Pequeña Quin Capítulo 219

Modo noche

– ¿Hay alguna “persona” normal que te acompañe?

– ¿Persona? Ninguna… todos se han ido lejos de esta pequeña.

Viendo la verdad de sus palabras, la regente Katrina puso una expresión apenada interpretándolas de forma poco certera.

– Que desafortunado accidente. Aunque no es de extrañar de esos brutos extranjeros. Aquí no tendrás que sufrir un mal…

– Entonces… ¿Ya puedo buscar mi comida en todos lados?

– Podrás deambular por Achala en tanto recibas la marca de amparo… – declaró Claus.

Entonces hizo un gesto hacia Barerov para que se acerque, mientras Quin comenzó a investigar los adornos alrededor al notarse olvidada.

– Barerov de Qiza, Sabio domador, al invocar la ley de amparo estás reconociéndote protector y verdugo. En tanto ella pise nuestras tierras, cualquier acto qué atente contra los intereses de Achala recaerá plenamente sobre ti y serás juzgado de manera imparcial, como así obligado a remediar el mal que has traído por tu propia mano. ¿Comprendes lo que esto significa?

– Comprendo y adhiero.

– Con todos los presentes de testigo, se te concede la petic-…

– Mmmm…

Silencio.

– Mmmmmm…

Los murmullos de Quin hicieron eco en la sala interrumpiendo el acto formal. Todos se volvieron hacia ella, que había terminado detrás de la gran mesa y observaba el mural principal haciendo extraños gestos.

– ¿Quin?

La particular actuación hizo que todos olvidarán por un momento su tarea y siguieran extrañados sus movimientos.

Ella estaba totalmente enfocada, inclinando la cabeza de un lado a otro y arrugando su rostro en gran concentración. Extendía sus dedos y analizaba la obra desde varias perspectivas imitando a un artista.

– Mmmmmmmmmmmm…

Frunció los labios mientras se frotaba lentamente el mentón, hasta que de pronto puso una mano en la cintura y asintió con expresión convencida.

– Abuelito… ¿Sabes dónde venden esa cosa?… – señalando la pintura.

– Ho ho… tienes buen gusto, pero esa es la armadura suprema del ancestral. No es una “cosa” que alguien se pueda permitir.

– Oh, no… esta no es una pequeña de armaduras. Lo que necesito comprar es eso… – estirándose para señalar claramente las palmas abiertas.

Al ver la dirección de su dedo, el anciano Claus levantó una ceja.

Aunque podría pasar algo desapercibido frente al majestuoso traje, acunado allí descansaba un objeto plano y grisáceo en forma ovalada. Era un poco más grande que una palma humana, y tenía el grosor de un dedo, pudiendo describirse como una hoja bastante grande y rugosa.

– Ese es un pedido extraño y específico… dime pequeña… ¿Por qué algo como eso te llamaría la atención?

– Bueno… maestro dijo que por aquí podría conseguirlo, y que sería una difícil… mmm… – frotando su mentón, sospechosa de la simpleza en su misión – … ¿Tal vez no pudo con mi ataque de ojos bonitos?…

|| ……… ||

– Je je… suena como que tu maestro te ha mostrado algo igual…

– Oh, si… eso vale un gran regalo, esta pequeña no puede equivocarse.

Ver la contundente seguridad de la niña despertó aún más la ya evidente curiosidad de Claus, aunque sus dos compañeros no parecían compartir este especial interés.

Ante la extraña mirada de ambos, el anciano se levantó de la mesa y se colocó frente a la pintura al lado de Quin. Acariciando suavemente los trazos de la armadura y la pieza en cuestión, sacudió lentamente la cabeza.

– Me temo que eso no es posible.

– Buuu… mi palabra vale más que la luna, debes revisar tus parámetros abuelito.

– Esto…

El anciano de blancas vestiduras no esperaba realmente semejante insistencia sobre un tema tan atípico, aunque le costará seguir la mitad de sus frases.

– No te enojes pequeña, déjame explicarlo. – concilió en tono amable – Esta pintura se plasmó hace 300 años, y sólo dos copias más existen, una en cada sede del concejo Amatí. Representan lo que Achala ordenó regresar a nuestras tierras tras derrotar al ancestral, y hasta hoy nadie sabe el origen de ese objeto, e incluso llegan a creer que es algo simbólico. Pero, realmente es parte de nuestros tesoros sagrados.

– Entonces… ¿Significa que tienen uno para vender?…

– No es así, pequeña Quin. Lo que quiero decirte es que debes estar buscando algo casualmente similar.

– Pues yo los veo igualitos…

– Si estás tan segura, debes tener una imagen para comparar claramente. ¿No?

Claus sentía bastante curiosidad por el origen de su confianza.

– Mmm… algo así… – asintió dudosa.

– Bueno, si puedes mostrarme, soy la persona indicada para juzgarlo… – extendiendo su mano abierta.

Quin miro la mano del anciano con expresión sospechosa. No le confiaría su único ejemplar a cualquiera.

– Vamos, puedes confiar en mí…

– Mmm… abuelito… puedes secuestrarme, pero no robarme…

– ………

– Ho ho… olvídalo Claus, mi protegida es bastante especial. Quin, te diré algo que pocos saben. Hace 300 años, sólo el honorable discípulo del ancestral tocó sus restos, y él mismo hizo las tres pinturas. Es la persona que debes buscar… no hay nadie más capacitado para decidir al respecto.

– ¿Y podrá darme uno?

– Eso será más difícil… – interrumpió Katrina, observando desde la mesa – … pero sin duda podrá decirte qué es lo que buscas. Y parece que eres una niña realmente afortunada, porque hoy tienes la suerte de que te esté ofreciendo su ayuda… – señalando hacia Claus.

Ella se giró hacia el anciano y abrió grande los ojos al comprender sus palabras.

– Woooooh… abuelito, estás suuuper viejo.

– Je je… no puedo discutir sobre eso. Entonces… ¿Crees que podrías mostrarme la imagen?

– Mmm, bueno… pero debes devolverla… – concedió resignada, metiendo la mano en su bolsillo.

Había ideado este método para sacar a escondidas cosas de su anillo, pero el anciano Claus era mucho más fuerte de lo que ella comprendía, notando instantáneamente el mínimo uso de fuerza mental.

– Vaya… – girándose hacia Barerov, quién le devolvió una sonrisa jactanciosa.

Poder despertar la fuerza mental a esa edad era señal de gran talento.

– Toma abuelito, no lo rompas… – continuó Quin poniendo el objeto en su mano.

– Como dije… mi protegida es una niña muy especial…

– Pues ya lo creo… – volviéndose hacia su mano – A ver… que es lo q-… ¡¡………!!

Cómo notando un trozo de sol ardiente, por primera vez en siglos sus manos temblaron tanto que el objeto cayó de ellas.

– Waa… mi regalo… – se lanzó Quin para agarrarlo.

Claus extendió su tembloroso dedo en shock, señalando con un rostro tan pálido que parecía haber visto un fantasma.

– ¡I-Imposible!

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