Pequeña Quin Capítulo 217

Modo noche

Un silencio sepulcral imperaba en la sala, lugar en el cual coincidían apenas una docena de personas, cada una con mayor o menor peso en el destino de este u otros territorios.

Se encontraban sentados en una amplia mesa en forma de U, a excepción de un último que tomaba su lugar enfrentando a todos con calmada expresión. Presentaba una barba redondeada y facciones similares a Momoa y Caspar.

~Toc Toc Toc

Tomando el asiento mayor, en el centro de la mesa un hombre de soberbio semblante golpeaba su dedo observando al acusado. Tenía el cabello corto peinado hacia atrás, con unos ojos verdes llenos de arrogancia y un fino bigote. En su frente estaba grabada la marca de una serpiente alada.

– ¿Debo suponer que insistirás en tu reclamo?…

– No hay honor en negar las palabras de uno…

– ¿Y lo hay en traicionar a tu gente?

– Mi gente es aquella que siente como nunca en la historia el peso de sofocantes demandas. Traición sería no reconocer mis preocupaciones hacia esta situación…

– Pareciera que los territorios menores olvidan de tanto en tanto el porqué de su paz ininterrumpida, y se sienten prestos a la ingratitud.

– La paz no es mejor que la guerra si la gente comienza a padecer penurias y muerte como resultado.

– ¡Insolente!

– ¡Absurdo!

– ¿Así es como le hablas a un enviado santo?

Aunque los dos ancianos a su lado se mantenían en calma, algunos de los otros participes explotaron en zalameras críticas a la primera ocasión.

El enviado levantó una mano para acallarlos con expresión indiferente. Entonces se levantó del imponente sillón central y camino en silencio hacia la pared detrás de ellos.

– Keitar, regidor de Amatí, y uno de los doce. Aunque afectado por una lamentable tragedia, te has atrevido a cuestionar a los santos y con ello al inalcanzable desde el principio de los tiempos. – entonces, señaló hacia la pared – Imagino que sabes lo que esta obra representa…

Keitar ya había seguido su huella y estaba observando la pieza con gran seriedad.

Lo que ocupaba la mitad de su extensión era un mural exquisitamente pintado que presentaba una extraña pero elegante pintura, donde lo más destacado era una armadura carmesí con sus palmas abiertas, pero sin nadie que la luzca, y una fiera marca que atravesaba todo su torso.

– Es el tesoro ancestral de nuestra tierra.

– ¡Error! Es lo que obtuvo el último traidor que osó enfrentar a Achala. Un recordatorio póstumo de su ancestral para las nuevas generaciones, y una benévola advertencia de Achala para aquellos que lo cuestionen.

La mayoría tragó saliva al recordar ese nefasto acontecimiento que marcó su historia.

– Como medio de su palabra, hoy estoy aquí para evitar que esto se repita, siendo incapaz de tolerar una afrenta directa a su voluntad. Serás relegado de cualquier autoridad, y, en muestra de su benevolencia… recomendaré a tu hijo mayor como sucesor.

– ¡Esto!…

Incluso Keitar se mostró completamente sorprendido ante este desarrollo. Era lógica su destitución, pero jamás habían aceptado un regidor que careciera de un dominio. Incluso su edad era apenas aceptable.

– Aunque su cultivo aun es carente, se le ha considerado apto por sus talentos. – entonces volteó hacia los dos ancianos principales, una mujer y un hombre de avanzada edad, mostrando una sonrisa que no era una sonrisa – Por supuesto, serán quienes tomen la decisión que consideren más justa.

– Así se hará…

Asintieron con digna expresión.

– En ese caso. Decidirán su sucesor y cualquier castigo extra que crean conveniente. Me entregaran su informe y dádivas antes de mañana.

– Será como lo dispone, santo enviado.

Ignorando algunos efusivos saludos y adulaciones, se dispuso a abandonar la sala.

En el pasillo exterior se encontraba un alma nerviosamente mirando hacia la puerta, ya que, como pariente, a Caspar se le permitía estar en este recinto esperando la resolución.

Al salir, el enviado pudo notarlo inmediatamente y le dirigió una fría mirada por varias respiraciones. Él se mantuvo tenso sin emitir un solo sonido.

– Serás elegido nuevo regente. Asegúrate de mejorar este lamentable cultivo que tienes para mi próxima visita.

– ¡Sí! Daré lo mejor, santo enviado, le demostraré mi compromiso.

– Ya has dado un gran paso entregado a tu tío y a tu padre…

El rostro de Caspar se tornó rígido y pálido al escuchar esas palabras.

– Mmm… – estrechó los ojos – ¿Qué esperabas que sucediera al decirme sus movimientos? ¿Creíste que le daría un abrazo amistoso? ¿Estás arrepintiéndote ahora?

– ¡No! Ellos estaban en contra de los santos y sus mandatos… merecían un castigo. Pero, no sabía que…

– Ingenuo. Un regente escapará con algún tonto castigo, pero alguien tiene que servir de mensaje real. Si vas a ingresar a este mundo al menos deberías entender algo tan simple. No quiero volver a oír algo al respecto.

– Si… – asintió cabizbajo. Ya había llegado demasiado lejos para dudar ahora – ¡Por cierto! He hecho un nuevo descubrimiento que creo podría interesarle.

– ¿Y qué podría ser eso? – tono escéptico.

En lo que a él respectaba, los santos ya eran dueños y señores de todo aquello que podría resultar de algún interés.

– Se que sonará como un absurdo, pero… he encontrado un hada de hielo.

– Pues suena como un perfecto absurdo… ¿Porque creerías semejante idiotez?

– Yo tampoco quiero creerlo, pero la he visto por mí mismo manipular hielo con tan sólo 10 años, y sin ningún núcleo elemental.

– Eso ya no suena tan absurdo. ¡Sino sencillamente imposible! ¿Estás poniendo a prueba mi paciencia?… – enfriando su tono con cada palabra.

– ¡No! Se lo juro… ¿Por qué le mentiría? Está siendo cuidada en nuestra casa, y, aunque se resiste a usar sus poderes, creo que usted podría ser capaz de lograrlo.

Juzgando la efusividad de su expresión, el enviado se mantuvo en silencio un largo tiempo antes de señalar hacia adelante para que dirija el camino.

– Si estás perdiendo mi tiempo… el resultado no será agradable para ti…

– Absolutamente. Confíe en mí…

Cada vez más seguro de su nueva posición y ganando un favor extra, los sacrificios e injusticias a las que se había sometido estaban por rendir sus ganancias.

Salió presuroso del imponente edificio, dirigiendo al enviado hacia su propia mansión.

Tal presteza le impidió ver un minuto más tarde esta enorme águila real siendo abrazada por una pequeña niña, mientras un hombre de larga barba y elegante aspecto insistía en llamarla para ingresar por las mismas puertas qué hace nada habían sido atravesadas.

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