Pequeña Quin Capítulo 221

Modo noche

~¡Crash!

~!Boom!

– ¡Maldición! ¡Maldición!… ¡Maldiciooon…!

En la sala principal de la mansión familiar Caspar golpeaba sus muebles y destruía los adornos, sumido en la mayor de las cóleras luego de la partida del enviado.

A pesar de conservar el nombramiento, todo el trabajo para ganarse su favor se convirtió en desprecio por un paso en falso. Había hecho el completo ridículo frente al hombre capaz de ayudarlo a cumplir sus mayores sueños.

Nunca había estado tan furioso en toda su vida.

– ¡Ese maldito anciano! El día que lo encuentre le haré saber lo que significa tener un regente de enemigo. ¡Y me haré con esa mocosa así tenga que traerla a rastras!

– Amo Caspar.

Sirilo interrumpió su arrebato con una expresión tensa.

– ¡Ahora no!

– Pero… amo. El sabio Barerov se anuncia en la entrada, y está acompañado por la pequeña niña.

Silencio.

Caspar se giró hacia Sirilo con expresión incrédula.

– ¿Qué es lo que has dicho?

 

 

– Es una enorme sorpresa recibir su visita… ¿Qué puedo hacer por usted?

El dúo había sido recibido en un salón para visitas, y Caspar hizo su aparición portando un semblante cordial, muy distinto al que hace pocos minutos sostenía.

Sus ojos se estrecharon un instante al ver la marca en la frente de Quin, quién por cierto ya se había tomado la libertad de pedir servicio a los mayordomos, como si fuera su propia casa.

– Al contrario… este anciano se afligió al oír las penurias de la familia y no pudo contener sus huesos… ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?

Caspar se obligó a ocultar una mueca incómoda, sabiendo que las intenciones de ese anciano astuto eran de todo menos benévolas, y que aun así por ahora debería humillarse y seguirle el juego mientras fingía ignorancia.

– No puedo agradecer lo suficiente su disposición… ¿Tendría algo particular en mente?

– Bueno, ya que lo dices… he oído que el joven Momoa ha vuelto a salvo. ¿Es posible que haya algo de verdad en tal rumor? De ser así, me encantaría hablar con él y darle un presente por ese afortunado milagro.

– Realmente, los rumores son más rápidos que los vientos de Qiza. – tono irónico – Estoy seguro de que mi joven hermano estará muy agradecido. ¡Sirilo!

– De inmediato.

El sirviente salió de la habitación y volvió igual de rápido acompañado de un joven con inexistentes cabellos. Al parecer ya había sido liberado de antemano.

– ¡Quin! ¿Estás bien?

– ¡Momoa!

Ignorando a todos los demás, su primera reacción fue correr hacia la pequeña, quién haciendo lo mismo se unió a él en un abrazo. Cada cual a su manera, comenzaron a contarse lo sucedido en los últimos días sumiéndose en su propio mundo.

– Ho ho… parece que tu hermano y mi protegida son buenos conocidos.

– Mi hermano es bueno haciendo amigos… – con una sonrisa rígida de asentimiento. Su atención se concentró en la parte más importante de esa declaración – ¿Ha dicho… su protegida?

– Oh, sí… soy un viejo tan olvidadizo. – golpeó su cabeza, mientras sacaba un documento y se lo ofrecía al futuro regente – La pequeña Quin es una niña extranjera que he tomado a mi cuidado.

– Eso es…

Lo que tenía frente a él era un certificado de amparo, un documento oficial poco común que habilitaba la permanencia de ciertos extranjeros sin represalias, mientras lo pidiera un supervisor calificado.

Nada de esto le resultaba sorprendente desde que vio esa marca en su frente. Lo que no esperaba era que estuviese emitido y avalado directamente por ambos regentes superiores con sus sellos de sangre.

– Sin duda es muy afortunada. – explicó Barerov, acariciando tranquilamente su barba – Con los dos regentes tomándole cariño, temo que no perdonarían si algo le sucede. Aunque, no imagino a nadie capaz de hacerle algo a una niña…

– Eso sería realmente indignante… – coincidido, poniendo un rostro sentido.

– Ya lo creo… ya lo creo. Uffff… tal persona perdería cualquier opción de progreso…

– ………

Manteniendo su expresión rígida y sin cambios, Caspar estaba a un paso de enloquecer por dentro.

No siendo suficiente con el suceso nefasto que acababa de soportar, el principal responsable de ese hecho estaba en su propia casa amenazándolo mientras le ofrecía una sonrisa bondadosa.

¡Este maldito anciano! Definitivamente sabe que es un hada de hielo… ¿Cómo pudo enterarse?

Era incapaz de imaginar otra explicación por la cual el sabio actuaría de forma tan rápida y decisiva.

– Pero, bueno… no vine a hablar sobre eso. – desestimó el tema, como si fuese sólo un comentario casual – Joven Momoa, ven, este anciano tiene algo para ti…

– ¡Sí!

Mientras el sabio continuó hablando con una sonrisa amable y bondadosa, todo lo que Caspar podía ver era el rostro de un zorro astuto de larga barba pisoteando su dignidad.

 

 

– Quin, por favor cuídate mucho. Recuerda siempre lo que hablamos…

– Mhm… pronto ganaré muchos puntos por sabiduría… – palmeando su pecho.

|| Declaración improbable ||

Siendo dicho todo lo que era necesario decir, y sobreentendidas muchas cosas detrás de la amena fachada, Quin y el sabio estaban abandonando los terrenos de la mansión acompañados por los dos hermanos.

Una gran águila los esperaba lista para partir.

– Estoy seguro que ganaras muchas cosas, pero no te olvides de volver… ¿Sí? Prometo que entrenaré duro, me haré independiente, y… t-tal vez un día….

– ¡Sí! – antes de que terminara su frase, Quin lo abrazo sonriendo – Definitivamente volveremos con la princesa. Seremos amigos para siempre…

– ……….

|| Un espléndido ataque. Altas probabilidades de daño crítico ||

¿Weeeeeee?

– Quin, en marcha… aún nos queda una parada más.

– Sí, sí…

Mientras ambos saludaban y se dirigían hacia la bestia, Caspar se retorcía en silencio viendo a los culpables de su desgracia partir como si nada. Los últimos minutos habían llevado su paciencia a límites insospechados, y lo peor es que no había ganado nada con ello.

Deseando que desaparecieran ya de su vista, su expresión se tornó aún más rígida al ver a la pequeña Quin regresar correteando hacia él.

– Emm… señor hermano malvado…

– ¿Qué sucede pequeña? – indagó, forzando con poco éxito una última sonrisa

Ella tomó los bordes de su vestido y se inclinó brevemente.

– Gracias por las piedras… y toda la comida. Eres el mejor secuestrador que he conocido…

Entonces se volteó y corrió hacia el águila, asintiendo satisfecha por su buen hacer.

El cuerpo de Caspar quedó inmóvil viendo cómo se alejaban, pero sus venas estaban hinchándose cada vez más, a la par que su rostro deformándose en una irreconocible expresión.

– ¡Ahhhhhhhhhhhhh! ¡Hugh-…!

Mientras el águila se perdía en la distancia, él cayó de rodillas y tosió un bocado de sangre.

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