momoa no se ha movido mucho… espero que él y Marroncín estén bien.

La pequeña se limpió los restos de pastel en su boca con una elegante servilleta, y se sentó en posición de loto uniendo la punta de sus dedos.

– Es hora de otra ronda… siento que pronto conseguiré algo…

Una esfera azulada descansaba cómodamente a su lado.

Con los rastros de energía siendo generalmente caóticos, había configurado la esfera para detectar sólo fuentes de esencia. Pero existía una segunda función con la cual se familiarizó al encontrarla interesante: “Registro de firma”.

Bajo el nombre de “Calvin”, pudo encontrar su firma de energía estable y en algún sitio debajo de ella.

Era imposible para Caspar predecir que esa inocente hada podría detectar la energía de un individuo específico, descubriendo así la mentira y estableciendo definitivamente su mote de “tipo malo”.

Concentrada en mejorar sus habilidades, nada sabía ella sobre el importante juicio que estaba al caer, o de los inesperados cambios que esto traería para todos.

 

 

En ese mismo momento, un hombre de celestes y pulcras vestiduras se encontraba en la misma posición que la pequeña Quin. Su apariencia era majestuosa pero serena, como una controlada ventisca, demostrando su semblante los indicios de una avanzada edad excelentemente sobrellevada.

Su rasgo más distintivo sería sin duda la abundante barba cana que terminaba en una cuidada punta, la cual acariciaba distraídamente mientras mantenía sus ojos cerrados.

Aunque estaba pacíficamente sentado en loto, el paisaje a su alrededor se modificaba a gran velocidad.

– ¡Piú!…

– Mmm… lo sé.

Su cuerpo descansaba sobre una gran águila real de facciones tan refinadas como su dueño, que avanzaba veloz a gran altura reflejando el sol un núcleo en su frente.

A diferencia del vatu, que poseía la herencia de bestias ancestrales, esta gran ave era un verdadero ejemplar de evolución pura. Algo de lo cual podría estar dignamente orgullosa.

Advirtió a su maestro notando una ciudad que aún a esa altura se vislumbraba extensa e imponente.

– Baja, Mara, este anciano tiene un misterio que resolver….

– Piú…

A pesar de que sus alas cayeron en picada mientras avanzaba hacia el interior de la ciudad, el hombre y la bestia se mantuvieron en perfecta armonía, sin que afectara un ápice su tranquila postura.

Se estabilizó a pocos metros de la superficie y aminoró el avance mientras llegaban a la entrada de una elegante mansión. En un punto, el ave continuó su viaje pero el hombre quedó detrás suspendido en el aire, o mejor dicho cayendo sin prisa hasta plantar su pie serenamente sobre la superficie.

Tras anunciar su presencia frente a las altas rejas, fue recibido rápidamente por un sorprendido mayordomo.

– ¡S-S-Sabio Barerov!… – exclamó en shock – … pase, por favor. ¿A qué se debe su inestimable visita?

– Ho ho… este humilde viejo aún puede ser reconocido.

– Me avergonzaría de no hacerlo… – nerviosamente.

Su mente estaba completamente en blanco sobre las intenciones de esta gran figura, sumado al ya caótico estado de los acontecimientos.

– Resulta que estaba sacudiendo un poco mis huesos, y recordé que un buen pupilo mío se encontró al joven de la familia viajando en solitario, e incluso le concedió una montura.

– ¡Oh!… así que eso es lo que sucedió. No puedo expresar el suficiente agradecimiento por tal benevolencia. El joven Momoa ha llegado sano y salvo gracias a ello.

– No es nada… no es nada. – desestimó – Que el niño haya llegado a buen puerto ya es suficiente recompensa. ¿Podría tener una pequeña charla con él?

– Esto…

El rostro de Sirilo palideció ante esas palabras, no sabiendo cómo enfrentar la pacífica sonrisa del imponente sabio.

– Oh… es cierto. – sin mostrarse apercibido de su reacción – Creo haber oído que hoy se celebraba el gran juicio. Mmm… menuda cuestión. Es bueno que no llamen a este anciano para tales engorros.

– ¡Sí!… es como usted dice… el amo Caspar también está allí… – aferrándose inmediatamente a la soga proveída por el anciano – Por lo tanto, lamento no poder cumplir su deseo.

– Está bien… es lógico. Una verdadera pena… – frotando tranquilamente su barba.

Sosteniendo una amigable expresión, observaba lentamente las acciones de este sirviente. Era imposible adivinar qué es lo que pasaba por esos ojos azul oscuro.

Tras unas respiraciones qué a Sirilo le parecieron eternas, saludó cordialmente y se dispuso a partir.

– Sírvase entregarle mis saludos a la familia. He intercambiado palabras con el regidor Keitar y lo considero un hombre digno de su puesto. – elogió, en tono comprensivo, mientras se alejaba de la entrada.

Entonces, de repente se frenó y volteó, como recordando alguna cuestión menor.

– Por cierto… ahora que lo pienso, mi chico mencionó también algo sobre una adorable niña. Pero… – se acercó nuevamente, sin cambiar su amena actitud – … como dijo que el joven viajaba en solitario… ho ho… tal vez ese discípulo travieso me estaba mintiendo. ¿No?

– ¡………!

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